Granada, 1983: sobre vivos y muertos

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M102 norteamericano disparando durante la invasión. Foto: Wikipedia.

M102 norteamericano disparando durante la invasión. Foto: Wikipedia.

A eso de la una de la tarde del 26 de octubre de 1983, los estudiantes y profesores de la Vocacional Lenin fuimos pastoreados hasta la entrada de la escuela. No se dieron explicaciones, pero no era difícil intuir que aquella reunión excepcional estaba relacionada con la invasión estadounidense a Granada, iniciada el día anterior. Resultaba que, tras la revolución socialista llevada a cabo en marzo de 1979 por Maurice Bishop y sus seguidores, la isla caribeña —desconocida por nosotros hasta entonces— ya era parte de nuestra geografía político-afectiva que dividía al mundo entre el enemigo capitalista y naciones hermanas.

Pues en cuestión de días, Granada había pasado de nación hermana a un país convulsionado primero por un golpe de estado dentro del partido de Bishop y luego amenazado por una inminente invasión norteamericana. El futuro Premio Nobel V.S. Naipaul, llegado a la isla unos días después del final de la invasión, resumió así lo que vio: «En Granada —220 kilómetros cuadrados, 110 000 habitantes— la revolución era una imposición, tan teatral y desproporcionada como la presencia militar estadounidense a la que había dado pie».

La noche anterior a aquel mediodía, los estudiantes de la vocacional —junto con el resto del país— habíamos sido instruidos de los últimos acontecimientos por el mismísimo Comandante en Jefe en una conferencia de prensa televisada. Con el pretexto de proteger a un grupo de estudiantes de su país de la explosiva situación, el presidente Reagan había ordenado a su ejército invadir la isla. El Comandante en Jefe, ni corto ni perezoso, ordenó a los más de 700 trabajadores que construían desde hacía tiempo el aeropuerto de Point Salines y a la misión militar en la isla (que ascendía a unos 40 efectivos) repeler la invasión norteamericana que, previsiblemente, comenzaría por dicho aeropuerto.

Aeropuerto internacional Point Salinas, Granada. Foto: Wikipedia.

El primer enfrentamiento entre la Meca socialista del Caribe y el imperialismo norteamericano iba a tener lugar en una isla diez veces más pequeña que la Isla de la Juventud, aunque con una población similar. Y para comandar aquel esfuerzo, el Comandante había elegido personalmente al coronel Pedro Tortoló Comas, a quien vaticinó que escribiría páginas dignas de Antonio Maceo; que era su manera en clave escolar de decirnos que Tortoló era negro.

O sea, que lo que escucharíamos ese mediodía del 26 de octubre de 1983 era el resultado del primer enfrentamiento militar entre nuestra patria y el imperialismo yanki, rivales que hasta entonces solo habían competido directamente en el terreno del deporte aficionado. Fue allí, a la entrada de la escuela, que escuchamos la voz trémula del antiguo anunciador de la cerveza Hatuey, Manolo Ortega, declamar:

«A las 09:55, la Embajada de Cuba en Granada informó que el último ataque enemigo sobre nuestras posiciones fue realizado con todos los medios: aviación de cazas, helicópteros, artillería de grueso y mediano calibre y morteros. Que al final, un grupo de seis compañeros abrazados a nuestra bandera continuaban combatiendo. A las 11:17, el embajador comunicó: No hay resistencia cubana, los combatientes de último reducto no se rindieron y se inmolaron por la Patria».

Esa demostró ser la mejor fórmula para enmudecer a cientos de adolescentes que habitualmente encontraban en casi todo un motivo de diversión: el martirologio de más de 700 compatriotas coronados por el detalle del abrazo a la bandera de los últimos seis. Nadie que haya escuchado aquella alocución olvida ese detalle y hasta juraría que en el comunicado se mencionaba que esos que abrazaban la bandera murieron cantando el himno nacional. Solo se echaría en falta un tocororo revoloteando alrededor de tanto símbolo patrio. Pero en ese momento —súbitamente entristecidos— ninguno de nosotros estaba para bromas.

