Protesta frente al ICRT es desalojada con violencia 11J

Manifestantes frente al ICRT son lanzados encima de un camión. La Habana, 11 de julio de 2021. Foto: Facebook.

Vindicación de Cuba: testimonio de Yunior García Aguilera

Escrito por: Yunior García Aguilera

En la tragedia griega hay dos términos que bien podrían aplicarse al poder en Cuba: hybris (exceso de arrogancia) y hamartia (error trágico). Díaz-Canel es el principal responsable de todo lo ocurrido en las últimas jornadas. Es él quien se sienta, sin haber pasado por las urnas, en el vértice superior de la pirámide. Fue él quien llamó al combate entre cubanos, aunque ahora pretenda suavizar su discurso. Es como un Edipo que ya estaba ciego, incluso antes de sacarse los ojos.

Pero el error más trágico de todos ha sido culpar a una parte del pueblo por los sucesos ocurridos. Ese pueblo, que reaccionó inevitablemente ante el desastre de país que nos imponen por la fuerza, ha sido llamado marginal, delincuente, vándalo, mercenario, confundido...

Yo viví las protestas, no me hagan cuentos de camino. Fui detenido con el mismo desprecio con que Hitler trataba a los judíos en la Alemania nazi. En mi celda para doce personas en el Vivac, éramos tan diversos como en una República.

Allí estaba Daniel Triana (un vándalo, según Díaz-Canel). Ese «vándalo» sabe pararse sobre un escenario y convencer a un público con sus palabras y sus gestos. Ese vándalo ha tenido el coraje de luchar a brazo partido por los derechos de la comunidad LGBT. Ese joven tiene tantos huevos que ni en la cárcel perdió su sonrisa ni su mirada franca que desconoce el odio.

En mi celda estaba «Ef-Bi-Ai», el muchacho al que llevaron esposado por cantar «Patria y Vida», con un pulóver negro que decía FBI. Solo espero que no mezclen manipulación y paranoia para fabricar teorías que quieran condenarlo por sus gustos musicales o su manera de vestir.

En mi celda estaba Raúl Prado, el «delincuente» que estudió derecho, se graduó en la EICTV (Escuela Internacional de Cine y Televisión) de San Antonio y será el director de fotografía de la próxima película de Fernando Pérez.

También estaba «el menor», un niño de 17 años que no tiene la culpa de haber nacido y crecido en un barrio sin progresos. Varias veces tuvimos que salir a defenderlo de los carceleros y de otros reclusos, porque en las prisiones de Cuba nada es más peligroso que un adolescente. Los tratan con rabia, desde el primer minuto, porque dicen que ellos «no la piensan». Sin embargo, «el menor» nos dejaba a todos con la boca abierta por una inteligencia de calle que desconocíamos. «El menor» supo escuchar atento cuando hablábamos de Colón, Varela o Martí. Dice «el menor» que aprendió más de historia en esas discusiones que en todos sus aburridos años en la escuela.

En mi celda estaba un joven negro que salió a las calles ese día para no dejar solo a su amigo «el menor». Desconozco cuál fue su delito. No sé si arrojó alguna piedra contra la tienda en MLC donde nunca ha podido entrar, porque nadie le manda euros. Lo que sé es que ese joven me recordaba mucho a los mambises. Y con tal de tener noticias de lo que pasaba afuera, se lanzó descalzo a pegar cables para lograr que funcionara el televisor roto que adornaba la celda.

Quien peor la pasó fue Calahorra, la persona más sensible que conozco. Me preocupaba verlo cabizbajo y triste. Luego supe que no era por él. Calahorra (ese «marginal», según el presidente) temía por la vida de los dos gatos que dejó en su casa sin saber hasta cuándo. Sufría por las mil posturas que intentaba usar para frenar la deforestación, y que seguramente ya habían muerto. Pensaba en su libro, que estaba en fase de encuadernación y que ahora su destino se llenaba de incertidumbre.

