1. Coral Gables, hace un año
Hace un año, el 2 de septiembre de 2025, en el Hotel Biltmore de Coral Gables, el Gobierno de Polonia entregó el Premio Solidaridad Lech Wałęsa a Berta Soler Fernández, líder de las Damas de Blanco. Participé en la organización de aquella ceremonia y estuve en la sala. La premiada no pudo estar.
El régimen le ofrecía una sola manera de viajar: salir sin derecho al regreso. Soler lo rechazó. Tampoco pudo participar a distancia: aquella mañana le cortaron el servicio de Internet. Prevenida, nos había enviado de antemano su mensaje en video. En la sala la escuchamos explicar su ausencia con una frase que no necesita comentario: «yo me quedo en Cuba».
El premio lo entregó Radosław Sikorski, ministro de Asuntos Exteriores de Polonia, que lo había creado en 2014. Cuando el régimen comunista polaco impuso la ley marcial en 1981, Sikorski estaba en Inglaterra; obtuvo asilo político y permaneció en el exilio hasta 1989. En Miami, aquel antiguo exiliado premiaba a una mujer a la que el régimen cubano ofrecía el mismo destino: salir y no poder volver.
Asistió también Marco Rubio, secretario de Estado de Estados Unidos e hijo de inmigrantes cubanos. El jefe de la diplomacia estadounidense estaba en la sala para honrar a una opositora que ha decidido no salir de la isla.
La estatuilla la recogió, en nombre de Soler, Irma Santos de Mas Canosa, viuda de Jorge Mas Canosa, fundador de la Fundación Nacional Cubano Americana. También ahí había un símbolo: una mujer del exilio recogía el premio de otra que se niega a exiliarse. Las dos mitades de la nación cubana, la que se fue y la que se queda, compartieron durante unos minutos el mismo estrado. El régimen lleva más de seis décadas administrando esa separación.
Lech Wałęsa, que preside el jurado del premio, estuvo representado por su hijo, el diputado Jarosław Wałęsa. Con él, cuando era eurodiputado, trabajé en asuntos de derechos humanos en Cuba durante mis años en La Habana. Verlo en Miami, hablando en nombre de su padre ante una silla sin su dueña, me llevó a otra ceremonia, 42 años antes, en la que Danuta Wałęsa, la esposa de Lech, habló en su nombre.
2. Oslo, 1983: el precedente polaco
En octubre de 1983 el Comité Noruego del Nobel concedió el Premio Nobel de la Paz a Lech Wałęsa, el electricista de los astilleros de Gdansk que había encabezado el nacimiento de Solidaridad. Polonia vivía las secuelas de la ley marcial: el sindicato estaba ilegalizado y cientos de sus activistas seguían presos. Wałęsa no fue a Oslo. Temía que, si salía, las autoridades no le dejaran volver. Añadió otra razón que lo retrata: no podía brindar con champán mientras sus compañeros seguían en la cárcel.
El 10 de diciembre recogió el premio Danuta Wałęsa. Ella leyó las palabras de su marido, que explicaban la ausencia con una idea sencilla: aquel día su sitio estaba en Gdansk, entre los trabajadores con los que había crecido y a los que pertenecía.
Conviene reparar en el mecanismo. El régimen polaco no necesitó prohibirle el viaje. Le bastó con que el no retorno fuera creíble. Wałęsa entendió que un premiado fuera de su país es un premiado neutralizado, y eligió quedarse. 42 años después, Berta Soler hizo el mismo cálculo y llegó a la misma conclusión.
3. Estrasburgo, 2010: la silla con la bandera
El premio del Parlamento Europeo lleva el nombre de un hombre que también conoció la silla vacía. En 1975, las autoridades soviéticas no permitieron a Andréi Sájarov viajar a Oslo para recibir el Premio Nobel de la Paz, con el pretexto de que conocía secretos de Estado. Lo recogió su esposa, Yelena Bónner. Mientras ella leía sus palabras, Sájarov estaba en Vilna, de pie en la calle, ante el Tribunal que juzgaba a su amigo Serguéi Kovaliov. Como Wałęsa ocho años después, eligió estar con los suyos.
El Parlamento Europeo ha concedido tres veces el Premio Sájarov a la Libertad de Conciencia a cubanos: a Oswaldo Payá en 2002, a las Damas de Blanco en 2005 y a Guillermo Fariñas en 2010. Solo el primero pudo viajar a recibirlo, y solo después de que intervinieran el presidente del Parlamento Europeo, Pat Cox, el presidente del Gobierno español, José María Aznar, y una delegación de eurodiputados en La Habana. Fue la última vez que Payá salió de Cuba. En marzo de 2003, llegó la Primavera Negra y alrededor de 40 de los 75 condenados eran miembros de su Movimiento Cristiano Liberación. Cuando el premio fue para las Damas de Blanco, esposas y madres de aquellos presos, el régimen ya no dejó salir a nadie.
