Así funciona la red de apoyo a regímenes autoritarios, capítulo Cuba

20 de marzo de 2026 a las 09:30 a. m.

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Es la tarde noche del viernes 22 de septiembre de 2023 y el presidente cubano Miguel Díaz­-Canel se acerca a la sede de la Misión de Cuba en la ONU, en Nueva York. Lo espera allí, en la esquina de Lexington y calle 38, un grupo de manifestantes entusiastas. Al llegar, entre carteles y consignas, les agradece por la solidaridad, el apoyo y por estar —dijo—: «aquí con nosotros». 

La manifestación parecería, para quien no conoce a los protagonistas, una muestra espontánea de amor por Cuba y por su líder actual que reclama, como muestra activa de tal amor, el fin del «bloqueo» de Estados Unidos hacia Cuba. Para muchos jóvenes estadounidenses, la fidelidad por la idealización que denominan «Revolución cubana» va inextricablemente unida con la crítica de la agenda intervencionista de Estados Unidos. Lo anterior se evidencia en los discursos y en los carteles que portan los manifestantes: Take Cuba Off the List (refiriéndose a la Lista de Países Patrocinadores del Terrorismo), Let Cuba Live o Biden Hands Off Cuba

Tomada de Cubainformación.

La manifestación prorrégimen de La Habana contrastaba agudamente con la que, de forma paralela, sostenían cubanos del exilio para denunciar ―a propósito de la visita de Díaz­-Canel a Nueva York― las continuas violaciones de derechos humanos y la escalada represiva contra la disidencia política en Cuba. Mientras los aliados del Gobierno de la isla hablaban de «revolución», sus disidentes la llamaban, abiertamente, dictadura. 

Los protagonistas de la manifestación de apoyo a la «revolución» y en contra del «bloqueo» de Estados Unidos no son desconocidos ni representan en un sentido abstracto a la juventud o al «pueblo» estadounidense, como los presentara una publicación de Miguel Díaz-­Canel meses más tarde en la que dijo que «los gobernantes del imperio (...) deberían escuchar a su propio pueblo». Varios de ellos, incluido uno de los coordinadores, Manolo de los Santos, pertenecen a The People’s Forum, una organización que se describe a sí misma como «incubadora de movimientos» y actúa de la mano de figuras políticas del Gobierno de la isla como canal de propaganda que expande la desinformación cubana. Lo que ocupaba la calle en Nueva York ese 22 de septiembre era, más bien, una expresión de esa larga colaboración. 

Con un repertorio diverso, un grupo de organizaciones, medios de comunicación, coaliciones políticas y empresas radicadas en su mayoría en Estados Unidos, han protagonizado durante varios años acciones de apoyo al régimen cubano. Se organizan en forma de red, a través de alianzas que a menudo involucran a varios de los actores protagónicos del entramado y de la concertación de estrategias típicas de una operación de influencia. Unos se manifiestan, otros publican, otros hacen incidencia política, otros organizan viajes a la isla y regresan para contar testimonios del avance del socialismo en Cuba, visto a través de los ojos de la idealización y la complicidad. 

Antiimperialismo, internacionalismo y defensa de regímenes autoritarios

Los actores de lo que llamamos la Red de apoyo al autoritarismo pueden aparecer en Nueva York en una manifestación de apoyo al Gobierno cubano ―como ocurrió en septiembre de 2023― o, por ejemplo, defendiendo el fraudulento resultado electoral que presentó el régimen de Nicolás Maduro en Venezuela en julio de 2024. La ubicación multisituada responde, según declaran, a una vocación de internacionalismo proletario, el cual defienden como la única manera en que los pobres pueden organizarse para luchar contra el imperialismo. Esta pretendida preocupación por los oprimidos del mundo justifica, a su vez, una narrativa simplista, típica de la propaganda de la Guerra Fría, en la cual el imperialismo es identificado, de manera primordial y casi absoluta, con Estados Unidos, pasando por alto la existencia de otros imperialismos (como el ruso o el chino). Ello conduce a la defensa de todo proyecto político que se oponga a la hegemonía estadounidense ―aunque para lograrlo genere dictaduras insoportables—. 

