El ocaso y la caída de Mercaderes #2 

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«Podría casi jurar que, en el viejo escaparate pintado de azul colonial, había fotos de Pereira con Lezama, Cortázar y Oriana Fallaci, pero el tiempo ha pasado y no aprendí a distinguir la realidad del sueño».                                 

Cirenaica Moreira

  

Recientemente, un amigo me envió algunas fotos del que fuera llamado «solar de los intelectuales» y no pude sino sentir un estado de impotencia penosa, o algo más profundo que no sabría cómo llamarle. La vieja casona de Mercaderes #2, por muchos años, ostentaba una tarja afuera que aclaraba que allí había trabajado José Martí entre 1978 y 1979. Si mal no recuerdo, había una imprecisión al decir que ese había sido el bufete de Don Nicolás Azcárate, porque en verdad lo fue del abogado Don Miguel Viondi. Lo que ocurre es que Martí trabajó en los dos lugares, y fue Azcárate —a quien el joven proscrito había conocido en México— quien le presenta a Viondi. En la casa natal de la calle Paula se conserva una mesa de trabajo en la cual el pasante de leyes, que no podía ejercer como el abogado que era, se sentó a trabajar durante el breve retorno al país natal. También registraba la tarja que allí trabó amistad con el periodista Juan Gualberto Gómez, con quien conspiraba por la libertad de Cuba, y quien le salva el pellejo cuando se entera que habría un registro en el bufete y manda a retirar unos documentos comprometedores. Martí es detenido, pero el maletín fue puesto a salvo de ser encontrado.

Los pocos e interrumpidos años en que allí viví me hicieron sentir ufana de la historia de ese inmueble por guardar la memoria de fantasma semejante, pero también por la de otros que vivieron o tuvieron allí un estudio para crear, lo que parece haber sido una indulgencia de la Reforma Urbana. Puedo mencionar a los escritores Onelio Jorge Cardoso, Manuel Pereira o Zoe Valdés, a los pintores Loló Soldevilla, Nicasio Aguirre, Juan Moreira o Manuel López Oliva, al fotógrafo Ramón Grandall, el dramaturgo José Brene y otros más.

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Cirenaica en Mercaderes #2, década de los noventa.

Hablamos de una casa a la que se entraba por un zaguán que daba a un patio interior al que asomaban una hilera doble de balcones corridos, resguardados por plantas sembradas en tiestos colgantes. El suelo de mosaicos como un gran tablero de ajedrez y, encima de él, las habitaciones. No sabría decir en cuál de ellas trabajó y conspiró Martí, pero sí sé que en uno de esos cuartos pintaba la descendiente de gallegos Laura Castro, quien por momentos podía soltar los pinceles para sonar la gaita de manera imprevista. Sé cuántas rejas se atravesaban para entrar en la acogedora guarida donde otrora vivió y escribió Pereira, no para visitarlo a él, que ya se había ido definitivamente a Europa, sino a su gentil y singular madre, de nombre Ester. Aquella mujer tan exótica para el entorno cubano, con sus blusas de cuello alto festonado y encajes Richelieu, que me invitaba a tomar el té bajo la lámpara art nouveau, entre los libros que su hijo dejara y del que pude leer algunos, muy cerca del ojo de buey que comunicaba su cuarto con la vista del patio del Seminario Católico San Carlos y Ambrosio. Y en ese mismo entresuelo estaban las habitaciones de Cirenaica, que recién se graduaba de dramaturgia en el ISA y empezaba a pintar de un modo deliciosamente naive. En ese gesto de invitarme a ver sus pinturas, es probable, fue que entré a su cuarto. Ahí estaba toda voluptuosa: una cama de hierro pintada de blanco, invitando a ensoñar.

Conversando recientemente con Cire, me ha dicho que esa cama la adquirió su padre en esos sitios donde vendían «bienes recuperados», así que lo más probable es que perteneció a alguna familia que se fue del país. Es muy posible, me figuro, que ella haya sido engendrada en ese hermoso tálamo. Y casi con seguridad que, en su momento, su bella hija Mariana también lo fuera. Nunca se lo he dicho, pero ese era mi ideal de cama. Sensual en sus curvas, en fin, ideal para maniobras tántricas. No creí verla más. A la cama. Bueno, a Cire tampoco. Me fui de Cuba sin dejar ningún bien desatado. Mis mayores bienes viajaban conmigo y estaban vivos. Una tarde, fui a comprarle un abrigo a mi madre a Burlington, en Miami Beach, y me encuentro un rostro que reconozco de las pantallas: el escritor cubano Ahmel Echevarría. Por algunos artículos publicados probablemente en Hypermedia Magazine, sabía de su existencia, y que era su pareja. Me presento y así paso del anonimato digital a cobrar cierta vida presencial. Menciono a Cirenaica y me dice que ahí está, entre unas perchas.

