Alez Malloy: las cartografías de un emigrante cubano en Uruguay

17 de abril de 2026 a las 07:00 a. m.

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Foto: Cortesía Alez Malloy

Foto: Cortesía Alez Malloy

Casa de yagua en los pies de la Sierra Maestra, en Granma, Cuba. Techo de palma y piso de tierra. Un batey sin electricidad ni acueducto. ¿La banda sonora que acompaña la imagen? Un wildtrack que solo puede encontrarse en espacios lejos del ideario capitalino, donde la precariedad —sin caer en la estética de la pobreza— trae cierta libertad. Libre por ser olvidado. Ahí, en 1996, nació Alez Malloy.

Dos años antes, a casi 800 kilómetros de ese paraíso natural, más de 35 000 cubanos tomaban rumbo hacia Estados Unidos en balsas improvisadas luego de un hecho conocido como «el Maleconazo». Dos décadas después, en 2024, Alez haría un recorrido similar: no por agua, sino por tierra. No hacia Estados Unidos, sino hacia el Cono Sur.

«La verdad, siempre tuve deseos de irme. No porque no amara a mi país, sino porque no me sentía lo suficientemente libre como para hacer algo tan simple como expresarme», explica.

Esta es la historia de Alez Malloy, un migrante cubano de 29 años que hoy habita en Montevideo, Uruguay: una ciudad donde, en los rincones menos esperados, pueden encontrarse pequeños pedacitos de la isla gracias a la labor artística de un guajiro sudamericano.

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«De Cuba para ti», lee el texto que acompaña un cuadro rojo con líneas negras sinuosas que, de lejos, parece un mapa. Alez ha depositado la pieza en la entrada del Teatro del Notariado, en la calle Guayabo, Montevideo.

La consigna de sus obras casi siempre es la misma: «llévame». La paleta también suele ser constante —estética afrodiaspórica de colores de fuerza, tierra, sangre, espiritualidad y resistencia cultural—. Las locaciones, sin embargo, cambian, al igual que la iconografía: caracoles, el ojo protector que todo lo ve, el gallo de la sierra, la estrella solitaria. Los trazos nunca son iguales. El mapa no es el mismo, pero siempre pareciera dibujar un camino entre su pasado y su futuro.

Las obras de Alez han sido encontradas en otras ciudades uruguayas —Piriápolis, por ejemplo— y del mundo. En parques, plazas, en estaciones de ómnibus, a las afueras de espacios «legítimos» del arte. Incluso, debajo de la sombra de El Oso y el Madroño, en Madrid.

«Este proyecto [situar obras en el espacio público] nace de mi experiencia como emigrante en Uruguay: salir de Cuba y llegar acá, habitar este país, este territorio, desde la vulnerabilidad, la gratitud y, a veces, el prejuicio. El acto de dejar mi obra en la calle replica, simbólicamente, la condición de migrante: estar expuesto, disponible, sin garantías, esperando ser aceptado o rechazado», dice Malloy.

«Mis obras siempre van acompañadas del mensaje: "No vinimos a invadir, vinimos en busca de un lugar"».

Para Alez, el mensaje que acompaña la obra es tan importante como la pieza en sí. Una declaración política y afectiva que parte de la necesidad humana de buscar un lugar en este mundo. Sobre todo, en un mundo donde cada vez más la migración suele estar asociada a la invasión o al peligro.

«El mensaje central nace de cientos de comentarios que escucho en la calle, y que siempre empiezan o terminan igual: "Estos nos están invadiendo". He recibido mucho odio en las redes, comentarios muy racistas y xenófobos, pero también he recibido mucho apoyo», explica.

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Después de cursar tres años de Ingeniería Informática en la Universidad de Camagüey y pasar un curso de promoción cultural en la Asociación Hermanos Saíz —asociación en la que también trabajó «un tiempo»—, Alez decidió salir de Cuba. El momento detonante fue la pandemia de coronavirus (COVID-19), cuando vivía en Las Tunas. Entre los cortes de luz —«cuatro o tres horas de corriente», describe—, la escasez de comida y la falta de otros productos de primera necesidad, el joven se hizo una sola pregunta: «¿Te quedas o te vas?». 

«Es hora de intentar estar en un lugar donde, al menos, las necesidades básicas puedas sentir que están cubiertas. Tenía a mi amigo acá [en Uruguay] y entonces tomé la decisión», recuerda.

