«Me llamo Paola. Soy cubana, nativa de Ciego de Ávila, pero me fui a vivir para La Habana por la situación que vivía en mi provincia... porque allá en Cuba, las que viven en la parte más campestre pasan más trabajo, más discriminación. Me fui para ver si me sentía un poco mejor». Sin embargo, en la capital, el hostigamiento policial por ser una mujer trans continuó: vinieron más detenciones, multas y acusaciones falsas de prostitución solo por caminar por la calle. Tras sufrir una agresión sexual dentro de una estación de Policía, decidió abandonar el país. «Yo dije: “Si la Policía, que tiene que protegerme, no lo hace, aquí me van a matar en cualquier momento”».
Antes de que anochezca en Tapachula, en el sur de México, Paola guarda sus documentos en una bolsa de plástico dentro del cuarto que comparte con otras compañeras. No sale sin ellos. Todavía espera la entrevista que permita avanzar su trámite migratorio.
«Aquí llevo un año y dos meses esperando la entrevista grabada, resistiendo con la mejor actitud porque tampoco nos dan un trabajo formal por el simple hecho de ser trans. Sin la residencia en la mano no te dan empleo formal en ningún lado; lo único que te dejan libre es la calle, la prostitución y exponerte a coger enfermedades. Esta es mi realidad aquí, esperar a que los papeles lleguen para poder moverme a un lugar donde se pueda vivir de verdad».
Junio —el mes del orgullo LGBTQ+— llega a Tapachula. Para las personas de la comunidad LGBTQ+ migrantes que permanecen en la ciudad, el calendario continúa marcado por otras fechas: la próxima firma ante la Comar, el pago de la renta y la búsqueda de dinero para sostenerse otra semana. Algunas comparten habitaciones con más personas migrantes para reducir gastos; otras encadenan labores temporales, sobreviven con el apoyo de organizaciones civiles o encuentran en el trabajo sexual una fuente de ingresos mientras esperan el documento que les permita salir de Chiapas.
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Cristina cuenta las veces que ha firmado el documento que la obliga a presentarse cada 15 días ante la Comisión Mexicana de Ayuda a Refugiados (Comar). Ya suma 28 citas. Cada dos semanas repite el mismo recorrido, calcula el dinero exacto para el pasaje de la combi y espera una resolución que sigue sin llegar. A sus 40 años, llegó desde Cuba hace un año y seis meses con la idea de que México sería un país más libre para una mujer trans, pero la realidad en la frontera sur ha sido distinta. No deja de recordar que en la isla dejó a su madre de 66 años postrada en una cama y bajo su estricta responsabilidad económica.
Las firmas organizan buena parte de la vida de quienes solicitan refugio en Tapachula. Cada comparecencia mantiene vigente el expediente abierto ante la Comar. El trámite continúa siempre que las personas acudan a las citas programadas y conserven la constancia que acredita su permanencia legal durante el proceso.
La cancelación de la aplicación CBP One a principios de 2025 dejó a miles de personas varadas en Tapachula quienes tuvieron que buscar otra vía para regularizar su situación. Entre ellas, se encuentran integrantes de la comunidad LGBTQ+ que abandonaron Cuba tras enfrentar distintas formas de violencia y discriminación. A ello se suman migrantes que, incluso, luego del cierre de la frontera sur de Estados Unidos continuaron saliendo de la isla para llegar a México con la esperanza de avanzar en algún momento hacia el norte o reubicarse en un estado azteca; también, miles de cubanos deportados desde EE. UU. tras el regreso de Trump a la Casa Blanca se encuentran varados y sin garantías en Tapachula.
Quienes salieron de la isla, lo hicieron en avión hacia Nicaragua para después emprender una travesía terrestre que abarcó Honduras y Guatemala hasta tocar la frontera sur mexicana. Al llegar a Chiapas, iniciaron el procedimiento ante la Comar, pero la espera por una resolución terminó por condicionar los aspectos más básicos de sus vidas cotidianas: conseguir trabajo, pagar la renta y decidir si podían permanecer en la ciudad o continuar su camino.
«Yo me llamo Esney —se presenta—. Hablar de política de Cuba es polémico (...), pero realmente es conocido. En Cuba no hay luz, no hay corriente, no hay agua, no hay comida... es un infierno. No hay medicamento. Yo salí hace diez meses y ya estaba malo». Tras huir de esa asfixia cotidiana, llegó a Chiapas y buscó empleo en distintos negocios de Tapachula, pero pronto descubrió que la documentación temporal con la que inició su trámite migratorio no era suficiente para acceder al mercado formal. «Te dicen que con la visa humanitaria puedes optar por varias vías de trabajo, en tiendas de conveniencia o plataformas, pero es mentira —lamenta—. Llegas y te exigen la residencia. Vas a los lugares y te dicen que no, que las contrataciones para extranjeros están paradas».
