Gaesa por dentro. Memorias de un exsoldado que vestía de civil

22 de septiembre de 2026 a las 06:30 a. m.

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Foto: EcuRed.

Foto: EcuRed.

La primera vez que entré a un hotel todo incluido no lo hice ni como cliente ni como trabajador, tenía 17 años y entré camuflado con mi primo que era salvavidas y me consiguió una identificación con un amigo suyo. «Es nuestro nuevo estudiante de salvavidas», dijo mi primo al guardia de la entrada quien, sin preguntar mucho más, nos dejó pasar. Aquella realidad nos quedaba tan lejos a los de mi generación que estar allí era, en realidad, poco menos que un sueño. Era 2003 y en Cayo Santa María apenas se habían construido dos hoteles, administrados ambos por la cadena española Sol Meliá Hotels, en la contraparte cubana estaba Gaviota S. A. En los alrededores, no obstante, se podía ver las incipientes obras de varios otros complejos turísticos.

De los cayos —hasta entonces—, yo solo había oído hablar y nada más. En la zona, se comentaba siempre sobre el paraíso natural de los cayos del norte de Villa Clara, pero pocos lo habían visto con sus propios ojos. La construcción del pedraplén Caibarién-Cayo Santa María había retumbado en los medios de prensa como una proeza nacional, pero a mí todo eso me sonaba muy, muy lejos, aunque geográficamente no lo estuviera.

Pasar aquella mañana por la puerta del hotel, aunque fuese solo el acceso para los trabajadores, fue para mí como entrar por un portal a un universo paralelo, una realidad que para las familias cubanas era, hasta esos años, tan intocable como los aeropuertos de vuelos internacionales. Al salir en la tarde, agradecí a mi primo y dejé de un lado el tema para que no se volviera una obsesión, sin sospechar que unos años más tarde aquel hotel se convertiría en mi primer centro de trabajo y marcaría el rumbo de mi vida para siempre.

En el verano de 2008, y por azar, comencé en ese hotel mi período de práctica profesional como estudiante de segundo año de Lenguas Extranjeras de la Universidad Central de Las Villas. Con tantas carencias que había vivido, no tardé en entender que era aquel el mejor camino entre los que podría escoger para el futuro. Entrar como estudiante y no como trabajador directo de Gaviota (empresa del conglomerado militar Gaesa que gestionaba la totalidad de los hoteles de los cayos) me dio ciertas libertades. Cuando un año más tarde me ofrecieron la oportunidad de laborar como animador a tiempo completo del hotel, a pesar de las contradicciones que generó el tema en mi familia y en mí, no lo pensé mucho y acepté. Dejaba atrás una carrera universitaria casi terminada y todo lo que eso llevaba consigo.

Trabajar en los hoteles del cayo era el único camino posible para tener algo propio. Hubiese podido terminar la carrera y luego intentar acceder a un puesto en el turismo, pero el camino hubiese sido mucho más largo. En ese tiempo, ser animador de turismo puramente internacional era una oportunidad bastante codiciada. Aunque lo normal era entrar al sistema mediante los cursos que organizaba Gaviota S. A., a mí se me apareció un atajo y logré acceder a través de la Agencia de Espectáculos Artísticos Turarte S. A., que junto al Centro Provincial de la Música eran las únicas empresas extrahoteleras autorizadas para contratar personal de recreación para los hoteles. Me había saltado varios pasos y, encima, no era un trabajador directo de Gaesa. No entendí lo que eso significaba hasta que no estuve en el hotel a tiempo completo. Unos meses me bastaron para comprender la maquinaria de poder que estaba detrás de la estructura turística más fuerte del país. Y más atrás, como un ente todo poderoso, estaba el Ejército.

En 2008, aún los cubanos comunes no tenían acceso a los cayos. Solo los privilegiados y los trabajadores podíamos pasar el punto de control resguardado por policías uniformados. Del punto de control y hasta el extremo noreste de los cayos, todo es un monopolio gestionado por Gaesa: la constructora militar encargada de edificar hoteles e instalaciones, TransGaviota —empresa que manejaba el transporte turístico—; Gaviota Tours —agencia de viajes turísticos—; Gaviota S. A. —gestiona los hoteles y los empleados de la parte cubana—; Cupet-Cimex —encargados del combustible y de las tiendas hoteleras—; y otras que no logro ahora recordar.

