Vitria, cooperativa de vidrio integrada por mujeres en Cuba, espejo

Adriana de la Nuez e Irena Martínez, fundadoras de Vitria. Foto: Cortesía de Vitria.

Vitraleras

18 / diciembre / 2021

Cuando Adriana de la Nuez e Irena Martínez se iniciaron en un oficio «de hombres», se volvió costumbre oír un «cuidado, muchachita, no te cortes con eso» o un «pobrecita muchachita, tan flaquita». Que subieran a un andamio de seis niveles o se colgaran de un techo para restaurar vitrales dejaba a más de uno con la boca abierta. Más que discriminación, las miradas a su alrededor revelaban una sorpresa algo machista. 

Determinadas a ser vitraleras, se empeñaron en demostrar que no hay mucho que una mujer no pueda hacer, como no sea cargar un objeto muy pesado o «rasurarse los pelos del pecho».

Adriana e Irena, ambas de 31 años, fundaron en 2013 Vitria, la única cooperativa de vitrales que existe en Cuba y una de las pocas conformada solo por mujeres y asociada a la Oficina del Historiador de la Ciudad. 

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Adriana quiso ser una versión de Indiana Jones hasta que le pareció que en Cuba «la arqueología suele ser muy rudimentaria», así que escogió otro camino. Dos años en la Escuela Taller de La Habana Vieja le enseñaron a restaurar vitrales y, puliendo sus destrezas, logró dominar todos los procesos del vidrio plano. Prefiere la libertad de diseñar piezas diminutas como aretes, collares o atrapasueños; pero también disfruta crear grandes obras, como el pavo real que realizó hace poco en una casa. «Verlas terminadas siempre es un regalo».

De los muchos procesos que conoce, adora el de cortar el vidrio. Aclara que utiliza vidrio, no cristal. «Cristales son los cuarzos, la sal, el azúcar». Sabe que al maniobrar con vidrio siempre se puede herir, pero nada serio. «Nunca he tenido un accidente grave y espero no tenerlo», afirma ella, que se define como «muy práctica».

A su entender, nadie diría que realizar una obra desde cero es más fácil que restaurarla; sin embargo, asegura que «arreglar cualquier cosa siempre es más complicado que hacerla nueva». Para Adriana, un producto artístico necesita más que una excelente técnica. Amén de que «es bastante subjetivo lo que cada cual entiende como arte», uno requiere algún tipo de inspiración que va más allá de seguir un patrón.

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Esta joven esbelta, que realizó incursiones en el modelaje, considera que un creador debe atender constantemente a lo que otras personas están haciendo o hicieron. Alimenta su creatividad con referencias visuales. «Uso mucho Instagram para eso. No sigo solo al que hace vitrales, también al escultor, al que pinta, al que diseña, al que ilustra». Ese universo de imágenes que ella se construye es el que le permite moldear su obra.

No obstante, con el vidrio no se puede hacer «cualquier cosa». No ofrece la misma libertad que un lienzo o una pieza de escultura. Por eso, antes de soltar las riendas a la imaginación, se obliga a pensar hasta dónde puede llegar con él.

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Una máxima en Vitria es que no se desecha nada porque conseguir materias primas en Cuba es sumamente difícil. Además, el vidrio de color, el que usan Adriana e Irena, no se produce en la isla. No se trata solo de que casi todo sea importado, sino de que el proceso de importación es muy engorroso. Aunque no utilizan materiales reciclados, emplean los que tienen con mucha responsabilidad. Guardan cajas con montones de recortería de vidrio que nunca han desechado. «Están ahí para reutilizarse en la medida en que nos vayan haciendo falta. Desechamos lo menos posible».

En palabras de Adriana, que sus miembros sean mujeres jóvenes marca una diferencia en la forma en la que Vitria enfrenta proyectos y problemas. No pocas personas les preguntan cuándo va a crecer la cooperativa; pero para ella crecer no significa que aumente la membresía. «Hemos crecido de manera distinta a lo que la mayoría de la gente entiende por crecer. Actualmente, somos solo tres socias. Nunca nos ha interesado tener muchos miembros porque nos gusta el proceso creativo. Cuando lideras una empresa grande, esa labor directa de producción queda relegada y tienes que atender más lo administrativo, que no nos atrae tanto».

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Tener un negocio pequeño les permite estar involucradas en cada uno de sus aspectos y procesos. «Nosotras hacemos todo: desde los encuentros con los clientes y la realización de los diseños, hasta la fabricación y el montaje de las piezas», dice con tono de orgullo.

Como empresaria, sin embargo, Adriana ha tenido que abarcar varias funciones. Ha estudiado soportes digitales para confeccionar sus plantillas, fotografía o cómo gestionar sus cuentas en las redes sociales, entender el funcionamiento de contabilidad y optimizar los tiempos de producción. «Es algo que me ha tocado hacer como emprendedora. Son asuntos que tienen que ver más con el negocio que con el arte». 

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Contrario a lo que hacen las cooperativas de construcción, las que más se le asemejan, Vitria se preocupa por desarrollar talleres, charlas y actividades infantiles, que desde hace meses se detuvieron por la pandemia de COVID-19. 

Al ser una pequeña empresa, Adriana e Irena están al mismo nivel. «Nosotras tomamos las decisiones en conjunto. Ambas somos dueñas del negocio; tenemos una partnership. Esa es la principal idea de las cooperativas: que todos sus socios formen parte activa de esta forma de gestión». 

Todavía tienen pendiente analizar el decreto ley sobre las micro, pequeñas y medianas empresas para saber si les resultaría mejor funcionar como tal. Adriana lamenta que las cooperativas estén algo limitadas en cuanto a su objeto social y que permanezcan sujetas a procesos legales complicados. «Si yo quisiera empezar a hacer carpintería, se formaría un rollo. Tendría que buscar un abogado, un notario, ir al registro mercantil y hacer el cambio, etcétera».

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Adriana le teme a no ser feliz, a no poder crear en medio de un espacio de libertad propio, físico y mental, que le permita desarrollar ideas y llevarlas a cabo. «Sentirme frustrada es algo que no quisiera nunca». Pero solo combatiendo las inseguridades se puede sacar adelante un emprendimiento.

No es fácil hacerlo en ningún país porque «cada uno tiene sus retos»; pero «lo más importante es no pensar que vas a fallar, no perder la paciencia. Hace falta tener una visión a largo plazo, no pensar que un negocio te dará grandes frutos en el primer año. Nosotras vinimos a empezar a sentirnos cómodas al cuarto o al quinto año de haber empezado».

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«Al principio, estuvimos un año sin poder trabajar por no tener taller y luego tuvimos uno con muy malas condiciones. No puedes darte por vencido, debes encontrar caminos que te permitan hacer lo que deseas. Si no se puede por el A, hay que buscar por el B, el C o el D. Tienes que investigar cuáles son tus opciones y ser creativo para descubrir cómo tu pasión puede convertirse en un ingreso monetario, que es muy necesario; cómo esa pasión y esas ganancias pueden ir juntas», concluye la muchachita… no, vitralera.

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Katheryn Felipe
Soy celiaca e hipersensible. No soporto la hipocresía y me encanta el café. El periodismo es para mí una manera de lidiar con la costumbre de hacer míos los problemas de los demás. Hubiera querido tener los libros y la noche de Borges si con eso hubiera podido escribir What can I hold you with?...
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