Los sueños de mi padre

Foto: Alejandro A. Madorrán

Los sueños de mi padre

A mediados de 1989 mi padre cumplía los 25 años. De eso hemos estado hablando en la sala del hospital psiquiátrico provincial donde lo han internado por una semana. El tema salió porque en pocos meses también me acercaré a ese cuarto de siglo que para él representaba el inicio de un brillante futuro que, a la postre, tuvo demasiadas manchas, también pocas luces.

Desde que encontró en la bebida la solución a todos sus problemas –que ni son muchos ni imposibles de resolver- se ha ido convirtiendo de a poco en un ser irreconocible.

Lo encuentro bajo el efecto de varios medicamentos. Le han administrado algunos calmantes fuertes, luego de estar dos días desintoxicándose en el Hospital Provincial. En el último año es la segunda vez que ingresa en este centro y ya todos lo conocen. Lo tratan con familiaridad, como un caso que pareciera sin solución.

Hemos hablado mucho. Recordamos un poco la historia familiar. Acudimos a mis abuelos, al modo en que lograron mudarse de las montañas al centro de la ciudad, de cuando por poco pierde uno de los dedos del pie mientras conducía los bueyes que halaban un taque de agua hecho de una palma barrigona.

Llegamos al ochenta y nueve, cuando cumplió veinticinco años y el futuro se le presentaba prometedor. Se casó con mi madre, construyó su propia casa, se graduó de dependiente y pasó a trabajar en comercio. Muchas veces hemos vuelto a aquellos días antes de que nadie imaginara el período especial, sus carencias materiales y espirituales.

Desde entonces hasta hoy, cuando cumplo también el primer cuarto de siglo, ha llovido mucho. Mi padre ya no es lo que era, ni siquiera lo que imaginó sería a estas alturas. La vida le ha ido pasando la cuenta de a poquito. Las barreras que debió saltarse terminaron por ser demasiado altas para él.

Tengo recuerdos felices. Muchos. Él también los tiene. Insiste siempre en contarlos una y otra vez, a lo mejor para escaparse por un rato de la sala de este hospital donde viene buscando refugio cada vez que un nuevo problema en la familia necesita ser resuelto. Para él es fácil, siempre es fácil huir de esa manera.

Inventa enfermedades buscando un poco de atención. Insiste en que padece alguna enfermedad crónica de uno u otro tipo. Va una y otra vez al médico esperando que le certifiquen un padecimiento que le asegure algún beneficio que no alcanzamos a comprender aun.

Mi padre no fue un hombre descuidado. Lo que sé se lo debo, en gran medida, a su tenacidad y empeño en que me superara. Lo que soy ha sido resultado de su insistencia y la de mi madre. Por eso estoy aquí, entre estas cuatro paredes que me sofocan y que a él le sirven de refugio, acompañándolo.

Se acabaron las tres horas de visita. Me despido con un nudo en la garganta. Tengo ganas de llorar pero sonrío, siempre sonrío, hasta en las peores circunstancias. Es triste darme cuenta de que también deberé agradecerle, a la altura de mis veinticinco años, tener bien claro lo que no quiero ser.

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Jesse Diaz

Apreciado Eduardo. Tu siempre sonries, bravo por ti. Pero hoy, hoy yo llore al leer tus letras. No se ni como empezar este post, pero se que es necesario escribir algo, algo que valore tu trabajo, algo que nos deje saber que existen personas de tu calibre, de tu calidad como hijo y como ser humano, algo que nos deje saber que la humanidad no es tan mala como parece ser, siempre que existan personas como tu. El mundo, el mundo es una gran caja de sorpresas y nos encontramos de todo en la viña del señor. Es una lastima lo que le sucede a tu papa, le sucede a muchos, pero la mejor parte de todo es que existen personas como tu que marcan la diferencia. Ser o no ser, esa es la cuestion.. Un abrazo.. Jesse.
Jesse Diaz

aristoteles moreno

que ella ahora tambien esta en el hospital pero estamos deparados miles de kilometros, se me hizo un nudo en la garganta gracias por estas letras
aristoteles moreno

