Carlos D. Lechuga está viviendo su momento Limónov. Como el famoso disidente ruso, enemigo público de Putin, él querría ser pop, punk y perverso, pero es solo —por definición propia— un perro cubano. Lechuga salió de Cuba tras filmar un par de buenas películas. En España, forma parte del exilio que algunos llamarían culto y hasta cierto punto farandulero de Madrid. Escritores, pintores, guionistas, músicos, las mejores mentes de una generación obligada a escapar a Europa para vivir o al menos sobrevivir.
Como Limónov, Lechuga ha servido en casa de millonarios en calidad de mayordomo improvisado o cuidador de mascotas. Le gusta fumar tabaco en los parques. Le gustan los animales. Le gusta consentir a su hija. «Yo me fui para tener una hija», dice en su último libro y me lo repite cuando hablo con él. Ha sido una paternidad compleja y distante —de su hija lo separan más de 500 kilómetros, dos horas y media en tren— y, como todos sus dolores, lo ha apaciguado escribiendo. Casi sin darse cuenta, Lechuga ha escrito varios libros importantes.
Las historias que cuentan esos libros son las de cualquier exiliado cubano en España. Para las oficinas de extranjería no hay diferencia entre un director de cine y un bandolero, saber escribir o haber ganado un premio en un festival no hacen mella en los oscuros funcionarios que otorgan una residencia o un permiso de trabajo. A ojos de cualquier Gobierno —incluido el nuestro—, todos los cubanos somos perros.
Ahora, Lechuga tiene 40 años y a esa edad es difícil empezar lo que sea. Al exiliado se le exige comenzar una nueva vida mientras sigue anclado —por afecto y porque le queda familia en Cuba— a su país. Un benefactor le regaló una computadora. Él la usa para escribir en un cuartico que comparte con otra exiliada. El cuartico está lleno de cajas y libros, fotos, calzoncillos, pulóveres, una cama, una pequeña mesa y la computadora. En ese lugar también se alimenta de fideos instantáneos y el resto, como diría Bolaño, es pornografía.
Lechuga fue un nerd adolescente que pretendió vivir en sus 30 como latin lover. La edad lo ha hecho ser «más real». Ya no finge, ya no se guarda nada ni en la literatura ni en la vida. Le decían «Chechuga» porque fumaba puros y tenía barba, como Guevara. Ahora el apodo, igual que la vida y la genealogía, se quedó allá.
«En Cuba vivía con mi madre y con mi abuela en un ambiente femenino sin un padre cerca», cuenta. «Las mujeres de mi casa salían con un jarro amarillo lleno de leche a la acera y a grito vivo me llamaban para que me tomara la leche de la tarde». Ahora, su madre le manda tabacos desde la isla y gracias a ese contrabando, esporádicamente, los parques madrileños se llenan de humo cubano. Esa imagen de dandi criollo —puro, bufanda y piernas cruzadas— desagrada a los transeúntes ricos que salen a pasear a sus mascotas y lo ven. El puro en España es un lujo; para él es anestesia gratis y por eso no es raro que les saque la lengua a quienes lo miran mal.
En Cuba, era una suerte de príncipe, un nieto de la Revolución. Su abuelo estaba bien instalado en la política del régimen y su casa era también la casa de Fidel. Vivió rodeado de mujeres, una abuela cartomántica, una madre con fe en toda clase de potencias espirituales. Ahora, sus «santos» están acurrucados en su cuarto de emigrado, donde también hay siempre un vaso de agua espiritista. Es el mundo de sus primeros cortometrajes.
Hay una cronología de la amargura, me dice Lechuga, que va desde esos primeros filmes —Cuca y el Pollo, Los Baldwin, Planeta Cerquillo, Los bañistas— hasta sus largometrajes más conocidos: Melaza, Vicenta B y Santa y Andrés. «Con esas películas me pongo más seco», dice. «Un productor famoso de Cannes me dijo que Santa y Andrés era una película para llorar». Se lo dijo con desprecio, asegura.
Lechuga sabe bien qué tipo de cine quería y quiere hacer: «Con mis películas en Cuba descubrí la maldad del mundo cultural-militar que lo vigila todo. Supe de la cantidad de gente que se vendía para tener un éxito momentáneo. Esa sensación de que todo es Cuba, que ahí pasa lo importante… y por suerte cuando te vas te olvidas de todo eso pedestre y tonto. Agradezco eso de ya no vivir allí. Todo era muy pueblerino».