Cire necesita de los tejidos, los brocados, la lencería. Cire necesita medias de seda, guantes, cortinajes, almohadones, cabelleras, todo lo que se le ocurra a su voluntad performática y escenográfica, porque no olvidemos que se graduó de dramaturgia y eso late en la impronta de su fotografía. Mas que a Burlington parece que ha ido a extraños bazares y tiendas de antigüedades a apertrecharse de los ornamentos y trajes singulares con los que trabaja. ¿O estaría allí buscando ese vestido rojo, aterciopelado, con el que la vi varias veces luego en Miami? En una fotografía que le tomara Deborah Vankin para Los Angeles Times en su casa en Cojímar, se le ve mostrando unas piezas suyas sobre la cama. La misma de los apliques, tan fotogénica, pero pintada de negro.

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Balcón del otrora estudio de Onelio Jorge Cardoso y fachada sin tarja.

Hace poco, Cire me decía que extrañaba mucho tener una casa. Puedo imaginarlo. He visto muchas casas caer. Bellas camas convertidas en chatarra. Un edificio donde trabajó Martí, luego refugio de artistas, convertido en un antro de buscavidas. Gente que forrajea, se prostituye, trafica, «tuguriza», Eusebio Leal desistió de pretender cuidar el edificio y mandó a retirar la tarja. También olvidó la idea de designar el estudio del autor de «El cuentero», «El canto de la cigarra» y «El cangrejo volador» como un sitio para homenajearle, con ese balcón desde el que podía verse la bahía y el cielo amplio sobre ella. Fue un sueño hermoso, nunca cumplido. En ese cuarto se metió a la fuerza una familia venida de lejanas provincias y que las autoridades no quisieron sacar. La historia de la debacle y la toma de Mercaderes #2 por unos habitantes nada relacionados con el arte o la cultura fue contado por Miguel Ángel Ponce de León, el hijo del gran Fidelio, en su libro Crónicas desde La Habana (Ars Milleii, 2020), que reúne notas suyas publicadas como periodista independiente en CubaNet. Ya desde la novela La nada cotidiana, que vio la luz en Barcelona en 1995, su autora Zoé Valdés apunta a esos signos tempranos de la decadencia de «el solar de los intelectuales». Pero todavía «los raros» eran mayoría.

Con la despenalización del dólar y la afluencia del turismo hacia el casco histórico habanero, (no olvidemos que la Catedral estaba a la vuelta de la esquina, literalmente), se multiplicaron los «jineteros[1]» de ambos sexos, los vendedores de tabaco, de PPG, los que cambiaban dólares, los paladares legales o ilegales, etcétera, y el pobre inmueble donde trabajó y conspiró Martí parecía más bien la antesala del Combinado del Este. Con la variante de que si sobornabas bien a los encargados de vigilar y controlar era posible eludir ese tiempo a la sombra. Lo que un día fuera bufete de leyes pasó a ser un antro de gente fuera de la ley.

En el terreno aledaño, donde hubo un derrumbe y después un parque infantil, levantaron un pequeño restaurante en divisas al aire libre, allí bajo los jagüeyes. Era una extensión de La Torre de Marfil, donde a falta de un baño de verdad se vieron obligados a poner una caseta de plástico para «hacer las necesidades». Ese fue mi primer y único trabajo en dólares que tuve en Cuba: cuidar un retrete improvisado a cambio de monedas. Allí, fui testigo por primera vez de la incipiente prostitución infantil, cuando veía a unas niñas con uniforme escolar entrar en el baño-caseta a cambiarse la ropa para encontrarse con los choferes de las guaguas de turismo que parqueaban por los alrededores, luego de dejar sueltos a «los pollos de granja», léase turistas. Por esos años, el escritor Manuel Pereira, en Europa, publicaba su novela Toilette, centrada alrededor de un pintor que busca obsesivamente el baño que nunca tuvo y filosofa en torno al inodoro como objeto cultural.

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Cirenaica en su casa de Cojímar, la fotografía que se ve en la computadora pertenece a un artículo de Deborah Vankin / Foto: Melissa.

Un amigo me ha enviado fotos de ese edificio que hoy me cuesta reconocer. Ponce murió a inicios del milenio, harto de escribirle a Leal para que lo sacara de allí a otro lugar más seguro. Mi amigo me dice que hay allí una mipyme, algo que yo desconozco en sus entrañas. Me cuenta Cirenaica que no la dejaron dejarle su cuarto a su hija Mariana, como ella hubiese querido. Los fantasmas de todos los personajes ilustres, exóticos, únicos, que por allí pasaron se disuelven en el ruido de la vocinglería que aúna gritos, música alta, exabruptos entre vecinos… ¿Quién y para qué precisa ya de ese silencio que era tan apreciado para crear y ensoñar en Mercaderes #2?

 En su fachada, pudieran poner una tarja que rece algo así: «Aquí se libró una batalla fuerte por la sobrevivencia de la belleza contra la vida ruin. Miren adentro y ya sabrán quién perdió más». Porque lo que es seguro es que en Cuba casi todos los caminos conducen hacia la pérdida, hacia lo inevitable de los bienes nunca recuperados.   


[1] Sustantivo que se utiliza en el lenguaje popular cubano para referirse a los trabajadores sexuales.


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