En mi celda estaba el actor Edel Carrero, tal vez un «mercenario» para los burócratas de la marca Puma. No para mí. Sé que Edel trabajaría en mis obras, aunque fuera de gratis. Sé que cuando decía: «contigo, hasta el fin del mundo, si hace falta», lo hacía por convicciones. Señores conservadores que me leen, cuando ya ni recuerden lo que significa ser revolucionario, piensen en Edel.

En mi celda estaba «el rubio», el muchacho al que cinco hombres arrastraron por el cuello frente al ICRT solo por abrir su boca en solidaridad con nosotros, sin conocernos. No se imaginan la impotencia que da saber que sigue en el Vivac sin que su familia sepa de él todavía. Ya localizamos a su novia. Y no descansaremos hasta que «el rubio» esté libre, con ella.

En mi celda estaba Reinier Díaz, el actor de Inocencia que tanto conmovió a Díaz-Canel, según un tuit desafortunado en que llamó «mal nacidos» a los cubanos que no coinciden con sus criterios. Reinier quedó fuera de la redada frente al ICRT. Quizá los agentes vestidos de civil no querían al actor de Inocencia siendo víctima de abusos similares a los del filme y la historia. Pero Reinier no iba a dejar solos a sus amigos. Y decidió subir él mismo al camión de carga donde nos lanzaron como sacos de escombro.

En mi celda estaba Leo, el católico que se arrodilló a orar por Cuba frente a la turba que, siguiendo órdenes presidenciales, gritaba: «este pueblo no te quiere». A Leo le quitaron su cruz en el Vivac, por la fuerza. A Leo lo llevaron esposado a una celda de castigo por mencionar una palabra tan vulgar como DERECHOS.


No recuerdo el nombre de todos, tampoco del flaco que compartió sus cigarros con nosotros. Lo que sí recuerdo es el respeto y la armonía que se generó en aquella celda tan diversa como una república. Lo que no olvidamos es que allí nadie discriminó a otro por ser marginal, demócrata, católico, homosexual o contestatario.

Y de las mujeres que fueron llevadas a otras celdas, ¡habrá que llenar tantas páginas!

Allí, señor Díaz-Canel Bermúdez, no había un solo delincuente o confundido. Éramos todos CUBANOS que luchan por una Cuba libre y próspera, sin burócratas retardatarios y conservadores, sin oportunistas acomodados sobre el sacrificio de otros. Una Cuba sin dictadores.

El confundido es quien vive en una burbuja blindada contra la realidad. El vándalo es quien ordena que apaleen al pueblo inconforme. El marginal es quien vive ajeno al sentir de la calle y sus conflictos. El delincuente es quien te vende en tiendas exclusivas los productos básicos a precios de estafa.

Solo espero que todos, sin excepción, sean liberados cuanto antes. Y que los verdaderos responsables asuman su culpa. Cuba no es Tebas. No se merece una plaga tan larga de calamidades para expiar los pecados de una cúpula. Y usted, señor Díaz-Canel, no es un héroe trágico. Hasta ahora solo ha sido un funcionario sin suerte, sin amor de pueblo ni liderazgo auténtico, sin aché ni carisma ni ideas geniales.

Todo líder se pregunta cómo será recordado. José Miguel Gómez era «el Tiburón». Machado, el «asno con garras». Batista, «el Hombre». Fidel (para muchos), «el Caballo». En el caso suyo, ya debe haberse dado cuenta de cómo lo nombra la sabia popular. Me pregunto: ¿será capaz de cambiar su propia historia? ¿O los oráculos escribieron el guion de su trágico rumbo?

Váyase a un rincón solo, lejos de aduladores, vigilantes y guardaespaldas. Piense. ¿Le quedan pantalones para un punto de giro en favor de Cuba?

Piense, luego exista.


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Yamilet

Maravilloso escrito y espero que hayan más y poderte leer de ahora en más siempre. Yamilet una cubana en Argentina q de no haberme ido hace 24 años hubiera estado en las calle ese día. Gracias por el valor de deseo de Libertad
Yamilet

Leticia Martínez Morin

Nunca había leído algo tan claro, humano y sobre todo vivido,mis respetos,mi amor sobre todo mi completa solidaridad,me siento orgullosa de todos ustedes
Leticia Martínez Morin
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Protesta frente al ICRT es desalojada con violencia 11J

Manifestantes frente al ICRT son lanzados encima de un camión. La Habana, 11 de julio de 2021. Foto: Facebook.

