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Alfredo Guevara, carteles de cine cubano. (1925-2013). Foto: Kaloian.

Alfredo Guevara (1925-2013). Foto: Kaloian.

Alfredo Guevara: La ignorancia empoderada es un crimen de Estado

Tres baluartes, entre otros, conforman la esencia socialista a la que aspiraba el cineasta y ensayista cubano Alfredo Guevara (1925-2013): desestatización, belleza y libertad de la persona como ente pensante, como ciudadano.

«El socialismo supone una actitud real, concreta, práctica, para el otro, para el que no soy yo, y ese otro no es una abstracción, es uno a uno» (p. 53), dijo en la Universidad de La Habana el 2 de noviembre de 2005. Y ante alumnos de la Facultad de Química de la propia casa de altos estudios, en 2011, enfatizó: «todas mis esperanzas están en que la desestatización y desburocratización de la sociedad cubana conduzcan a una sociedad en la que la creatividad de las personas se desencadene y sea tomada en cuenta seriamente» (p. 296).

Los criterios, contenidos en su último libro Dialogar, dialogar. (Escuchar, enseñar, afirmar, aprender) (2013), forman parte de una tarea que el fundador del Instituto Cubano del Arte e Industria Cinematográficos (ICAIC) se asignó como misión de vida: el cruce de ideas con jóvenes estudiantes de todo el país. Como si no le bastara con un solo verbo para indicar las urgencias de pensamiento y acción en la Cuba del siglo XXI, Alfredo Guevara tituló el volumen con seis infinitivos e incluyó en él once intervenciones o debates públicos y la entrevista que concediera al trovador Amaury Pérez para el espacio televisivo Con dos que se quieran.

Uno de los juicios más filosos de Guevara fue aquel en que aseguró: «hay demasiada ignorancia en nuestro Estado todavía, y en nuestras organizaciones sociales, incluido el Partido, hay demasiada ignorancia con poder sobre personas. Ese es un crimen de Estado, y es un crimen que tenemos que rectificar a fondo. ¡No a la ignorancia! Para tener poder sobre los demás hay que tener, ante todo, verdaderos conocimientos sobre lo que se va a dirigir y, desde luego, una formación ética» (p. 292).

El también diplomático soñaba «un socialismo que tenga carácter renacentista, es decir, un socialismo que cumpla su objetivo, la apertura hacia ese inundar el mundo de belleza (…). Hay que abrirse de modo tal que la persona se adueñe de sí de veras» (p. 187).

En su criterio, «tiene que desaparecer también el aparato burocrático partidario. Lo mismo ocurre con la Juventud, cada vez que llamo por teléfono a determinados cuadros están en una reunión, no importa la hora del día que sea. ¿A qué hora piensan?, ¿a qué hora estudian?, ¿a qué hora hacen contacto con los otros jóvenes?» (p. 304).

Integrante de la generación que comandó la Revolución, amigo cercano de Fidel y Raúl Castro —«mis hermanos», los llamó—, Alfredo representó siempre una voz polémica respecto a la grisura que fue copando espacios y burocratizando el poder.

Alfredo Guevara junto a Fidel Castro en los momentos fundacionales del Instituto Cubano del Arte e Industria Cinematográficos (Icaic).

Alfredo Guevara junto a Fidel Castro en los momentos fundacionales del Instituto Cubano del Arte e Industria Cinematográficos (Icaic). Foto: www.eusebioleal.cu

Fiel a su trayectoria política, el autor de ¿Y si fuera una huella? no veía la necesaria transformación desestatizadora como una negación del pasado: «es completarlo, seguir adelante y en cada época hacer lo que hacer toque, ha señalado Fidel con claridad, con lucidez» (p. 219).

UNA REVOLUCIÓN NO ES UN PASEO

«Una revolución no es un paseo por las riberas del mar o de un río apacible, es una tormenta, es una conmoción descomunal que rompe los cimientos de la sociedad. Las revoluciones son destructoras para ser constructoras. Y en ese camino le toca a la generación que la vive sufrimientos indecibles y placeres memorables» (p. 142), comentó el intelectual en la Facultad de Comunicación de la Universidad de La Habana (UH) el 5 de mayo de 2010.

