Habemus Fondum y hace falta proclamarlo aunque sea en este latín inventado, pero auspicioso. Y a pesar de las dudas y el escepticismo de algunos, se percibe la satisfacción inicial en el gremio cinematográfico. La causa: en estos días se están verificando —finalmente, a pesar de las complejas circunstancias que significa la pandemia— las primeras convocatorias del Fondo de Fomento del Cine Cubano. Debe convertirse, con el tiempo, en un recurso trascendental para potenciar el desarrollo de la cinematografía nacional, más allá de los reticentes distingos entre lo institucional y lo independiente.

Este programa estatal se estableció como consecuencia de los reclamos de numerosos cineastas que solicitaban una mayor apertura y dinamización del panorama audiovisual; sobre todo, a partir del reconocimiento oficial de la gestión independiente que tantos títulos notables aportó al cine nacional, principalmente en los últimos diez años.

En el arduo camino que condujo a la creación del Fondo, se recuerdan las discusiones del grupo conocido como g20, que propuso la creación de una Ley de Cine cuya aprobación parece todavía lejana. Al menos ha comenzado a caminar, a buen paso, uno de los aspectos más importante de aquellos reclamos: el Fondo de Fomento implementado por el ICAIC y abierto a los cineastas autónomos.

Y la implementación del Fondo indudablemente pone sobre el tapete no solo la discusión sobre la esencia conceptual, los límites y las aspiraciones del llamado cine independiente, sino también de los filmes producidos por las instituciones oficiales; aunque las divisiones prácticas entre uno y otro parecen cada vez más lábiles. Así lo demuestra el quehacer de Fernando Pérez, que trabajó con el ICAIC para enfrentar el filme de época José Martí, el ojo del canario (2010) y luego, en régimen autónomo, realizó La pared de las palabras (2014).

Nadie podrá decir que no habrá dificultades y malentendidos, más o menos los mismos que siempre tienen lugar cuando se echan a andar procesos complejos de renovación que implican premios, concurso, jurados y la entrega de recursos. Algunos temen que impere la censura o se impongan ciertos prejuicios ideológicos y políticos, debido al hecho de que es responsabilidad del Ministerio de Cultura y del ICAIC la selección, mediante un jurado, de los proyectos que recibirán estímulos.

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Otros han cuestionado como un intento de control institucional la obligatoriedad de figurar en el Registro del Creador Audiovisual y Cinematográfico o Literario, pues para inscribirse es preciso ser egresado de la FAMCA (Facultad Arte de los Medios de Comunicación Audiovisual) o de la EICTV (Escuela Internacional de Cine y Televisión) y presentar tres obras, sometidas al análisis de un Comité de Admisión. Solo se puede realizar la solicitud del Fondo una vez inscrito en el Registro.

Pero a pesar de las reservas de unos y el entusiasmo de otros, las estructuras del Fondo están funcionando, según lo establecido en el Acuerdo 8613 del Consejo de Ministros del 14 de junio de 2019, que pone en práctica la política aprobada en el Decreto Ley 373/2019 del Creador Audiovisual y Cinematográfico Independiente. Y  habría que ser demasiado optimista para considerar, en este momento difícil de la economía nacional, que será factible la verificación fluida y natural de la entrega de los recursos. Las industrias audiovisuales del mundo entero padecen la recesión de la pandemia y, además, varios cineastas se preguntan cómo se enfrentarán a la justificación legal de la utilización de los fondos auditables asignados en sus cuentas, habida cuenta de la falta de cultura, y de práctica, que existe tanto en las instancias del Estado como entre los ciudadanos para controlar facturas y mantener las cuentas claras.

Veremos, en la práctica, a qué proyectos se le confieren recursos y hasta qué punto y cómo se ejecutan los estímulos, cuánto tarda la concesión de permisos de rodaje, y hasta cuándo se pospondrá la necesidad de rescatar la exhibición en pantalla grande… Todo ello será motivo de discusión cuando se reinicie la producción, salgamos de este largo y oscuro túnel pandémico, se den a conocer los nombres de los elegidos, y podamos ver el carácter y trascendencia de esas películas.

