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La invasión rusa a Ucrania supone una amenaza para la paz y seguridad del orbe

Ucranios intentan pasar por debajo de un puente destruido en Irpin. Décimo día de la invasión rusa. Foto: Luis de Vega / El País.

La invasión a Ucrania, Cuba y las relaciones internacionales

7 / marzo / 2022

La invasión rusa a Ucrania supone una amenaza para la paz y la seguridad del orbe. El orden internacional posiblemente no será el mismo luego de que este conflicto termine, sea cual sea su desenlace. La reacción mayoritaria de los Estados ha sido condenar la invasión, mientras que una minoría ha manifestado su apoyo a Rusia (Bielorrusia, Siria, Corea del Norte, Venezuela y Eritrea) o ha optado por una posición menos frontal, o sea, no condenan la intervención militar (Cuba, Kazajistán, Armenia, Angola, Gabón, Vietnam, entre otros) para no arriesgar sus lazos estratégicos con Moscú y, como en el caso de varios países africanos, porque sienten lejanía con el conflicto. En particular, el Estado cubano ha hecho llamados a la paz y a la resolución de los enfrentamientos mediante la negociación, sin condenar la invasión rusa.

Cada país ha optado por disímiles argumentos para fundamentar sus posiciones en el asunto. Estas se estudian desde diversas corrientes teóricas —realismo, liberalismo y constructivismo— de las relaciones internacionales, pues operan como lentes específicos para analizar los vínculos entre los actores del sistema internacional. Me centraré en las dos primeras corrientes porque permiten contrastar dos visiones contrapuestas sobre el derecho internacional, el rol de la moral en las relaciones internacionales y, a la par, son útiles para explicar las posiciones de Rusia, Ucrania y Cuba.

Desde el realismo clásico —una teoría que surgió en el contexto de la Guerra Fría y se centra en las grandes potencias—, los Estados tienen intereses a preservar que se expresan en términos de poder. Dichos intereses orientan su política exterior, pero con el objetivo de favorecer la prudencia y no la guerra. La política internacional se resume en un juego constante de equilibrios —en esencia militares— entre los Estados más poderosos. Por ello, las organizaciones internacionales y el derecho internacional se mantienen solo si sirven a los intereses de las potencias, como lo es Rusia. El enfoque realista postula la separación entre moral y política, por lo que para esta corriente no son importantes los principios y valores en el ámbito de las relaciones internacionales. 

Por otra parte, el liberalismo clásico es una corriente que propugna la concertación, la cooperación, la negociación y el arreglo de los conflictos por medios pacíficos. Es por ello que presta especial atención a las organizaciones internacionales, por los espacios de diálogo que se generan en su seno. Se trata de una postura basada en la diplomacia y que toma en cuenta un conjunto de principios y valores que orientan, al menos en teoría, el comportamiento de los Estados en el ámbito internacional. De tal forma, el liberalismo —que funge como modelador del orden internacional— se identifica con el derecho internacional cuya finalidad es asegurar la paz y la seguridad entre los Estados y todas las normas formales e informales que regulan la vida en el orbe.

Ambas corrientes teóricas permiten interpretar las posiciones de Rusia, Ucrania y Cuba. Desde una postura realista, la invasión rusa está justificada por sus intereses de seguridad nacional. Resulta claro que, para el Gobierno de Moscú, la candidatura de Ucrania para ingresar a la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) es un riesgo. Lo que ocurre es que las evidencias disponibles sobre esta posibilidad, son las mismas que había acerca de la tenencia de armas nucleares por Iraq en 2003; es decir: ninguna. La presunta existencia de estas armas constituyó el argumento central de la invasión estadounidense; dicho sea de paso, fue condenada enérgicamente por Cuba. Más allá de algunas declaraciones del presidente Volodímir Zelenski y otros políticos ucranianos, no existe un proceso formal de adhesión de Ucrania a la OTAN. 

A lo anterior hay que añadir que Ucrania también tiene intereses de seguridad. No creo disparatado que estos se asocien con su ingreso a la mencionada alianza militar, pues la evidencia empírica demuestra que si un Estado exsoviético desea una política interna y externa independiente de la rusa, necesita aliarse con Europa y Estados Unidos. Dicho en otras palabras: cuando los intereses de Rusia se han afectado en una república del espacio postsoviético, se ha producido algún tipo de intervención rusa. La invasión de Georgia (2008), el apoyo a Alexander Lukashenko ante las protestas tras su reelección (2020), el envío de un contingente militar a Nagorno-Karabaj luego del conflicto entre Armenia y Azerbaiyán (2020) y la intervención militar en Kazajistán (2022) constituyen muestras de ello. Rusia asume ese entorno geográfico como su área de influencia y espacio de seguridad

Desde la óptica del liberalismo, con la cual me identifico, se hace más evidente la ilegalidad de la invasión rusa. La violación de principios del derecho internacional reconocidos en la Carta de las Naciones Unidas —como el respeto a la soberanía e integridad territorial de los Estados— sostienen esta afirmación. Asimismo, se verifica el rechazo ruso a la solución negociada de sus diferencias con la parte ucraniana y su desentendimiento con los Acuerdos de Minsk. Bajo la lógica del liberalismo, se hace más evidente que la posible incorporación de Ucrania a la OTAN como excusa para invadirla es ilegal. Al tratarse de un Estado soberano tiene plena capacidad jurídica para concertar las alianzas que estime pertinentes. 

Por último, me referiré a la postura cubana sobre este conflicto. Se trata de una posición más cercana al realismo que al liberalismo, pues Cuba ha favorecido su relación estratégica con Moscú, en lugar de condenar —con la energía de otras ocasiones— la invasión a Ucrania. La existencia de una deuda de 2.300 millones de dólares con el Gobierno ruso —reestructurada recientemente—, los acuerdos militares y de otros tipos, y el apoyo político en casi todos los temas de la agenda internacional influyen en la actitud del Estado cubano. La tradicional posición de principios ante agresiones imperialistas ha cedido dada la creciente dependencia del apoyo ruso. Lo anterior explica las abstenciones en la Asamblea General y el Consejo de Derechos Humanos de la ONU al efectuarse la votación de resoluciones que condenaban la invasión de Rusia.

Pero más allá de esos votos hay que analizar el panorama completo. Antes de la invasión, los medios de prensa oficiales y la cancillería cubana rechazaron la posibilidad de que la invasión ocurriera, mientras que culpaban a Estados Unidos y la OTAN de poner en riesgo los intereses de seguridad rusos. A esto hay que sumar la ausencia de declaraciones que condenen la ilegalidad de la agresión, más allá de exhortaciones a la negociación y el arreglo pacífico de las diferencias. De ahí que Cuba haya optado por una posición acorde con sus intereses, pero alejada del paradigma liberal en las relaciones internacionales y, por tanto, de los principios del derecho internacional.

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Raudiel Peña Barrios
Licenciado en Derecho por la Universidad de La Habana y Máster en Derecho Constitucional. Ha publicado artículos sobre varias temáticas jurídicas y políticas en revistas especializadas de Ecuador, Chile, Costa Rica y Alemania.
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