«Profesional de la esperanza» y «propagador de ideas» como se autodefinía, Alfredo opinaba que «quien no esté dispuesto a revolucionar la realidad ni ansioso por revolucionar su realidad, la internacional incluso, no es revolucionario, no importa la cara que ponga» (pp. 103-104), por lo cual, «de amansados» no cabía esperar esta condición, sino, siempre, de los rebeldes.

Formado inicialmente en el anarquismo, se catalogaba a sí mismo como «libertario», incluso después, cuando abrazó el marxismo, lo hacía desde dicha dualidad. Por ello, aspiraba a «una sociedad de la libertad, un socialismo de la libertad» (p. 269).

En cuanto a quienes albergaban ideas contrarias a la Revolución, dejaba una puerta abierta, pero sin descuidar el control del poder que su generación había detentado por décadas: «puede defenderse el derecho a no ser revolucionario. Lo que no se puede aceptar es la contrarrevolución activa, porque sería como aceptar el suicido. Y la Revolución es una vanguardia que quiere desarrollar un proyecto» (p. 145).

Alfredo Guevara. Foto: Cortesía de Julio César Guanche.

Alfredo Guevara. Foto: Cortesía de Julio César Guanche.

EL ESTALINISMO NOS PASÓ POR ARRIBA

Actor privilegiado y sagaz en el campo cultural cubano durante la segunda mitad del siglo XX y la primera década del XXI, Alfredo creía, y así lo confesó a estudiantes del Instituto Superior de Relaciones Internacionales (ISRI), en febrero de 2010, que «el estalinismo nos pasó por arriba, y es un problema complejísimo» (p. 123). En ese mismo encuentro, refiriéndose al tristemente célebre Quinquenio Gris —etapa de represiones a artistas e intelectuales comprendida a inicios de la década de 1970—, la homofobia fue, ante todo, la causante de tales discriminaciones. Pero que en determinadas instituciones, el liderazgo actuante no permitió los desmanes.

«No pasó nada ni en el Ballet Nacional de Cuba ni en la Casa de las Américas ni en el Instituto Cubano del Arte e Industria Cinematográficos; donde hubo dirigentes, dos eran mujeres: Alicia Alonso y Yeyé [Haydée] Santamaría, que no puedo usar la palabra que usamos todos los cubanos para referirse a algo que hay que tener y que ellas tuvieron también. Nosotros no permitimos que entrara la “Inquisición” en los organismos que dirigíamos, pero piensen ustedes quiénes eran. Yeyé era una heroína del Moncada; Alicia Alonso, una figura mundial tremenda, una de las más grandes bailarinas del mundo; y yo, que tenía mi historia, me protegía yo mismo, junto al hecho de estar al lado de Fidel y Raúl» (p. 128).

Urgida quizá como nunca antes de diálogo, en la Antilla Mayor se extraña, con todos los matices que puedan endilgársele, la sapiencia y el rigor de este Premio Nacional de Cine; alguien que en sus intercambios con estudiantes partía de frases como: «Las preguntas bobas no me interesan. Me interesa que saquen el estilete».

En su óptica, a inicios de la década de 1990 estaban dadas las condiciones, sobre todo por la cantidad de universitarios que se habían graduado, para que su generación entregara las riendas del destino nacional a los jóvenes; ese traspaso «debió haber comenzado», sin embargo, el derrumbe del bloque socialista —consideraba— impidió el tránsito natural, e hizo que «la cúpula de la Revolución tuviera, ante todo, que buscar soluciones para la sobrevivencia del país» (p. 289).

No obstante, a la vuelta de dos décadas de aquella desintegración en Europa del Este, y sintiendo el rigor de los años, pensaba Alfredo que el traslado del mando a las siguientes generaciones debían efectuarlo, aún en vida, los dirigentes de la oleada del 1959, «porque si no fuese así, será algo terrible […]. Que los interpretadores del futuro no tengan que decir: “Tuvieron que desaparecer biológicamente para que este paso se diera”» (p. 139).

«EMPEZARÍA POR REDEFINIR LOS MEDIOS DE COMUNICACIÓN»

Ante la pregunta de un alumno del ISRI «Si usted tuviera que (…) repensar toda la Revolución, ¿por dónde comenzaría a repensar y a redefinir?», el escritor fue categórico: «Empezaría por redefinir los medios de comunicación» (p. 119). En su óptica, «un periodista que no milite en lo que quiera no podrá ser jamás un buen periodista», pero al hablar de esta filiación, no se refería a «la militancia partidista: hablo de pasión, de creer en algo y entregarse a ello a toda costa» (p. 137).

