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Gallo fino cubano de pelea en jaula, Chambas, Ciego de Ávila. Foto: Enrique Torres.

Gallo fino cubano. Foto: Enrique Torres.

Gallos en Cuba: ¿campeones de la tradición o víctimas de maltrato?

Omar Fernández asegura que los gallos finos lidian a muerte por instinto. «Mientras otros animales lo hacen por comida, apareamiento, refugio o defensa, en estas aves “la muerte” está en su sangre», afirma.

Un gallo fino muerto o moribundo nunca terminará en la cocina de un criador. «Comerlos es una ofensa para mí», asegura Omar, quien desde hace 20 años se dedica a entrenar gallos de pelea. Tiene más de 200 en el patio de su casa en Chambas, Ciego de Ávila, y una valla improvisada.

Algunos lo respetan por su dedicación a estos animales, otros lo acusan de maltrato animal.

DE HUEVO A POLLO

Omar es un hombre alto de poco más de 50 años. Tiene las extremidades fuertes, tonificadas por el ejercicio. «Este no es un trabajo fácil», dice.

De niño su papá lo llevaba a las vallas «clandestinas» y allí —recuerda— nació su curiosidad y gusto por los gallos finos.

A primera vista sus brazos son como los de cualquier hombre común de su edad, pero al mirar de cerca es posible distinguir pequeñas marcas de picotazos. Él no les llama cicatrices, sino rasguños. «Hay gallos más mansos que otros», dice.

«Para tener un buen gallo fino, lo primero es escoger bien a los padres», cuenta Omar. Esta es su fórmula: «Se debe tener una gallina con buena descendencia y un macho que haya sido ganador».

Gallo de pelea en manos de su entrenador en Cuba. Muchos dueños nombran a sus gallos de pelea. Foto: Enrique Torres.

Muchos dueños nombran a sus gallos de pelea. Foto: Enrique Torres.

Como en la crianza de otros animales para objetivos específicos, el pedigrí es importante cuando se quiere tener un buen ejemplar.

«El físico, la salud, el tamaño y hasta la guapería son cualidades que se buscan en un gallo y una gallina para tener un buen pollo peleador», cuenta Arístides Oquendo, ayudante de Omar en la gallería.

Cuando un ganador se «retira», se coge para semental. Algunos sufren heridas que los dejan tuertos y ya no pueden volver a pelear, pero sirven para tener descendencia.

Sin embargo, la selección de los padres no garantiza que «saquen» buenos pollos. Es como un experimento al azar: puede salir bien o no, pero una buena selección siempre ofrece mejores probabilidades.

«A veces tienes suerte y salen buenos», dice Arístides. «A veces los mejores salen en un segundo intento o cuando cambias a alguno de los padres».

Gallos finos. Foto: Enrique Torres.

Gallos finos. Foto: Enrique Torres.

Rotos los huevos y nacidos los pollitos, se colocan en una incubadora. La de Omar es una caja con un bombillo incandescente, al fondo de su patio. Durante seis meses los observa y desparasita.

«Cuando se abren —así llaman a los pollos que están listos para el entrenamiento— hay que separarlos», asegura Omar. A partir de entonces nunca más pueden juntarse con otro gallo porque intentarían matarse, según los criadores.

«Quienes nos dedicamos a esto tenemos que saber cuándo es el momento justo para separarlos», agrega Arístides. «Si no existieran personas como nosotros, la especie se extinguiría», sentencia.

La vida de un gallo fino es solitaria mientras es joven y fuerte. Separados en jaulas de 50 centímetros cuadrados, solo estarán cerca de otro gallo durante un entrenamiento o una pelea.

Gallos finos de pelea en jaulas en una gallería. Foto: Enrique Torres.

Jaulas en una gallería. Foto: Enrique Torres.

En las ciudades, donde existe menos espacio para las jaulas, estas pueden amontonarse unas encima de otras. Algunos criadores suelen amarrar a los gallos a un metro o menos del suelo, y dejarlos varias horas «tomando» el sol.

DE POLLO A GALLO

Un gallo fino joven sobresale en la gallería por la cresta, la barba y las largas plumas.

