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Cuba. Estación de ferrocarril. Una persona se sostiene de una ventana. Otros transeúntes caminan.

Foto: Yandry Fernández.

El papel de los derechos humanos en las batallas de la humanidad

Una de las perspectivas para valorar el sentido de la Declaración Universal de los Derechos Humanos es el significado que atribuyamos a los derechos humanos en la lucha milenaria de la humanidad por alcanzar su plenitud humana.

¿Qué lugar atribuimos a los derechos humanos en la lucha del ser humano por su dignidad y desalienación? ¿Es esta una lucha retórica, puramente formal y jurídica?

Si admitimos que los derechos humanos son el resumen de los valores éticos indeclinables para la subsistencia civilizada y digna del hombre, tendremos que convenir en que se trata de algo más que formalidades y determinaciones jurídicas. Se trata, nada más y nada menos, que de la batalla por lo que puede salvar nuestra civilización y a nosotros como sus protagonistas.

El abandono o la fractura absoluta de los derechos humanos o su limitación solo a lo que está plasmado en los actuales instrumentos jurídicos sería tanto como renunciar a la existencia civilizada y abandonar toda esperanza de continuidad de la aventura del hombre en el planeta.

Conquistar el pleno goce de los derechos humanos, tal cual están hoy instrumentados, significa abrir la única posibilidad de que la vida valga la pena y de que la vida sea posible. Desarrollar el horizonte de los derechos humanos a que sigan siendo el reservorio de los más caros intereses de la humanidad es la única alternativa para la subsistencia de nuestra especie. Su derrota como tal, o su reducción al contenido exclusivo de la Declaración Universal, sería el final casi ridículo del milenario proceso civilizatorio.

Los derechos económicos sociales y culturales constituyen premisas de la reproducción social de los seres humanos, su violación, tolerada e impuesta por los países altamente desarrollados hace imposible la realización de cualquier derecho humano, como lo ha declarado de manera reiterada la misma ONU. El goce de los derechos civiles y políticos —ha dicho más de una vez la Asamblea General de las Naciones Unidas— no puede lograrse sino es mediante el goce igual de esos derechos económicos, sociales y culturales. A su vez, el disfrute de estos últimos en medio de la violación de los derechos civiles y políticos sería condenar al hombre a vivir en una jaula de oro. De ahí la requerida y reiterada interdependencia e interrelación de todos los derechos humanos.

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Pero no bastan. Los seres humanos percibimos que hemos agotado la vida en el planeta y este es una suerte de nave espacial de la que no podemos descender. Si no salvamos el hábitat se pierde la especie humana. Si no logramos la paz no puede hablarse de la vida ni de ningún tipo de derecho. Si no liquidamos el abismo entre el Norte y el Sur, la vida y los derechos están conculcados para las dos terceras partes de la humanidad. Y los derechos humanos tienen que ser universales, como lo han declarado diversos instrumentos de Naciones Unidas y lo reiteró con énfasis especial la segunda Conferencia Mundial de Derechos Humanos (Viena, 1993).

Esos nuevos derechos, que algunos han denominado de la tercera generación, constituyen claras exigencias de lo que resulta la única posibilidad de que se salve nuestra civilización. No hay alternativas. Los que pretenden cerrar las páginas de esta hermosa historia en el último artículo de la Declaración Universal, o en el último artículo de la Carta, están votando por la liquidación no solo de las esperanzas, sino de las alternativas. Están votando por la muerte y el oprobio en el que no vale la pena vivir.

Asumimos entonces la Declaración como un hito hermoso, importante, significativo, provechoso, precursor y determinante, pero solo como un hito que debe ser rebasado por las nuevas exigencias de los tiempos que corren.

La humanidad tiene que entrar en el tercer milenio en condiciones para formular un nuevo aparato ético que no fue capaz de modelar el llamado socialismo real y que ha sido brutalmente negado por el supuesto capitalismo triunfador. Ese aparato ético tiene que sustanciarse sobre los valores que aporta lo más humano, rico y esplendoroso del proceso civilizatorio; tiene que ser el desemboque y el resumen de la cultura milenaria de los humanos. Reducir esa cultura a sus expresiones tecnológicas y materiales es, sin duda, una flagrante mutilación del pasado del hombre y de su proyección futura.

Cada persona tiene derecho a vivir y disfrutar, en su época, el alto capital acumulado por las civilizaciones anteriores; no debe contentarse con el menudo de ese capital. Si todo ante sus ojos se constriñe a los requerimientos materiales que ha generado la sociedad —de mercado y consumismo— está pretendiendo solo un fragmento de ese capital; apenas el menudo.

Si, por el contrario, el hombre sabe paladear los grandes aportes de las civilizaciones y conseguir de ellos felicidad, sus necesidades serán ilimitadas; sin embargo, siempre alcanzables y susceptibles de ser satisfechas. El ser humano que se pasee en un Rolls Royce, pero que no sepa disfrutar a Beethoven, los ritmos auténticos de nuestras culturas originarias o no se haya estremecido ante una estatua de Miguel Ángel o un cuadro de Rubens o de Frida Kahlo es, lamentablemente, solo un subproducto deshumanizado de una sociedad deshumanizante. No es un ser rico, pletórico, heredero legítimo de la historia.