Entre 2022 y 2024, la oficina de la Comar en Tapachula registró 1 408 solicitudes de asilo de mujeres trans migrantes, con un crecimiento sostenido: 65 casos en 2022, 555 en 2023 y 788 durante 2024. La gran mayoría de los expedientes correspondió a mujeres originarias de Honduras (498), Cuba (314) y El Salvador (274). Sin embargo, la evolución del flujo cubano destaca de manera particular: escaló de apenas ocho casos en 2022 a 193 en 2024, una tendencia que coincide con los testimonios de asfixia y persecución recogidos en esta investigación.
Uno de los hallazgos dentro de los registros oficiales es la brecha de resolución: al cierre del período analizado, el 54.3 % del total de expedientes permanecía sin respuesta —764 de 1 408—, proporción que asciende al 59.5 % entre los casos admitidos en 2024. Mientras que en 2022 las resoluciones positivas superaron ligeramente a las pendientes, la tendencia se invirtió en los años siguientes y convirtió la falta de respuesta institucional en norma. La base documental inicia en junio de 2022 porque la Comar indicó no contar con datos desagregados correspondientes a 2020 y 2021.
Esney, quien se presenta como miembro de la comunidad LGBTQ+, explica que la falta de residencia no es el único obstáculo para conseguir empleo; el rechazo por su orientación sexual es una barrera cotidiana. «Tú vas a los lugares y te dicen que no, no te dan trabajo por ningún lugar —denuncia—. Aquí, la discriminación es tan grande que por ser parte de la comunidad no nos dejan trabajar en muchos sitios. Llegas a los lugares de trabajo de contratación estatal y te dicen que las contrataciones para personal extranjero las pararon hasta nuevo aviso. En los lugares particulares piden principalmente mujeres mexicanas o guatemaltecas».
«Soy Sandra, soy cubana, soy chica trans —se presenta—. Voy para 11 meses firmando... Llevo casi 22 firmas. La situación acá es bastante crítica porque no nos acaban de dar la residencia y sin residencia no podemos movernos a otros estados para conseguir trabajo. Por ser parte de la comunidad, somos la parte de la población más vulnerable».
Durante la charla, y mientras los gastos se acumulan, sus recuerdos vuelven a las razones que la obligaron a huir de la isla: «Salí de Cuba porque allá no hay medicamentos, la Policía no nos deja, nos molesta, nos mete advertencias, nos mete hasta por gusto a prisión por el hecho de vestirnos de mujer. Es un infierno. Acá, la Policía no nos molesta, pero igual... no hay muchas opciones de trabajo, de nada. Estamos en un limbo. Cada mes, a la hora de pagar renta, comida y demás, pues nos la vemos muy difícil. La única vía de ingreso termina siendo la prostitución, muy mal pagada, y la estamos pasando bien mal».
«Si las personas tuvieran la opción de tener un trabajo digno, no habría necesidad de prostituirse. Uno no ha llegado todavía a Tapachula y ya sabe desde que sale de Cuba cuál es el único trabajo seguro que va a tener acá», confirma Esney.
Natalie habla de los riesgos que enfrenta al depender del trabajo sexual para sobrevivir mientras espera la resolución migratoria. «Llevo un año y dos meses en los que mi único trabajo ha sido la prostitución, no es por elección, es por obligación. Eso conlleva mucho riesgo porque irse a la calle no es muy fácil tampoco. Te expones a riesgos de enfermedad, a riesgos de muerte, a riesgo de caer en alguna red que te coja y te diga que ahora vas a trabajar de esclavo sexual. Nadie sabe. Las leyes están escritas, pero no se cumplen».
Los riesgos que describen Natalie y otras entrevistadas también alcanzan los espacios donde algunas personas migrantes consiguen trabajo. El 15 de abril de 2026, un ataque armado en el bar La Perla, ubicado en Plaza Cafeto, al sur de Tapachula, dejó herida de bala a una mujer cubana de 52 años durante la madrugada.
Durante la espera, muchas personas migrantes encuentran en organizaciones como Casa Frida un lugar donde dormir, recibir alimentos o acceder a atención médica mientras continúa su trámite migratorio. Pero esos pequeños oasis no alcanzan para sostener el alma y la dignidad de las personas migrantes trans cubanas en ese pueblo que se parece más a la desdicha que a la esperanza.



