Foto: Jorge Ramírez.

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Nacido en coronavirus

Cada persona nace con una estrella o con un sino trágico. Cada uno llega al mundo con una información genética que no solo tiene implicaciones biológicas, sino también síquicas y espirituales. Los nacidos en este año ya no serán tan Rata ni tan Géminis ni tan Tauro, ni sus cartas astrales serán tan precisas ni sus naguales definirán sus rumbos, porque esos niños habrán nacido bajo el signo del Coronavirus.

Nuestro hijo fue planificado, muy planificado, tanto, que decidimos la época del año en la que iba a nacer. Queríamos que naciera entre mayo y junio, queríamos que fuera Tauro como su papá, como su hermano y como su abuelo materno, o Géminis como su mamá y su abuelo paterno. Al final ganamos los gemelos y el bebé Oliver se sumó a nuestra cofradía geminiana.

Hay mucha gente que no cree en los horóscopos, que se ríe de semejante tontería. Hay otras que tienen confianza plena en los designios de todo tipo de oráculos antiguos o posmodernos. Yo creo en las energías del universo, en las fuerzas naturales y en la incidencia de la familia. Por eso nuestro hijo, nacido en coronavirus, no tendrá en su personalidad los rasgos de la pandemia, será y pensará como hemos sido y como hemos pensado para sobrevivir, como familia, a la crisis.

Será un niño fuerte y valiente. Le hablaremos del miedo y de la incertidumbre. Le contaremos sobre el miedo de su madre embarazada cuando escuchaba las sirenas de las ambulancias que pasaban por la avenida. Le contaremos sobre el miedo de su hermano cuando tuvo que dejar de ir a la escuela.

Será un niño armónico, su ser estará en perfecto equilibrio con su entorno. Será sociable y familiar, callejero y hogareño al mismo tiempo. Le contaremos que en sus primeros meses no salía de casa y que cuando comenzamos a hacerlo le encantaban los árboles y el cielo. Le diremos que en la calle estaba serio, observando y analizando todo con su increíble inteligencia, pero cuando regresábamos a la casa su alegría era inmensa, porque la casa era su centro, nuestro centro.

Será un amante de la creatividad y disfrutará los inventos locos de su familia. Le contaremos cómo su primera maruga fue un ready made hecho con una pelota y un plumón entorchados con un tape amarillo. Verá sus fotos con las espadas jedi hechas con pomos de agua coloreada y detergente. Le diremos que, antes de que le regalaran juguetes de verdad, le gustaba jugar con los cubos de rubik y los ábacos del hermano. Que cuando ya tenía juguetes acordes para su edad, él prefería los pozuelos, las tapas de ollas, los pomos, los cucharones, las cajas de zapatos vacías y cualquier otro objeto reutilizado.

Será un niño puro y sincero. Recordará que todos tenían la cara cubierta con una máscara y si quería comunicarse tenía que mirar a los ojos. Por eso, cuando pasen los años y ya no se usen las mascarillas, le gustará mirar a lo profundo de los ojos como queriendo interrogar las almas de la gente.

Será un niño tecnológico, más que su hermano. Sabrá que el distanciamiento nos obligó a registrar su día a día para la familia que está lejos. Le contaremos cómo las pantallas de los teléfonos no eran para él fríos artefactos, sino dispositivos afectivos, una especie de magia amorosa mediante la que se proyectan múltiples afectos familiares. Asociará las pantallas con las caras de sus abuelos, sus tíos, sus primos, con las voces más familiares y los cariños más preciados.

Será un niño desprejuiciado y agradecido. Le diremos que la primera ropita que se puso cuando nació, antes fue de Julia, una hermosa niña de ojos claros. Le contaremos que dormía con las licras de su prima Nirvana, que le encantaban el monito de arcoíris y el gorrito rosado. Le diremos que se puso ropas de niños y niñas, que sus sábanas y sus alfileres fueron donados por otras familias, que su tío le compró unos tenis en Tampa y nunca los pudo mandar, que quería meterlos en una botella y lanzarlos al mar a ver si llegaban, algún día, a alguna costa cubana.

Sabrá que nació en el año del coronavirus, un año que cambió el mundo y nos cambió también a nosotros como familia. Sabrá que llegó a nuestras vidas para coronar la felicidad que no dejamos ir aún rodeados de muerte y caos. Será nuestra semillita de maravilla, nuestro cascabel, nuestro alebrije y cuando el planeta sea más seguro viajará por todo el mundo y nos llevará con él.