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Es en la línea de estas reflexiones que saltan a la vista, con fuerza sorprendente, las preocupaciones de Ernesto Che Guevara sobre lo que él llamó el hombre nuevo.

Para muchos, simple vulgarización circunstancial de un hombre laborioso y revolucionario, en una sociedad determinada, en tanto que, quizá, en la esencia del pensamiento guevariano, era el producto de una nueva ética de socialización, solidaridad, cultura, responsabilidad y humanismo verdadero.

Y estamos convencidos de que no hablamos de utopías, sino de lo que va resultando inevitable; de lo sujeto a una dramática causalidad que es resultado de la alternativa esencial de los humanos de hoy: o transitamos por el tercer milenio con una nueva ética de solidaridad, humanismo, responsabilidad y verdadera dimensión socialista o, de lo contrario, quizá nunca rebasemos ni los primeros siglos del milenio.

Los caminos de ese objetivo lo tendrán que imponer las particularidades de los tiempos, de sus nuevas y viejas contradicciones y de cada lugar del planeta. Pronosticar sobre ello sería incurrir en utopías.

Las preguntas, entonces, son otras diferentes a si la Declaración Universal es definitiva o no. Las preguntas son si podrá la humanidad empinarse sobre las crisis actuales o no le quedará más que esperar a que sobrevenga la catástrofe.

Una mirada rigurosa sobre la historia de la humanidad revela la enorme capacidad de adecuación y el caudal increíble de creatividad del género humano. La inteligencia y la voluntad, esos dos grandes sillares de la hazaña histórica del Hombre, le permitieron no solo elevarse sobre el resto de las especies animales y, pese a sus carencias físicas, vencer en el reino animal; además, pudo salvar las crisis y las atrocidades del esclavismo, logró saltar sobre los primeros siglos feudales y advenir a la llamada Modernidad; venció los prejuicios religiosos e hizo reformas y contrarreformas; fundó la intolerancia y se elevó más tarde, con mansedumbre esencial, por sobre los fundamentalismos y sembró la tolerancia; se levantó sobre el oscurantismo con la magna obra cultural del Renacimiento; provocó y fue protagonista de las revoluciones industriales; generó culturas de opresión sin límites y logró liquidarlas más tarde; fundó el racionalismo y el irracionalismo, pero se alzó sobre todos apoyado en la ciencia; hizo revoluciones enormes en que se dignificó al absolutizar y desarrollar las escalas de valores que han integrado sus utopías primero y sus realidades después. En todo caso, el imperativo de subsistir ha permitido asentar. Retrocedió a momentos de reacción y terror en los que se enlodó, pero ha mantenido siempre viva la llama de su inteligencia y su voluntad. Ellas son las que han decantado aquellos valores que han cristalizado y compendiado esas posibilidades de pervivir y hacerlo de formas cada vez más humanas y desalienadas.

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Ahora, en el nuevo milenio, afronta los desafíos conocidos. Los que han hablado del fin de la Historia o se regocijan irresponsables en el festín de Baltazar tendrían razón para sobrecogerse o espantarse si no fueran tan absurdos como para no poder ver las señales del cataclismo. Los que, por el contrario, creemos en la inteligencia y la voluntad humanas esperamos y luchamos por la formación de una nueva ética comprometida y responsable y somos capaces de encarar el porvenir con esperanza.

La humanidad, en su afán de sobrevivencia, en su infinita capacidad de acomodo, y apoyada en su inteligencia y su voluntad, puede encontrar los caminos que la salven de la crisis y los hundimientos. Por esos objetivos debemos luchar. Con esa perspectiva cubana y tercermundista consideramos que debe analizarse la necesaria integración y completamiento constante de los derechos humanos.

 

***Este artículo es un texto inédito del fallecido jurista y profesor Julio Fernández Bulté.

 

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Julio Fernández Bulté
(La Habana, 1937 - La Habana, 2008). Jurista y Doctor en Ciencias. Profesor de Mérito de la Universidad de La Habana. Miembro de Honor de la Asociación de Pedagogos de Cuba y de la Unión de Juristas de Cuba. Impartió docencia, durante más de 37 años, de Derecho Romano, Filosofía del Derecho e Historia del Estado y el Derecho; tanto en universidades cubanas como en otras radicadas en Estados Unidos, Buenos Aires, Islas Canarias, Euskadi y Moscú. Fue autor de numerosas publicaciones y libros de texto utilizados en la enseñanza del Derecho. Participó como asesor legal en la Comisión de Derechos Humanos de Ginebra, así como en múltiples eventos internacionales. Falleció a la edad de 71 años legando a la comunidad civil e intelectual una obra inconmensurable.
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