Daniela Rojo: El exilio antes que la cárcel

Ilustración: Mary Esther Lemus

Daniela Rojo: El exilio antes que la cárcel

15 / noviembre / 2023

En un carro de la Seguridad del Estado llegó Daniela Rojo al Aeropuerto «José Martí» de La Habana junto a sus hijos Erick y Tania. Los agentes la recogieron en su casa sin dejar tiempo para últimos adioses. Según Denis ―el oficial que la atendía―, «no hacía falta una fiesta de despedida». Él y sus compañeros requisando el equipaje de la familia fueron la despedida. Solo las amistades más cercanas de Daniela sabían que se iba y aun así no pudieron reunirse. No era conveniente en el caso de ella.

A principios de abril de 2022, Daniela esperaba juicio por haber participado en las manifestaciones masivas del 11 de julio de 2021. En medio de las protestas que se efectuaron en su barrio, Guanabacoa, fue detenida y apresada durante 24 días. Después de ser puesta en libertad bajo fianza, su activismo político y visibilidad mediática aumentaron de manera notable.

De forma exprés la Policía política le avisó que su juicio sucedería el 28 de mayo. La corte le estaba haciendo una petición fiscal de cinco años de cárcel. La noticia era un ultimátum para que decidiera entre quedarse e ir presa o exiliarse antes de la fecha anunciada. Entre líneas la Seguridad del Estado le dejó saber que la condena podría incrementarse a siete años de privación de libertad. Entonces comenzaron los corretajes de su hermana desde el exterior para sacar pasajes con un mes y unos días de margen.

«Obviamente, si me iban a hacer un juicio yo no me quería quedar en Cuba. Mis hijos no tienen papá; yo soy su mamá y su papá. Si yo iba presa de cinco a siete años eso iba a ser un trauma en la vida de ellos».

En ese momento Serbia aún funcionaba para los cubanos como puerta de entrada a Europa por ser de los pocos países que no pedían visado a los nacidos en la isla. La primera escala que hicieron fue en Jamaica; y la segunda, en el aeropuerto de Frankfurt. A Serbia nunca llegaron. Tras varios meses de persecución, amenazas y un exilio forzoso, Daniela acudió a su única opción: pedir asilo político en Alemania.

***

En 2020 la vida de Daniela estaba marcada por la precariedad de una madre de 25 años que no contaba con apoyo suficiente para cuidar a sus hijos y poder dedicarse a otras labores que les garantizaran una vida familiar más confortable. «Siempre que parecía que mi vida se iba a encaminar, algo pasaba. Al llegar la pandemia finalmente tenía a la niña en el círculo infantil, al niño en la escuela y me los mandaron para la casa de nuevo». 

Daniela, sin poder trabajar a tiempo completo, también tenía la responsabilidad de cuidar a su padre que padece alcoholismo, excombatiente retirado y olvidado por la Revolución a la cual un día juró defender y ser leal. Quizá por eso el 11 de julio Daniela se lanzó a la calle a protestar sin importar lo que pasara.

Cuando Daniela salió de la prisión, decidió seguir denunciando lo que había vivido durante el tiempo que estuvo detenida. Sabía que eso traería consecuencias en su vida y la de sus hijos, pero estaba dispuesta a asumirlas. En la situación en que se encontraba, quedarse callada podía ser su sepultura; el Gobierno arremete con mayor fuerza contra las personas invisibles. Por ello, acordó con su madre que desde ese momento los niños vivirían temporalmente con ella hasta que llegara el juicio.

«Aunque iba a verlos todos los días, eso los afectaba a ellos y a mí porque lo que más quiero en este mundo son mis hijos».

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Desde hace mucho tiempo Daniela les había prometido a sus hijos que se irían de Cuba. «Como muchos jóvenes cubanos, yo quería irme del país. Por supuesto, nunca pensé hacerlo en estas condiciones, huyendo de la cárcel sin saber si voy a poder regresar. Yo esperaba irme para Estados Unidos con mi familia», dice.

Aunque la promesa siempre estuvo latente, nunca les dijo para dónde irían, solo que sería un lugar mejor. Las palabras de la madre se hicieron realidad y cuando llegó la hora los pequeños se montaron en el avión junto a ella.

La adaptación al nuevo lugar era lo que más le preocupaba a Daniela. Por primera vez salían de su país hacia una realidad muy distinta, con un idioma totalmente diferente a cualquier lengua romance derivada del latín. «Cuando estaba en Cuba y alguien me hablaba de la adaptación al nuevo idioma y a la nueva cultura siempre me decían que era bien rápido, pero yo siento que ha sido más lento de lo que me hubiese gustado». 

Cuando llegaron a Alemania, pasaron tres días incomunicados en un refugio temporal dentro del mismo aeropuerto. Luego fueron acogidos en un centro de refugiados donde comenzaron a tramitar la petición de asilo político y se asentaron durante los primeros meses. Ahí Daniela comenzó a colaborar con el centro para prestar ayuda a los otros refugiados que llegaban de distintas nacionalidades, también cubanos. En el centro le brindaron una habitación para ella y los niños; los demás servicios eran compartidos con los otros refugiados de la instalación. Después fueron trasladados para otro centro donde pudo asentarse mejor y tramitar con mayor rapidez su estatus.

