Ficciones de frontera: la Base Naval de Guantánamo como lugar afectivo

Foto: Facebook.

Ficciones de frontera: la Base Naval de Guantánamo como lugar afectivo

5 / junio / 2023

Hay un sentimiento de triunfo cuando uno escucha que, en tiempos de extrema escasez de recursos y de absoluta desigualdad al interior de la isla, se realizó la primera película cien por ciento guantanamera. La noticia se recibe con alegría, incluso, cuando la cinta describe historias de soledad, tristeza y desesperanza. 

La espera (2022) es una realización de Daniel Ross, un joven que ha desarrollado una obra cinematográfica al margen de los presupuestos del Estado, de fondos de alguna embajada europea y de otros sistemas de recaudación como los crowdfundings a través de redes sociales. El director solicitó algunos de ellos, como el Fondo de Fomento del Icaic, pero no quedó entre los clasificados. La espera, al igual que su corto La noria, transcurre en la más oriental provincia de Cuba y fue realizada con actores no profesionales y un equipo mínimo de trabajo. 

Aunque el largometraje había participado en festivales de cine de Estados Unidos e Inglaterra con excelentes resultados, su premio a Mejor Drama en la edición de marzo de 2023 del Cannes World Film Festival – Remember the Future definitivamente lo colocó en la mira de la crítica y del público cubano. 

El Cannes World Film Festival tiene su sede en la región en la que se realiza el evento de cine más prestigioso del mundo, pero no tiene conexión alguna con este, sino con la plataforma digital IMDB y, desde el pasado julio, con el proyecto Cineum Cannes. Aunque el festival lleva apenas tres años de fundado, su búsqueda y promoción de talentos emergentes por fuera de tráficos de influencias y preferencias geopolíticas lo identifica como foro de resistencia y comunidad del cine menos visible. 

Este es el caso de La espera, un filme de poco presupuesto al margen de las imágenes icónicas del cine cubano. En su defecto, se desplaza hacia la zona fronteriza con la Base Naval de Guantánamo, convirtiéndose en el primer audiovisual de ficción del país en el que ese espacio de ambigüedad legal adquiere densidad dramática. El filme centra la atención en varios días de la vida de Regino, quien enfrenta un luto silencioso tras la muerte de su esposa. La pérdida redimensiona la soledad que de por sí inspira la casa colonial medio en ruinas en la que habita el personaje. Al igual que en el corto La noria, aquí se aprovechan las posibilidades que brinda la casa museo del importante poeta republicano Regino Boti, de quien el actor principal es nieto y albacea.

Daniel Ross. Foto: Facebook.

La conexión entre la destrucción de la casa y su morador se construye a partir de un conjunto de planos fijos en los que se describe una rutina diaria. Actos como levantarse, vestirse, regar las plantas del patio interior, moler y preparar el café, y hacerse una tortilla para el desayuno se repiten de forma cíclica; mientras una fotografía a base de colores vivos enfatiza no solo el polvo y las grietas de fondo, sino el tedio y el cansancio de la existencia. Incapaz de superar la pérdida del ser querido, Regino coquetea una y otra vez con el suicidio, pensando que podría ser la solución a un tormento demasiado persistente.

Si bien el director realizó un filme de interiores que solo incluye vistas instantáneas del mundo exterior de forma espaciada, lo exterior ocupa un lugar fundamental en el desarrollo de la trama. Desde el primer momento de la película el espectador es interpelado por un plano de la Base Naval de Guantánamo, que se convertirá en la coprotagonista silenciosa del filme. La presencia de ese sitio, al cual Fidel Castro denominó «un puñal clavado en el costado de la Patria», adquiere aquí un halo fantasmal alejado de la retórica y la propaganda que ha usado el Gobierno revolucionario desde 1959. Las imágenes icónicas de la Base (las torres de vigilancia separadas por campos minados a uno y otro lado de la frontera) aparecían en una pequeña escena de un collage dentro de Memorias del subdesarrollo (1968). 

