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Ruidos en La Habana

Foto: Omairy Lorenzo

Ruidos en La Habana

El ruido es un ser caprichoso que se instala donde mejor le place y va conquistando la Habana con ayuda de sus habitantes.

La novela brasileña hace rato se acabó. Por tanto deben ser más de las diez de la noche. En casa todos parecen zombis de un lado para el otro, buscando un escondrijo donde no puedan llegar las estridentes piezas musicales que brotan desde la casa de enfrente. Yo intento llenar una cuartilla electrónica, mientras los estribillos de Yomil y el Dany me ordenan con autoridad chillona: “tú tienes que parar…

Y vaya que lo consiguen. Suelto el teclado, abandono el intento. Lo que debía ser un artículo de opinión es, en cambio, un borrador de jeroglíficos. Esa es la secuela por digerir forzosamente, desde las dos de la tarde, el repertorio más reciente de la timba y el reguetón cubano a altísimos decibeles.

Un consumo de la índole que sea resulta pernicioso, luego de ocho horas sostenidas y sin descanso.

Este panorama es una constante no solo en numerosos barrios de La Habana, sino (me atrevo a asegurar) en todas las provincias de Cuba. Basta pensar que a largo de la ínsula existen cientos de discotecas abiertas hasta las tantas de la madrugada que no regulan sus prácticas acústicas, en aras de garantizar las ganancias monetarias.

A mi juicio ninguna ciudad del país se salva de los ruidos ambientales, dígase: el claxon exagerado de vehículos; el parloteo atronador que se escucha entre vecinos de un balcón a otro, durante una cola, en una riña doméstica o callejera.

En los espacios públicos el ruido se ha hecho cuasi omnipresente.

Basta con repasar unas cuantas descripciones para darnos cuenta. Pensemos en las zonas wifi de acceso a internet. Tengo la impresión que lo mismo en Pinar del Río que en Granma, las aglomeraciones humanas ávidas de conexión propician la afluencia de sonidos que, poco a poco, deriva en un rumor incontrolable.

Ahora subámonos –imaginariamente- en una guagua que –para no variar- recoge con retraso a sus pasajeros. Pueden suceder dos cosas. Una: El chofer, amo y señor del ómnibus, someta a los viajeros a las melodías estrepitosas de su preferencia, sin importarle el grado de perturbación que estas puedan causar. Dos: Algún muchacho(a), efusividad mediante, saca su celular o su bocina portátil y en un gesto totalmente autónomo, comparte sus gustos musicales amén de los rechazos. Podemos encontrar, incluso, la combinación de ambas variantes.

Qué decir de las celebraciones particulares, cuyos autores se creen con el derecho de alterar el ambiente sonoro colectivo. Mientras más alta sea la música más se garantiza el gozo. Esta clase de persona fiestera con frecuencia justifica semejantes transgresiones, apelando al derecho de hacer y deshacer en su casa lo que estime conveniente. Y si por casualidad al vecindario le molesta la algarabía, que se tape los oídos.

Lamentablemente así funciona hoy día nuestra sociedad. Las áreas comunes se convierten en reservorios de malas prácticas porque -parafraseando a la intelectual Graziella Pogolotti- “al ser de todos, el espacio público no es de nadie”.

El ruido entonces aflora en los lugares más impensados, y propaga el desconcierto. Lo más terrible de este fenómeno son sus consecuencias nocivas, que dañan la salud del ser humano, así como el bienestar social. El escándalo constituye un terreno fértil para la propagación de la violencia y la furia. También ayuda a fabricar una imagen denigrante de quienes lo usan como método de acción y de discurso.

Muchas veces el bullicio que comienza en un lugar termina desencadenando más griterío y convulsión en otro, tal cual el efecto dominó.

Dicen que el cubano es alegre y desenfadado por naturaleza. Pero no se debe confundir el germen identitario que nos caracteriza y distingue con la falta de mesura cívica, o con el irrespeto por la tranquilidad ajena. Atentar a través de ruidos innecesarios, contra la paz de comunidades donde conviven niños, ancianos y adultos, es cuando menos un hecho vandálico.

Tiene razón Graziella Pogolloti al sentenciar que justamente “por ser de todos, el espacio público pertenece a cada uno de nosotros”.

Todos tenemos derecho a disfrutar en harmonía de la televisión, ya sea de la novela o de un partido de béisbol. Todos tenemos derecho a escribir sin el sabotaje de los altos decibeles. Solo así germinan las musas, y los garabatos del Word se transfiguran en reflexiones. Yo quisiera una Habana sin ruidos, una Cuba menos contaminada en ese sentido. ¿Y usted?