Justo al lado de la habitación donde prácticamente vivíamos los animadores durante la semana, se hallaba la oficina de la CIM (Contra Inteligencia Militar), cuerpo que se encargaba de vigilar no solo a cualquier turista sospechoso que visitara el hotel sino, y sobre todas las cosas, que los trabajadores no hiciesen algo fuera de la norma. Las relaciones entre trabajadores y turistas eran monitoreadas estrictamente desde los múltiples ojos de la CIM, únicos autorizados a mirar y andar a sus anchas por cada rincón de la instalación sin dar explicaciones.

En cada una de las empresas de Gaesa existía siempre una oficina de la Contrainteligencia Militar. Esa era la similitud más evidente entre los hoteles y las unidades militares de las Fuerzas Armadas; solo que acá, ¡faltara más!, no vestían uniformes castrenses, pero al igual que en las unidades de las FAR y el Minint los distinguían las características motos Suzuki y los típicos polos a rayas o camisas a cuadros.

Recuerdo, especialmente, el miedo constante a la CIM y a lo que pudieran opinar o decir de cada trabajador. Recuerdo el misterio con que se movían dentro de la pequeña habitación que nos quedaba al lado. Fuera de allí, eran o fingían ser simpáticos. Conversaban y sonreían a todos y todos les sonreían, pero con el temor siempre a los misteriosos informes que llevaban dentro de las carpetas que portaban consigo. En los años en los que viví dentro del hotel —hermosos, pero de mucho sacrificio—, recuerdo varios casos de expulsiones que, en dependencia de la gravedad, llegaron o no hasta la Fiscalía militar. Recuerdo la sucesión de directores generales del lado de Gaviota y de otros jefes de departamentos que debían responder ante la CIM y los controles y auditorías de Gaviota. Gaviota, por su parte, solo respondía a Gaesa y Gaesa a nadie.

Cayería norte de Villa Clara / Foto: tomada de System Travel.

Años más tarde, al cambiarme a la agencia de viajes Gaviota Tours como guía de turismo —y como pasé a ser trabajador oficial de Gaesa— aprendí que la CIM estudiaba a cada persona que intentara entrar a cualquiera de sus empresas. Hacían una investigación exhaustiva de cada individuo que incluía preguntar en cada barrio y en cada centro de trabajo o estudio anteriores, sobre todo, acerca de la actitud «revolucionaria» que las personas habían mantenido; en otras palabras: que no hubiesen estado nunca fuera de la caja. Así, podían aprobar o desaprobar a su antojo, como cualquier otro macabro órgano de censura reconocido en la historia de los Gobiernos totalitarios. De ello puedo dar fe, ya que la única vez que entré a aquella pequeña oficina de la CIM fue durante las investigaciones que me hicieron antes de volverme guía de Gaviota Tours. 

Una mañana, fui llamado por el oficial jefe de las instalaciones de Cayo Santa María —yo lo conocía de la convivencia diaria por varios años en el hotel—. El señor me dijo que, muy probablemente, no me aprobarían porque en las indagaciones salió que mi padre había estado en prisión por algún tiempo. Para poder tener opciones, tuve que explicar y justificar con mucho detalle que de mi padre yo solo llevaba el apellido, pues nunca viví con él y no tuve nada que ver con él más que mis genes. Que el papel de padre en mi familia lo había llevado mi abuelo materno, quien había sido muy apegado a los ideales de la «Revolución». Solo después de un extenso alegato, fue que pude —¡al fin!— entrar oficialmente al sistema. A mí me conocían por mis años de trabajo en el hotel, así que aquella mañana, cuando me llamaron a la oficina, me habían dado una oportunidad de explicar. No puedo imaginar cuantos casos fueron denegados sin tener derecho a esclarecimiento alguno.

