La diplomacia cubana consiguió el 7 de julio de 2026 un nuevo triunfo en la Asamblea General de Naciones Unidas. Con 136 votos a favor, nueve en contra y 30 abstenciones, los Estados miembros aprobaron la apertura de un debate extraordinario sobre el embargo estadounidense, un mecanismo al que La Habana recurre por primera vez y que se diferencia de la tradicional resolución anual que se somete a votación cada octubre. La decisión, sin embargo, no modifica las sanciones de Estados Unidos ni implica un cambio en su política hacia la isla: únicamente autoriza la celebración del debate.
El Gobierno cubano presentó la votación como una nueva demostración del respaldo de la comunidad internacional a su posición frente al embargo. Sin embargo, el resultado también refleja un escenario menos favorable que en años anteriores. Los 136 votos obtenidos representan 29 apoyos menos que los registrados en octubre de 2025, cuando 165 países respaldaron la resolución anual contra las sanciones estadounidenses, la cifra más baja conseguida por Cuba en más de tres décadas.
Pero el cambio más significativo no está únicamente en el número de votos, sino en el tono del debate. La delegación de Estados Unidos aprovechó la sesión para desplazar la discusión del embargo hacia la situación interna de Cuba y cuestionó que Naciones Unidas debatiera las sanciones sin abordar la existencia de presos políticos, las denuncias sobre las brigadas médicas y las violaciones de derechos humanos en la isla. Ese enfoque encontró eco en el grupo de países que votó contra la apertura del debate —entre ellos Argentina, Costa Rica, República Checa, Paraguay y Ucrania—, lo cual refleja una tendencia cada vez más visible: aunque la mayoría de los Estados sigue rechazando el embargo, crecen las voces que separan esa postura de su evaluación sobre el régimen cubano.
Para el politólogo Felipe Galli, el castrismo atraviesa un desgaste que trasciende el ámbito diplomático. A su juicio, el apoyo que durante décadas recibió desde sectores de la izquierda internacional también muestra señales de cambio. «Ha habido un agotamiento discursivo de la dictadura», afirmó en declaraciones a elTOQUE, al considerar que las promesas incumplidas de reformas y la evolución de regímenes aliados como el venezolano han erosionado parte de ese respaldo. Sin embargo, sostiene que el principal desafío para La Habana no está fuera de sus fronteras, sino en la crisis interna: los prolongados apagones, el deterioro económico y el creciente descontento social hacen que «las condiciones internas signen mucho más el futuro de Cuba que las internacionales».
De condenar el embargo a cuestionar al régimen
El cambio de enfoque se ha hecho especialmente visible en las últimas semanas.
El caso más significativo ocurrió en el Parlamento Europeo. El 18 de junio de 2026, la Eurocámara aprobó una resolución que pide suspender el Acuerdo de Diálogo Político y Cooperación entre la Unión Europea y Cuba si el Gobierno no da «pasos concretos y significativos» hacia una transición democrática y no libera «de forma inmediata e incondicional» a los presos políticos.
El texto condena «la represión sistemática» del régimen y denuncia torturas, violencia sexual, vigilancia masiva, trabajo forzoso y persecución contra opositores, periodistas, estudiantes, líderes religiosos y defensores de derechos humanos. Además, solicita sanciones contra Miguel Díaz-Canel y sostiene que la única salida a la crisis cubana pasa por una transformación política y económica profunda.
La resolución fue aprobada con 283 votos a favor, 199 en contra y 85 abstenciones, una mayoría suficiente para evidenciar que dentro de las instituciones europeas gana espacio una postura mucho más crítica hacia La Habana.
Pocos días después, el ministro alemán de Asuntos Exteriores, Johann Wadephul, reforzó ese mensaje. Durante una actividad pública organizada por el gobierno alemán, donde respondió preguntas de ciudadanos sobre distintos asuntos internacionales, el jefe de la diplomacia alemana afirmó que no considera que exista un bloqueo estadounidense responsable de la situación actual de Cuba y sostuvo que el principal requisito para mejorar las condiciones de vida de los cubanos es que el país sea «mejor gobernado».
«Cuba vive bajo un régimen de injusticia», declaró el canciller, quien añadió que la crisis responde principalmente a problemas de gestión interna y recordó que la isla dejó de contar con el apoyo petrolero que durante años recibió de Venezuela.
