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Foto: Julita Bugacoff.

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La pandemia en canciones

La música ha sido un aliciente para quienes transitamos esta pandemia entre la incertidumbre y la esperanza. Las melodías se quedan grabadas en nuestra memoria y aparecen para calmar nuestros pensamientos, alegrar nuestras actividades o darnos un poco de impulso cuando estamos a punto de rendirnos. A veces, incluso, para recordarnos que llorar nos hace bien.

Nuestra convocatoria «El año inesperado: Contando Juntos el 2020» nos trajo una aventura llena de ilustraciones y poemas. Pero además, nos dejó un Cancionero Pandemial. La autora de esta colaboración cuenta y canta, en su rutina, la música que ha marcado su año.

En un playlist se encuentran varios años de nuestras vidas, pero en este 2020 seguro que muchas canciones incluso cambiaron de significado. Por ello, queremos compartir con nuestra audiencia un poco de música y anécdotas a través de este inusual cancionero.

**Enlace del cancionero en Youtube de Voces Latinas:

https://www.youtube.com/playlist?list=PLlz7MiLFy58MQfXOH8xuCKOU75b4GMSL7

_____________________________________________________________________

Cancionero Pandemial

Por Anamaría Varea

Por una extraña razón que no tiene explicación, cada mañana cuando despierto, hay una canción sonando en mi cabeza. Casi siempre es romántica, cursi y simplona y me la sé, de pe a pa; también llegan otras hermosas, profundas, trascendentes. Aparecen de pronto y permanecen conmigo a lo largo de toda la jornada, me dicen cosas, hacen recomendaciones y traen recuerdos de todo tipo.

Así es desde hace muchos años y creo que así será por muchos años más. Ya me he resignado, cuando llegan, las acojo, me conecto y las canto a viva voz. Canto cuando estoy en la ducha y también cuando camino, arreglo, cocino o mientras trabajo. No me preocupo de su calidad, trascendencia o contenido, vienen a mí y las acojo. Es importante aclarar que muy pocos reguetones aparecen y a propósito de noviembre, si llegan a mi cabeza, me niego a cantar o tararear letras de canciones que hacen alusión a la violencia a la mujer.

¡Qué tiempo complicado y difícil ha sido este! Estamos por ajustar los 9 meses de pandemia y debo confesar que la experiencia me ha costado. Atiborrados de noticias estremecedoras, indicadores escalofriantes, en un tiempo que transcurre de otra manera y hace que vivamos una nueva realidad que sobrecoge.

Es difícil aceptar que estamos en una pandemia que nos ha obligado a confinarnos, a prescindir de los afectos, olvidarse del abrazo, el beso, el apretón de manos para saludar o despedirse. Luego de 9 meses les confieso que esta falta de apego sí que me afecta, extraño el afecto tangible.

La emergencia sanitaria nos obliga también a mantener el distanciamiento social, cubrirnos la cara con una mascarilla, lavarnos las manos a cada rato y desinfectarlas permanentemente. El uso indiscriminado de químicos es alarmante y eso de que te fumiguen para entrar a algún lugar resulta chocante.

Hemos compartido la vida con un grupo muy reducido de personas, trabajamos en línea desde la casa y algunos días quedo, literalmente, zoomBada, después de tanta reunión.

A pesar de que han transcurrido 9 meses, no me acostumbro a esta nueva estética de la mascarilla; peor aún, a ir por la vida con casi toda la cara cubierta; no solo que la respiración se dificulta, sino que interlocutar con personas sin rostro, sin expresión, sigue siendo muy extraño.

La vida cambia día a día, el tiempo es otro, transcurre lento y rápido; las relaciones son diferentes, son cercanas y lejanas; la preocupación es continua, inicia en el día y continúa en la noche. Vivimos en un ambiente pesado, con mucha incertidumbre, con tristeza por quienes se van, y con inquietud por quienes están.

