¿Arma biológica fruto de anónimos científicos en un laboratorio? ¿El resultado de una operación de espionaje? ¿Un plan macabro de control de la población? ¿El efecto secundario de la actualización de las redes celulares y el avance de la tecnología 5G?…

La COVID-19 ha desatado un montón de teorías conspirativas, rumores, informaciones falsas o malintencionadas para “explicar” el origen de la enfermedad.

¿Cuáles son las líneas fundamentales sobre las que se han basado las teorías de la conspiración relacionadas con la COVID-19 y el SARS-CoV-2? ¿Por qué, a pesar de los esfuerzos de la comunidad científica y gran parte de los medios de prensa, seguimos siendo presa fácil de estas elucubraciones “complotistas”?

Teoría 1: Un virus creado en laboratorio

Esta ha sido una de las teorías más difundidas. Hace un lustro, la revista especializada Nature Medicine publicó el estudio de un grupo de investigación internacional sobre un virus quimera (nuevo virus híbrido creado por la unión de fragmentos de ácido nucleico de dos o más virus diferentes) que podría afectar a la especie humana. Los científicos analizaban la amenaza que supone la transmisión entre especies y hacían una referencia contextual a dos epidemias generadas por coronavirus: el SARS (Síndrome Respiratorio Agudo Severo) de 2002 y el MERS (Síndrome Respiratorio de Oriente Medio) de 2012.

La investigación publicada por Nature Medicine —en la que, por cierto, participó la viróloga china Shi Zhengli, que ayudó a identificar el SARS-CoV-2 en Wuhan—, dio pie a la idea de que el virus que provoca la COVID-19 fue creado en un laboratorio.

Sobre esta teoría surgieron bulos muy variados que señalaban la responsabilidad de China, EE. UU., Rusia, Israel, etc. Dos variantes fueron las más difundidas. Una aseguraba que el virus había sido creado por científicos en un laboratorio en China y esparcido como arma biológica contra otras potencias; otra incluía la referencia a un posible accidente que permitió que el virus “escapara” debido a la negligencia de los expertos chinos.

La propia Zhengli, investigadora del Instituto de Virología de Wuhan —y conocida internacionalmente bajo el mote de “Bat Woman” tras dedicar casi dos décadas a identificar docenas de virus mortales en cuevas de murciélagos—, llegó a preguntarse, en un principio, si el virus pudo haber salido de su laboratorio.

Su temor se basaba en los resultados de sus investigaciones. Los estudios de Zhengli demostraban que las provincias meridionales y subtropicales de Guangdong, Guangxi y Yunnan presentaban un mayor riesgo ante una posible transmisión animal-humano de algún coronavirus. “Nunca esperé que este tipo de cosas sucedieran en Wuhan, en el centro de China”, dijo.

El domingo 3 de mayo el secretario de Estado de EE. UU., Mike Pompeo, lanzó más leña al fuego y aseguró a la cadena ABC News que existía “una enorme cantidad de pruebas” de que el nuevo coronavirus se originó en un laboratorio en Wuhan. Unas jornadas antes, el director de la Inteligencia Nacional estadounidense, Richard Grenell, había descartado que el virus fuese una creación humana o que hubiese sido modificado genéticamente.

A inicios de mayo, Mike Ryan, director de Emergencias de la Organización Mundial de la Salud (OMS), descartó que el SARS-CoV-2 saliera de un laboratorio. “Escuchamos a muchos científicos que han visto la secuencia del virus y nos han dicho que este virus es natural en origen”, dijo.

Semanas antes, Trevor Bedford, uno de los investigadores líderes en el rastreo del brote del nuevo coronavirus, había rechazado categóricamente la afirmación de que se tratase de una manipulación genética o creación de laboratorio. “La evidencia que tenemos es que las mutaciones [en el virus] son completamente consistentes con la evolución natural”.

Las teorías sobre el origen en laboratorio del nuevo coronavirus han tenido un marcado cariz geopolítico. Desde China, un portavoz del Ministerio de Exteriores insinuó en Twitter que pudo ser el Ejército de Estados Unidos el que introdujo el virus en Wuhan, durante la celebración de los Juegos Mundiales Militares, en octubre de 2019. Desde Washington se intensificaron las referencias —oficiales o no— a un “virus chino” a medida que la situación de la pandemia se agudizaba.

Teoría 2: Bill Gates y su mecanismo de control de la población

Las teorías de conspiración que conectan a Gates con el nuevo coronavirus comenzaron a finales de enero, según The New York Times. Representantes del movimiento antivacunas y miembros de movimientos conspiracionistas de extrema derecha han utilizado Facebook, Youtube y Twitter para difundir el mensaje de que Gates tenía conocimiento previo sobre una posible pandemia. ¿Por qué?

En 2015, en el contexto de la lucha mundial contra la epidemia de ébola que afectó, sobre todo, al África Occidental, el multimillonario Bill Gates ofreció una charla en Vancouver, Canadá. En su discurso, Gates dijo que el mayor riesgo para la humanidad no era una catástrofe nuclear, sino un virus que podría dejar millones de muertos.