Como consecuencia inevitable de esa lógica, lo que llaman «internacionalismo» o «solidaridad» termina por operar como argumento legitimador de la defensa de Gobiernos no democráticos en el mundo a la vez que deslegitima la lucha de las sociedades que intenten levantarse contra ellos. Incluso el accionar criminal puede ser justificado, siempre que se haga en nombre del antimperialismo, lo mismo si se trata de la invasión a Ucrania o del genocidio uigur. La vocación autoritaria confiere identidad común a los integrantes de la Red, se trate de The People’s Forum, el Instituto Tricontinental, Code Pink, Progressive International o cualquier otra de las organizaciones que hemos analizado.

Tal es el caso, por ejemplo, de Vijay Prashad, quien aparece tanto defendiendo el modelo chino de gobernanza durante la pandemia como atribuyendo la crisis social de Bolivia en 2019 a un golpe organizado en colaboración con el Departamento de Estado de EE. UU. o criminalizando las protestas de Hong Kong al presentarlas como mercenarismo al servicio de la Fundación Nacional para la Democracia (NED, por sus siglas en inglés). 

Los tropos de la multipolaridad, el Sur Global y las democracias no occidentales sirven a las potencias de una «nueva» geopolítica mundial, pero son funcionales también a países autoritarios más pequeños que eligen aliarse con ellas. Es en el espacio de esa estrategia en el que los actores de la Red se vuelven fundamentales al servicio de Gobiernos específicos, pero en un sentido más amplio, al servicio de una dinámica de alianza y colaboración entre regímenes autoritarios que buscan crear una legitimidad discursiva común para influir en la opinión pública. La colaboración es evidente en casos como la cooperación del Estado ruso con Bielorrusia para contener las manifestaciones ciudadanas contra el régimen de Lukashenko en 2020 o, más recientemente, en el apoyo del Gobierno cubano a la invasión rusa sobre Ucrania. 

La serie investigativa que hoy publica elTOQUE analiza, por tanto, un capítulo particular ―el cubano― de una Red transnacional de apoyo político-­intelectual-empresarial a las autocracias, expresión particular de la colaboración directa que los regímenes autoritarios mantienen entre ellos.

¿Por qué el pretendido amor a la Revolución cubana es en realidad apoyo al régimen? 

Para el caso cubano ―y dentro de la lógica de posicionamiento geopolítico―, las organizaciones integrantes de la Red se ubican en una tradición de apoyo a la denominada «Revolución cubana» que se remonta a la década de 1960 y que está marcada por la visita de brigadas de solidaridad, activistas e intelectuales que dan testimonio al mundo de «la verdad del socialismo cubano».

Las formas de apoyo anteriores han sido reeditadas en los últimos años por las organizaciones pertenecientes a la Red —The People’s Forum, International People’s Assembly (IPA) o Progressive International—. Su impacto podría ser subestimado si se considera que se trata solo de personas organizadas, de acuerdo con su legítimo derecho, para brindar apoyo a una causa en la que creen profundamente y a la que han decidido dedicar sus esfuerzos. O si se asumiera que actúan dentro de sus propias esferas de influencia, limitándose a utilizar a Cuba como el horizonte con el que contrastar sus luchas. Sin embargo, ese no es el caso. 

Primero, porque la Red tiene una tremenda capacidad de movilización para servir, en situaciones críticas, al fortalecimiento y expansión de la propaganda estatal cubana. Se trata de fuerzas que pueden organizar, en un tiempo corto, por ejemplo, un «convoy» para llevar ayuda humanitaria a Cuba por aire, mar y tierra como «Nuestra América» o un ambicioso plan de exportación de millones de vacunas cubanas, mientras ocultan la crisis sanitaria de la isla durante la pandemia.

En segundo lugar, porque tienen mucho potencial de influencia en temas de política bilateral Cuba­-Estados Unidos y hacen lobbying en el país norteamericano con base en información parcializada y descontextualizada en la cual la responsabilidad del Gobierno cubano en la crisis actual es completamente eludida. Dos de las organizaciones de la Red, Alliance for Cuba Engagement and Respect (Acere) y Belly of the Beast, se conformaron justamente para incidir en la política exterior de Estados Unidos hacia Cuba con la llegada de Joe Biden a la presidencia en 2020. La lucha contra el embargo en forma de campañas políticas, el cabildeo, la promoción de narrativas favorables al Gobierno cubano a través de medios «alternativos», la colocación de estas en medios corporativos y otras estrategias fungieron así, desde el primer momento, como los mecanismos a partir de los cuales era posible articular no solo la crítica de las sanciones de EE. UU., sino la defensa del régimen político cubano. 