Las noticias vienen y van y este organismo microscópico, la COVID-19, que cambió la vida en la faz de la tierra, en cada comunidad, continente, país, ciudad, pueblo, caserío, no da tregua y vamos de sobresalto en sobresalto.

En esta nueva vida, con o sin mascarilla, en las buenas y en las malas, las canciones siempre están ahí, en mi cabeza y afortunadamente aparecen, pues la hacen más llevadera.

Desde el 16 de marzo, han sido muchas las canciones que me han visitado, a veces resuena hasta una diaria. En un cálculo rápido, serían aproximadamente 180 canciones que pasaron a decirme algo. Mientras voy escribiendo decido que mi cancionero pandemial nace hoy, después de 9 meses y tendrá 9 canciones, que traen mensajes, evocan situaciones, vivencias, circunstancias. Tal vez no conoces un cancionero, se trata de una publicación en la que están las letras de las canciones. Se publicaban antes del karaoke, YouTube, Spotify, y todo el mundo cibernético.

A los pocos meses de declarado el confinamiento, su dulce y melodiosa voz me llegó, como siempre, a lo más profundo de mi corazón. Martha G. con su canción Emergencia nos llamó la atención y advertía que: «Algo raro está pasando. La ciudad se está cerrando y de repente». Con el corazón conmovido, tomé conciencia de que era necesario considerar que «mirarnos hacia adentro, buscarnos sonrientes, se hace urgente». Fue clave reencontrarme, reconocerme y aceptar, a fin de poder avanzar.

Aceptar que tenía que «hablar con mi sombra» y escuchar como «la tierra llora», darme cuenta de que «La era está pariendo un corazón. No puede más se muere de dolor. Y hay que acudir corriendo pues se cae el porvenir», tal como canta Silvio R.

Cuando esa canción vino a mi cabeza, recordé que hace muchos años, una de mis hijas adolescente me preguntó: «¿Mamá, qué música escuchabas cuando tenías mi edad?». Me quedé pensando y le respondí: «Me gustaba mucho la Nueva Trova Cubana». Regresó unos días después y, mirándome fijamente a los ojos, nuevamente preguntó: «¿Oye, tú y tus amigas eran un poco depresivas?». «No, hijita, éramos existenciales», le respondí.

A ratos sí me siento deprimida, pues no es fácil asimilar esta nueva forma de existir y en reiteradas ocasiones siento y vuelvo a sentir que «extraño todo aquello que era mío». Lo que sigue ya no viene al caso ni tiene mucho sentido, pero debo ser fiel a la letra de la canción que canta Marco: «la rosa de su boca con su frío y la rosa de su boca y su calor».

Entre caminatas, cocinadas, meditaciones y mucho trabajo, la vida sigue transcurriendo. Al principio, queríamos creer que en ese mismo instante pasaría. El tiempo transcurre y seguimos con las noticias preocupantes, las cifras alarmantes y panoramas angustiantes. La pandemia es el tema central de día y de noche, por un lado y por otro. Poco hablamos de cómo nos sentimos, cómo estamos viviendo esta nueva experiencia. Todas y todos simulamos que estamos en control de nuestras vidas, cuando ahora es la vida la que nos controla.

Uno de esos días decidimos compartir, hablar y reconocer. Armamos un círculo, hicimos unos atados con plantitas, prendimos velitas y, una vez más, nos dimos cuenta de que «hay que sacarlo todo afuera, como la primavera, nadie quiere que adentro algo se muera; hablar mirándose a los ojos, sacar lo que se pueda afuera, para que adentro nazcan cosas nuevas, cosas nuevas, nuevas, nuevas, nuevas, nueeevaas…».

Ese fueguito nos trajo la certeza de que «cuando está el alma sola, llora» y de que somos mucho más de los que creemos que somos. Ella cantaba: «(Soy) agua, playa, cielo, casa blanca. Soy Mar Atlántico, viento y América. Soy un montón de cosas santas, mezclada con cosas humanas. ¿Cómo te explico? Cosas mundanas…». También recordamos y tomamos conciencia de que «Fui niño, cuna, teta, pecho, manta; más miedo, cuco, grito, llanto, etnia (lo cambié yo, en la canción dice raza); después mezclaron las palabras; o se escapaban las miradas; algo pasó, no entendí nada».