De la tercera ocasión guardo una imagen que a un polaco le resulta difícil olvidar. La ceremonia se celebró en Estrasburgo el 15 de diciembre de 2010, y en el hemiciclo había una silla vacía cubierta con la bandera cubana porque el régimen no permitió salir a Fariñas. Fariñas se enfrentaba al mismo dilema que Berta Soler 15 años después: salir podía significar no volver. Por esa razón, había advertido que solo aceptaría un permiso de salida provisional. Sabía de qué hablaba: a los 18 periodistas excarcelados desde el verano les habían estampado en el pasaporte la «salida definitiva». El régimen ni siquiera le dejó elegir.
Presidía el acto Jerzy Buzek, presidente del Parlamento Europeo. Ingeniero químico de Silesia, Buzek se había unido a Solidaridad en 1980 y, tras la imposición de la ley marcial en diciembre de 1981, siguió en la organización desde la clandestinidad cuando eso costaba el empleo o la libertad. Había escrito personalmente a Raúl Castro para exigir que Fariñas pudiera recoger el premio, sin conseguirlo. Ante la silla vacía, dijo que aquella ausencia era la mejor prueba de lo importante que seguía siendo la lucha por los derechos humanos.
Como haría Berta Soler en Miami, Fariñas había enviado antes un mensaje en video y el hemiciclo lo escuchó: la prohibición, dijo, demostraba que en Cuba nada había cambiado.
15 años después, en Miami, la silla volvió a quedarse vacía. Otro premio, otra institución, otro continente; pero también esta vez quien lo entregaba venía de Solidaridad.
4. No salir o no volver
A Berta Soler el régimen ya no le prohíbe salir: le prohíbe volver. Prohibir la salida separa al premiado de su premio; impedir el regreso lo separa de su país. El destierro tiene además, para quien lo impone, una ventaja: no deja ninguna silla vacía que fotografiar y convierte al opositor incómodo en un exiliado más, con voz en el exilio pero sin presencia en La Habana.
La amenaza de no poder volver no es retórica, y los dos regímenes lo han demostrado. En la primavera de 1988, el poder comunista polaco sacó del país mediante un engaño a Kornel Morawiecki, fundador de Solidaridad Combatiente (Solidarność Walcząca), con la promesa de que podría regresar. Cuando aterrizó en Varsovia tres días después, no salió del aeropuerto: lo detuvieron allí mismo, le quitaron el pasaporte y lo metieron en un avión a Viena, sin derecho a volver a su país. Regresó clandestinamente, con un pasaporte ajeno, a finales de aquel verano para seguir luchando por la libertad de su patria. En Cuba, Rosa María Payá, hija de Oswaldo Payá, siguió entrando y saliendo de la isla durante años tras la muerte de su padre, a pesar del acoso, hasta que en noviembre de 2021 el régimen le impidió entrar en su país. A su madre, Ofelia Acevedo, ya le habían negado la entrada en 2017. Quien acepta salir sabe que la puerta puede cerrarse a su espalda.
Lo que Wałęsa entendió en 1983, y Fariñas y Soler después, es que esa ecuación solo funciona si el premiado acepta la salida. Si se queda, la silla vacía reaparece, y con ella la pregunta que el régimen prefiere no escuchar: ¿por qué una persona premiada por su defensa pacífica de los derechos humanos no puede ir a recoger su premio y volver a casa? La silla vacía no es el fracaso del premio. Es, como dijo Buzek, su prueba.
Un premio no libera presos ni abre fronteras. Las Damas de Blanco siguieron sufriendo detenciones después de 2005 y la represión contra ellas no ha cesado. Lo que un premio hace es más modesto y duradero: deja constancia. Fija una fecha, un nombre y una institución que se compromete públicamente, y crea un registro que después nadie puede borrar.
5. De Oslo a la Polonia libre
La historia polaca tiene un epílogo que en 1983 pocos habrían apostado. Radosław Sikorski volvió a Polonia en 1989. Fue ministro de Asuntos Exteriores entre 2007 y 2014, presidente del Sejm, la cámara baja del Parlamento polaco, y eurodiputado; hoy es viceprimer ministro y, de nuevo, ministro de Asuntos Exteriores. Jerzy Buzek, primer ministro de 1997 a 2001, presidió entre 2009 y 2012 el Parlamento Europeo; fue el primero procedente de un país del antiguo bloque comunista.
Kornel Morawiecki, el hombre al que en 1988 expulsaron de su país desde el aeropuerto de Varsovia, fue elegido diputado en 2015 y, como presidente de honor, abrió la primera sesión de la nueva legislatura de la cámara baja. Dos años después, su hijo Mateusz se convirtió en primer ministro de Polonia, cargo que ocupó hasta 2023.
Hay un último detalle que la diáspora cubana entenderá como nadie. Desde la Segunda Guerra Mundial existió en Londres un Gobierno polaco en el exilio que nunca reconoció al régimen comunista y que guardó durante medio siglo los símbolos de la República. El 22 de diciembre de 1990, su último presidente, Ryszard Kaczorowski, viajó a Varsovia y entregó esas insignias a Lech Wałęsa, el primer presidente elegido por sufragio universal. El exilio no desapareció: volvió a casa y devolvió lo que había custodiado.
En 1983, Lech Wałęsa no pudo recibir el Premio Nobel de la Paz en Oslo. En 1990, fue elegido presidente de una Polonia libre.
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