En los años de efervescencia revolucionaria descritos en el filme de Tomás Gutiérrez Alea, la propaganda revolucionaria se refería a la Base como «centro de espionaje», al tiempo que varios materiales de archivo muestran provocaciones de los soldados estadounidenses. De igual manera, por esos años ocurre la anécdota que sirve de punto de partida de La espera: un perro hambriento que cruza al lado estadounidense y a su regreso miembros de la Brigada de la Frontera lo fusilan, no sin antes colgarle un gran cartel en el que lo acusan de traidor. 

La crueldad y el sinsentido del hecho funcionan como claves para entender el ambiente de presión y hostilidad que viven los pueblos fronterizos, como El Cuero, donde se desarrolla la historia del filme. No obstante, hay que aclarar que las hostilidades captadas por los camarógrafos del Icaic en la década de los sesenta se difuminaron con el tiempo. Aunque el lugar continuó siendo un chivo expiatorio para hablar del socavamiento de la soberanía nacional, su significado ha cambiado de manera radical para los cubanos. 

La académica estadounidense Esther Whitfield, quien ha estudiado con detalle la presencia de la base de Estados Unidos en la producción cultural de la región, explica cómo esta perdió su sentido de amenaza en el imaginario de la gente para transformarse en una ruta de salida hacia EE. UU. Ni siquiera cuando el sitio se transformó en centro de detención y laboratorio de torturas dentro de la llamada Guerra contra el Terror, después de los atentados del 11 de septiembre, los cubanos lo percibieron como un sitio peligroso. De hecho, cuando casi terminaba mis estudios de preuniversitario y la ansiedad de perder un año en el servicio militar obligatorio se acercaba, algunos colegas alegaban que la unidad colindante con la Base Naval era la mejor opción, pues proveía cierta libertad a los reclutados y una alimentación privilegiada a cambio de vigilar una frontera inofensiva.

Fotograma de «La espera». Captura de pantalla.

La fuga hacia la Base Naval se convierte en un atenuante de la crisis existencial del protagonista de La espera. Siendo su casa el punto más cercano del cruce al campo minado, cada intento fracasado se traduce en una detonación espantosa que retumba en los oídos de Regino. Cada una de las personas que empeña su vida en el cruce fronterizo deja sus zapatos en las afueras de la casa, sumándole al protagonista la pesada tarea de recolectarlos y convertirlos en la fuente de una estadística informal de migrantes. 

Si bien los cruces representan una alegoría de las riesgosas travesías de los cubanos por Centroamérica para llegar a Estados Unidos (tal como ha dicho Daniel Ross en entrevistas), probablemente se trate aquí de un efecto contrario. O sea, podría decirse que han sido las travesías desesperadas las que reactivaron las historias traumáticas de la zona fronteriza en el horizonte del cineasta para transformarse en la posibilidad de hacer la película. Aunque es cada vez menos frecuente (ahora el cruce solo es posible por aire o por mar), el camino hacia la Base ha sido uno de los más cortos, pero peligrosos, que ha enfrentado jamás el cubano migrante. Es cierto que Estados Unidos desactivó su parte del campo minado en la década de los noventa, pero cientos de minas han permanecido activas en el territorio nacional como parte de lo que el Gobierno ha llamado «una política disuasiva». Además de las innumerables víctimas de las minas, existe un archivo que menciona Esther Whitfield en el cual se documentan muertes. Tal es el caso de varios hombres que fueron baleados por las autoridades cubanas cuando intentaban llegar a jurisdicción estadounidense. De hecho, historiadoras oficiales como Felipa Suárez y Pilar Quesada han reconocido que la Brigada de la Frontera ha concentrado sus esfuerzos en frenar los intentos de fuga de lo que llaman, despectivamente, «ciudadanos desafectos a la Revolución»; cuando su principal objetivo debía ser evitar cualquier propósito de agresión de los militares del otro lado.