Y poco a poco fueron saliendo las palabras y qué bueno, pues sabemos que «Cuando la boca calla, el cuerpo habla» y no queremos que nuestro cuerpo se enferme. Las palabras se fueron mezclando pues, ella misma, Mercedes Sosa, con su potente voz nos dijo: «Vamos, decime, contame, todo lo que a vos te está pasando ahora; porque si no, cuando está tu alma sola, llora». En este tiempo entristece pensar y evidenciar cuánta gente ha sentido la soledad, ha sentido su alma llorar.

El otro día le conté a una amiga mi experiencia al sentir que el alma llora. «Cuando falleció mi papá, durante dos años, lloré todos los días». «No puede ser, Ana», me dijo ella, asombrada. Al inicio de la pandemia el llanto también fue mi aliado, no me resignaba, no lograba entender ni aceptar el confinamiento, la nueva realidad. En soledad lloraba, como forma para tratar de procesar y comprender. «Hay que hacer el duelo», me decía otra amiga. Esta nueva forma de sentirme viva me estaba costando mucho esfuerzo. Y estaba claro que era tiempo de pensar en nuevas estrategias: «Buscaré tierra nueva en el campo. Le rezaré a un santo al atardecer». Y aunque no me lo crean, eso hice y sirvió. Con mucho trabajo, meditación, respiración sentí que «han crecido en mi piel girasoles; de mi vientre nació mi motivo; sentirme viva».

Está canción de Emmanuel es de cumpleaños. Este 2020, año bisiesto y palíndromo, es decir que se lee igual de adelante hacia atrás, planifiqué un festejo especial. Seis décadas, un poco más de la mitad de la vida, no es cualquier cosa. Frente a la declaración de la emergencia sanitaria, tres días antes del festejo, envié un mensaje a mis amigas y amigos para informarles que el festejo se postergaba, tal vez para después de la primavera.

En Ecuador no hay primavera, en los Andes, a veces, en el mismo día podemos experimentar todas las estaciones del año. El 21 de marzo, las comunidades indígenas celebran el Pawkar Raymi, fiesta del florecimiento o fiesta de muchos colores. Durante esta celebración, se comparte la cosecha que da la tierra, con un amplio colorido de los productos que se ofrecen en la pambamesa. En el Pawkar Raymi se agradece lo que cada año nos obsequia la Pachamama. Ese día es el cumpleaños de mi hermana mayor, Verónica, y no pude abrazarla para desearle felicidad; la abracé virtualmente de corazón. Mi cumpleaños es dos días después, con un ritualito había previsto recibir muchos abrazos y festejar el inicio de la sexta vuelta. El ritualito lo hicimos él y yo, nos sentamos en el círculo primaveral, hicimos un sentido brindis y, como en todo cumpleaños, cantamos «que lo cumplas muy feliz, te deseamos de corazón (bis), un año más de luna, viento y sol, hoy es tu cumpleaños, el que te quiere está con vos (bis)». Recibí, virtualmente, el cariño y energía de 60 amigas y amigos, en un hermoso video que mi hija se encargó de recopilar. Mientras lo veía, lloraba de la emoción, eran solamente pocos días en confinamiento y las emociones estaban a flor de piel.

Pasaron muchos días y esperábamos que el viento trajera nuevos aires y se llevara este pesar. El viento sopló sin fuerza, fue un verano muy enrarecido. Los pocos días en que el viento se dejó sentir, fuimos con los pequeños a hacer volar cometas, no volaron muy alto, pero «qué lindo que es soñar, soñar no cuesta nada, soñar y nada más, con los ojos abiertos; qué lindo que es soñar y no te cuesta nada más que tiempo». Y la siguiente estrofa de la canción de Kevin Johansen también me hablaba: «¿Qué hacer con tanta angustia? Botellas no resueltas. Con toda esta energía, casi siempre mal puesta». En repetidas ocasiones me planteé: «Si pudiera olvidarme, por siempre de mí mismo, habría de encontrarme, allí en el dulce abismo».