En tercer lugar, porque los actores de la Red son llamados a actuar dentro de Cuba como inhibidores de la acción política del activismo y de la disidencia cubana, como hicieron el 15 de noviembre de 2021 al ocupar el espacio público junto al grupo progubernamental los Pañuelos Rojos entre el 12 y 14 de noviembre, colaborando así en una acción de contención a la manifestación cívica y pacífica de la ciudadanía. Mientras algunos de los más destacados integrantes de la Red se sentaban junto a Díaz­-Canel en las calles de La Habana y hablaban de la defensa del socialismo, los potenciales manifestantes eran retenidos en sus casas, impedidos de salir, mientras otros eran conducidos a la cárcel. 

Miguel Díaz-Canel con Los Pañuelos Rojos y Medea Benjamin en el fondo. Tomada de Facebook.

Ver la Red, por tanto, como mera articulación de esfuerzos de activistas extranjeros solidarios e ideológicamente afines o, incluso, como una manifestación de soft power del Gobierno cubano sería distraer la atención de la malicia con la que operan para siempre defender al régimen y desconocer los reclamos legítimos de la sociedad contra la que son sistemáticamente utilizados de manera directa o indirecta. 

En la serie, se analiza en detalle la Red siguiendo a sus actores protagónicos y observando las conexiones entre ellos. La presentación se divide en tres partes: actores y financiamiento, medios de comunicación y momentos movilizadores, y repertorio de acción, pero es importante comprender que lo que permite denominar Red a un conjunto de actores diferentes en sus formas de organización y áreas de impacto es la imagen que emerge del conjunto de esas tres partes. No resulta únicamente de una identidad política compartida ni del uso de un lenguaje que encubre el verdadero propósito de sus acciones, sino de la coordinación de múltiples actores para multiplicar el efecto de ese propósito, que no es otro que servir al Gobierno cubano en su intento de sostenerse en el poder.

Aunque recibir financiamiento para su labor no evidencia por sí solo la malicia de la Red, sí apunta hacia un elemento fundamental: la incoherencia de sus declaraciones al adherirse a la visión del régimen cubano según la cual la recepción y utilización de fondos para desarrollar proyectos de carácter o implicación política los vuelve ilegítimos y a sus protagonistas mercenarios sin principios ni voluntad ni deseos propios. Lo anterior pone en evidencia el doble rasero por el que se miden a sí mismos y miden a los supuestos enemigos de la «Revolución cubana», que son los suyos. 

La observación de los movimientos articulados de los integrantes de la Red desde los momentos iniciales hasta la actualidad permite dar cuenta de una transformación en la preeminencia de las estrategias. Si bien en un inicio estas se orientaron más a realizar campañas proactivas que apelaban al imaginario tradicional de la propaganda cubana ―brigadas médicas, salud y educación públicas, etcétera―, las protestas del 11 de julio de 2021 determinaron un movimiento hacia dinámicas más reactivas, marcadas por la movilización urgente, la presencia en medios internacionales y en el espacio público. Más tarde, las tácticas dieron paso a un repertorio protagonizado por las visitas de brigadas de solidaridad, la apelación al género testimonial y la concertación de esfuerzos en la organización de eventos en los cuales Cuba reivindica su posición de referente principal de la lucha política de los países del sur global. 

Por debajo de estas transformaciones, las motivaciones y objetivos del grupo de actores que conforman la Red de apoyo al autoritarismo revelan una agenda coherente y consistente: amplificar la retórica binaria que engarza la oposición al «bloqueo» con la defensa del régimen cubano e incidir sobre la política exterior estadounidense para sacar rédito —en colaboración con el Gobierno de la isla— de las acciones «solidarias» que llevan impulsando con mayor intensidad desde 2021.


Consulta la serie de investigación completa.  




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