El protagonista de La espera utiliza la vía del arte y la espiritualidad para darle salida a la carga negativa que acontece en su entorno. Con montones de fósforos y cajitas de cartón inventa objetos en miniatura que le sirven de consuelo para enfrentar los problemas grandes. En una ocasión, construyó una maqueta de Cuba a la que luego prendió fuego a modo de exorcismo. Cada día aprovecha la visita de Moya (interpretado por el artista local de igual apellido) para agregarle detalles a un retrato hiperrealista delineado a lápiz, no sin antes hacer de conjunto unos ejercicios de meditación.

Además de Regino, Moya es el único representante de la sociedad civil que aparece en pantalla. Su estampa de viejo delgado y harapiento viene a simbolizar la parte de Cuba que sufre el drama de quedarse. El otro amigo que frecuenta la casa es un miembro de la Brigada de la Frontera que padece un hambre insaciable. Como el resto de los jóvenes del pueblo, sus opciones de sobrevivencia son unirse a las instituciones militares o largarse del país a través del sistema de alambradas y trincheras que vigila. Aunque ambos amigos no son más que un soporte dramático, funcionan como detonantes de otras dos subtramas, la recreación de la leyenda del animal acusado de traición y la comunicación del protagonista con su esposa, quien lo visita desde el más allá. 

Cuando Regino recibe las visitas de su esposa fallecida, no solo se restablece una armonía rota tiempo atrás en su vida, sino que además se redimensiona el significado de la frontera. La línea divisoria entre el territorio cubano y la Base Naval ahora se refracta hacia otros horizontes y hacia otras filosofías. De hecho, la indagación en la frontera entre la vida y la muerte, insinuada en los intentos de suicidio del personaje, termina enlazada con la otra frontera geográfica, generando una reflexión sobre los límites de la política y los afectos. 

La película invita a meditar sobre la conexión armoniosa entre dos realidades diferentes que ni un ser metafísico que vigila la distancia entre vivos y muertos ni los soldados armados encargados de la seguridad entre Cuba y la Base llegan a impedir. El concepto de frontera se debate entre un espacio de violencia e intolerancia política y otro de comprensión y coexistencia. La movilidad entre lo impermeable y lo poroso es la que produce transformación y autodescubrimiento del personaje central, al tiempo que lo impulsa hacia su precipitado final. 

Si bien el largometraje de Daniel Ross carga con las deficiencias resultantes de su reducido presupuesto y de las difíciles circunstancias del rodaje, no deja de ser increíble la variedad de debates que produce y las disímiles posibilidades para leerlos como reflejo del actual contexto cubano inserto dentro de las dinámicas globales. En ese sentido, en La espera hay ecos de la angustia y el desasosiego radicalizado en Cuba después del 11 de julio de 2021, como también de la apabullante ola migratoria desatada en los últimos años. La película se puede inscribir dentro de las narrativas de la pandemia, construidas en la soledad de espacios cerrados y que vinculan dramas existenciales con políticas estatales y controles de población. 

Además, el filme hace evidente una vez más las dificultades para crear un arte comunitario en la isla, así como el desinterés de las instituciones estatales cuando las obras no son una apología política o no se inscriben en el perverso género de la propaganda. Las dificultades burocráticas que surgieron dentro de las vías institucionales para que Daniel pudiera acceder a una visa y recoger el premio en Cannes demuestran que ni con avales internacionales los funcionarios están dispuestos a romper el esquema. Ni la declarada ambición antropológica de la película, manifestada a través de la insistencia en tradiciones musicales autóctonas de la región como el changüí, el nengón o el kiribá, en el énfasis del registro lingüístico y en la presencia de la naturaleza en la vida cotidiana (las aves de corral del protagonista juegan también un importante rol dramático) sirvieron de aval para recibir algún tipo de presupuesto. 

El mensaje es claro: la cultura que no puede ser capitalizada por los aparatos de propaganda del Estado o no sirven a una élite letrada esencialmente habanera debe ser sostenida por iniciativas locales a contrapelo de desaparecer. No es difícil imaginar cuánto de ese olvido, maltrato e insensatez de parte del Gobierno cubano estuvo detrás de las nuevas manifestaciones en Caimanera, otro de los sitios fronterizos con la Base Naval.

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