Después del éxito vino la vigilancia y después la censura. Varios críticos y productores extranjeros le echaron el ojo a su poética del desencanto y otro ojo —el de la Seguridad del Estado— también empezó a fijarse en él.
«Me metieron en una casona del Vedado para conversar conmigo», cuenta. «Eran ocho agentes. Hubo un viaje en el carro de un coronel que me llevó a la casa y se quedó con el DVD de Santa y Andrés. En el Festival de Punta del Este, en Uruguay, me trataron de enloquecer; en Nueva York censuraron la película también. Hubo varias reuniones con Abel Prieto, una más infame que la otra».

Carlos Lechuga / Facebook
Empezaron a cerrarse las puertas de los festivales. Empezó el «millón de vilezas» y las conversaciones en voz baja de sus colegas, contra él. Se convirtió en un «gusano por cuenta propia», en un cobarde con ideología perfectamente definida, pero incapaz de alzar un cartel contra Díaz-Canel. Nunca puso el cuerpo. Poner el cuerpo, en el vocabulario de Lechuga, es entrar de lleno en la candela o en cualquier asunto. El cuerpo es sagrado.
Cuando por fin se decidió a presentarse en el Ministerio de Cultura el 27 de noviembre de 2020, junto a un grupo de intelectuales y artistas, una performer —una activista— le dijo: «Ahora sí creo en ti». La frase le molestó. «Le dije que ella no tenía que creer en mí y que yo iba por voluntad propia no para tener el aplauso de nadie. El 11 de julio de 2021 no salí a la calle. Estaba en una cita amorosa. No me siento orgulloso de eso, pero es la realidad».
Empezó a escribir para revistas cubanas independientes y a comprometerse —la palabra también lo irritaría— con la tensión que comenzaba a imperar en el país. Colaboró con un blog llamado La libélula vaga, de la poeta Aleisa Ribalta Guzmán. Escribió artículos para El Estornudo e Hypermedia, que también publicó su primera novela, En brazos de la mujer casada. Mucha gente comenzó a tirarse fotos mientras leía el libro, era un éxito. Mientras, Lechuga estaba tirado en un sofá en casa de su madre, fumando tabaco. Embotado por el humo, como Sherlock Holmes, «pensaba y no sabía qué hacer».
Entonces se fue. «Emigrar era algo que yo necesitaba y no lo sabía», me dice. «Me siento orgulloso de haber dado el brinco porque una vida, un futuro, me esperaba. Dejaba atrás ciertos rencores, un vejestorio de gente mala, un país podrido. Con 40 años lo que me faltaba era ser padre. Vine a España para ser padre».
Sus miedos: convertirse en Reinaldo Arenas —un vagabundo escondido en el Parque Lenin y viviendo de la caridad ajena— o convertirse en Delfín Prats, rehabilitado por el régimen tras una vida de miseria y locura. Ahora es un errante, pero dice que le gusta. A pesar de todo, le gusta. «¿Por qué sigo siendo un errante? Porque soy un puto emigrante. Aquí nadie te ve como un igual».
Las cosas no le salieron bien en Barcelona. El tema es delicado y Lechuga prefiere hacer un corte cinematográfico y que la cámara lo enfoque ahora en un parque de Madrid, viviendo de «trabajitos», escribiendo, fumando. «Los amigos de Miami, ya instalados en casas con piscina y Ferraris rojos me dicen: “¿Pero tú sigues en lo mismo? ¿Sacaste otro libro?” Es así, uno no es normal nunca. Por suerte».

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Sacó otro libro. Es el tercero o el cuarto, sus lectores hemos perdido la cuenta. Se llama Perro cubano (Premio Franz Kafka de Ensayo/Testimonio) y es como leer Diario de un perdedor de Limónov como si lo hubiera escrito el autor de Antes que anochezca. Es un libro pionero con el que cualquier exiliado cubano en España se identifica. Muchos escritores o artistas cubanos se alegran de no haber «caído» en Miami sino en Europa. El ambiente cultural es mucho más afín, pero la vida laboral es extremadamente dura. Lechuga está de acuerdo: el viaje le ha costado transformar al cineasta en escritor.