Muchas veces en este tiempo de pandemia, quiero salir corriendo como Lorena Ramírez, la indígena rarámuri que ha ganado medallas, maratones y corre en su territorio, la Sierra Tarahumara y en muchos más. Me encanta verla como corre con su vestimenta típica y sus guaraches. Fue ganadora de la ultramaratón de Los Cañones de Guachochi (100 km.) en junio de 2017. Quiero, como el pueblo rarámuri, «el de los pies ligeros», correr e ir a tierras lejanas, sentir que somos «una especie en viaje», tener su fuerza y sentir que «nunca estamos quietos porque estamos en movimiento», como canta Jorge Drexler.

Quiero volver a los páramos, sentir la brisa helada y que me estremezca. Necesito ir a la selva, hacer una inmersión y sentir su exuberancia para llenarme de esperanza, con su verde intenso. Anhelo ver el mar, ampliar la mirada en su amplio horizonte. Extraño las ceibas, que siempre me sorprenden extendiendo sus brazos hacia el cielo y los manglares que me conmueven, sumergiendo sus raíces en el suelo fangoso y movedizo.

¿Cuándo volveremos a ponernos en movimiento? ¿Cuándo podremos correr como Lorena Ramírez? Sentir, como dice la canción, «Vamos con el polen en el viento. Estamos vivos porque estamos en movimiento. Nunca estamos quietos, somos trashumantes. Somos padres, hijos, nietos y bisnietos de inmigrantes. Es más mío lo que sueño que lo que toco».

Corre Lorena y corre el tiempo, pasó la Pawcar Raymi, llegó el Inty Raymi y el Kolla Raymi, tres solsticios hemos vivido en pandemia y en poco menos de un mes se acaba el año y llega el último solsticio. Los festejos se cancelaron, las celebraciones cambiaron y el tiempo de correr es otro.

Curiosamente, la canción con la que me desperté ese día no era cursi, romántica ni simple, y cantarla me conmovió. Recordar cuando el pequeño la cantaba me llenó el corazón y era perfecta para la ocasión. Era el día de Acción de Gracias, si bien aquí no celebramos este día, el solo tararearla me hizo sentir gratitud. En primer lugar, al pequeño sol por insistir, con la canción de Fito Paez, que «tenemos tanto para estar agradecidos». La canción detonó la inspiración y Gracias en Acción, fue lo que escribí ese día.

Han pasado 9 meses y mucho más de 9 canciones han hecho conexiones, han traído mensajes, recuerdos, presagios. Está claro que debemos seguir extremando los cuidados del cuerpo, la mente y el espíritu.

«Ojalá que las hojas no te toquen el cuerpo cuando caigan, para que no las puedas convertir en cristal». Ojalá esta nueva normalidad nos haga mejores personas, nos logre conmover, aprendamos a valorar lo esencial: conservar la naturaleza, construir una sociedad más equitativa y hacer del cuidado un motor de cambio.

El cuidado hacia los demás, con nuestro entorno natural, familiar y comunal. El ciudado con lo propio y lo ajeno. El cuidado por ti, por mí, por nosotras, nosotros y nosotres.

A pesar de todos los cuidados, habrá que tener presente, que «es caprichoso el azar», como canta Joan Manuel Serrat con Noa y, por ahí, tarde o temprano nos llega.

