El béisbol sigue de mal en peor en la isla. Recientemente, Matanzas permitió 36 carreras ante los Diablos Rojos en la Champions League de Béisbol, un marcador que no parecía real, sino sacado de un videojuego mal calibrado.
No hablamos de un accidente aislado ni de una noche negra de los Cocodrilos matanceros; hablamos de un desplome que dejó a la pelota cubana más expuesta, desnuda ante el mundo, con la dignidad colgando de un hilo.
Los nuestros se despidieron del torneo con solo una victoria. Una. Sí, una mísera victoria que apenas maquilló el desastre. La derrota no fue una caída: fue un derrumbe, un espectáculo de incompetencia que hace cuestionar la preparación, la dirección y la existencia de la Serie Nacional tal como la conocemos. 36 carreras permitidas, 29 imparables, bases por bolas a discreción, defensa torpe y un rosario de errores que se leen como un catálogo de lo que no se debe hacer en el béisbol.
Cada strike cantado, cada batazo permitido, cada decisión tardía de los dinosaurios que siguen dirigiendo la pelota, parecía un recordatorio cruel de que Cuba, alguna vez cuna de glorias y leyendas, ha dejado de competir en igualdad de condiciones.
¿Este era el campeón de Cuba? ¿Ni con refuerzos se puede jugar de forma digna en la arena internacional? La respuesta duele: no está en el terreno, sino en la dirección, la organización y la política que rodea al deporte en general en la isla.
Las causas son conocidas, viejas y persistentes. Una Serie Nacional inflada a 16 equipos que diluye talento, la fuga constante de jugadores hacia ligas extranjeras, la crisis económica que atraviesa cada costura del béisbol: desde terrenos sin mantenimiento hasta la ausencia de tecnología y de superación sistemática de entrenadores.
Cuba sigue siendo un semillero de peloteros, sí, pero sin conexión real con el béisbol moderno, con el béisbol profesional de Grandes Ligas o de naciones del Caribe, como Puerto Rico o República Dominicana.
Se habla siempre de profesionalización, de salarios dignos, de reinversión en desarrollo de la base, pero, mientras tanto, los Cocodrilos se toman palizas de escándalo y la Comisión Nacional de Béisbol está más ocupada en buscar pretextos que soluciones.
No hay justificación para recibir 36 carreras en un torneo internacional. Ninguna. Si alguien estaba limitado por recursos o preparación, debía denunciarlo antes de salir de Cuba. La participación no puede ser un cheque en blanco al ridículo.
No solo es un problema de recursos: es de oficio, de criterio, de estructura. La defensa, el picheo, la estrategia, todo falló. Lo que dejaron los matanceros en México fue una muestra de desorganización, improvisación y, sobre todo, de desinterés por mantener la imagen del béisbol cubano a buen recaudo.
Mientras otras ligas del Caribe profesionalizan cada detalle, Cuba sigue jugando a la deriva. Venezuela, República Dominicana, México y Puerto Rico avanzan con estructuras de menos equipos y más concentración de talento; nosotros seguimos inflando plantillas, extendiendo calendarios y dispersando recursos.
El resultado: un barco a la deriva, que encaja palizas históricas y pierde credibilidad internacional.
La afición cubana merece respeto. Cada derrota aplastante, cada récord negativo, no solo afecta a un equipo: erosiona la fe de un país que respira béisbol. No es una cuestión de nostalgia ni de romanticismo: es de supervivencia de un deporte que, durante décadas, fue orgullo nacional. Y cada 36 carreras recibidas, cada humillación internacional, es un recordatorio brutal de que actuar ya no es opcional.
Si Cuba quiere salvar su béisbol, debe ajustar, invertir, reorganizar, y sí, cuestionar: desde la Serie Nacional hasta la comisión que dirige, pasando por salarios y condiciones de entrenamiento. Lo que no puede ocurrir jamás es normalizar la humillación. Matanzas no perdió: fue arrasada, y la pelota cubana quedó expuesta como nunca.
La pelota nos advierte: sin cambios profundos, sin inversión y sin respeto por el oficio, los 36 zarpazos de los Diablos Rojos no serán un caso aislado. Serán la regla. Y eso ningún fanático puede aceptarlo.
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