El doctor Honoris Causa de la Universidad de las Artes en Cuba no disimulaba su acidez para referirse a los medios de prensa estatales. Prueba de ello es lo que les dijo a los alumnos de la Facultad de Comunicación: «¿qué ejemplo les podemos poner a ustedes?, ¿dónde están esos paradigmas en nuestro periodismo? Imagino los profesores que están aquí cuánto trabajo pasarán para citar un paradigma contemporáneo en el periodismo nacional» (p. 140). Llegaba incluso a afirmar que, «por desgracia, los medios de comunicación cubanos son los enemigos principales de la Batalla de Ideas proclamada por Fidel, y de toda vocación por la cultura más elevada, más compleja» (p. 76).

Sin embargo, precisado por el auditorio de la Universidad Central «Marta Abreu» de las Villas, el 20 de octubre de 2010, a ahondar en las causas de la poca calidad que le veía a la prensa, el cineasta admitió: «¿Dónde están los verdaderos periodistas? No los hemos dejado [surgir]». Y a renglón seguido: «la culpa no la tienen los periodistas —la tienen por la pasividad de no enfrentarlo tal vez, pero hasta cierto punto—; pero la fuente de todo ello está en la oficialización. Es decir, todo lo que se dice en cualquier circunstancia compromete al Estado» (p. 237).

Su recomendación a los que se iniciaban en el oficio resultaba tajante: «Si ustedes quieren ser miembros de una congregación monacal no van a tener ningún problema, si van a ser periodistas de verdad se la tienen que jugar, ¡juéguensela!» (p. 238).

Y en un sentido más amplio, a los jóvenes intelectuales: «que se agrupen por afinidades y publiquen, sea en mimeógrafo, en imprenta, o como puedan, sus ideas, sus conceptos, sus concepciones del arte, la inserción del arte y de otras expresiones del arte y la cultura en la vida social; pero no lo hagan a nombre del Partido ni sirviéndose de su autoridad» (p. 320).

YA NO SE PUEDE HACER CALLAR

Satanizado por unos y encumbrado por otros gracias a su personalidad y métodos de dirección, Alfredo «elaboró una comprensión cultural de la política. La historia de la concepción del ICAIC es su manifiesto», como ha apuntado Julio César Guanche, quien laboró a su lado en muchos proyectos, incluida la edición de Dialogar, dialogar…

Quizá lo más llamativo del volumen final de este generador de ideas es su «aterrizaje» sin pelos en la lengua en los problemas del día a día de la nación.

«En la época que vivimos, ha habido que sobrevivir, y no hay nadie que no haya hecho una “bichería”, porque para sobrevivir ha sido necesario. Por tanto, me río ante algunas ilegalidades, porque pienso que no son inmoralidades. Priorizo lo moral, no lo legal, porque la Revolución, los revolucionarios […] hemos creado un sistema de legalidad que ha vuelto la vida imposible. Como nadie está dispuesto a morirse, todo el mundo viola la ley, en una escalita, en otra escalita, en una escalota. Cuando se viola la escalota, sí hay que parar en seco, pero cuando lo que se viola es la escalita, soy de los miran para otro lado, y lo hago por una razón muy simple: no le puedo pedir a nadie que se muera de hambre ni que deje morir a su niño, a su niña, a su abuelita, a los más débiles» (p. 104).

Estaba claro Alfredo de que «la vida cotidiana que vivimos es demasiado dura, demasiado amarga, a veces nos lastima tanto a nosotros y a nuestras familias; es lógico entonces que se desarrollen ciertos rasgos de insensibilidad, de desesperación y de rechazo» (p. 139).

«Cuando te gradúes —dice a un alumno de Informática—, si te ofrecen un salario maravilloso, 400, 500 pesos, y pasan diez días del mes y no has resuelto la mitad de los problemas que tienes para el mes completo, y viene un señor de Canadá, te toca a la puerta y te ofrece un salario de 2 000 dólares canadienses, es difícil que no lo valores. La única solución que yo veo es acabar de resolver los problemas de este país y de la vida cotidiana» (p. 295).

