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Ariel Montenegro

Ariel Montenegro

Gritón ideológico, escribidor de carrera, contemplador del océano, fanático de los títulos de Strindberg.

Cuando el verso viene en forma de ojos y piernas, que nos desarman con poesía.
Creo que el bien y el mal existen, pero les gusta intercambiar roles. Lo correcto, lo decente, lo culto y lo civilizado cambian según el lugar, el momento o la gente.
Te fuiste y te extraño y a cinco palabras de empezar a escribir sé que para nadie es peculiar que un cubano extrañe. Las historias de la nostalgia en Cuba son, por común, poco relevantes.
La pelota para los cubanos es un asunto de amigos. Crecemos jugando al béisbol, en el barrio, con la gente que recordaremos toda la vida. Una discusión sobre ese tema crea afinidades, incluso si se difiere.
Al cabo de varios años uno se percata de que el periodismo es un oficio de arrogantes y masoquistas.
En Cayo Las Brujas, los cubanos no pueden montar en lanchas con motor. Alguien pensó y sigue pensando que todos somos posibles secuestradores locos por irnos a Miami.
Lo más patético del ser humano es la necesidad de quien marque el rumbo. Ante este defecto aparecen criaturas con piel de salvadores que se agencian la felicidad propia prometiendo la felicidad ajena.
En 1901, por miedo al mar, en La Habana comenzaron a construir el Malecón. Cincuenta años y un poco les tomó. Quien se para en la enorme pared está muy cerca del agua, pero muy lejos del mar.
El acceso a Internet hoy en Cuba es una cuestión monetaria cuando debería ser una cuestión de principios.
Hay lugares a los que un cubano no puede acceder sin reservación o pasaporte… aunque esto vaya contra la Constitución.
Richard se fue de Cuba en 1967. No había ni siquiera nacido. Un mes después su madre le dio a luz en los Estados Unidos. Toda su vida ha sido un norteño según los estándares reconocidos: estudió en una escuela religiosa para varones, jugó al fútbol americano en el higschool y en el college, tiene seis autos y una hipoteca por treinta años.