El criador lo observa a diario. Evalúa su comportamiento, peso, estado físico general y hasta hábitos alimentarios. Luego decide cuándo está listo para empezar a entrenar.

Estos animales son tratados como atletas de alto rendimiento: tienen un horario de entrenamiento, dieta y trato especial, chequeos de salud constantes.

«Por lo general entran en la valla de la gallería una vez por semana», relata Norge Luis, un joven entrenador. «Luego se sube la carga de ejercicios hasta que estén completamente listos».

Existen varias medidas de protección para que los animales «no sufran» durante las pruebas. Para evitar que hieran a su contrincante, la parte superior del pico se cubre con esparadrapo y las espuelas se tapan con unas «boticas» de silicona o de retazos de tela.

Durante el proceso también se «tusan», que no es más que afeitarlos y quitarles las plumas de debajo de las alas y cerca del cuello para que tengan más ventilación y agilidad durante el combate.

Gallo fino de pelea en Cuba. Después de cada pelea, los gallos se refrescan con una esponja húmeda. Foto: Enrique Torres.

Después de cada pelea, los gallos se refrescan con una esponja húmeda. Foto: Enrique Torres.

«Un proceso imprescindible para convertir a un gallo fino en un buen peleador es cortarle, con una cuchilla o tijera, la barba y la cresta. Ambas pesan y disminuyen su visión en la pelea», cuenta Norge Luis. «La herida sana entre los 15 y los 21 días».

Cuando el criador decide que el animal está listo, le baja la carga de entrenamiento, lo refresca, lo atiende de manera especial y espera el día de la competencia.

EN LA VALLA SOLO GANA UN GALLO

Orestes Romelio es un campesino de 72 años amante de las peleas de gallos. Aunque no se dedica a criarlos, ha sido dueño de varios ganadores. Les pone nombre, aunque asegura que no se encariña mucho con ellos.

Orestes conoce que cada valla tiene sus propias reglas, pero algunas son comunes para todas.

«Como en cualquier deporte, los contrincantes deben estar en el mismo peso», cuenta Orestes. «Cuando uno es más pesado que otro, puede regalársele algo de peso al otro —darle ventaja— pero siempre es una decisión de los dueños».

Una figura imprescindible antes de iniciar la pelea son los espueladores, quienes evalúan y colocan las espuelas postizas que se le ponen a cada gallo fino —pueden ser de carey o plásticas— para garantizar que todas tengan las mismas dimensiones.

"Botas" de silicona en las espuelas, una medida de protección durante los entrenamientos de gallos finos de pelea en Cuba. Foto: Enrique Torres.

“Botas” de silicona en las espuelas, una medida de protección durante los entrenamientos. Foto: Enrique Torres.

Aunque combaten por instinto, no siempre las riñas en una valla son a muerte. En dependencia de su estado de ánimo, un contrincante puede rehusarse y huir de la pelea.

«A los gallos no se les puede cuquear como a los perros», cuenta Arístides. «Para eso existen los careadores, quienes masajean al animal y tratan de descubrir por qué no quiere pelear».

Un gallo fino promedio peleará hasta 10 veces en su vida. Con suerte, un campeón llegará a las 15. Los más guapos incluso saldrán a la valla tres veces en 5 días. Otros, con menos suerte, pelearán una sola vez.

¿CAMPEÓN O VÍCTIMA?

Tras el triunfo revolucionario de enero de 1959 en Cuba se eliminaron las peleas de gallos porque eran consideradas prácticas relacionadas con juegos ilícitos, vicios, etcétera. En 1972 se admitió la cría de gallos finos a través de autorizaciones estatales. Hoy la prohibición de las lidias de gallos es una exigencia del movimiento animalista cubano.

Valia Rodríguez, conocida activista contra el maltrato animal asegura que no se puede «adornar» la cría de gallos de pelea. Ella resalta la crueldad que suponen «la mutilación de crestas y los entrenamientos con un topón o mona —así se le dice a los gallos que perdieron peleas y quedan incapacitados—, en los cuales uno de los gallos será, durante toda su vida, el “saco de boxeo” del otro para que aprenda a picar».