«El mundo del cine en España es muy sucio. Empecé a escribir por necesidad económica, para vivir en la isla, pero la literatura (por decirlo de alguna manera) era un universo que me era ajeno. Soy un intruso», dice. «Cuando llegué aquí no entendía el cine español. No sabía cómo daba gracia ni porqué funcionaba. Como mismo pasa en Cuba, uno allá le tenía cogida la vuelta a la cosa».
Pasó días sin dormir. No quería dejarse aplastar por la realidad ni renunciar a la creatividad. Tuvo amigos que lo ayudaron, pero los amigos —y las «palancas»— tienen límites. «En cuatro años, he podido revisar varios guiones, asesorar, dar clases». Ahora, espera poder filmar una película en 2029. «Me he perdido el Madrid nocturno…, he tenido que trabajar duro. Más duro que en Cuba».
Hay otra posibilidad: las ayudas del Gobierno de España. Pero esas ayudas son muy difíciles de ganar y además hay que ganarlas por puntos. Lechuga asegura que no tiene muchos puntos: «Soy hombre, mayor de 40, con cuatro películas, cubano… no doy muchos puntos en un mundo pensado para realizadores jóvenes de óperas primas. Es una industria que tritura como un central».
Mientras escribía su último libro, Lechuga encontró a una especie de espíritu protector, el poeta exiliado Eddy Campa, sobre cuya muerte hay múltiples teorías, incluida la que narra su combate con un caimán en los pantanos de Florida. Campa acabó perdiendo y Lechuga se figura ese combate en una de las mejores páginas de su último libro: «Me dio por imaginarme ese baile entre animal y emigrante. Dos cuerpos enrollados en una batalla sangrienta, girando y girando en las aguas oscuras de los Everglades. Un last dance. Cuba tiene forma de caimán y era una gran paradoja que Eddy hubiera salido huyendo de la isla y al final esta hubiese acabado devorándolo».

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Campa y Lechuga entrelazan sus historias en Perro cubano. Lechuga está desesperado y persigue al fantasma del escritor como consuelo. Es un detective salvaje en busca del más salvaje escritor cubano: el hombre que luchó contra un caimán, no importa si era metafórico o real. «El misterio de su desaparición me marcó», dice Lechuga.
La historia del escritor cubano exiliado se repite, «la posibilidad de desaparecer del mapa se mantiene», exagera Lechuga, que a sus 40 años tiende a la paranoia y la hipocondría, para qué negarlo.
Emigrar a España ha hecho que Lechuga descubra las mezquindades del viejo exilio, el «digno exilio», como lo llama él. «El exilio viejo mira con suspicacia a los nuevos emigrados. En fin, que estamos rodeados. La “cagazón” es por todos lados. La vida capitalista obliga a que uno tenga seis trabajos y no parar ni un segundo, para con eso, si acaso, pagar el alquiler y la comida o mandar algo para la isla. Hay poco tiempo para la farándula. La situación de Cuba nos consume… y ese mal hace que también estemos al margen de la sociedad española».
Ahora, un grupo de emigrados cubanos se reúne cada cierto tiempo en la librería Arenales, de Madrid. Allí conversan sobre las diferencias entre la emigración en Florida y la emigración en Europa. Son dos exilios distintos, que también se miran mal. «Creo que hay mucha desunión. No sé si es algo bueno o malo», opina Lechuga. «Hay gente que pasa por Madrid y se va a Estados Unidos y luego desde allá tratan de adoctrinar: que si en España no hay posibilidad de comprar una casa, que si en España los cumpleaños son todos en la hierba de El Retiro… Hay como una guerrita tonta entre los emigrados cubanos en Madrid y los que están en Miami o Nueva York».
En medio de esa guerrita, Lechuga deambula como un perro. No hay nada malo en el calificativo. No se siente apátrida porque tiene una hija. No se siente exiliado porque cree que hay gente que lo ha pasado mucho peor. No le gusta filosofar en las entrevistas porque hablar de sí mismo lo hace sentirse cheo y cursi, como si fuera nieto de Paulo Coelho. No es Eddy Campa ni tiene intenciones de poner el cuerpo contra el caimán.
«Me quité la máscara de pionero, de papichulo, de director de cine independiente, de joven promesa». ¿Qué queda de Carlos D. Lechuga? Un perro, un perro cubano, un sato del artistaje y la literatura que está perdido en Madrid.