Omairy Lorenzo
Soy periodista cubana nacida con el Período Especial. Intento hacer televisión, sabiendo que el más real de mis ímpetus se traza con la escritura. Desde pequeña elegí el “mejor oficio del mundo” sin saber por qué lo hacía. Sin embargo, después de acariciar mi título fue que entendí de veras a Leila Guerriero, cuando decía: “No supe que quería ser periodista hasta que lo fui y, desde entonces, ya no quise ser otra cosa”.
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Más que RUIDO EN LA HABANA debería ser RUIDO EN CUBA, y creanme que no es para bien. Me levantan todos los días mis vecinos desde las 6 de la mañana con la mejor melodia del regueton (y no es que sea malo) que a las 2 o tres de la madrugada apagaron.
Nada que ahora mis vecino tambien gritan, quizas sea por las grandes campañas de ahorro, gastemos el AGUA pero AHORREMOS los TIEMBRE DE LAS PUERTAS que ya nadie toca es mas facil OMARITOOOOooooooo, JUAAAAAaaaaaaaaa, ANAAAAaaaaaaa…eso es lo cotidiano. No hacerlo es signarse a no ser CUBANO. SOLUCION: Audifonos, si son de los gandes mejor.
Naskicet

Isabel

Magnifica reflexion, question de consciencia, de educacion, nuestra sociedad, debe construir, fomentar los mas elementales normas de conductas, respeto a las personas, al ambiente en general.
Isabel

Omairy Lorenzo Alvarez

Como autora les agradezco sus comentarios. Es verdad que en Cuba este panorama es frecuente, ojalá (si no es pedir mucho) que este trabajo contribuya en algo a mejorar ese ambiente ruidoso que va en detrimento de cualquier ciudad.
Saludos
Omairy Lorenzo Alvarez

Jesus

contaminación sonora en cienfuegos
la contaminación sonora en cienfuegos , cuba, es un tema que no está
en la agenda de trabajo del centro de higiene y epidemiología en esa
provincia como una resolución definitiva.. recientes estudios hechos
por esta institución en conjunto con el citma y el gobierno en la
provincia, han arrojado altos decibeles de contaminación sonora
que emite un cabaret enclavado en el centro de la ciudad llamado
tropisur y que se encuentra rodeado por una comunidad que han
hecho esfuerzos insuperables durante diez años para resolver el
tema a través de fiscalía , partido , gobierno, direccion provincial de
salud y no se consigue fruto alguno .el cphe y el citma en la
provincia demostraron que el local no cumple con los requisitos
necesarios como barreras acústicas para evitar daños a la salud de
los ciudadanos los cuales han quedados desamparados en este tema
violando sus derechos. se han violado además leyes y normas
cubanas acerca del ruido y que el propio departamento de salud
ambiental en la provincia reconoce de las violaciones recogidas en
diligencias de inspección hechas en los domicilios de los vecinos
afectados y en los alrededores del local, ahora los vecinos han
tenido que iniciar un proceso judicial en los tribunales en la
provincia al ser insoportables los ruidos que emite dicho local. osea
que la contaminación sónica en cienfuegos no cae en manos de nadie.
una lucha para erradicar esta indisciplina social es bastante
engorrosa allí.. llama la atención que una de las actividades
generadoras de ruido en dicho local es un proyecto llamado divino
que no son más que striper, espectáculo este que se ha hecho
popular en la habana y que no sabíamos que eran permitidos , en fin
esperemos que algun dia estas instituciones del gobierno también
colaboren con el orden social y cumplan con su trabajo
Jesus

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Foto: Omairy Lorenzo

Ruidos en La Habana

El ruido es un ser caprichoso que se instala donde mejor le place y va conquistando la Habana con ayuda de sus habitantes.

La novela brasileña hace rato se acabó. Por tanto deben ser más de las diez de la noche. En casa todos parecen zombis de un lado para el otro, buscando un escondrijo donde no puedan llegar las estridentes piezas musicales que brotan desde la casa de enfrente. Yo intento llenar una cuartilla electrónica, mientras los estribillos de Yomil y el Dany me ordenan con autoridad chillona: “tú tienes que parar…

Y vaya que lo consiguen. Suelto el teclado, abandono el intento. Lo que debía ser un artículo de opinión es, en cambio, un borrador de jeroglíficos. Esa es la secuela por digerir forzosamente, desde las dos de la tarde, el repertorio más reciente de la timba y el reguetón cubano a altísimos decibeles.

Un consumo de la índole que sea resulta pernicioso, luego de ocho horas sostenidas y sin descanso.

Este panorama es una constante no solo en numerosos barrios de La Habana, sino (me atrevo a asegurar) en todas las provincias de Cuba. Basta pensar que a largo de la ínsula existen cientos de discotecas abiertas hasta las tantas de la madrugada que no regulan sus prácticas acústicas, en aras de garantizar las ganancias monetarias.

A mi juicio ninguna ciudad del país se salva de los ruidos ambientales, dígase: el claxon exagerado de vehículos; el parloteo atronador que se escucha entre vecinos de un balcón a otro, durante una cola, en una riña doméstica o callejera.

En los espacios públicos el ruido se ha hecho cuasi omnipresente.