En cuanto a las organizaciones políticas y sociales, alerta claramente sobre su disfuncionalidad, con frases que tal vez en ningún otro libro publicado por un dirigente histórico de la Revolución hayan aparecido:

«Creo que entre las cosas asesinadas hemos asesinado a los CDR [Comités de Defensa de la Revolución], que son lo más aburrido que existe, solo comparable con las reuniones del Partido, las reuniones de los núcleos. ¿Por qué? Porque ya no son lo que eran» (p. 81).

Sobre la figura del delegado de base del Poder Popular, sostiene: «suele ser un pobre diablo que ha tenido el valor de aceptar la condición de delegado que de seguro que en el barrio nadie quería y la acepta como una disciplina del Partido o del Estado o de lo que sea, porque él sabe que no sirve para nada y todos los ciudadanos saben que no sirve para nada» (p. 293).

Optimista profesional, como también se definió, Alfredo observa que «la arrogancia estatal, su burocracia, el paternalismo y todas esas hidras imaginables no lograron callar nunca la sana creatividad de nuestra gente-pueblo, ese tesoro» (p. 221). Y conectado con el presente y el futuro inmediato, expresa: «Creo que se acabaron las posibilidades de hacer callar y ese es un fenómeno muy interesante en nuestra sociedad y de nuestra época. No todo el mundo tiene Internet, pero algunos la tienen, unos legalmente y otros no, da lo mismo, el caso es que la tienen; es decir, hay un modo de hacer sentir criterios y debemos luchar por ellos apasionada y públicamente… no hay otro camino» (p. 234).

Cuando el país se debate entre fracturas, continuidades, barricadas y escasez en todos los órdenes, y cada vez más la sociedad civil reclama el derecho a ser y estar, al autor de Revolución es lucidez —en sus genialidades e imperfecciones— habrá que volver muchas veces. Para seguirlo o ripostarlo, siempre con el estilete, como él pedía. Ojalá se llegue a formar en toda su plenitud el ciudadano que vislumbró, ese que no es solamente «el que vota, […] el que critica o aprueba [; …] no es el aplaudidor, que tenemos tantos. Ciudadano es el que piensa» (p. 248).

Repasando su último libro —que pudiera parecer escrito ayer mismo— se hallan claves medulares sobre la Cuba que, mirándola desde distintas perspectivas, se cae a pedazos o emerge definitivamente de sus yerros y manquedades. O tal vez ambas, quién sabe.

 

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Jesús Arencibia
Profesor y periodista. Cubano y pinareño. Amo el magisterio y la escritura porque me parecen un ejercicio poético de la bondad. Creo en la palabra compartida.
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Tres baluartes, entre otros, conforman la esencia socialista a la que aspiraba el cineasta y ensayista cubano Alfredo Guevara (1925-2013): desestatización, belleza y libertad de la persona como ente pensante, como ciudadano.

«El socialismo supone una actitud real, concreta, práctica, para el otro, para el que no soy yo, y ese otro no es una abstracción, es uno a uno» (p. 53), dijo en la Universidad de La Habana el 2 de noviembre de 2005. Y ante alumnos de la Facultad de Química de la propia casa de altos estudios, en 2011, enfatizó: «todas mis esperanzas están en que la desestatización y desburocratización de la sociedad cubana conduzcan a una sociedad en la que la creatividad de las personas se desencadene y sea tomada en cuenta seriamente» (p. 296).

Los criterios, contenidos en su último libro Dialogar, dialogar. (Escuchar, enseñar, afirmar, aprender) (2013), forman parte de una tarea que el fundador del Instituto Cubano del Arte e Industria Cinematográficos (ICAIC) se asignó como misión de vida: el cruce de ideas con jóvenes estudiantes de todo el país. Como si no le bastara con un solo verbo para indicar las urgencias de pensamiento y acción en la Cuba del siglo XXI, Alfredo Guevara tituló el volumen con seis infinitivos e incluyó en él once intervenciones o debates públicos y la entrevista que concediera al trovador Amaury Pérez para el espacio televisivo Con dos que se quieran.

Uno de los juicios más filosos de Guevara fue aquel en que aseguró: «hay demasiada ignorancia en nuestro Estado todavía, y en nuestras organizaciones sociales, incluido el Partido, hay demasiada ignorancia con poder sobre personas. Ese es un crimen de Estado, y es un crimen que tenemos que rectificar a fondo. ¡No a la ignorancia! Para tener poder sobre los demás hay que tener, ante todo, verdaderos conocimientos sobre lo que se va a dirigir y, desde luego, una formación ética» (p. 292).