Respecto al endurecimiento de las posiciones europeas, Felipe Galli considera que responde tanto a la situación en la isla como a un reajuste geopolítico. En su opinión, varios Gobiernos europeos se anticipan a un posible cambio en la política de la Administración Trump hacia Cuba, un escenario que, según advierte, podría priorizar intereses estratégicos y económicos antes que una transición democrática. «Lo que están haciendo ahora, lanzándose a criticar al régimen, es porque saben que se viene también un cambiazo», señaló. A su juicio, Europa busca proteger su influencia y sus intereses económicos en la isla ante una eventual reconfiguración de las relaciones entre Washington y La Habana.
América Latina también modifica su relación con Cuba
El cambio de discurso tampoco se limita a Europa.
En Colombia, el presidente electo Abelardo de la Espriella calificó a Cuba a finales de abril de 2026 como «la cabeza del comunismo en América Latina» y responsabilizó al régimen de promover un modelo político que, según afirmó, ha empobrecido a numerosos países de la región.
Panamá, por su parte, ha optado por un papel más pragmático. Durante la Asamblea General de la OEA, el canciller Javier Martínez-Acha confirmó que su Gobierno ofreció su territorio como sede neutral para un eventual diálogo entre Washington y La Habana. Según explicó, Cuba aceptó la propuesta, mientras que Estados Unidos aún estudia esa posibilidad.
Incluso México, uno de los aliados más consistentes del régimen cubano durante los últimos años, ha mostrado señales de cautela. Aunque mantiene su respaldo político a La Habana, dejó de suministrar petróleo a la isla después de que la Administración Trump advirtiera sobre posibles sanciones a Gobiernos y empresas que sostengan económicamente al aparato estatal y militar cubano.
Más tensiones diplomáticas en la región
A este escenario se suman varios episodios que reflejan el deterioro de las relaciones bilaterales entre Cuba y algunos Gobiernos latinoamericanos.
En marzo de 2026, Costa Rica rompió relaciones diplomáticas con el régimen cubano al cerrar su Embajada en La Habana y ordenar la salida del personal diplomático cubano de San José, manteniendo únicamente los servicios consulares. El presidente Rodrigo Chaves aseguró que su Gobierno no reconoce «la legitimidad del régimen comunista de Cuba» debido a la represión y las violaciones de derechos humanos y afirmó que era necesario «limpiar al hemisferio de comunistas». La Habana respondió calificando la decisión de «arbitraria» y atribuyéndola a presiones de Washington.
Ese mes, Ecuador declaró persona non grata al embajador cubano, Basilio Gutiérrez, expulsó al personal diplomático de la misión en Quito y acusó a funcionarios cubanos de presuntas actividades de injerencia política, denuncias rechazadas por La Habana.
Perú también endureció su posición meses antes. En noviembre de 2025, dio por terminada la misión del entonces embajador cubano, Carlos Zamora, después de que la Cancillería cuestionara su actuación y medios locales revelaran informes de inteligencia que lo vinculaban con presuntas actividades de interferencia política. Aunque Lima no rompió relaciones diplomáticas, el episodio marcó uno de los momentos de mayor tensión bilateral de los últimas décadas.
Un mapa diplomático cada vez más polarizado
Ese conjunto de episodios dibuja un escenario distinto al de hace apenas unos años. Cuba conserva un respaldo amplio cuando el debate internacional gira en torno al embargo estadounidense, pero encuentra cada vez más cuestionamientos cuando la conversación se desplaza hacia la represión, los presos políticos, la crisis económica o la falta de reformas democráticas.
Al mismo tiempo, el respaldo más firme al Gobierno cubano se concentra en un grupo reducido de aliados estratégicos —Rusia, China, Irán, Bielorrusia y otros pocos Gobiernos afines—. Mientras Europa, varios países latinoamericanos e incluso organismos internacionales endurecen progresivamente sus críticas.
Más que un aislamiento absoluto, lo que experimenta hoy La Habana es una reconfiguración de sus apoyos internacionales: mantiene aliados suficientes para impedir su aislamiento diplomático, pero pierde capacidad para imponer un relato en el que el embargo sea el único eje del debate sobre la crisis cubana. Ese cambio puede convertirse en uno de los mayores desafíos para la política exterior del régimen en el corto plazo.