Anónimo

Tremendamente triste y honesta tu reflexion, porque este es un problema que similar o parecido, muchas personas padecen, pero pocos somos capaces de “desnudarnos” como lo haces. Pero lo mas importante, ademas del apoyo al familiar, es aprender la leccion y hacer nuestro mejor esfuerzo para que no se repita la historia en nosotros ni en nuestros hijos.
Anónimo

Eduardo

Jesse, gracias por su comentario, igual para el resto… Gracias de verdad por leer estas líneas. Soy de los que cree que hay muchos modos de llorar, muchos modos que no requieren lágrimas precisamente, y uno de esos es reír aunque se esté muy triste, aunque quede mucho por hacer. También soy de los que cree que estas historias personales, a veces difíciles, no se cuentan para compadecer, para generar tristeza, sino para mover sentimientos y hacer pensar: basta con que quien lea piense en sí mismo, en lo que le rodea. Basta con que mire ahí donde hay alguien que, como mi padre, se inventa otro mundo y de paso nos hace un poco menos alegre este, en el que vivimos todos.
Eduardo

Selma

Otaño, leer tus palabras es como vivirlas al mismo instante. Se me hace un nudo en la garganta saber a dónde nos ha llevado la historia. Espero que tu hermana y tu mamá estén bien. Hace muchos años no se de ustedes, pero siempre los llevo presente. Me alegra saber que no importa las circumstancias siempre has sido un guerrero de lucha. No importa que batalla enfrentes si nunca te van a derrotar. Recuerda que eso es lo que nos toca: ser buenos hijos independiente de lo que nuestros padres fueron, son o serán. Es lo que nos toco.
Selma
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Los sueños de mi padre

Foto: Alejandro A. Madorrán

Los sueños de mi padre

A mediados de 1989 mi padre cumplía los 25 años. De eso hemos estado hablando en la sala del hospital psiquiátrico provincial donde lo han internado por una semana. El tema salió porque en pocos meses también me acercaré a ese cuarto de siglo que para él representaba el inicio de un brillante futuro que, a la postre, tuvo demasiadas manchas, también pocas luces.

Desde que encontró en la bebida la solución a todos sus problemas –que ni son muchos ni imposibles de resolver- se ha ido convirtiendo de a poco en un ser irreconocible.

Lo encuentro bajo el efecto de varios medicamentos. Le han administrado algunos calmantes fuertes, luego de estar dos días desintoxicándose en el Hospital Provincial. En el último año es la segunda vez que ingresa en este centro y ya todos lo conocen. Lo tratan con familiaridad, como un caso que pareciera sin solución.

Hemos hablado mucho. Recordamos un poco la historia familiar. Acudimos a mis abuelos, al modo en que lograron mudarse de las montañas al centro de la ciudad, de cuando por poco pierde uno de los dedos del pie mientras conducía los bueyes que halaban un taque de agua hecho de una palma barrigona.

Llegamos al ochenta y nueve, cuando cumplió veinticinco años y el futuro se le presentaba prometedor. Se casó con mi madre, construyó su propia casa, se graduó de dependiente y pasó a trabajar en comercio. Muchas veces hemos vuelto a aquellos días antes de que nadie imaginara el período especial, sus carencias materiales y espirituales.

Desde entonces hasta hoy, cuando cumplo también el primer cuarto de siglo, ha llovido mucho. Mi padre ya no es lo que era, ni siquiera lo que imaginó sería a estas alturas. La vida le ha ido pasando la cuenta de a poquito. Las barreras que debió saltarse terminaron por ser demasiado altas para él.

Tengo recuerdos felices. Muchos. Él también los tiene. Insiste siempre en contarlos una y otra vez, a lo mejor para escaparse por un rato de la sala de este hospital donde viene buscando refugio cada vez que un nuevo problema en la familia necesita ser resuelto. Para él es fácil, siempre es fácil huir de esa manera.