Vindicación de Cuba: testimonio de Yunior García Aguilera

Escrito por: Yunior García Aguilera

En la tragedia griega hay dos términos que bien podrían aplicarse al poder en Cuba: hybris (exceso de arrogancia) y hamartia (error trágico). Díaz-Canel es el principal responsable de todo lo ocurrido en las últimas jornadas. Es él quien se sienta, sin haber pasado por las urnas, en el vértice superior de la pirámide. Fue él quien llamó al combate entre cubanos, aunque ahora pretenda suavizar su discurso. Es como un Edipo que ya estaba ciego, incluso antes de sacarse los ojos.

Pero el error más trágico de todos ha sido culpar a una parte del pueblo por los sucesos ocurridos. Ese pueblo, que reaccionó inevitablemente ante el desastre de país que nos imponen por la fuerza, ha sido llamado marginal, delincuente, vándalo, mercenario, confundido...

Yo viví las protestas, no me hagan cuentos de camino. Fui detenido con el mismo desprecio con que Hitler trataba a los judíos en la Alemania nazi. En mi celda para doce personas en el Vivac, éramos tan diversos como en una República.

Allí estaba Daniel Triana (un vándalo, según Díaz-Canel). Ese «vándalo» sabe pararse sobre un escenario y convencer a un público con sus palabras y sus gestos. Ese vándalo ha tenido el coraje de luchar a brazo partido por los derechos de la comunidad LGBT. Ese joven tiene tantos huevos que ni en la cárcel perdió su sonrisa ni su mirada franca que desconoce el odio.

En mi celda estaba «Ef-Bi-Ai», el muchacho al que llevaron esposado por cantar «Patria y Vida», con un pulóver negro que decía FBI. Solo espero que no mezclen manipulación y paranoia para fabricar teorías que quieran condenarlo por sus gustos musicales o su manera de vestir.

En mi celda estaba Raúl Prado, el «delincuente» que estudió derecho, se graduó en la EICTV (Escuela Internacional de Cine y Televisión) de San Antonio y será el director de fotografía de la próxima película de Fernando Pérez.

También estaba «el menor», un niño de 17 años que no tiene la culpa de haber nacido y crecido en un barrio sin progresos. Varias veces tuvimos que salir a defenderlo de los carceleros y de otros reclusos, porque en las prisiones de Cuba nada es más peligroso que un adolescente. Los tratan con rabia, desde el primer minuto, porque dicen que ellos «no la piensan». Sin embargo, «el menor» nos dejaba a todos con la boca abierta por una inteligencia de calle que desconocíamos. «El menor» supo escuchar atento cuando hablábamos de Colón, Varela o Martí. Dice «el menor» que aprendió más de historia en esas discusiones que en todos sus aburridos años en la escuela.

En mi celda estaba un joven negro que salió a las calles ese día para no dejar solo a su amigo «el menor». Desconozco cuál fue su delito. No sé si arrojó alguna piedra contra la tienda en MLC donde nunca ha podido entrar, porque nadie le manda euros. Lo que sé es que ese joven me recordaba mucho a los mambises. Y con tal de tener noticias de lo que pasaba afuera, se lanzó descalzo a pegar cables para lograr que funcionara el televisor roto que adornaba la celda.

Quien peor la pasó fue Calahorra, la persona más sensible que conozco. Me preocupaba verlo cabizbajo y triste. Luego supe que no era por él. Calahorra (ese «marginal», según el presidente) temía por la vida de los dos gatos que dejó en su casa sin saber hasta cuándo. Sufría por las mil posturas que intentaba usar para frenar la deforestación, y que seguramente ya habían muerto. Pensaba en su libro, que estaba en fase de encuadernación y que ahora su destino se llenaba de incertidumbre.