En varios momentos de los últimos años, Gates se ha referido también a la necesidad de ralentizar el crecimiento demográfico como una palanca para el crecimiento económico y el desarrollo de los países más pobres. Como defensor de las vacunas que reduzcan la mortalidad —sobre todo infantil— y financista de campañas de vacunación en países fundamentalmente africanos ha sido objeto de disímiles acusaciones. Un presentador de radio y conocido teórico conspiracionista estadounidense, Alex Jones, ha asegurado que la Fundación de Bill y Melinda Gates intenta implantar chips a través de vacunas para ejercer el control de la población.

A mediados de mayo se volvió viral un video en el que la diputada italiana Sara Cunial (independiente) criticaba los intentos de Gates por desarrollar una vacuna contra la COVID-19. Según Cunial, “el verdadero objetivo de todo esto es el control total, la dominación absoluta de los seres humanos”.

La creencia de que el nuevo coronavirus —y las potenciales vacunas para enfrentar la COVID-19— forma parte de un complot o esquema de control de población es sostenida mayormente por libertarios de derecha —seguidores de una ideología política cercana al anarcocapitalismo—, teóricos de la conspiración opuestos a lo que consideran un secreto y emergente Gobierno totalitario mundial, y fundamentalistas cristianos.

Las teorías de la conspiración que involucran a Bill Gates se dispararon cuando el multimillonario y filántropo agudizó sus críticas sobre el manejo de la pandemia por parte de la Casa Blanca.

Teoría 3: La 5G y el nuevo coronavirus

El 13 de junio, pobladores de Chopcca, en la región andina de Huancavelica, Perú, liberaron a ocho técnicos de telecomunicaciones de la empresa Gilat que fueron retenidos de manera ilegal durante varios días. ¿El motivo de la retención? Los campesinos creyeron que los técnicos instalaban una antena 5G.

Lorenzo Escobar, presidente de la comunidad, dijo a CNN que la población creyó que si se instalaba la 5G podrían morir. Ante el temor, pobladores de Chopcca quemaron la antena, aunque no se trataba de una torre para telefonía móvil de quinta generación.

Lo sucedido en esa pequeña comunidad rural de Perú no es un hecho aislado. El supuesto vínculo entre la tecnología 5G y la propagación del nuevo coronavirus ha provocado incendios de antenas en el Reino Unido, Irlanda, Países Bajos y Chipre.

Esta idea se hizo popular en redes tras la publicación, a mediados de marzo, de una conferencia del supuesto Dr. Thomas Cowan, en la cual afirmaba que África no se había visto afectada por el brote de coronavirus porque “no es una región 5G”. En sus palabras Cowan insinúa que la tecnología 5G afecta el sistema inmune o contribuye a la propagación del virus de alguna manera. El video fue eliminado posteriormente por Youtube.

El corresponsal de tecnología de la BBC, Rory Cellan-Jones, encontró información en redes sociales, proveniente de teóricos de la conspiración, que señalaban al nuevo coronavirus como una “tapadera” para encubrir una enfermedad relacionada con la 5G.

¿Por qué creemos en las conspiraciones?

A pesar del impulso del coronavirus, la globalización y las redes sociales, las teorías de la conspiración no son un fenómeno nuevo y, de manera general, tampoco están limitadas a estrechas franjas de población o a marcadores ideológicos (izquiera o derecha, por ejemplo).

Investigadores de la Universidad de Chicago indican que al menos la mitad de los ciudadanos de Estados Unidos cree, por lo menos, en una teoría conspiratoria. Datos similares pueden encontrarse en países mejor educados como Canadá o Francia.

Chris French, psicólogo de la Universidad Goldsmith, en el Reino Unido, explica que cuando “algo sucede” los seres humanos solemos asumir que “alguien o algo lo hizo por una razón”.

Para Kate Starbird, profesora de la Universidad de Washington, intentar comprender lo que pasa es parte de la psicología humana. Las personas, colocadas ante hechos terribles —como los tiroteos masivos, ataques terroristas o pandemias mortales— desean explicaciones claras. “Necesitamos tener información ordenada”, dice.

Pero el caos y el azar son variables presentes en muchos de los acontecimientos cotidianos —buenos o malos. Es una realidad que no todos están dispuestos a aceptar. “Nos resulta más fácil aceptar una teoría de la conspiración en la que alguien maneja los hilos”, explica Starbird.

Los momentos de incertidumbre y crisis, como el actual, disparan la popularidad y cantidad de teorías de la conspiración. Investigadores de la Asociación Estadounidense de Psicología han determinado algunas de las características comunes a las personas que creen en ellas:

  • Las personas con creencias arraigadas en teorías conspiratorias tienen más probabilidades de atribuir intencionalidad donde es poco probable que exista y de tener niveles más bajos de pensamiento analítico.
  • Las personas con una gran “necesidad de singularidad” deberían ser más propensas que otras a apoyar las teorías de conspiración porque estas representan la posesión de información no convencional y potencialmente escasa.
  • Las personas que creen en conspiraciones pueden sentirse “especiales” en un sentido positivo. Sienten que están mejor informadas sobre importantes acontecimientos sociales y políticos.
  • Las personas que creen en las teorías de conspiración son más propensas a alienarse y permanecer socialmente aisladas.
  • La inestabilidad de la autoestima es una característica asociada a una mayor probabilidad de creer en las teorías de la conspiración.

 

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Este proyecto fue apoyado a través del programa de Microgrants Check Global COVID-19