Una pelea gallos finos de entrenamiento en Cuba. Foto: Enrique Torres.

Una pelea de entrenamiento. Foto: Enrique Torres.

Norge Luis no cree que su «oficio» maltrate a los animales. Para él, «un criador siempre les tiene cariño y respeto», pero entiende que para algunas personas el proceso de entrenamiento y los riesgos en las peleas «podría parecer despiadado».

«¿Qué hacen con los gallos que pierden las peleas, que se quedan tuertos, que no mueren pero quedan para toda la vida con picotazos?», se pregunta Valia Rodríguez.

Entre los activistas contra el maltrato animal hay consenso: las peleas de gallo o de cualquier especie, que sean inducidas por el ser humano, deben ser penalizadas. Sin embargo, en el Decreto Ley 31/2021 «De Bienestar Animal» aprobado recientemente, las peleas de gallos aún están permitidas, siempre y cuando sean organizadas por el Grupo Empresarial de Flora y Fauna. La autorización recae en las direcciones de Sanidad Animal. No obstante, continúa prohibido apostar en las vallas.

Dos meses antes de que se anunciara la aprobación de esta normativa, el animalista santaclareño Javier Larrea manifestó su poca fe en que se prohibieran estas peleas.

«Es uno de los puntos más contradictorios, porque hay personas en contra de las peleas de perros y no (de las) de los gallos, debido en parte a que el propio Estado ha fomentado estas últimas», dijo Larrea.

Según comentó durante una transmisión directa de elTOQUE, durante las reuniones previas a la aprobación del Decreto Ley, los animalistas cubanos insistieron en la importancia de eliminar el maltrato animal contra los gallos, pero percibieron que el gobierno no cedería en ese aspecto.

«Dejamos bien claro que, al menos, deberían tener en cuenta las recomendaciones que dimos de regular estas actividades y encontrar alternativas, pero nuestra intención es abolir cualquier maltrato fomentado por el hombre en cualquier especie», sostuvo.

Los gallos finos se desparasitan constantemente. Foto: Enrique Torres.

Los gallos finos se desparasitan constantemente. Foto: Enrique Torres.

La normativa aprobada establece varias condiciones para los combates, como la protección de las espuelas «para evitar las heridas sangrantes o la muerte de los animales», la interrupción de la pelea si uno de los animales queda tuerto, tumbado o malherido, y la prohibición de cualquier actividad que afecte la salud y el bienestar de los animales, entre otras.

Pero, «por más “medidas de protección” que se tomen, incitar a dos a animales a pelear entre ellos, es un acto de maltrato en sí», explicó Larrea. «El maltrato no es tradición, afirmar eso es un disfraz».

Norge Luis reconoce que mientras los gallos se hieren, la gente en la valla se excita, se emociona, pero que eso no quiere decir que «odien a los animales». Comprende, sin embargo, que para algunas personas no baste que se trate de una tradición y lo consideren maltrato.

Sin embargo, según él las lidias de gallos «están en la sangre del cubano, en su temperamento».

«Si a la gente del pueblo le quitas estas vallas, este entretenimiento, la vida no sería la misma», asegura. «Entiendo que se prohíban las apuestas para evitar las discusiones y esas cosas, pero estoy a favor de las vallas».

En una publicación compartida más de 170 veces en Facebook, Grey Alicia Crespo lamentó que el Decreto Ley 31/2021 mantuviera las peleas de gallos «en nombre de la tradición».

«Yo propongo que el que quiera ver violencia en vivo formule la propuesta al Gobierno de este país, de abrir coliseos con gladiadores, que quieran de verdad fajarse, golpearse, herirse, mutilarse e incluso morir pero por voluntad propia», publicó. «¿Quién nos otorgó el permiso de hacer que otras especies se maten entre sí?».

Gallo fino de pelea en Cuba. Foto: Enrique Torres.

Gallo fino. Foto: Enrique Torres.