¿Qué otras canciones complementarán el Cancionero Pandemial? Seguro llegará Vicentico y me recordará que «Los caminos de la vida no son lo que yo esperaba. No son lo que yo creía. No son lo que imaginaba». Pronto sonará Natalia Lafourcade para reiterar que en la vida es importante ir «Hasta la Raíz» y asegurarme que, aunque no me haya movido de aquí, «Sigo cruzando ríos, andando selvas, amando el sol (y la luna). Cada día sigo sacando espinas, de lo profundo del corazón. En la noche sigo encendiendo sueños, para limpiar con el humo sagrado cada recuerdo».

Y entre canción y canción, no nos queda otra que seguir remando. «Remamos, sabiendo cuál es el precio, con los puños apretados, sin pensar en detenernos. Remamos, con la cara contra el viento, con la valentía delante, con un pueblo entre los dedos. Remamos, con un nudo, aquí, en el pecho, soñando que al otro lado. Se avecina otro comienzo».

 ¿Cuál es tu cancionero pandemial? ¿Me lo compartes?

 

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En un playlist se encuentran varios años de nuestras vidas, pero en este 2020 seguro que muchas canciones incluso cambiaron de significado. Por ello, queremos compartir con nuestra audiencia un poco de música y anécdotas a través de este inusual cancionero.

**Enlace del cancionero en Youtube de Voces Latinas:

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Por Anamaría Varea

Por una extraña razón que no tiene explicación, cada mañana cuando despierto, hay una canción sonando en mi cabeza. Casi siempre es romántica, cursi y simplona y me la sé, de pe a pa; también llegan otras hermosas, profundas, trascendentes. Aparecen de pronto y permanecen conmigo a lo largo de toda la jornada, me dicen cosas, hacen recomendaciones y traen recuerdos de todo tipo.

Así es desde hace muchos años y creo que así será por muchos años más. Ya me he resignado, cuando llegan, las acojo, me conecto y las canto a viva voz. Canto cuando estoy en la ducha y también cuando camino, arreglo, cocino o mientras trabajo. No me preocupo de su calidad, trascendencia o contenido, vienen a mí y las acojo. Es importante aclarar que muy pocos reguetones aparecen y a propósito de noviembre, si llegan a mi cabeza, me niego a cantar o tararear letras de canciones que hacen alusión a la violencia a la mujer.

¡Qué tiempo complicado y difícil ha sido este! Estamos por ajustar los 9 meses de pandemia y debo confesar que la experiencia me ha costado. Atiborrados de noticias estremecedoras, indicadores escalofriantes, en un tiempo que transcurre de otra manera y hace que vivamos una nueva realidad que sobrecoge.

Es difícil aceptar que estamos en una pandemia que nos ha obligado a confinarnos, a prescindir de los afectos, olvidarse del abrazo, el beso, el apretón de manos para saludar o despedirse. Luego de 9 meses les confieso que esta falta de apego sí que me afecta, extraño el afecto tangible.

La emergencia sanitaria nos obliga también a mantener el distanciamiento social, cubrirnos la cara con una mascarilla, lavarnos las manos a cada rato y desinfectarlas permanentemente. El uso indiscriminado de químicos es alarmante y eso de que te fumiguen para entrar a algún lugar resulta chocante.

Hemos compartido la vida con un grupo muy reducido de personas, trabajamos en línea desde la casa y algunos días quedo, literalmente, zoomBada, después de tanta reunión.

A pesar de que han transcurrido 9 meses, no me acostumbro a esta nueva estética de la mascarilla; peor aún, a ir por la vida con casi toda la cara cubierta; no solo que la respiración se dificulta, sino que interlocutar con personas sin rostro, sin expresión, sigue siendo muy extraño.

La vida cambia día a día, el tiempo es otro, transcurre lento y rápido; las relaciones son diferentes, son cercanas y lejanas; la preocupación es continua, inicia en el día y continúa en la noche. Vivimos en un ambiente pesado, con mucha incertidumbre, con tristeza por quienes se van, y con inquietud por quienes están.

Las noticias vienen y van y este organismo microscópico, la COVID-19, que cambió la vida en la faz de la tierra, en cada comunidad, continente, país, ciudad, pueblo, caserío, no da tregua y vamos de sobresalto en sobresalto.

