Rosangela Hernández: diez años reparando lavadoras en La Habana

Foto: cortesía de la entrevistada.
Cuando alguien en La Habana necesita reparar una lavadora, imagina que el mecánico será un hombre alto, con manos curtidas y olor a grasa. Pero quien llega a la puerta es una joven de pasos firmes, mirada tranquila y voz suave que pregunta: «¿dónde está la paciente?».
Rosangela Hernández lleva diez años recorriendo la ciudad con una caja de herramientas y la calma de quien sabe lo que hace. Entre cables y engranajes, no solo devuelve la vida a los equipos: también desmonta la forma en que muchos ven a las mujeres en oficios de hombres.
Su historia me recuerda, de alguna manera, a la de Margaret P. Colvin, una inventora estadounidense del siglo XIX que creó la Triumph Rotary Washer, una lavadora con tambor giratorio que presentaría en 1876 en la Feria del Centenario de Filadelfia.
El invento fue elogiado por su eficiencia, pero el esposo de Margaret asumió la fabricación y comercialización, lo cual lo colocó en el centro de los créditos. Margaret P. Colvin, como muchas mujeres de su tiempo, quedó a la sombra a pesar de haber sido la mente detrás de la innovación.
Sin embargo, Rosangela, o Rosy, como la conocen sus clientes, escribe su historia con nombre y apellido. No hay intermediarios ni figuras que se lleven su mérito: cada lavadora que arregla y cada cliente que la recomienda son su patente, una prueba de que también las mujeres pueden tomar el destornillador y cambiar las reglas.
De Antilla a la capital: de la casualidad a la caja de herramientas
Rosy nació en Antilla, Holguín, pero hace más de una década se mudó a La Habana Vieja, ese laberinto de calles estrechas, fachadas descoloridas y balcones repletos de ropa tendida. Allí empezó a adaptarse a una nueva vida, sin imaginar que algún día el metal y los engranajes serían parte de su rutina.
Todo comenzó gracias a su vecino Jorge, un mecánico de lavadoras reconocido en la zona. Un día, él le pidió que le llevara unas herramientas hasta un trabajo. Al verla, le propuso ser su ayudante. Ella aceptó sin pensarlo demasiado. Lo que empezó como un gesto de ayuda se convirtió en aprendizaje: «Poco a poco me fue enseñando hasta que me independicé», recuerda.
Su familia se sorprendió, pero la apoyaron y le ayudaron a comprar sus primeras herramientas.
A sus 28 años, Rosy trabaja a domicilio por toda La Habana. Sube escaleras, cruza patios interiores y conversa con cada cliente antes de empezar. Esa charla previa, dice, le sirve tanto para entender el problema como para conectar con las personas.
La mayoría de las veces repara lavadoras automáticas, especialmente Samsung, Daewoo y Ocean, aunque no le teme a ningún modelo. Entre sus casos más memorables está el de un cliente cuya lavadora había pasado por varios mecánicos, sin solución. Incluso, el dueño había cambiado algunas piezas. «Después de revisar todo, descubrí que el problema era solo un cable partido», cuenta Rosy, con mezcla de orgullo y sencillez.
Las reacciones ante su llegada suelen ser similares: primero la sorpresa, luego el respeto. Algunos hombres la miran con desconfianza al principio, pero todo cambia cuando la lavadora vuelve a girar como nueva. «Siempre me han tratado bien, pero lo que más me gusta es demostrar que sí puedo».
El reto de las piezas y el ingenio para encontrarlas
En Cuba no se fabrican repuestos para lavadoras, así que conseguir piezas es un ejercicio de paciencia y creatividad. Rosy compra en ferias, negocia con otros mecánicos y, cuando es necesario, repara componentes usados. Algunas piezas sirven para varias marcas y por eso logra adaptarlas para que el cliente no se quede sin servicio.
Más allá de las reparaciones, sueña con enseñar el oficio a otras mujeres. Ha formado a varios hombres que fueron sus ayudantes y está dispuesta a compartir lo que sabe con quien desee aprender. También guarda otro anhelo: abrir un restaurante. La cocina es una de sus pasiones.
En su trabajo también hay momentos humanos que se quedan grabados. Una vez, una señora mayor que vivía sola le confesó que no tenía dinero para pagarle en ese momento. Rosy aceptó reparar la lavadora de todos modos. La clienta quedó muy satisfecha cuando vio su equipo funcionando otra vez; tiempo después cumplió su palabra y le pagó.
No duda cuando le preguntan qué consejo daría a otras mujeres: «Que no descarten jamás la posibilidad de triunfar en un mundo diseñado para hombres. Que no tengan miedo y se sobrepongan a los estereotipos».
Quizá, algún día, Rosy abra ese restaurante con el que sueña, y el aroma del café recién colado se mezcle con el recuerdo del olor a metal y jabón. Tal vez, entre mesas y platos, aún siga atendiendo llamadas de clientes fieles que le pidan que «le dé una miradita» a la lavadora.
Porque su historia no es solo la de una mujer que repara motores, sino la de alguien que aprendió a ensamblar sueños y oficios sin renunciar a ninguno.
A diferencia de Margaret P. Colvin, Rosangela se asegura de que, esta vez, la historia no deje en segundo plano a la mujer que la protagoniza.
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