Inventa enfermedades buscando un poco de atención. Insiste en que padece alguna enfermedad crónica de uno u otro tipo. Va una y otra vez al médico esperando que le certifiquen un padecimiento que le asegure algún beneficio que no alcanzamos a comprender aun.

Mi padre no fue un hombre descuidado. Lo que sé se lo debo, en gran medida, a su tenacidad y empeño en que me superara. Lo que soy ha sido resultado de su insistencia y la de mi madre. Por eso estoy aquí, entre estas cuatro paredes que me sofocan y que a él le sirven de refugio, acompañándolo.

Se acabaron las tres horas de visita. Me despido con un nudo en la garganta. Tengo ganas de llorar pero sonrío, siempre sonrío, hasta en las peores circunstancias. Es triste darme cuenta de que también deberé agradecerle, a la altura de mis veinticinco años, tener bien claro lo que no quiero ser.

Eduardo Pérez Otaño
"Soy un joven cubano. Pertenezco a la generación que no vivió las bonanzas de los ochenta y que nació en la larga década de los noventa. Mi generación no conoció más que penurias y escaseces y no aprendió más ideología que la de la supervivencia"
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Jesse Diaz

Apreciado Eduardo. Tu siempre sonries, bravo por ti. Pero hoy, hoy yo llore al leer tus letras. No se ni como empezar este post, pero se que es necesario escribir algo, algo que valore tu trabajo, algo que nos deje saber que existen personas de tu calibre, de tu calidad como hijo y como ser humano, algo que nos deje saber que la humanidad no es tan mala como parece ser, siempre que existan personas como tu. El mundo, el mundo es una gran caja de sorpresas y nos encontramos de todo en la viña del señor. Es una lastima lo que le sucede a tu papa, le sucede a muchos, pero la mejor parte de todo es que existen personas como tu que marcan la diferencia. Ser o no ser, esa es la cuestion.. Un abrazo.. Jesse.
Jesse Diaz

aristoteles moreno

que ella ahora tambien esta en el hospital pero estamos deparados miles de kilometros, se me hizo un nudo en la garganta gracias por estas letras
aristoteles moreno

Anónimo

Tremendamente triste y honesta tu reflexion, porque este es un problema que similar o parecido, muchas personas padecen, pero pocos somos capaces de “desnudarnos” como lo haces. Pero lo mas importante, ademas del apoyo al familiar, es aprender la leccion y hacer nuestro mejor esfuerzo para que no se repita la historia en nosotros ni en nuestros hijos.
Anónimo

Eduardo

Jesse, gracias por su comentario, igual para el resto… Gracias de verdad por leer estas líneas. Soy de los que cree que hay muchos modos de llorar, muchos modos que no requieren lágrimas precisamente, y uno de esos es reír aunque se esté muy triste, aunque quede mucho por hacer. También soy de los que cree que estas historias personales, a veces difíciles, no se cuentan para compadecer, para generar tristeza, sino para mover sentimientos y hacer pensar: basta con que quien lea piense en sí mismo, en lo que le rodea. Basta con que mire ahí donde hay alguien que, como mi padre, se inventa otro mundo y de paso nos hace un poco menos alegre este, en el que vivimos todos.
Eduardo

Selma

Otaño, leer tus palabras es como vivirlas al mismo instante. Se me hace un nudo en la garganta saber a dónde nos ha llevado la historia. Espero que tu hermana y tu mamá estén bien. Hace muchos años no se de ustedes, pero siempre los llevo presente. Me alegra saber que no importa las circumstancias siempre has sido un guerrero de lucha. No importa que batalla enfrentes si nunca te van a derrotar. Recuerda que eso es lo que nos toca: ser buenos hijos independiente de lo que nuestros padres fueron, son o serán. Es lo que nos toco.
Selma

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