En esta nueva vida, con o sin mascarilla, en las buenas y en las malas, las canciones siempre están ahí, en mi cabeza y afortunadamente aparecen, pues la hacen más llevadera.

Desde el 16 de marzo, han sido muchas las canciones que me han visitado, a veces resuena hasta una diaria. En un cálculo rápido, serían aproximadamente 180 canciones que pasaron a decirme algo. Mientras voy escribiendo decido que mi cancionero pandemial nace hoy, después de 9 meses y tendrá 9 canciones, que traen mensajes, evocan situaciones, vivencias, circunstancias. Tal vez no conoces un cancionero, se trata de una publicación en la que están las letras de las canciones. Se publicaban antes del karaoke, YouTube, Spotify, y todo el mundo cibernético.

A los pocos meses de declarado el confinamiento, su dulce y melodiosa voz me llegó, como siempre, a lo más profundo de mi corazón. Martha G. con su canción Emergencia nos llamó la atención y advertía que: «Algo raro está pasando. La ciudad se está cerrando y de repente». Con el corazón conmovido, tomé conciencia de que era necesario considerar que «mirarnos hacia adentro, buscarnos sonrientes, se hace urgente». Fue clave reencontrarme, reconocerme y aceptar, a fin de poder avanzar.

Aceptar que tenía que «hablar con mi sombra» y escuchar como «la tierra llora», darme cuenta de que «La era está pariendo un corazón. No puede más se muere de dolor. Y hay que acudir corriendo pues se cae el porvenir», tal como canta Silvio R.

Cuando esa canción vino a mi cabeza, recordé que hace muchos años, una de mis hijas adolescente me preguntó: «¿Mamá, qué música escuchabas cuando tenías mi edad?». Me quedé pensando y le respondí: «Me gustaba mucho la Nueva Trova Cubana». Regresó unos días después y, mirándome fijamente a los ojos, nuevamente preguntó: «¿Oye, tú y tus amigas eran un poco depresivas?». «No, hijita, éramos existenciales», le respondí.

A ratos sí me siento deprimida, pues no es fácil asimilar esta nueva forma de existir y en reiteradas ocasiones siento y vuelvo a sentir que «extraño todo aquello que era mío». Lo que sigue ya no viene al caso ni tiene mucho sentido, pero debo ser fiel a la letra de la canción que canta Marco: «la rosa de su boca con su frío y la rosa de su boca y su calor».

Entre caminatas, cocinadas, meditaciones y mucho trabajo, la vida sigue transcurriendo. Al principio, queríamos creer que en ese mismo instante pasaría. El tiempo transcurre y seguimos con las noticias preocupantes, las cifras alarmantes y panoramas angustiantes. La pandemia es el tema central de día y de noche, por un lado y por otro. Poco hablamos de cómo nos sentimos, cómo estamos viviendo esta nueva experiencia. Todas y todos simulamos que estamos en control de nuestras vidas, cuando ahora es la vida la que nos controla.

Uno de esos días decidimos compartir, hablar y reconocer. Armamos un círculo, hicimos unos atados con plantitas, prendimos velitas y, una vez más, nos dimos cuenta de que «hay que sacarlo todo afuera, como la primavera, nadie quiere que adentro algo se muera; hablar mirándose a los ojos, sacar lo que se pueda afuera, para que adentro nazcan cosas nuevas, cosas nuevas, nuevas, nuevas, nuevas, nueeevaas…».

Ese fueguito nos trajo la certeza de que «cuando está el alma sola, llora» y de que somos mucho más de los que creemos que somos. Ella cantaba: «(Soy) agua, playa, cielo, casa blanca. Soy Mar Atlántico, viento y América. Soy un montón de cosas santas, mezclada con cosas humanas. ¿Cómo te explico? Cosas mundanas…». También recordamos y tomamos conciencia de que «Fui niño, cuna, teta, pecho, manta; más miedo, cuco, grito, llanto, etnia (lo cambié yo, en la canción dice raza); después mezclaron las palabras; o se escapaban las miradas; algo pasó, no entendí nada».