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Cada persona nace con una estrella o con un sino trágico. Cada uno llega al mundo con una información genética que no solo tiene implicaciones biológicas, sino también síquicas y espirituales. Los nacidos en este año ya no serán tan Rata ni tan Géminis ni tan Tauro, ni sus cartas astrales serán tan precisas ni sus naguales definirán sus rumbos, porque esos niños habrán nacido bajo el signo del Coronavirus.

Nuestro hijo fue planificado, muy planificado, tanto, que decidimos la época del año en la que iba a nacer. Queríamos que naciera entre mayo y junio, queríamos que fuera Tauro como su papá, como su hermano y como su abuelo materno, o Géminis como su mamá y su abuelo paterno. Al final ganamos los gemelos y el bebé Oliver se sumó a nuestra cofradía geminiana.

Hay mucha gente que no cree en los horóscopos, que se ríe de semejante tontería. Hay otras que tienen confianza plena en los designios de todo tipo de oráculos antiguos o posmodernos. Yo creo en las energías del universo, en las fuerzas naturales y en la incidencia de la familia. Por eso nuestro hijo, nacido en coronavirus, no tendrá en su personalidad los rasgos de la pandemia, será y pensará como hemos sido y como hemos pensado para sobrevivir, como familia, a la crisis.

Será un niño fuerte y valiente. Le hablaremos del miedo y de la incertidumbre. Le contaremos sobre el miedo de su madre embarazada cuando escuchaba las sirenas de las ambulancias que pasaban por la avenida. Le contaremos sobre el miedo de su hermano cuando tuvo que dejar de ir a la escuela.

Será un niño armónico, su ser estará en perfecto equilibrio con su entorno. Será sociable y familiar, callejero y hogareño al mismo tiempo. Le contaremos que en sus primeros meses no salía de casa y que cuando comenzamos a hacerlo le encantaban los árboles y el cielo. Le diremos que en la calle estaba serio, observando y analizando todo con su increíble inteligencia, pero cuando regresábamos a la casa su alegría era inmensa, porque la casa era su centro, nuestro centro.

Será un amante de la creatividad y disfrutará los inventos locos de su familia. Le contaremos cómo su primera maruga fue un ready made hecho con una pelota y un plumón entorchados con un tape amarillo. Verá sus fotos con las espadas jedi hechas con pomos de agua coloreada y detergente. Le diremos que, antes de que le regalaran juguetes de verdad, le gustaba jugar con los cubos de rubik y los ábacos del hermano. Que cuando ya tenía juguetes acordes para su edad, él prefería los pozuelos, las tapas de ollas, los pomos, los cucharones, las cajas de zapatos vacías y cualquier otro objeto reutilizado.

Será un niño puro y sincero. Recordará que todos tenían la cara cubierta con una máscara y si quería comunicarse tenía que mirar a los ojos. Por eso, cuando pasen los años y ya no se usen las mascarillas, le gustará mirar a lo profundo de los ojos como queriendo interrogar las almas de la gente.

Será un niño tecnológico, más que su hermano. Sabrá que el distanciamiento nos obligó a registrar su día a día para la familia que está lejos. Le contaremos cómo las pantallas de los teléfonos no eran para él fríos artefactos, sino dispositivos afectivos, una especie de magia amorosa mediante la que se proyectan múltiples afectos familiares. Asociará las pantallas con las caras de sus abuelos, sus tíos, sus primos, con las voces más familiares y los cariños más preciados.

Será un niño desprejuiciado y agradecido. Le diremos que la primera ropita que se puso cuando nació, antes fue de Julia, una hermosa niña de ojos claros. Le contaremos que dormía con las licras de su prima Nirvana, que le encantaban el monito de arcoíris y el gorrito rosado. Le diremos que se puso ropas de niños y niñas, que sus sábanas y sus alfileres fueron donados por otras familias, que su tío le compró unos tenis en Tampa y nunca los pudo mandar, que quería meterlos en una botella y lanzarlos al mar a ver si llegaban, algún día, a alguna costa cubana.

Sabrá que nació en el año del coronavirus, un año que cambió el mundo y nos cambió también a nosotros como familia. Sabrá que llegó a nuestras vidas para coronar la felicidad que no dejamos ir aún rodeados de muerte y caos. Será nuestra semillita de maravilla, nuestro cascabel, nuestro alebrije y cuando el planeta sea más seguro viajará por todo el mundo y nos llevará con él.

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Isabel Cristina
Mamá de dos hijos varones. Teatróloga. Escritora. Master en Pedagogía del Teatro. Profesora de la Universidad de las Artes. ISA.
isabelcristina

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