De Trinidad y Tobago cruzó a Surinam; de Surinam a Guyana; de Guyana a Brasil y, finalmente, a Uruguay. Como las líneas que atraviesan sus cuadros: un laberinto terrestre.

Sobre Uruguay no conocía mucho, pero llegó con tantas expectativas, las cuales se terminaron desdibujando con el paso de los días y meses. La narrativa de un país «progresista» se matizó con retóricas fascistas y expresiones xenófobas provenientes de algunos sectores de la población.

«Ser migrante caribeño en Uruguay ha sido uno de los retos más difíciles que he tenido», sentencia.

«Primero, por tener que llegar a un lugar y empezar desde cero. Segundo, porque te encuentras con personas que te tratan de menos solo porque eres un refugiado… una "mugre caribeña", "negros inferiores" y demás epítetos. Pero también encontré gente muy buena que me apoyó mucho, me extendió la mano y abrió las puertas del país, de su casa».

Alez siente que una parte importante de su identidad mutó, se transformó. Pasó de ser «el cubano que vive en una dictadura» al «cubano migrante que busca un lugar en la sociedad», y de ahí la centralidad del mensaje de su obra, cuyo espacio de exhibición no es un museo ni una galería, sino la calle. La calle como espacio político y de difusión.

«[En la calle] el arte no se impone, no exige atención y no tiene precio. Simplemente está, como muchos inmigrantes: presente, visible, pero a menudo ignorado o malinterpretado. La calle no es un lugar neutro; es un lugar donde conviven cuerpos distintos, acentos distintos e historias distintas», afirma.

«Por eso la calle, para mí, es el mejor lugar donde mi obra puede existir».

Los espacios públicos —aleatorios o no— donde Alez coloca su obra son la forma que ha encontrado el cubano de conectar con las personas que habitan la ciudad; de conocer a sus «vecinos». A veces hay retroalimentación. Otras veces, no.

«Mucha gente me escribe cuando encuentra una pieza: "La encontré después de salir del hospital por una operación del corazón. Mi niño encontró tu cuadro y me lo trajo…". Creo que eso no lo podrías recibir en otro espacio que no fuera en la calle», comenta.

«A veces desconozco el paradero de alguna de mis obras. Y, bueno, ahí está también, en parte, la emigración: mucha gente sale y no llega».

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Alez no vive de su arte —no es su principal fuente de ingresos—. El cubano trabaja en una cuadrilla y en un estudio de tatuajes. Su proyecto se sostiene, en gran parte, gracias al reciclaje.

De la calle, el artista saca la materia prima de sus obras y a la calle las devuelve, una vez culminado el proceso de producción. Desde muebles en la acera, mesas viejas, hasta pedazos de madera que regresan a su casa —guarida y taller—, donde los interviene con música de fondo. Casi siempre, salsa o son: ritmos que le permiten regresar a las faldas de las sierras que lo vieron crecer y reconectar con un país del cual tuvo que despedirse.

«Las líneas representan el concepto de las fronteras: líneas imaginarias que nos dividen en un bando y otro, y yo las uso y las transformo en trazos que unen un punto A y un punto B. Mapas de lugares importantes para mí. A veces uso mucha simbología cubana: yarey, palma, machete y demás elementos ligados a la idiosincrasia de Cuba», sentencia.

Desde que inició su proyecto, el granmense asegura haber visto un cambio positivo en personas que antes «tenían opiniones diferentes» con respecto a la migración y al emigrado como sujeto social.

«Eso da más ganas de seguir», dice.

Gracias a su obra, ha podido conectar con otros artistas, locales y foráneos, pero alerta sobre la falta de redes de apoyo o espacios institucionales donde los artistas migrantes puedan vincularse. «Integración cultural» —le llama—: la posibilidad de acceder a herramientas y contactos que permitan ampliar su alcance y visibilidad.

«Creo fielmente que hay mucho talento cubano inmigrante en Uruguay y en todas partes. Solo tienes que tener un pequeño empujón para empezar a mostrarlo. Me encantaría poder, en algún momento, crear una red de artistas emergentes migrantes en Uruguay, donde el apoyo entre todos cree grandes proyectos y, a su vez, grandes obras», agrega el cubano.

Hoy puede ser martes o sábado. No importa el mes ni la estación. Tampoco el año. Alez termina su pieza más reciente y se prepara para salir a dejar, como tesoros semiocultos, esa y otras obras en distintos rincones de Montevideo. Quedan dispersas por la ciudad, como los 3 millones de cubanos que un día dejamos la isla y todavía buscamos nuestros caminos de ida y regreso.

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