¿Qué pueden hacer los cubanos para ser útiles durante una transición?

Foto: elTOQUE.
Cuba atraviesa una situación muy difícil debido a la mezcla de una agudizada crisis interna —causada por un modelo fallido, empobrecedor y represivo—, que se renueva con la presión externa y la ausencia de un liderazgo preocupado por el bien común de la nación. Como escribí hace un tiempo, no se trata de que la isla vaya a colapsar ahora. Ha estado colapsando con lentitud: primero se hicieron inhabitables los numerosos cuartos de los sirvientes e inquilinos comunes; luego, el deterioro alcanzó a los guardias y arrendatarios modestamente acomodados; al final, se está agrietando la estructura de la casa, incluidas las mejores recámaras de la mansión.
Los dueños actuales —criminales y corruptos— de la casa Cuba son sobrevivientes expertos en «demolición controlada»: ahora, el desastre los alcanza, pero buscan ganarle cada día al destino. Sacan vigas y ladrillos de cada rincón del edificio, afectan los cimientos, para mantener sus lujos y sus aposentos. Cuando se derrumbe —y la gente quede bajo los escombros—, buscarán escapar con lo mejor: lo que se robaron mientras no le daban mantenimiento a la casa común. Fin de la metáfora.
Para intentar salvarnos colectivamente de ese colapso que nos alcanza —el «qué» y el «cuándo» de nuestro destino—, los cubanos necesitamos preguntarnos «quiénes» y «cómo» podrán hacerlo. En esa búsqueda, en estas horas decisivas y agónicas de la historia de Cuba, hay que considerar con realismo —allende las discrepancias o críticas que puedan hacerse— la situación objetiva de lo que queda de la oposición y disidencia política en Cuba sin pecar por exceso de rigor en las exigencias.
Su situación es similar a casos como Bielorrusia o Nicaragua, donde la represión, el encarcelamiento y el exilio forzado han aplastado el liderazgo y las estructuras dificultosamente construidas por años. Lo que hoy sobrevive de activismo en la isla es muy limitado. Puede reconstruirse, pero tienen que darse algunas condiciones —hijas de la presión externa—. Nuestro presente no es ni siquiera el de Venezuela, donde la sociedad civil —más numerosa, desarrollada y con un claro liderazgo reconocido que no existe en Cuba— vivió un repliegue tras la represión. En Cuba —como en Nicaragua— han impuesto la devastación material y civil de la ciudadanía activa.
No digo que no cuestionemos en el debate público las lesiones autoinfligidas, en forma de frases rimbombantes, divisiones absurdas y jefaturas autoasignadas en el seno de la oposición/disidencia sobreviviente: todo eso entra en lo que llamo «ficciones políticas» y solo ayuda a la propaganda y labor de desmontaje y desacreditación de la Seguridad del Estado. Pero llamo la atención de que al menos yo —hablo solo por mí— no me siento con la autoridad moral o capacidad intelectual de señalar un camino viable para que alguna entidad organizada y dotada con un mínimo de representatividad consiga ser interlocutora en un hipotético proceso de apertura forzado por las presiones de Estados Unidos contra la dictadura.
Sí creo viable, con las evidencias disponibles y en el contexto real, que a partir de reclamos mínimos potencialmente aglutinantes —la liberación de los presos políticos, por ejemplo— se junten, poco a poco, algunas personas respetables y serias —sin cargos asignados ni siglas invocadas— para crear un momento y una iniciativa muy concreta. Una iniciativa capaz de decir a los poderosos de Washington, La Habana, Roma o Bruselas: queremos ser oídos en lo que ustedes conversen. Tal vez la Iglesia católica cubana podría —en caso de querer salir de su actual estatus de autoridad congelada— jugar algún rol en ese hipotético proceso. Solo a partir de allí, lo demás podría suceder. Solo tal vez...
Puedo sonar pesimista, pero no lo soy: hay que reconocer el país que tenemos para, desde allí, intentar el que queremos. Estoy consciente de que activado un proceso de apertura las participaciones y propuestas nacerán: basta ver cómo se reconstruyó el pluralismo y la sociedad civil en países aplastados por décadas por el totalitarismo en el siglo pasado. O recordar nuestra propia Historia: cómo, en 1902, se construyó una clase y estructura política moderna en una Cuba ocupada, devastada y donde quienes habían sido mambises se contaban por pocos miles, frente a cientos de miles de tropas españolas y millones de habitantes pasivos.
No veo cómo ahora, desde el tejido social desgarrado y existente dentro de la isla, puede nacer una instancia de coordinación y representación real que se asemeje a las oposiciones de Venezuela 2024 o Polonia 1989. No es ese, lamentablemente, el país que tenemos ni la sociedad que nos han dejado. Pero no son tampoco la Cuba enamorada de Castro de 1962 o la orwelliana Norcorea del presente. Después del 11J y el «reordenamiento» somos, para bien y mal, otra cosa.
Ningún análisis de coyuntura es completo si obviamos al exilio/emigración en Estados Unidos (sobre todo en Florida), donde están los recursos materiales, tecnológicos, financieros y humanos que prácticamente ninguna nación y oposición afectadas por una dictadura dispone. Pero esa otra realidad —que sí podemos criticar, porque no se trata de gente en riesgo— se convierte en problema por el efecto combinado de la politiquería cubanoamericana, la infiltración de agentes castristas y la despolitización de masas.
Lo digo en corto y parafraseando a un miserable difunto: en Miami están los factores objetivos para el «motor pequeño» que echaría a andar, en cuestión de horas, el «motor grande» de la liberación nacional. Lo que no parece estar visible es el factor subjetivo —un liderazgo colectivo maduro, desinteresado, aglutinante y valiente— capaz de nuclear a la inmensa energía humana.
Como me pasaría, si yo fuese un intelectual exiliado de origen nicaragüense o bielorruso, no me siento en condiciones de dictar cátedra a alguien dentro de mi país de origen. Pero sí puedo sugerir enfocarnos, en la isla y la diáspora, en que acompañemos alguna iniciativa e instancia social muy mínima, pero real y humana, que tenga a la liberación de los presos como primer objetivo. Y desde ahí intentar construir algo político para lo que viene. Para quienes estamos fuera de las fronteras de la isla —en nuestro privilegio de seguridad y recursos—, exijámonos hacer lo que los otros, dentro del país, por ahora no pueden. Intentemos hacer lo mejor posible.
ELTOQUE ES UN ESPACIO DE CREACIÓN ABIERTO A DIFERENTES PUNTOS DE VISTA. ESTE MATERIAL RESPONDE A LA OPINIÓN DE SU AUTOR, LA CUAL NO NECESARIAMENTE REFLEJA LA POSTURA EDITORIAL DEL MEDIO.











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