El también diplomático soñaba «un socialismo que tenga carácter renacentista, es decir, un socialismo que cumpla su objetivo, la apertura hacia ese inundar el mundo de belleza (…). Hay que abrirse de modo tal que la persona se adueñe de sí de veras» (p. 187).

En su criterio, «tiene que desaparecer también el aparato burocrático partidario. Lo mismo ocurre con la Juventud, cada vez que llamo por teléfono a determinados cuadros están en una reunión, no importa la hora del día que sea. ¿A qué hora piensan?, ¿a qué hora estudian?, ¿a qué hora hacen contacto con los otros jóvenes?» (p. 304).

Integrante de la generación que comandó la Revolución, amigo cercano de Fidel y Raúl Castro —«mis hermanos», los llamó—, Alfredo representó siempre una voz polémica respecto a la grisura que fue copando espacios y burocratizando el poder.

Alfredo Guevara junto a Fidel Castro en los momentos fundacionales del Instituto Cubano del Arte e Industria Cinematográficos (Icaic).

Alfredo Guevara junto a Fidel Castro en los momentos fundacionales del Instituto Cubano del Arte e Industria Cinematográficos (Icaic). Foto: www.eusebioleal.cu

Fiel a su trayectoria política, el autor de ¿Y si fuera una huella? no veía la necesaria transformación desestatizadora como una negación del pasado: «es completarlo, seguir adelante y en cada época hacer lo que hacer toque, ha señalado Fidel con claridad, con lucidez» (p. 219).

UNA REVOLUCIÓN NO ES UN PASEO

«Una revolución no es un paseo por las riberas del mar o de un río apacible, es una tormenta, es una conmoción descomunal que rompe los cimientos de la sociedad. Las revoluciones son destructoras para ser constructoras. Y en ese camino le toca a la generación que la vive sufrimientos indecibles y placeres memorables» (p. 142), comentó el intelectual en la Facultad de Comunicación de la Universidad de La Habana (UH) el 5 de mayo de 2010.

«Profesional de la esperanza» y «propagador de ideas» como se autodefinía, Alfredo opinaba que «quien no esté dispuesto a revolucionar la realidad ni ansioso por revolucionar su realidad, la internacional incluso, no es revolucionario, no importa la cara que ponga» (pp. 103-104), por lo cual, «de amansados» no cabía esperar esta condición, sino, siempre, de los rebeldes.

Formado inicialmente en el anarquismo, se catalogaba a sí mismo como «libertario», incluso después, cuando abrazó el marxismo, lo hacía desde dicha dualidad. Por ello, aspiraba a «una sociedad de la libertad, un socialismo de la libertad» (p. 269).

En cuanto a quienes albergaban ideas contrarias a la Revolución, dejaba una puerta abierta, pero sin descuidar el control del poder que su generación había detentado por décadas: «puede defenderse el derecho a no ser revolucionario. Lo que no se puede aceptar es la contrarrevolución activa, porque sería como aceptar el suicido. Y la Revolución es una vanguardia que quiere desarrollar un proyecto» (p. 145).

Alfredo Guevara. Foto: Cortesía de Julio César Guanche.

Alfredo Guevara. Foto: Cortesía de Julio César Guanche.

EL ESTALINISMO NOS PASÓ POR ARRIBA

Actor privilegiado y sagaz en el campo cultural cubano durante la segunda mitad del siglo XX y la primera década del XXI, Alfredo creía, y así lo confesó a estudiantes del Instituto Superior de Relaciones Internacionales (ISRI), en febrero de 2010, que «el estalinismo nos pasó por arriba, y es un problema complejísimo» (p. 123). En ese mismo encuentro, refiriéndose al tristemente célebre Quinquenio Gris —etapa de represiones a artistas e intelectuales comprendida a inicios de la década de 1970—, la homofobia fue, ante todo, la causante de tales discriminaciones. Pero que en determinadas instituciones, el liderazgo actuante no permitió los desmanes.

«No pasó nada ni en el Ballet Nacional de Cuba ni en la Casa de las Américas ni en el Instituto Cubano del Arte e Industria Cinematográficos; donde hubo dirigentes, dos eran mujeres: Alicia Alonso y Yeyé [Haydée] Santamaría, que no puedo usar la palabra que usamos todos los cubanos para referirse a algo que hay que tener y que ellas tuvieron también. Nosotros no permitimos que entrara la “Inquisición” en los organismos que dirigíamos, pero piensen ustedes quiénes eran. Yeyé era una heroína del Moncada; Alicia Alonso, una figura mundial tremenda, una de las más grandes bailarinas del mundo; y yo, que tenía mi historia, me protegía yo mismo, junto al hecho de estar al lado de Fidel y Raúl» (p. 128).