De momento, las primeras convocatorias del Fondo incluyen, para largometrajes de ficción, documental y animación, las siguientes categorías: escritura de guion, desarrollo de proyecto, y postproducción. Según el Portal oficial del ICAIC, se inscribieron 67 proyectos de largometrajes, procedentes de casi todas las provincias, con una notable participación de jóvenes y de mujeres. De los 67 concursantes, 24 son menores de 35 años, lo que representa el 36 %, mientras que el 37 % del total son mujeres.

Tampoco debe olvidarse que el Fondo, en su intención de promover el crecimiento y la diversidad de las artes cinematográficas en Cuba, incluye también la entrega de recursos financieros a los mejores proyectos en cuanto a las especialidades de producción y ópera prima (en largometrajes) y en el apartado de cortometraje, ya sean de ficción, documental o animación.

Algunos de los más importantes o prometedores guionistas, o realizadores-guionistas, del país están compitiendo por el premio en escritura de historias para largometrajes. Los cineastas que realizaron El Techo y Esteban, Patricia Ramos y Jonal Cosculluela, concursan respectivamente con El público e Imperfecta; también aparecen en liza especialistas del guion, consagrados en la televisión, como Amílcar Salatti (El hombre de mármol) y Alberto Luberta (Huevos). El codirector del documental Sueños al pairo, José Luis Aparicio, propone La zona muda, y Lisandra López Fabé, guionista de la mayor parte de los documentales de Alejandro Alonso, está escribiendo Hereje, y compite también por el apoyo financiero.

Entre los largometrajes documentales propuestos, destaca el  nombre de Carla Valdés (Ante el camino). Y el destaque obedece al excelente documental que le sirvió a ella como tesis de graduación FAMCA: Días de diciembre. De los largometrajes en desarrollo, hay uno que viene sonando desde hace dos o tres años: Hilo rojo, de Arturo Infante, quien recientemente dirigió la exitosa El extraordinario viaje de Celeste García.

Y en  el segmento de posproducción, sobresalen, por el talento de sus implicados o la importancia temática, dos documentales: Virgilio desde el gabinete azul, de Raydel Araoz, y Hacia la luz, de Carlos Melián.

El ICAIC dio a conocer la lista de los concursantes y sus obras, es decir, de los largometrajes, que serán noticia, si hay suerte, dentro de uno, dos o tres años. También quedó establecido el prestigio de los jurados que se encargarán de seleccionar los mejores proyectos. En escritura de guion están los guionistas Eliseo Altunaga y Senel Paz, los críticos y estudiosos del cine Luciano Castillo y Víctor Fowler, y la realizadora Marilyn Solaya.

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Para el jurado de desarrollo de largometrajes fueron fichados los realizadores Rebeca Chávez, Alejandro Gil, Alejandro Alonso, junto con intelectuales tan conocedores del mundo audiovisual como Iván Giroud y Lourdes García. De elegir los proyectos para culminar su posproducción, se encuentran los realizadores Fernando Pérez y Gloria Rolando, junto con los productores Humberto Jiménez, Yumey Besú y Claudia Calviño. En animación, trabajan Aramís Acosta, Isis Chaviano y Andrea Fabiani. Todos ellos seleccionados a partir de sus experiencias y saberes, más allá de la esquemática división entre institucionales e independientes. Porque tales parcelaciones y compartimentos solo conducen a jerarquías aberradas e injustas hegemonías.

A pesar de que existen algunos pesimistas —por llamarlos eufemísticamente— que intentan sabotear la gestión del Fondo de Fomento, y aseguran que el cine cubano solo puede garantizar su independencia fuera del ICAIC y de sus estructuras, es notoria y estimulante la participación de los cineastas independientes en estas convocatorias regidas por la que ha sido, durante décadas, institución rectora de la producción cinematográfica.

Y es que en la historia del ICAIC que —como todo el mundo sabe— incluye obras y realizadores que padecieron censura, destacan los filmes creados por decenas de cineastas (Tomás Gutiérrez Alea, Humberto Solás, Nicolasito Guillén Landrián, Sara Gómez, entre muchos otros) que supieron conservar, dentro del trabajo con la institución, su impronta artística personal, y desde adentro participar en los grandes debates sociales y culturales de la nación. A los jóvenes cineastas independientes se les plantea similar reto.

 

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