Decidí ser madre por segunda vez luego de nueve años de mi primer embarazo. En las dos ocasiones mis hijos fueron planificados. Sin embargo, la experiencia y la madurez me han permitido disfrutar al máximo mi segunda maternidad, reconectarme con lo salvaje y lo oculto dentro de mi cuerpo, recuperar el instinto animal adormecido por el influjo de la tecnología y la sobreinformación. He sido más feliz que la primera vez porque mi hijo mayor es parte de esta aventura y la ha vivido de forma instintiva, pura, sin leer manuales, ni escuchar jamás lo que dice la gente del síndrome del príncipe destronado. Esta vez he tenido la guía de mi primer hijo y no de un libro de autoayuda para embarazadas.

Mi compañero de vida y yo pasamos meses en espera el momento indicado, planificamos cada detalle, incluso el mes en el que queríamos que naciera nuestro hijo. Así comenzamos a vivir la experiencia de ser padres mucho antes de la concepción, junto a mi madre y mi hijo en casa y la anuencia de una gran familia en diversos contextos. Luego, gracias a la fertilidad de ambos, todo salió justo como lo soñamos, pero no sabíamos que, en los últimos meses del embarazo, una pandemia cambiaría el rumbo de nuestra cotidianidad. Las nuevas dinámicas impuestas por el coronavirus me hicieron tener más consciencia sobre lo que significa ser una madre acompañada.

Si bien es cierto que las madres solas tienen que enfrentar un sinnúmero de trabajos y cuestionamientos sociales, poco se habla de los retos que tiene que enfrentar una madre acompañada en una sociedad eminentemente machista.

Cuando íbamos a una consulta, sobre todo durante el coronavirus, los médicos decían: “No puede entrar el acompañante”. Y nosotros nos mirábamos, sarcásticamente, y decíamos: “No traemos ningún acompañante, somos los padres”. Pero solo la madre tenía derecho a entrar. Cuando íbamos a la ginecóloga sí dejaban entrar al padre hasta el momento de poner el espéculo que era prohibido para hombres. Así llegamos al momento del parto, intentamos seguir juntos en este viaje en el que, muchas veces, nos querían separados. Después de la soledad de un parto violento y las primeras horas de recuperación volví a estar acompañada mientras duró el ingreso. Allí tuvimos que volver a enfrentar las malas caras de algunos médicos, enfermeras y mujeres recién paridas, pues el padre de mi hijo era el único hombre en la sala.

Además de los maltratos cotidianos, también he advertido ciertos comportamientos que, a mi juicio, denigran al padre, aunque ese agravio se oculte tras una dádiva. Varios familiares y amigos exclaman: “Mira, qué buen padre, cómo le sabe cambiar el culero al niño” o “Mira, qué buen padre, cómo el bebé se ríe con él”. Nadie nos dice a nosotras las mujeres que somos buenas madres por saber cambiar un culero o por hacer reír a nuestros hijos. Para nosotras las exigencias son mayores y los agasajos muy pocos, porque debemos, por defecto, ser buenas madres. Observo una especie de subvaloración de la figura del padre que, sobre todo, responde a la desatención, el abandono y el maltrato de muchos hombres hacia madres e hijos. Sin embargo, aunque sea una frase hecha, no todos los hombres son iguales ni todas las mujeres ni todas las relaciones ni todas las maternidades. En la medida en que entendamos esa diversidad, seremos más justas y más auténticas en nuestras demandas por el bienestar de madres e hijos.

Para mí, estar acompañada por el padre es imprescindible y no solo me refiero a los roles de proveedor y asegurador de las conexiones con el mundo exterior. Para mí, el padre es imprescindible en su doble condición de amante y compañero de viaje y lo es también en términos emocionales, energéticos, rituales. En la medida en que yo me sienta segura y amada, mi hijo se sentirá seguro y amado, porque mi hijo de dos meses es un reflejo de mi mundo interior.

Estar acompañada me permite, además de ocuparme de las atenciones del bebé, seguir trabajando en las cosas que me gustan, disfrutar a mi hijo mayor y continuar con proyectos profesionales y personales que, en gran medida, definen parte de lo que soy. Estar acompañada me permite ser una buena madre, sin renunciar a la mujer que quiero ser.

El padre de mi hijo y yo compartimos tareas y decisiones desde las más banales —cuál ropita le pondremos para dormir—, hasta las más importantes —si decidimos medicarlo o no ante algún malestar—. La única actividad que no compartimos es la lactancia. Cuando nuestro hijo se prende de mi seno, su padre se sienta a mi lado y nos mira con una hermosa envidia de ser madre. Y cuando el bebé se duerme, volvemos a trazar juntos los mapas de ese viaje hermoso, difícil, extraordinario y mágico que es traer un ser al mundo.

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