Y poco a poco fueron saliendo las palabras y qué bueno, pues sabemos que «Cuando la boca calla, el cuerpo habla» y no queremos que nuestro cuerpo se enferme. Las palabras se fueron mezclando pues, ella misma, Mercedes Sosa, con su potente voz nos dijo: «Vamos, decime, contame, todo lo que a vos te está pasando ahora; porque si no, cuando está tu alma sola, llora». En este tiempo entristece pensar y evidenciar cuánta gente ha sentido la soledad, ha sentido su alma llorar.

El otro día le conté a una amiga mi experiencia al sentir que el alma llora. «Cuando falleció mi papá, durante dos años, lloré todos los días». «No puede ser, Ana», me dijo ella, asombrada. Al inicio de la pandemia el llanto también fue mi aliado, no me resignaba, no lograba entender ni aceptar el confinamiento, la nueva realidad. En soledad lloraba, como forma para tratar de procesar y comprender. «Hay que hacer el duelo», me decía otra amiga. Esta nueva forma de sentirme viva me estaba costando mucho esfuerzo. Y estaba claro que era tiempo de pensar en nuevas estrategias: «Buscaré tierra nueva en el campo. Le rezaré a un santo al atardecer». Y aunque no me lo crean, eso hice y sirvió. Con mucho trabajo, meditación, respiración sentí que «han crecido en mi piel girasoles; de mi vientre nació mi motivo; sentirme viva».

Está canción de Emmanuel es de cumpleaños. Este 2020, año bisiesto y palíndromo, es decir que se lee igual de adelante hacia atrás, planifiqué un festejo especial. Seis décadas, un poco más de la mitad de la vida, no es cualquier cosa. Frente a la declaración de la emergencia sanitaria, tres días antes del festejo, envié un mensaje a mis amigas y amigos para informarles que el festejo se postergaba, tal vez para después de la primavera.

En Ecuador no hay primavera, en los Andes, a veces, en el mismo día podemos experimentar todas las estaciones del año. El 21 de marzo, las comunidades indígenas celebran el Pawkar Raymi, fiesta del florecimiento o fiesta de muchos colores. Durante esta celebración, se comparte la cosecha que da la tierra, con un amplio colorido de los productos que se ofrecen en la pambamesa. En el Pawkar Raymi se agradece lo que cada año nos obsequia la Pachamama. Ese día es el cumpleaños de mi hermana mayor, Verónica, y no pude abrazarla para desearle felicidad; la abracé virtualmente de corazón. Mi cumpleaños es dos días después, con un ritualito había previsto recibir muchos abrazos y festejar el inicio de la sexta vuelta. El ritualito lo hicimos él y yo, nos sentamos en el círculo primaveral, hicimos un sentido brindis y, como en todo cumpleaños, cantamos «que lo cumplas muy feliz, te deseamos de corazón (bis), un año más de luna, viento y sol, hoy es tu cumpleaños, el que te quiere está con vos (bis)». Recibí, virtualmente, el cariño y energía de 60 amigas y amigos, en un hermoso video que mi hija se encargó de recopilar. Mientras lo veía, lloraba de la emoción, eran solamente pocos días en confinamiento y las emociones estaban a flor de piel.

Pasaron muchos días y esperábamos que el viento trajera nuevos aires y se llevara este pesar. El viento sopló sin fuerza, fue un verano muy enrarecido. Los pocos días en que el viento se dejó sentir, fuimos con los pequeños a hacer volar cometas, no volaron muy alto, pero «qué lindo que es soñar, soñar no cuesta nada, soñar y nada más, con los ojos abiertos; qué lindo que es soñar y no te cuesta nada más que tiempo». Y la siguiente estrofa de la canción de Kevin Johansen también me hablaba: «¿Qué hacer con tanta angustia? Botellas no resueltas. Con toda esta energía, casi siempre mal puesta». En repetidas ocasiones me planteé: «Si pudiera olvidarme, por siempre de mí mismo, habría de encontrarme, allí en el dulce abismo».