En mi celda estaba el actor Edel Carrero, tal vez un «mercenario» para los burócratas de la marca Puma. No para mí. Sé que Edel trabajaría en mis obras, aunque fuera de gratis. Sé que cuando decía: «contigo, hasta el fin del mundo, si hace falta», lo hacía por convicciones. Señores conservadores que me leen, cuando ya ni recuerden lo que significa ser revolucionario, piensen en Edel.

En mi celda estaba «el rubio», el muchacho al que cinco hombres arrastraron por el cuello frente al ICRT solo por abrir su boca en solidaridad con nosotros, sin conocernos. No se imaginan la impotencia que da saber que sigue en el Vivac sin que su familia sepa de él todavía. Ya localizamos a su novia. Y no descansaremos hasta que «el rubio» esté libre, con ella.

En mi celda estaba Reinier Díaz, el actor de Inocencia que tanto conmovió a Díaz-Canel, según un tuit desafortunado en que llamó «mal nacidos» a los cubanos que no coinciden con sus criterios. Reinier quedó fuera de la redada frente al ICRT. Quizá los agentes vestidos de civil no querían al actor de Inocencia siendo víctima de abusos similares a los del filme y la historia. Pero Reinier no iba a dejar solos a sus amigos. Y decidió subir él mismo al camión de carga donde nos lanzaron como sacos de escombro.

En mi celda estaba Leo, el católico que se arrodilló a orar por Cuba frente a la turba que, siguiendo órdenes presidenciales, gritaba: «este pueblo no te quiere». A Leo le quitaron su cruz en el Vivac, por la fuerza. A Leo lo llevaron esposado a una celda de castigo por mencionar una palabra tan vulgar como DERECHOS.


No recuerdo el nombre de todos, tampoco del flaco que compartió sus cigarros con nosotros. Lo que sí recuerdo es el respeto y la armonía que se generó en aquella celda tan diversa como una república. Lo que no olvidamos es que allí nadie discriminó a otro por ser marginal, demócrata, católico, homosexual o contestatario.

Y de las mujeres que fueron llevadas a otras celdas, ¡habrá que llenar tantas páginas!

Allí, señor Díaz-Canel Bermúdez, no había un solo delincuente o confundido. Éramos todos CUBANOS que luchan por una Cuba libre y próspera, sin burócratas retardatarios y conservadores, sin oportunistas acomodados sobre el sacrificio de otros. Una Cuba sin dictadores.

El confundido es quien vive en una burbuja blindada contra la realidad. El vándalo es quien ordena que apaleen al pueblo inconforme. El marginal es quien vive ajeno al sentir de la calle y sus conflictos. El delincuente es quien te vende en tiendas exclusivas los productos básicos a precios de estafa.

Solo espero que todos, sin excepción, sean liberados cuanto antes. Y que los verdaderos responsables asuman su culpa. Cuba no es Tebas. No se merece una plaga tan larga de calamidades para expiar los pecados de una cúpula. Y usted, señor Díaz-Canel, no es un héroe trágico. Hasta ahora solo ha sido un funcionario sin suerte, sin amor de pueblo ni liderazgo auténtico, sin aché ni carisma ni ideas geniales.

Todo líder se pregunta cómo será recordado. José Miguel Gómez era «el Tiburón». Machado, el «asno con garras». Batista, «el Hombre». Fidel (para muchos), «el Caballo». En el caso suyo, ya debe haberse dado cuenta de cómo lo nombra la sabia popular. Me pregunto: ¿será capaz de cambiar su propia historia? ¿O los oráculos escribieron el guion de su trágico rumbo?

Váyase a un rincón solo, lejos de aduladores, vigilantes y guardaespaldas. Piense. ¿Le quedan pantalones para un punto de giro en favor de Cuba?

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Yamilet

Maravilloso escrito y espero que hayan más y poderte leer de ahora en más siempre. Yamilet una cubana en Argentina q de no haberme ido hace 24 años hubiera estado en las calle ese día. Gracias por el valor de deseo de Libertad
Yamilet

Leticia Martínez Morin

Nunca había leído algo tan claro, humano y sobre todo vivido,mis respetos,mi amor sobre todo mi completa solidaridad,me siento orgullosa de todos ustedes
Leticia Martínez Morin

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