santiago feliú tocando piano

Santiago Feliú, el outsider

16 / febrero / 2024

Santiago Feliú era un hombre en pugna. Un artista que vivía en permanente indagación de sí mismo en relación con la sociedad, con el país. De las interrogantes, de las guerras intestinas, creó una de las obras más honestas y referenciales de la música cubana. El artista en brasas se escuchaba en cada tema, en cada documento sonoro que de tan sincero llegaba a doler.

Uno escucha a Santiago hoy y puede preguntarse qué haría el trovador en el incordio del presente. ¿Qué cantaría al ver que el país tal y como lo conoció difiere del que tenía dibujado su memoria? Lo único que uno podría aventurarse a decir es que Santiago sería el mismo trovador con «ansias del alba». Con sus contradicciones que conformaban la naturaleza de sus temas y con la honestidad que rompía los moldes establecidos y lo convertía en un ser humano ciertamente libre. Santiago seguiría en el peregrinaje hacia la libertad que necesitaba para crear y, sobre todo, para ser. En sus canciones se percibía que para él crear era un camino minado, pero era el único que podía seguir desde que fijó su horizonte artístico, social y político en la música cubana.  

Dicho de otro modo, no es difícil imaginarlo poniendo a contraluz la utopía, su utopía, para ofrecer retratos sobre el desasimiento, las rupturas generacionales, las afinidades de los extremismos y las discordancias de la realidad con el país que tenía en su cabeza. Lo anterior, elaborado con la poesía que trascendió en su obra. 

A diez años de su muerte, el 12 de febrero de 2014, se echa en falta al trovador sobre la noche del escenario, al músico que podía resumir en un concierto la historia del país desde la amplitud de una mirada sin complacencias y a partir de la cual se interrogaba a diario para poder crear.

No era fácil ser Santiago. Sobre todo, seguir siéndolo después de ver la dirección que tomaba el mundo a su alrededor. De la radicalidad de su permanencia nacieron sus himnos, de los mundos en pugna que habitó el «hippie en el comunismo» —como lo llamó el realizador Juan Pin Vilar en el libro dedicado al trovador—. Bastaba oír algunas de sus canciones para escuchar la obra tan lúcida como tormentosa que hoy se adora como se adoran las piezas de culto. Nietzsche dijo alguna vez que era necesario llevar en sí mismo un caos para poner en el mundo una estrella danzante. La frase se adhiere como ninguna otra al Santiago que conocimos.

El trovador se consideraba un hombre radicalmente de izquierda. Subió a las montañas de Colombia para conocer la vida de los guerrilleros del M-19, dedicó canciones al Ejército Zapatista de Liberación Nacional, en México, y tomó como referencia lo que promulgó en su origen la Revolución cubana. Su recorrido está escrito en sus canciones; en sus declaraciones a la prensa. También está escrito sobre sus épocas de alejamiento y de silencios. 

Su posición política, no obstante, era la que lo espoleaba a desnudar las anomalías, las tergiversaciones y lo que olía a rancio en los sistemas sostenidos sobre ideologías con las que sentía afinidad. Era, en verdad, un ser frontalmente incómodo que no entraba en el juego político para extraer beneficios ni para ocupar a diario los espacios de los medios de comunicación. 

Varias de sus canciones, sin declararlo, nacen de su biografía, de sus largos viajes que abrían las puertas de la percepción y de su frontalidad con las apariencias de los anclajes definitivos del oportunismo que puso al desnudo en varios de sus temas («Rock and rollito de fulanito y menganito»). Parecía, incluso, que en ocasiones la vida que estaba ante sus ojos le resultaba incómoda y prefería recluirse en la creación, en los amigos cercanos y en la intimidad de su obra. 

De la coherencia con él mismo nació el respeto y la admiración que le profesaron personas de todo tipo de credo ideológico y de posiciones políticas. Era el músico que cantaba con la voz de los soterrados y con la ilusión de arreglar el mundo, «a pedacitos, con la energía y el hierro del sueño de cada cual». Aunque reconoció sus dudas en el porvenir, en la concreción de la esperanza, nunca perdió la ilusión de divisar un futuro inclusivo y hermoso porque habría sido perder la ilusión en sí mismo. Un ejemplo de su fe descansa en «Futuro inmediato», uno de los clásicos que continúa estremeciendo.

Pero yo tengo fe en que la vida será más larga
que hasta donde podamos hacer la historia;
que se acaben las palabras, las consignas,
las miserias y la fobia.*
No sabemos a dónde vamos,
ni la Visa que necesitamos;
todo está muy controlado,
hay botones por todos lados.

Y estamos prendidos de la palabra,
del sueño, de la condición.**
¿Somos felices?
Casi nunca,
y sigue el hambre en el corazón.

Inventamos tantas cosas para hacernos desiguales,
para pisarnos las caras, para que todo se acabe.
Vendrá mi hijo a preguntarme,***
yo moriré sin entender.
Buscamos mirando hacia arriba
y sólo sigue habiendo estrellas.
Y estamos prendidos de la palabra,
del sueño, de la condición.**
¿Somos felices?
Casi nunca,
y sigue el hambre en el corazón.

