Ocurrió en Orlando

Foto: torbakhopper

Ocurrió en Orlando

15 / junio / 2016

¿En qué instante un hombre se convierte en un asesino? ¿qué interruptor, cuál es el clic determinante para que la furia, la inestabilidad, el odio, el extremismo, empiecen de pronto a escupir fuego? Un fuego, además, que nos toca.

Todavía es posible sentir el miedo. Orlando, una soleada localidad del estado de la Florida, mantiene el estado de emergencia hasta que terminen de aclararse los hechos: un asesinato masivo que terminó con la vida de 49 personas y del cual salieron heridas 53.

Fue una semana particularmente violenta para esa ciudad. El sábado, muere acribillada a tiros la cantante Christina Grimmie, concursante de The Voice, luego de dar un concierto.

El domingo, sobre las 2:00 am, el estadounidense Omar Seddique Matten llama al 911 para declarar lealtad a Estado Islámico e introduce un par de armas a Pulse, una discoteca frecuentada por la comunidad LGBT. Los tiros, dicen los sobrevivientes, parecía que no iban a parar nunca.

Pocas horas después de la masacre, el asesinato masivo más letal en la historia de Los Estados Unidos, un Waltmart de la propia ciudad recibe una amenaza de bomba.

El mundo es un sitio extraño

Si con lo de Grimmy volvió a encenderse el debate nacional sobre el uso de las armas, lo de Pulse lo haría más, -hay quienes relacionan ambos asesinatos con una jugada electoral en favor de Donald Trump. Las armas no matan, las personas sí, dicen mientras los defensores del derecho a portar artefactos de fuego en el país norteño.

Son los hombres quienes matan, hombres y mujeres que Robert Hare, doctor en psicología y profesor emérito de la University of British Columbia, y autor de dos de los test más usados para detectar comportamientos psicópatas, asegura que pueden estar en cualquier sitio.

De hecho, el científico concluye que al menos el 1 por ciento de la población mundial son psicópatas, aunque no todos llegan a matar. Las estadísticas son escalofriantes.

Uno no los reconocería a simple vista. El asesino de Orlando sonríe a un espejo mientras se hace un selfie. Hay millones de fotos parecidas. Su expresión, en una de ellas, dibuja una mueca graciosa. Visto así, parece inofensivo, apuesto incluso.

Tiene, no obstante, un historial violento, de conducta inestable y homofóbica, y fue investigado por el FBI por presuntos lazos con extremistas…, pero ni siquiera eso es suficiente.

Al menos dos de los 49 muertos eran cubanos

Para Omar, el clic parece desencadenarse dos meses antes del 12 de junio, cuando ve a dos gays besándose frente a una madre y su hijo en las calles de Miami.

Luego compra legalmente un rifle de asalto. No una pistola cualquiera –de esas tenía una- sino un fusil semiautomático AR-15, con capacidad de realizar cien disparos sin necesidad de cargarse, y un alcance hasta de 600 metros, tan letal que  desde el 2012, reseña la BBC, ha sido usada en cinco asesinatos masivos.

El mundo es un sitio extraño. En Facebook, alguien abrió una página con el nombre del atacante, dice que es un perfil falso y solo dará noticias. Algunos descargan su ira, otros dan Like, no se sabe si al nombre, si al terrorista muerto en la propia escena de su crimen o al otro, el que quiere mantenernos al tanto.

Curioso también que ningún perfil se cambiara a propósito de la solidaridad que normalmente aflora en estos casos. Los amigos de Facebook, que en otro momento fueron Francia y Charlie Hedbo, no son Orlando, ni Los Estados Unidos. Yo tampoco.

Yo debería. Al menos dos de los 49 muertos eran cubanos. Uno de ellos se llamaba Alejandro Barrios, tenía 21 años y hacía solo dos había llegado a Los Estados Unidos, luego de muchos sueños.

Así que si antes de esa noticia había pensado en mi hija y en ese 1 por ciento del profesor Hare, ahora pienso en mi familia de allá, como él emigrados recientes. En mis primos más grandes, casi tan jóvenes, y en los más chicos, tampoco a salvo de la intolerancia, de los psicópatas, de los delirantes.

No importa lo que sean. Si gays o héteros. Si blancos o negros. Si chicos o grandes. Fue el odio quien apretó el gatillo, y el odio no distingue. “No estamos a salvo quienes vivimos en estos países de primera línea”, me dijo una amiga. Desarrollados, quiso decir, pero no replico.

Yo escribo. Escribo este post y me conecto a la gente que quiero. Cuídense, les digo. Solo cuídense.

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Lilibeth Alfonso
Soy periodista en Guantánamo, una provincia a más de 900 kilómetros de La Habana y a unos 30 de una base naval norteamericana. Todo ello condiciona mi visión del mundo. El otro color de mi prisma es mi hija, para ella y su futuro, escribo.
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