La doctora en Ciencias Laura Domínguez, profesora de la Facultad de Psicología de la Universidad de La Habana, dijo en una entrevista que, aunque no duda que existan personas que «sientan placer al ver matarse dos animales, no por causas naturales, sino por haber sido inducidos», el disfrute de las peleas de gallos, en función de la herencia cultural, tiene mucho que ver con que, «al repetirse una situación negativa o inadecuada, nos acostumbramos a ella».

No obstante, Domínguez alerta que nada justifica el maltrato animal, porque este abuso y diversión con el sufrimiento de otra especie puede incluso rozar «algo enfermizo, patológico».

«Quien maltrata o tortura a un animal podrá mañana transferir conductas similares a sus relaciones con las otras personas, sobre todo con quienes les resulten más débiles», concluye.

 

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DECRETO LEY DE BIENESTAR ANIMAL EN CUBA: LO QUE DEBES SABER

Glenda Boza Ibarra
Cubana, seguidora de los Santamaría y fanática perdida del grupo Buena Fe. Periodista, apasionada, con defectos, siempre intentando ser justa.
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orlando

los gallos finos nacen para peliar en cualquier lugar, donde se encuentren dos machos. y no es mal trato, el gallo fino cuando tiene rabia es cuando mas fuerte se encuentra para enfrentar a su contendor, hay que respetar los gustos y las creencias de cada cultura.
orlando

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Un gallo fino muerto o moribundo nunca terminará en la cocina de un criador. «Comerlos es una ofensa para mí», asegura Omar, quien desde hace 20 años se dedica a entrenar gallos de pelea. Tiene más de 200 en el patio de su casa en Chambas, Ciego de Ávila, y una valla improvisada.

Algunos lo respetan por su dedicación a estos animales, otros lo acusan de maltrato animal.

DE HUEVO A POLLO

Omar es un hombre alto de poco más de 50 años. Tiene las extremidades fuertes, tonificadas por el ejercicio. «Este no es un trabajo fácil», dice.

De niño su papá lo llevaba a las vallas «clandestinas» y allí —recuerda— nació su curiosidad y gusto por los gallos finos.

A primera vista sus brazos son como los de cualquier hombre común de su edad, pero al mirar de cerca es posible distinguir pequeñas marcas de picotazos. Él no les llama cicatrices, sino rasguños. «Hay gallos más mansos que otros», dice.

«Para tener un buen gallo fino, lo primero es escoger bien a los padres», cuenta Omar. Esta es su fórmula: «Se debe tener una gallina con buena descendencia y un macho que haya sido ganador».

Gallo de pelea en manos de su entrenador en Cuba. Muchos dueños nombran a sus gallos de pelea. Foto: Enrique Torres.

Muchos dueños nombran a sus gallos de pelea. Foto: Enrique Torres.

Como en la crianza de otros animales para objetivos específicos, el pedigrí es importante cuando se quiere tener un buen ejemplar.

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Sin embargo, la selección de los padres no garantiza que «saquen» buenos pollos. Es como un experimento al azar: puede salir bien o no, pero una buena selección siempre ofrece mejores probabilidades.

«A veces tienes suerte y salen buenos», dice Arístides. «A veces los mejores salen en un segundo intento o cuando cambias a alguno de los padres».

Gallos finos. Foto: Enrique Torres.

Gallos finos. Foto: Enrique Torres.

Rotos los huevos y nacidos los pollitos, se colocan en una incubadora. La de Omar es una caja con un bombillo incandescente, al fondo de su patio. Durante seis meses los observa y desparasita.

«Cuando se abren —así llaman a los pollos que están listos para el entrenamiento— hay que separarlos», asegura Omar. A partir de entonces nunca más pueden juntarse con otro gallo porque intentarían matarse, según los criadores.

«Quienes nos dedicamos a esto tenemos que saber cuándo es el momento justo para separarlos», agrega Arístides. «Si no existieran personas como nosotros, la especie se extinguiría», sentencia.

La vida de un gallo fino es solitaria mientras es joven y fuerte. Separados en jaulas de 50 centímetros cuadrados, solo estarán cerca de otro gallo durante un entrenamiento o una pelea.

Gallos finos de pelea en jaulas en una gallería. Foto: Enrique Torres.