¡Que atrape el coyote al corre-caminos!
Pinocho es posible que escape del Sida.
Ni Batman, ni Marx, ni la Virgen María
podrían llenar tus vacíos, mi vida.
No, no, no, no...****

Y estamos prendidos de la palabra,
del sueño, de la condición.
¿Somos felices?
Casi nunca,
y sigue el hambre en el corazón.

Pero yo tengo fe en que la vida será más larga,
que hasta donde sepamos hacer la historia.**

Santiago no habría tenido mucha cabida en el presente de una escena musical dominada por el peso de la rentabilidad en vez de por el valor de la autenticidad de la obra. Una escena en la que sentía que no había sitio para él, que lo arrastraba cada vez con más intensidad hacia los márgenes en los que se forjó. En verdad, tampoco tuvo mucha cabida en la Cuba de ayer, donde siempre fue un outsider, un disidente de la vida real.

El músico tuvo una relación escurridiza con la prensa. Prefería, digamos, que su obra hablara por él. En efecto, su discografía es un resumen perfecto de su personalidad, de sus honduras, de sus momentos tormentosos, de sus adicciones a experimentar lo que la vida le tenía reservado —que no fue poco— y de componer sobre la experiencia de vivir.

Su disco Náuseas de fin de siglo —grabado junto a Elmer Ferrer, Descemer Bueno, Roberto Carcassés, Ruy López Nussa y X Alfonso— es uno de los cruciales y oscuros retratos de las variaciones de Santiago en torno a sí mismo y a su mundo interior. Le siguieron Ansias del alba —grabado junto a su hermano Vicente Feliú— y Futuro inmediato, dos fonogramas esenciales no solo en su discografía, sino para entender a Cuba y a una generación más allá de los panfletos y los extremos de los bandos. 

En 2013, el trovador me dio una entrevista que, lamentablemente, fue la última de su vida que terminó luego de que sufriera un infarto frente al piano en la madrugada del 12 de febrero de 2014. La conversación fue por correo electrónico y gracias a Kerstin Hernández, su mánager de entonces. Entre otras cosas me dijo: «Las canciones sociales se hacen, no se inventan como las de amor. Yo trato de cantar lo que me toca y cuando me toca socialmente algo, el tema está en que el resultado sea verdaderamente artístico y perdurable más que recordable». 

Durante la conversación entregó una perspectiva muy particular sobre los años que vendrían en relación con la canción de autor. «Siempre he querido pensar que el futuro tiene que ser mejor que el pasado, solo que el futuro está detenido y anclado en una prostituida comercialización feroz de la canción, lejos del arte de hacer canciones. Más que nada, los autores componen directamente para un éxito comercial. Tampoco tienen los jóvenes de hoy líderes cantores del calibre de aquellos de los sesenta, setenta y ochenta». 

El futuro tal como estaba en su cabeza nunca llegó, pero sí perduran sus canciones y su postura insobornable que avergonzaría a cualquiera de sus epígonos que medran de una ideología o muestran sus puntos de quiebre a conveniencia para obtener los consabidos beneficios.

Uno de sus últimos proyectos fue la peña que celebró en el Café Cantante del Teatro Nacional bajo el nombre «Lo que la radio nos dejó». Allí interpretó las canciones que lo convirtieron en el trovador que fue y en el trovador que perdura. 

Luego, reservó el show para sus canciones. Por diversos motivos, el proyecto no llegó a consolidarse del todo entre el público —entre ellos, la personalidad de Santiago, quien posiblemente no se sintió cómodo con el espacio—.

Durante sus últimos años había comenzado una nueva vida alejada de los excesos y de los profundos intervalos emocionales que alimentaron el decursar de su carrera

A diez años de su muerte, Santiago se mantiene cantando en la memoria de sus seguidores, que dialogan con el trovador en busca de respuestas para interpretar un país radicalizado en las contradicciones que dejó plasmadas en sus temas; pero sin el cual no podía entenderse su condición de trovador, sus angustias ni la hondura de sus procesos creativos. 

En ese conflicto —que es el de muchos cubanos— sigue la sobrevida de Santiago, quien con una obra tan luminosa como aciclonada seguiría hoy persiguiendo la libertad; una obra con la que seguimos buscando junto al trovador el país donde todos podamos sentir, otra vez, por amor.  

 

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Anibal Fernandez

Leyendo este artículo q expone a este trovador singular, descriptor d su tiempo; y apenas recién conocer su opinión sobre los comercializados autores actuales ( no pocos), me sale el cartel pollo sin hueso a tantos usd. Así mismo me respondió un autor hoy comercializado cuando le inquiri sobre su nuevo camino. Donde pongo lo hallado? Q hago ahora contigo?
Anibal Fernandez

Geovel T Rodríguez Sánchez

Muy apasionada y veraz reflexión de un buen trovador
Geovel T Rodríguez Sánchez

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