Muchas veces en este tiempo de pandemia, quiero salir corriendo como Lorena Ramírez, la indígena rarámuri que ha ganado medallas, maratones y corre en su territorio, la Sierra Tarahumara y en muchos más. Me encanta verla como corre con su vestimenta típica y sus guaraches. Fue ganadora de la ultramaratón de Los Cañones de Guachochi (100 km.) en junio de 2017. Quiero, como el pueblo rarámuri, «el de los pies ligeros», correr e ir a tierras lejanas, sentir que somos «una especie en viaje», tener su fuerza y sentir que «nunca estamos quietos porque estamos en movimiento», como canta Jorge Drexler.

Quiero volver a los páramos, sentir la brisa helada y que me estremezca. Necesito ir a la selva, hacer una inmersión y sentir su exuberancia para llenarme de esperanza, con su verde intenso. Anhelo ver el mar, ampliar la mirada en su amplio horizonte. Extraño las ceibas, que siempre me sorprenden extendiendo sus brazos hacia el cielo y los manglares que me conmueven, sumergiendo sus raíces en el suelo fangoso y movedizo.

¿Cuándo volveremos a ponernos en movimiento? ¿Cuándo podremos correr como Lorena Ramírez? Sentir, como dice la canción, «Vamos con el polen en el viento. Estamos vivos porque estamos en movimiento. Nunca estamos quietos, somos trashumantes. Somos padres, hijos, nietos y bisnietos de inmigrantes. Es más mío lo que sueño que lo que toco».

Corre Lorena y corre el tiempo, pasó la Pawcar Raymi, llegó el Inty Raymi y el Kolla Raymi, tres solsticios hemos vivido en pandemia y en poco menos de un mes se acaba el año y llega el último solsticio. Los festejos se cancelaron, las celebraciones cambiaron y el tiempo de correr es otro.

Curiosamente, la canción con la que me desperté ese día no era cursi, romántica ni simple, y cantarla me conmovió. Recordar cuando el pequeño la cantaba me llenó el corazón y era perfecta para la ocasión. Era el día de Acción de Gracias, si bien aquí no celebramos este día, el solo tararearla me hizo sentir gratitud. En primer lugar, al pequeño sol por insistir, con la canción de Fito Paez, que «tenemos tanto para estar agradecidos». La canción detonó la inspiración y Gracias en Acción, fue lo que escribí ese día.

Han pasado 9 meses y mucho más de 9 canciones han hecho conexiones, han traído mensajes, recuerdos, presagios. Está claro que debemos seguir extremando los cuidados del cuerpo, la mente y el espíritu.

«Ojalá que las hojas no te toquen el cuerpo cuando caigan, para que no las puedas convertir en cristal». Ojalá esta nueva normalidad nos haga mejores personas, nos logre conmover, aprendamos a valorar lo esencial: conservar la naturaleza, construir una sociedad más equitativa y hacer del cuidado un motor de cambio.

El cuidado hacia los demás, con nuestro entorno natural, familiar y comunal. El ciudado con lo propio y lo ajeno. El cuidado por ti, por mí, por nosotras, nosotros y nosotres.

A pesar de todos los cuidados, habrá que tener presente, que «es caprichoso el azar», como canta Joan Manuel Serrat con Noa y, por ahí, tarde o temprano nos llega.

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Y entre canción y canción, no nos queda otra que seguir remando. «Remamos, sabiendo cuál es el precio, con los puños apretados, sin pensar en detenernos. Remamos, con la cara contra el viento, con la valentía delante, con un pueblo entre los dedos. Remamos, con un nudo, aquí, en el pecho, soñando que al otro lado. Se avecina otro comienzo».

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