Jaulas en una gallería. Foto: Enrique Torres.

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DE POLLO A GALLO

Un gallo fino joven sobresale en la gallería por la cresta, la barba y las largas plumas.

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«Por lo general entran en la valla de la gallería una vez por semana», relata Norge Luis, un joven entrenador. «Luego se sube la carga de ejercicios hasta que estén completamente listos».

Existen varias medidas de protección para que los animales «no sufran» durante las pruebas. Para evitar que hieran a su contrincante, la parte superior del pico se cubre con esparadrapo y las espuelas se tapan con unas «boticas» de silicona o de retazos de tela.

Durante el proceso también se «tusan», que no es más que afeitarlos y quitarles las plumas de debajo de las alas y cerca del cuello para que tengan más ventilación y agilidad durante el combate.

Gallo fino de pelea en Cuba. Después de cada pelea, los gallos se refrescan con una esponja húmeda. Foto: Enrique Torres.

Después de cada pelea, los gallos se refrescan con una esponja húmeda. Foto: Enrique Torres.

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Cuando el criador decide que el animal está listo, le baja la carga de entrenamiento, lo refresca, lo atiende de manera especial y espera el día de la competencia.

EN LA VALLA SOLO GANA UN GALLO

Orestes Romelio es un campesino de 72 años amante de las peleas de gallos. Aunque no se dedica a criarlos, ha sido dueño de varios ganadores. Les pone nombre, aunque asegura que no se encariña mucho con ellos.

Orestes conoce que cada valla tiene sus propias reglas, pero algunas son comunes para todas.

«Como en cualquier deporte, los contrincantes deben estar en el mismo peso», cuenta Orestes. «Cuando uno es más pesado que otro, puede regalársele algo de peso al otro —darle ventaja— pero siempre es una decisión de los dueños».

Una figura imprescindible antes de iniciar la pelea son los espueladores, quienes evalúan y colocan las espuelas postizas que se le ponen a cada gallo fino —pueden ser de carey o plásticas— para garantizar que todas tengan las mismas dimensiones.

"Botas" de silicona en las espuelas, una medida de protección durante los entrenamientos de gallos finos de pelea en Cuba. Foto: Enrique Torres.

“Botas” de silicona en las espuelas, una medida de protección durante los entrenamientos. Foto: Enrique Torres.

Aunque combaten por instinto, no siempre las riñas en una valla son a muerte. En dependencia de su estado de ánimo, un contrincante puede rehusarse y huir de la pelea.

«A los gallos no se les puede cuquear como a los perros», cuenta Arístides. «Para eso existen los careadores, quienes masajean al animal y tratan de descubrir por qué no quiere pelear».

Un gallo fino promedio peleará hasta 10 veces en su vida. Con suerte, un campeón llegará a las 15. Los más guapos incluso saldrán a la valla tres veces en 5 días. Otros, con menos suerte, pelearán una sola vez.

¿CAMPEÓN O VÍCTIMA?

Tras el triunfo revolucionario de enero de 1959 en Cuba se eliminaron las peleas de gallos porque eran consideradas prácticas relacionadas con juegos ilícitos, vicios, etcétera. En 1972 se admitió la cría de gallos finos a través de autorizaciones estatales. Hoy la prohibición de las lidias de gallos es una exigencia del movimiento animalista cubano.

Valia Rodríguez, conocida activista contra el maltrato animal asegura que no se puede «adornar» la cría de gallos de pelea. Ella resalta la crueldad que suponen «la mutilación de crestas y los entrenamientos con un topón o mona —así se le dice a los gallos que perdieron peleas y quedan incapacitados—, en los cuales uno de los gallos será, durante toda su vida, el “saco de boxeo” del otro para que aprenda a picar».

Una pelea gallos finos de entrenamiento en Cuba. Foto: Enrique Torres.

Una pelea de entrenamiento. Foto: Enrique Torres.

Norge Luis no cree que su «oficio» maltrate a los animales. Para él, «un criador siempre les tiene cariño y respeto», pero entiende que para algunas personas el proceso de entrenamiento y los riesgos en las peleas «podría parecer despiadado».