Las chicas más sensibles y desinhibidas lloraban a moco tendido mientras los demás mirábamos al bueno de ¿Andrés? cuyo padre era uno de los 700 y tantos constructores presuntamente muertos. Lo mirábamos con la compasión que se dedica a los huérfanos muy recientes mientras él mostraba la pesadumbre y el desconcierto esperable en esos casos. No estábamos solos en nuestra angustia. Más tarde, pudimos comprobar que las autoridades se habían dado la maña para que a esa hora inusual todo el país estuviera frente a un televisor escuchando el comunicado en la voz trémula y cavernosa de Manolo Ortega, el único ser en la isla —junto al comandante-compositor Juan Almeida— que podía permitirse la posesión de un Alfa Romeo deportivo.

En ese estado de compunción colectiva estuvimos unas diez horas. De vuelta en los dormitorios, las luces apagadas e iniciados los trámites del sueño, un rumor, traído por profesores, se convirtió en gritería: ¡HAY MÁS DE 600 CUBANOS VIVOS! Aprovechamos la circunstancia para saltarnos los protocolos habituales y alborotar a toda la escuela con aquello de que los irremediablemente muertos de unas horas atrás estaban vivos. Y con la convicción de que el padre de ¿Andrés? estaba entre ellos. Porque al final, la cifra exacta de muertos —24— nos pareció pequeña comparada con el terrorífico comunicado leído por el propietario del Alfa deportivo. Pocos, pero más que suficientes para organizar un funeral de Estado al pie de la Raspadura de la Plaza de la Revolución en la primera oportunidad que mi generación tuvo acceso a ella. Porque más allá de la breve alegría de la rectificación numérica, se mantuvo el tono luctuoso durante un par de semanas.

soldados

Soldados del Ejército estadounidense, octubre de 1983. Foto: Wikipedia.

Persistente luto que agradecí: por entonces trataba de aprenderme tantas canciones de Silvio Rodríguez como pudiera, tarea difícil en los días previos a sus famosos conciertos en Argentina, recién caída la dictadura allá, y que lo convirtieron en uno de los principales productos de exportación y hasta de consumo nacional —y previo a la aparición de YouTube o Spotify—. Sin embargo, alguien había decidido —con inusual perspicacia— que la única música que no desentonaba con aquella fúnebre circunstancia era la de Silvio y la del resto de la Nueva Trova. ¡Qué banquete me di de eras pariendo corazones y de cañones de futuro matando canallas! ¡Qué atracón de gerundios!

Frustrados porque la infinita maldad de los imperialistas yankis apenas hubiera dado para matar a 24 compatriotas, en paralelo al funeral colectivo se escenificó en vivo y en directo el desembarco a cuentagotas de los 59 heridos cubanos que causó la invasión. No obstante, en una de esas entrevistas en vivo la atención popular se fijó en un detalle que no cuadraba con la versión heroica que nos daban del coronel Tortoló: un herido declaraba haber estado junto al coronel mientras resistían a los invasores justo hasta que una explosión lo hirió, dejándolo inconsciente. Pero cuando el entrevistado despertó —como el dinosaurio de Monterroso— Tortoló, el supuesto émulo de Maceo, ya no estaba allí.

Durante semanas, el escarnio popular se cebó en el pobre coronel sin considerar que su supuesta cobardía y su renuencia a dejarse matar (como le ordenara el Comandante) había salvado más de 700 vidas. Durante años, Tortoló se convirtió en sinónimo de cobardía y velocidad de piernas, pero la lección de Granada sirvió para algo más que un puñado de chistes chuscos, elementales. Porque fue la primera vez que los cubanos de mi generación pudimos comprobar casi de inmediato y sincrónicamente que el régimen nos mentía. Y créanme que solo con el Granma y el ICRT a nuestra disposición no era poca cosa. El Gobierno podía aludir que había sido desinformado y hasta engañado por sus funcionarios, pero no le quedaban excusas para justificar tanta credulidad. Y si se mira con atención, se nota un gran interés por parte del máximo líder en creerse que el imperialismo yanki se había cargado 700 compatriotas de un golpe. Nunca somos más crédulos que cuando la realidad parece confirmar nuestros prejuicios.

Porque si se revisa sin las orejeras de la fe lo ocurrido en aquellos días, cada detalle apunta a que Fidel Castro laboró intensamente en favor de una gran masacre de cubanos a manos norteamericanas. ¿A qué otra intención obedece que insistiera —en vez de evacuar al personal cubano del sitio caótico y peligroso que era Granada tras el golpe de estado contra Bishop y su posterior asesinato— en convertir a los constructores del aeropuerto en defensores de un régimen difunto? Castro declaró en la comparecencia del 25 de octubre: «los lamentables acontecimientos ocurridos en Granada hacen moralmente imposible, ante nuestro pueblo y el mundo, el sacrificio inútil de enviar dichos refuerzos para luchar contra Estados Unidos».