«En el primer refugio que estuvimos tuve un atraso en mi proceso de tramitar el asilo de casi seis meses, un poco por tener estabilidad con los niños y también por ayudar a los otros cubanos que fueron llegando. Entonces, nos retrasamos; los niños en entrar a la escuela y yo en comenzar las clases de alemán. Pero ya después nos encaminamos bien y ellos van diciendo algunas palabras o frases y vamos acoplándonos a la rutina del sistema».

Mientras sus hijos se adaptan con mayor facilidad, ella por momentos se siente en el caos. «A veces me puede la tristeza y me derrumbo, pero los miro a ellos que son la razón por la que me levanto y digo “hay que seguir” aunque no se tengan ganas. Es difícil, porque es mucho lo que hay que asimilar, aprender e integrar. También están los traumas que una viene cargando de la persecución política en su propio país y el dolor de no saber en qué momento puedes volver o cómo vas a encontrar aquello cuando lo hagas. Pero tienes que adaptar a los niños y ayudarlos en sus propios procesos que tú a veces no entiendes».

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«Cuando a Erick, de nueve años, le preguntan si quiere volver para Cuba, responde categóricamente que no. Tania, por su parte, la más pequeña, sí quiere regresar a ver a su abuela. Él también extraña a su abuela, pero está más reacio por ser el mayor y estar más consciente de lo que su madre vivió allá», cuenta Daniela.

«Yo soy bastante clara, sobre todo con mi hijo mayor, con respecto a la situación en Cuba. Le hablo de la historia y cómo nos la contaron mal y trato de contarles la verdad. Ambos saben que yo vine para acá huyendo de la dictadura y saben que el Gobierno cubano es malo». 

Erick y Tania van a la escuela. Cada día se integran más y hacen nuevas amistades. Daniela los lleva a la biblioteca, a parques de diversión y, aunque lejos de los suyos, su infancia se llena de posibilidades. 

«Para mí tiene muchas ventajas que mis hijos se críen acá partiendo de la educación que van a recibir y todo el conocimiento que van a adquirir por el simple hecho de vivir acá e ir a un sistema público. Aquí les espera un futuro más noble y decente del que pudieran tener en Cuba, aunque eso duela porque es el país de uno». Daniela siente el alivio de saber que sus hijos van a tener un futuro más próspero y se propone metas para hacerlo posible, para crecer como persona y para hacerles a sus pequeños el camino más fácil y seguro mientras pueda.

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Las posibilidades de solicitar asilo en la Unión Europea están regidas por el Convenio de Dublín, que tiene como fin determinar qué estado miembro de la UE se hace cargo de cada solicitud de asilo realizada por una persona en suelo europeo. Igualmente, busca evitar que una misma persona solicite asilo en varios países de la UE a la vez, y garantizar que siempre haya un Estado que examine cualquier solicitud de asilo realizada por una persona en Europa.

En el caso específico de Alemania, pedir asilo solo es posible dentro de las fronteras nacionales, no existe la posibilidad de solicitar asilo en una embajada alemana en el exterior. Por eso, las personas en búsqueda de protección primeramente deben entrar al territorio alemán, que ―en dependencia del país de origen― puede resultar en una entrada más o menos difícil. También puede solicitarse en aeropuertos del país. Los solicitantes reciben un número de procedimiento para su solicitud de asilo, así como un permiso de residencia temporal (Aufenthaltsgestattung). El permiso sirve como documento de identificación en Alemania mientras dure el procedimiento. La Aufenthaltsgestattung es válida por seis meses con posibilidad de renovarse otros seis meses hasta que haya una decisión sobre el asilo. Durante ese tiempo los asilados tienen derecho a acceder a la salud pública y a cursos que les permitan aprender el idioma.

Por su parte, los asilados políticos en Alemania son distribuidos en diferentes refugios a lo largo de los dieciséis estados del país para evitar aglomeraciones. Según la ley alemana de asilo, los solicitantes deben vivir en los refugios como máximo dieciocho meses y, si se trata de familias con niños menores de edad, un máximo de seis meses. Mientras que los solicitantes viven en los refugios, también tienen una «limitación territorial» (räumliche Beschränkung) que los obliga a moverse solamente dentro de distritos cercanos a este. Durante ese tiempo, los solicitantes de asilo también tienen derecho a ayudas económicas con diferentes cuotas en dependencia de las situaciones particulares.

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A poco más de un año de su exilio, Daniela festeja por todo lo alto la aprobación de su asilo político. Lo pone en las redes, en los estados de WhatsApp y lo celebra. Incluso algunos periódicos se hacen eco de la noticia. A partir de ahora tiene tres años para aprender el idioma alemán y trabajar. Si en ese plazo se mantienen las causas por las que pidió el asilo, le conceden la residencia. También tiene derecho a matricular al Curso de Integración para aprender el idioma, la historia y las costumbres alemanas.

«Ahora tengo acceso a un seguro médico normal, ya puedo trabajar. Tengo un pasaporte que me dan de refugiada con el cual por fin puedo viajar. Ya podemos salir del refugio, ahora tengo que encontrar una renta que el Gobierno la paga por un tiempo hasta que comience a trabajar, pero ya podemos salir del refugio»; esto último lo cuenta como quien dice «Por fin soy libre».

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Maria Clemencia Montejo Lamas

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