Urgida quizá como nunca antes de diálogo, en la Antilla Mayor se extraña, con todos los matices que puedan endilgársele, la sapiencia y el rigor de este Premio Nacional de Cine; alguien que en sus intercambios con estudiantes partía de frases como: «Las preguntas bobas no me interesan. Me interesa que saquen el estilete».

En su óptica, a inicios de la década de 1990 estaban dadas las condiciones, sobre todo por la cantidad de universitarios que se habían graduado, para que su generación entregara las riendas del destino nacional a los jóvenes; ese traspaso «debió haber comenzado», sin embargo, el derrumbe del bloque socialista —consideraba— impidió el tránsito natural, e hizo que «la cúpula de la Revolución tuviera, ante todo, que buscar soluciones para la sobrevivencia del país» (p. 289).

No obstante, a la vuelta de dos décadas de aquella desintegración en Europa del Este, y sintiendo el rigor de los años, pensaba Alfredo que el traslado del mando a las siguientes generaciones debían efectuarlo, aún en vida, los dirigentes de la oleada del 1959, «porque si no fuese así, será algo terrible […]. Que los interpretadores del futuro no tengan que decir: “Tuvieron que desaparecer biológicamente para que este paso se diera”» (p. 139).

«EMPEZARÍA POR REDEFINIR LOS MEDIOS DE COMUNICACIÓN»

Ante la pregunta de un alumno del ISRI «Si usted tuviera que (…) repensar toda la Revolución, ¿por dónde comenzaría a repensar y a redefinir?», el escritor fue categórico: «Empezaría por redefinir los medios de comunicación» (p. 119). En su óptica, «un periodista que no milite en lo que quiera no podrá ser jamás un buen periodista», pero al hablar de esta filiación, no se refería a «la militancia partidista: hablo de pasión, de creer en algo y entregarse a ello a toda costa» (p. 137).

El doctor Honoris Causa de la Universidad de las Artes en Cuba no disimulaba su acidez para referirse a los medios de prensa estatales. Prueba de ello es lo que les dijo a los alumnos de la Facultad de Comunicación: «¿qué ejemplo les podemos poner a ustedes?, ¿dónde están esos paradigmas en nuestro periodismo? Imagino los profesores que están aquí cuánto trabajo pasarán para citar un paradigma contemporáneo en el periodismo nacional» (p. 140). Llegaba incluso a afirmar que, «por desgracia, los medios de comunicación cubanos son los enemigos principales de la Batalla de Ideas proclamada por Fidel, y de toda vocación por la cultura más elevada, más compleja» (p. 76).

Sin embargo, precisado por el auditorio de la Universidad Central «Marta Abreu» de las Villas, el 20 de octubre de 2010, a ahondar en las causas de la poca calidad que le veía a la prensa, el cineasta admitió: «¿Dónde están los verdaderos periodistas? No los hemos dejado [surgir]». Y a renglón seguido: «la culpa no la tienen los periodistas —la tienen por la pasividad de no enfrentarlo tal vez, pero hasta cierto punto—; pero la fuente de todo ello está en la oficialización. Es decir, todo lo que se dice en cualquier circunstancia compromete al Estado» (p. 237).

Su recomendación a los que se iniciaban en el oficio resultaba tajante: «Si ustedes quieren ser miembros de una congregación monacal no van a tener ningún problema, si van a ser periodistas de verdad se la tienen que jugar, ¡juéguensela!» (p. 238).

Y en un sentido más amplio, a los jóvenes intelectuales: «que se agrupen por afinidades y publiquen, sea en mimeógrafo, en imprenta, o como puedan, sus ideas, sus conceptos, sus concepciones del arte, la inserción del arte y de otras expresiones del arte y la cultura en la vida social; pero no lo hagan a nombre del Partido ni sirviéndose de su autoridad» (p. 320).