Si era un sacrificio inútil mandar refuerzos a los constructores atrincherados en Granada, ¿acaso no lo era ordenarles que resistieran la invasión norteamericana hasta el último hombre y la última bala? ¿Realmente pensaba Fidel Castro que sus 700 soldados aficionados podrían resistir mínimamente a una fuerza élite diez veces superior en número y armamento? ¿Les envió acaso para dirigirlos a uno de los tantísimos oficiales de primera que habían sobresalido en sus campañas africanas? No. Pedro Tortoló Comas era por entonces el jefe del Estado Mayor de la escuela de responsables de milicias del Ejército Central, un puesto bien bajo en el escalafón guerrero del castrismo. O sea, una pieza tan desechable como aquellos cientos de constructores.

soldados

Marinos estadounidenses en el pueblo Grenville durante la invasión a Granada. Foto: Wikipedia.

¿Piensan que exagero? El 25 de octubre, durante la conferencia de prensa que siguió a su comparecencia televisiva, un periodista extranjero tuvo el atrevimiento de preguntarle si su intención era sacrificar al personal cubano en Granada y la respuesta del primero de los Castro fue:

«Bueno, no seríamos nosotros, sino Estados Unidos quien sacrificaría a los cubanos. Ellos iniciaron el ataque; ellos lo han mantenido. Nosotros, por un principio elemental de honor y el legítimo derecho a la autodefensa, nos hemos estado defendiendo de estos ataques. Si nuestros compañeros deben morir bajo ataque, morirán en un acto de defensa absoluta y legítima. Lo que no podemos hacer es decirles que dejen de defenderse si son atacados».

Más allá de los malabares gramaticales para conseguir que «nosotros» nos defendamos pero son «ellos», los constructores, los que van a morir, esa respuesta revela el plan maestro del Comandante: ya que se había perdido Granada como cabeza de playa caribeña de su imperialismo subsidiado por la Unión Soviética (en esos días el castrismo tenía personal militar en sitios tan distantes como El Salvador, Nicaragua, Angola y Etiopía), al menos quedaba la oportunidad de que los pobres constructores «aunque incapaces de resistir la abrumadora superioridad militar de las fuerzas estadounidenses —incluso perdiendo la batalla y sacrificándose— aún podrían infligir una costosa derrota moral a Estados Unidos». Y la «costosa derrota moral» consistía en convertir al ejército norteamericano en el ejecutor de una espantosa matanza de civiles malamente armados.

El mensaje enviado desde la embajada a las 11:17 a. m. del 26 de octubre (supongo que sea la hora de Granada, o sea, una hora menos en Cuba) encajaba a la perfección en la escenografía de la «derrota moral» norteamericana que tan febrilmente había preparado el Comandante en Jefe. Solo él pudo tomar la decisión de convertir la comunicación enviada desde la Embajada cubana en Granada en comunicado oficial. Solo él pudo ordenar que fuera transmitido un par de horas después a todo un país al que se le había conminado a encender los televisores a la inusual hora de la una de la tarde.

El entonces embajador cubano en Granada, Julián Torres Rizo, al atreverse a hacer el recuento de aquellos días casi 40 años después, se reconoce como responsable de no avisar «que la información enviada no estaba verificada», pero añade: «[la] decisión de hacerla pública se tomó en La Habana». Y en ese uso del impersonal se refugia el único nombre que pudo tomar tamaña decisión. Agrega Torres Rizo: «las informaciones que se tomaron para ser difundidas no fueron las únicas enviadas a La Habana desde la embajada». El embajador no explica el carácter de esas otras comunicaciones, pero que Castro les hiciera tan poco caso como a las noticias de las agencias internacionales de prensa y en su lugar eligiera la más tremebunda de todas nos habla de su tendencia a confundir deseos con realidad. Y su mayor deseo en aquellos días era el de convertir a Granada para el contexto de América Latina y el Caribe «en lo que el Moncada fue para la tiranía de Batista en Cuba». O sea, transformarla en una gigantesca campaña publicitaria sobre la maldad del contrario y el martirologio propio.

