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Festival de Cine de La Habana

Columna especial para elTOQUE de Mónica Baró durante el 41º Festival del Nuevo Cine Latinoamericano de La Habana. Ilustración: Wendy Valladares y Janet Aguilar
Si soy justa, debo reconocer que el cine ha valido cada libra perdida. Me mantendré lejos del espejo del baño por un tiempo. Si no termino como empecé, con música, es porque, como bien dice uno de los personajes de El cuento de las comadrejas, de Juan José Campanella: la vida no es como el cine.
Los espectadores cubanos suelen interactuar con los personajes bastante a menudo. Les reprochan comportamientos, les avisan de peligros, les dan o les quitan la razón, aplauden sus victorias o pronostican sus finales. También hay quienes tienen a mal hacer crítica de la película en tiempo real: me pasó en Vendrá la muerte y tendrá tus ojos y yo terminé en el rol de la tipa pesada que manda a hacer silencio.
Quien vaya al cine hoy y se crea que va porque quiere, porque es una libre, se engaña. Hoy nos van a dejar ir al cine, como mismo nos dejaron ir ayer y nos van a dejar, o no, ir mañana.
Mónica Baró cuenta en su columna de viernes que el documental A media voz la dejó en una especie de limbo donde solo existía la nostalgia. Más que la emigración, o la amistad entre dos mujeres, dice que la esencia de este material es la nostalgia.
Luego de Monos, ayer no vi nada más. Me fui de fiestas con unos amigos. Cada vez me interesan menos las noches y las madrugadas habaneras, es decir, sus fiestas, pero anoche necesitaba que el domingo fuera el sábado que no había tenido. Cuarta entrega de “Vagabunda”, columna de Mónica Baró.
En Parásito, como a los 40 minutos, lo que ocurre es que la película deja de ser apenas la simpática historia de una familia y empieza a ser la triste historia de una clase social.