«¿Qué hacen con los gallos que pierden las peleas, que se quedan tuertos, que no mueren pero quedan para toda la vida con picotazos?», se pregunta Valia Rodríguez.

Entre los activistas contra el maltrato animal hay consenso: las peleas de gallo o de cualquier especie, que sean inducidas por el ser humano, deben ser penalizadas. Sin embargo, en el Decreto Ley 31/2021 «De Bienestar Animal» aprobado recientemente, las peleas de gallos aún están permitidas, siempre y cuando sean organizadas por el Grupo Empresarial de Flora y Fauna. La autorización recae en las direcciones de Sanidad Animal. No obstante, continúa prohibido apostar en las vallas.

Dos meses antes de que se anunciara la aprobación de esta normativa, el animalista santaclareño Javier Larrea manifestó su poca fe en que se prohibieran estas peleas.

«Es uno de los puntos más contradictorios, porque hay personas en contra de las peleas de perros y no (de las) de los gallos, debido en parte a que el propio Estado ha fomentado estas últimas», dijo Larrea.

Según comentó durante una transmisión directa de elTOQUE, durante las reuniones previas a la aprobación del Decreto Ley, los animalistas cubanos insistieron en la importancia de eliminar el maltrato animal contra los gallos, pero percibieron que el gobierno no cedería en ese aspecto.

«Dejamos bien claro que, al menos, deberían tener en cuenta las recomendaciones que dimos de regular estas actividades y encontrar alternativas, pero nuestra intención es abolir cualquier maltrato fomentado por el hombre en cualquier especie», sostuvo.

Los gallos finos se desparasitan constantemente. Foto: Enrique Torres.

Los gallos finos se desparasitan constantemente. Foto: Enrique Torres.

La normativa aprobada establece varias condiciones para los combates, como la protección de las espuelas «para evitar las heridas sangrantes o la muerte de los animales», la interrupción de la pelea si uno de los animales queda tuerto, tumbado o malherido, y la prohibición de cualquier actividad que afecte la salud y el bienestar de los animales, entre otras.

Pero, «por más “medidas de protección” que se tomen, incitar a dos a animales a pelear entre ellos, es un acto de maltrato en sí», explicó Larrea. «El maltrato no es tradición, afirmar eso es un disfraz».

Norge Luis reconoce que mientras los gallos se hieren, la gente en la valla se excita, se emociona, pero que eso no quiere decir que «odien a los animales». Comprende, sin embargo, que para algunas personas no baste que se trate de una tradición y lo consideren maltrato.

Sin embargo, según él las lidias de gallos «están en la sangre del cubano, en su temperamento».

«Si a la gente del pueblo le quitas estas vallas, este entretenimiento, la vida no sería la misma», asegura. «Entiendo que se prohíban las apuestas para evitar las discusiones y esas cosas, pero estoy a favor de las vallas».

En una publicación compartida más de 170 veces en Facebook, Grey Alicia Crespo lamentó que el Decreto Ley 31/2021 mantuviera las peleas de gallos «en nombre de la tradición».

«Yo propongo que el que quiera ver violencia en vivo formule la propuesta al Gobierno de este país, de abrir coliseos con gladiadores, que quieran de verdad fajarse, golpearse, herirse, mutilarse e incluso morir pero por voluntad propia», publicó. «¿Quién nos otorgó el permiso de hacer que otras especies se maten entre sí?».

Gallo fino de pelea en Cuba. Foto: Enrique Torres.

Gallo fino. Foto: Enrique Torres.

La doctora en Ciencias Laura Domínguez, profesora de la Facultad de Psicología de la Universidad de La Habana, dijo en una entrevista que, aunque no duda que existan personas que «sientan placer al ver matarse dos animales, no por causas naturales, sino por haber sido inducidos», el disfrute de las peleas de gallos, en función de la herencia cultural, tiene mucho que ver con que, «al repetirse una situación negativa o inadecuada, nos acostumbramos a ella».

No obstante, Domínguez alerta que nada justifica el maltrato animal, porque este abuso y diversión con el sufrimiento de otra especie puede incluso rozar «algo enfermizo, patológico».

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