Torres Rizo relata sobre su llegada al aeropuerto José Martí el 9 de noviembre de 1983: «el comandante Piñeiro me informó que el Comandante en Jefe estaba en el aeropuerto y, tal vez, quería conversar conmigo». Sin embargo, Torres Rizo no fue «mandado a llamar, ni esa noche ni en ninguna otra ocasión, por lo que nunca más nos volvimos a encontrar». ¿No les resulta raro que apenas dos semanas después del papelazo tremendo de anunciar una falsa matanza en Granada el Comandante en Jefe no le hubiera pedido explicaciones al responsable? Me dirán que ese silencio casa con el estilo mafioso de hundir al subordinado en falta en el desprecio más profundo, pero ¿no sería mucho más importante en ese momento reunir la mayor cantidad de información posible?

Ya sé que cuesta trabajo ponerse bajo la gorra de alguien como el Comandante en Jefe, pero la más elemental conclusión que se me ocurre es que no había nada que supiera el ya exembajador de lo que Fidel Castro quisiera enterarse. Sorprende menos saber que, la misma noche de su llegada, el exembajador insistiera en que la televisión nacional le hiciera una entrevista de dos horas y que esta nunca saliera a la luz. Y, a juzgar por su recuento casi 40 años después, Torres Rizo tenía detalles interesantes que ofrecer. Como la manera en que —según él— se iniciaron las hostilidades entre la tropa norteamericana y los cubanos:

«Según informaron por la planta de radio desde la misión militar, una parte importante de los cubanos se entregaron a los invasores en la mañana del día 25. Incluso, recuerdo que me iban comunicando estimaciones del número de constructores que estaban en manos de los yanquis. Estas informaciones las transmitía para La Habana inmediatamente después de ser recibidas».

«Usando a los prisioneros como “escudos humanos”, las tropas yanquis avanzaron en dirección a la misión militar de Cuba en Granada; era un grupo numeroso de prisioneros el que usaron para exigir la rendición de esta posición y, al no conseguirlo, se generalizó el combate».

Una manera indirecta de decir que, sin objetivos claros que defender en una isla cuyo líder y aliado acababa de ser ejecutado, incluso esos 24 muertos que a nosotros nos supieron a poco pudieron haberse evitado.

Pienso en lo anterior a propósito de la noticia de los 32 militares cubanos muertos durante la operación norteamericana que terminó con la captura del dictador venezolano Nicolás Maduro. Grandes son las diferencias de lugar, tiempo y circunstancias, pero permanece intacto el método de manipular vidas, muertes y realidades. Porque casos como estos revelan que la lógica del sistema no busca salvar vidas, sino sacarle el mejor provecho (político) a las muertes.

En su condición de soldados improvisados dispuestos a morir tras una orden del Comandante, los constructores recibieron la exposición máxima como víctimas camino al matadero. En cambio, los miembros de la escolta de Maduro no existían oficialmente hasta el momento de anunciar su muerte en las páginas del Granma. Su encomienda era igualmente mucho más concreta que infligirle una derrota moral al imperialismo yanki. Se trataba de proteger a toda costa el envío a Cuba de petróleo venezolano gratuito ayudando a mantener a Maduro en el poder. No tenemos ningún detalle sobre sus muertes. Apenas conocemos un número, unos nombres y unos rostros a los que se les puso un uniforme en Photoshop para darles cierto aspecto marcial póstumo. Datos que bastan para ciertas inferencias básicas. La de que si murieron 32 debe haber un número dos o tres veces superior de heridos y unas cuantas decenas —si no cientos— de sobrevivientes cubanos pertenecientes al dispositivo de seguridad de Maduro. Eso sin contar con los otros miles repartidos por el aparato militar y represivo, valga la redundancia, de Venezuela. No obstante, han cambiado los tiempos y más allá del nuevo revés del inexplicable mito de la invencibilidad militar cubana y de la confirmación de su persistente talento para la mentira es al régimen de La Habana al que le toca hacerse preguntas mucho más serias. Esas en la que les va la vida o la muerte.


ELTOQUE ES UN ESPACIO DE CREACIÓN ABIERTO A DIFERENTES PUNTOS DE VISTA. ESTE MATERIAL RESPONDE A LA OPINIÓN DE SU AUTOR, LA CUAL NO NECESARIAMENTE REFLEJA LA POSTURA EDITORIAL DEL MEDIO.  
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