Basta con repasar unas cuantas descripciones para darnos cuenta. Pensemos en las zonas wifi de acceso a internet. Tengo la impresión que lo mismo en Pinar del Río que en Granma, las aglomeraciones humanas ávidas de conexión propician la afluencia de sonidos que, poco a poco, deriva en un rumor incontrolable.

Ahora subámonos –imaginariamente- en una guagua que –para no variar- recoge con retraso a sus pasajeros. Pueden suceder dos cosas. Una: El chofer, amo y señor del ómnibus, someta a los viajeros a las melodías estrepitosas de su preferencia, sin importarle el grado de perturbación que estas puedan causar. Dos: Algún muchacho(a), efusividad mediante, saca su celular o su bocina portátil y en un gesto totalmente autónomo, comparte sus gustos musicales amén de los rechazos. Podemos encontrar, incluso, la combinación de ambas variantes.

Qué decir de las celebraciones particulares, cuyos autores se creen con el derecho de alterar el ambiente sonoro colectivo. Mientras más alta sea la música más se garantiza el gozo. Esta clase de persona fiestera con frecuencia justifica semejantes transgresiones, apelando al derecho de hacer y deshacer en su casa lo que estime conveniente. Y si por casualidad al vecindario le molesta la algarabía, que se tape los oídos.

Lamentablemente así funciona hoy día nuestra sociedad. Las áreas comunes se convierten en reservorios de malas prácticas porque -parafraseando a la intelectual Graziella Pogolotti- “al ser de todos, el espacio público no es de nadie”.

El ruido entonces aflora en los lugares más impensados, y propaga el desconcierto. Lo más terrible de este fenómeno son sus consecuencias nocivas, que dañan la salud del ser humano, así como el bienestar social. El escándalo constituye un terreno fértil para la propagación de la violencia y la furia. También ayuda a fabricar una imagen denigrante de quienes lo usan como método de acción y de discurso.

Muchas veces el bullicio que comienza en un lugar termina desencadenando más griterío y convulsión en otro, tal cual el efecto dominó.

Dicen que el cubano es alegre y desenfadado por naturaleza. Pero no se debe confundir el germen identitario que nos caracteriza y distingue con la falta de mesura cívica, o con el irrespeto por la tranquilidad ajena. Atentar a través de ruidos innecesarios, contra la paz de comunidades donde conviven niños, ancianos y adultos, es cuando menos un hecho vandálico.

Tiene razón Graziella Pogolloti al sentenciar que justamente “por ser de todos, el espacio público pertenece a cada uno de nosotros”.

Todos tenemos derecho a disfrutar en harmonía de la televisión, ya sea de la novela o de un partido de béisbol. Todos tenemos derecho a escribir sin el sabotaje de los altos decibeles. Solo así germinan las musas, y los garabatos del Word se transfiguran en reflexiones. Yo quisiera una Habana sin ruidos, una Cuba menos contaminada en ese sentido. ¿Y usted?

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Nada que ahora mis vecino tambien gritan, quizas sea por las grandes campañas de ahorro, gastemos el AGUA pero AHORREMOS los TIEMBRE DE LAS PUERTAS que ya nadie toca es mas facil OMARITOOOOooooooo, JUAAAAAaaaaaaaaa, ANAAAAaaaaaaa…eso es lo cotidiano. No hacerlo es signarse a no ser CUBANO. SOLUCION: Audifonos, si son de los gandes mejor.
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Saludos
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contaminación sonora en cienfuegos
la contaminación sonora en cienfuegos , cuba, es un tema que no está
en la agenda de trabajo del centro de higiene y epidemiología en esa
provincia como una resolución definitiva.. recientes estudios hechos
por esta institución en conjunto con el citma y el gobierno en la
provincia, han arrojado altos decibeles de contaminación sonora
que emite un cabaret enclavado en el centro de la ciudad llamado
tropisur y que se encuentra rodeado por una comunidad que han
hecho esfuerzos insuperables durante diez años para resolver el
tema a través de fiscalía , partido , gobierno, direccion provincial de
salud y no se consigue fruto alguno .el cphe y el citma en la
provincia demostraron que el local no cumple con los requisitos
necesarios como barreras acústicas para evitar daños a la salud de
los ciudadanos los cuales han quedados desamparados en este tema
violando sus derechos. se han violado además leyes y normas
cubanas acerca del ruido y que el propio departamento de salud
ambiental en la provincia reconoce de las violaciones recogidas en
diligencias de inspección hechas en los domicilios de los vecinos
afectados y en los alrededores del local, ahora los vecinos han
tenido que iniciar un proceso judicial en los tribunales en la
provincia al ser insoportables los ruidos que emite dicho local. osea
que la contaminación sónica en cienfuegos no cae en manos de nadie.
una lucha para erradicar esta indisciplina social es bastante
engorrosa allí.. llama la atención que una de las actividades
generadoras de ruido en dicho local es un proyecto llamado divino
que no son más que striper, espectáculo este que se ha hecho
popular en la habana y que no sabíamos que eran permitidos , en fin
esperemos que algun dia estas instituciones del gobierno también
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