YA NO SE PUEDE HACER CALLAR

Satanizado por unos y encumbrado por otros gracias a su personalidad y métodos de dirección, Alfredo «elaboró una comprensión cultural de la política. La historia de la concepción del ICAIC es su manifiesto», como ha apuntado Julio César Guanche, quien laboró a su lado en muchos proyectos, incluida la edición de Dialogar, dialogar…

Quizá lo más llamativo del volumen final de este generador de ideas es su «aterrizaje» sin pelos en la lengua en los problemas del día a día de la nación.

«En la época que vivimos, ha habido que sobrevivir, y no hay nadie que no haya hecho una “bichería”, porque para sobrevivir ha sido necesario. Por tanto, me río ante algunas ilegalidades, porque pienso que no son inmoralidades. Priorizo lo moral, no lo legal, porque la Revolución, los revolucionarios […] hemos creado un sistema de legalidad que ha vuelto la vida imposible. Como nadie está dispuesto a morirse, todo el mundo viola la ley, en una escalita, en otra escalita, en una escalota. Cuando se viola la escalota, sí hay que parar en seco, pero cuando lo que se viola es la escalita, soy de los miran para otro lado, y lo hago por una razón muy simple: no le puedo pedir a nadie que se muera de hambre ni que deje morir a su niño, a su niña, a su abuelita, a los más débiles» (p. 104).

Estaba claro Alfredo de que «la vida cotidiana que vivimos es demasiado dura, demasiado amarga, a veces nos lastima tanto a nosotros y a nuestras familias; es lógico entonces que se desarrollen ciertos rasgos de insensibilidad, de desesperación y de rechazo» (p. 139).

«Cuando te gradúes —dice a un alumno de Informática—, si te ofrecen un salario maravilloso, 400, 500 pesos, y pasan diez días del mes y no has resuelto la mitad de los problemas que tienes para el mes completo, y viene un señor de Canadá, te toca a la puerta y te ofrece un salario de 2 000 dólares canadienses, es difícil que no lo valores. La única solución que yo veo es acabar de resolver los problemas de este país y de la vida cotidiana» (p. 295).

En cuanto a las organizaciones políticas y sociales, alerta claramente sobre su disfuncionalidad, con frases que tal vez en ningún otro libro publicado por un dirigente histórico de la Revolución hayan aparecido:

«Creo que entre las cosas asesinadas hemos asesinado a los CDR [Comités de Defensa de la Revolución], que son lo más aburrido que existe, solo comparable con las reuniones del Partido, las reuniones de los núcleos. ¿Por qué? Porque ya no son lo que eran» (p. 81).

Sobre la figura del delegado de base del Poder Popular, sostiene: «suele ser un pobre diablo que ha tenido el valor de aceptar la condición de delegado que de seguro que en el barrio nadie quería y la acepta como una disciplina del Partido o del Estado o de lo que sea, porque él sabe que no sirve para nada y todos los ciudadanos saben que no sirve para nada» (p. 293).

Optimista profesional, como también se definió, Alfredo observa que «la arrogancia estatal, su burocracia, el paternalismo y todas esas hidras imaginables no lograron callar nunca la sana creatividad de nuestra gente-pueblo, ese tesoro» (p. 221). Y conectado con el presente y el futuro inmediato, expresa: «Creo que se acabaron las posibilidades de hacer callar y ese es un fenómeno muy interesante en nuestra sociedad y de nuestra época. No todo el mundo tiene Internet, pero algunos la tienen, unos legalmente y otros no, da lo mismo, el caso es que la tienen; es decir, hay un modo de hacer sentir criterios y debemos luchar por ellos apasionada y públicamente… no hay otro camino» (p. 234).

Cuando el país se debate entre fracturas, continuidades, barricadas y escasez en todos los órdenes, y cada vez más la sociedad civil reclama el derecho a ser y estar, al autor de Revolución es lucidez —en sus genialidades e imperfecciones— habrá que volver muchas veces. Para seguirlo o ripostarlo, siempre con el estilete, como él pedía. Ojalá se llegue a formar en toda su plenitud el ciudadano que vislumbró, ese que no es solamente «el que vota, […] el que critica o aprueba [; …] no es el aplaudidor, que tenemos tantos. Ciudadano es el que piensa» (p. 248).

Repasando su último libro —que pudiera parecer escrito ayer mismo— se hallan claves medulares sobre la Cuba que, mirándola desde distintas perspectivas, se cae a pedazos o emerge definitivamente de sus yerros y manquedades. O tal vez ambas, quién sabe.

 

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