En mis años como animador, recuerdo un episodio que ilustró más que ningún otro la arbitrariedad del cuerpo directivo de Gaesa a la hora de aprobar sus inversiones, al tiempo que explicaría hoy muchas de las decisiones mal tomadas en la planificación de las líneas económicas del Gobierno. Era 2009 y comenzaban a idear la construcción de los llamados «pueblos turísticos», unos complejos extrahoteleros en medio de los hoteles todo incluido.

El proyecto, desde el principio, estuvo destinado al fracaso y era evidente porque los servicios que se ofrecerían estaban ya dentro de los hoteles. Por aquellos días, el presidente de Gaviota S. A. llegó hasta Cayo Santa María para reunirse con los animadores y jefes de animación de los hoteles y «debatir sobre el tema». Obviamente, la opinión casi masiva fue que los mal llamados «pueblos» serían rentables si se construían cerca de las ciudades porque allí, en los hoteles, el turista encontraba todo cuanto necesitaba, que más cerca de los cubanos tendría sentido para que también los cubanos pudiesen acceder a ellos y que los turistas internacionales tuvieran el incentivo de estar más cerca de la verdadera Cuba

La respuesta del presidente de Gaviota fue contundente: «no queremos el dinero de los cubanos, el dinero que queremos es el de los turistas internacionales» y sin más debate ni votaciones ni consideración a los profesionales que trabajaríamos en hacer funcionar el nuevo proyecto, la decisión fue tomada. Para 2011, los «pueblos» estaban construidos y habían costado valiosos millones que hubiesen podido invertirse de modo razonable en proyectos más rentables o en el bienestar del pueblo. En esa época, los cubanos ya podían entrar a los hoteles, pero debido a la lejanía y el costo, solo unos pocos podían acceder. Aunque, desde 2010, ciertos privilegiados habían empezado a hospedarse en los hoteles. Entre tanto, la construcción de nuevos y muy costosas instalaciones no parecía tener fin en la cayería norte de Villa Clara.

Vista aérea de la mitad oriental de cayo Santa María / Foto: EcuRed.

Los años en el hotel transcurrieron mayormente con éxitos para mí, sobre todo desde el punto de vista económico. También, el contacto diario con hablantes nativos de inglés y francés fue tan valioso como la universidad misma. Sin embargo, sufría día a día las contradicciones de un sistema que no perdonaba y que distaba muchísimo de lo que el Gobierno promulgaba en materia de justicia social: una montaña enorme de comida se tiraba cada día a la basura delante de nuestros ojos, alimentos que incluso no habían sido usados, pero que por ley debían desecharse debido a la cercanía de la fecha de caducidad. Las diferencias salariales enormes que existían entre los asesores y directores extranjeros y sus homólogos cubanos eran, incluso, difícil de creer. El salario de un director general extranjero —por parte de Meliá Hoteles— podía llegar hasta 5 000 o 6000 USD mensuales, mientras que su homólogo, el director adjunto cubano, podía ganar poco más de 1 000 CUP (40 USD). Así sucedía en cada departamento.

El salario de los obreros en general era risible, incluso después de trabajar más de 15 horas diarias si contábamos el tiempo de viaje. Los salarios de los empleados cubanos del hotel rondaban entre los 10 y los 30 USD. Evidentemente, todos trabajábamos por el extra que se percibía, ya fueran los regalos o la propina de los clientes, en su mayoría canadienses. Un trabajador, en dependencia de su puesto en el hotel, podía percibir hasta 100 veces su salario en concepto de propinas. Eso podría parecer satisfactorio, pero no significaba garantía alguna porque si algo le pasaba a ese trabajador —enfermedad o accidente, por ejemplo— dejaba de ganar los extras y solo recibía lo que tocaba como salario que solo era suficiente para un par de kilos de carne y poco más.

Trabajar dentro del turismo, en especial dentro de Gaesa, «contradictoriamente», fue la muestra más grande del capitalismo crudo dentro del supuesto socialismo igualitario insular. Para no hablar de las diferencias que se creaban dentro de los hoteles y entre los trabajadores, a pesar de que mi experiencia no fue la peor —y que aún conservo de ese tiempo muy buenas amistades cubanas y de otros países—, los hoteles eran enormes fábricas de odio y envidia entre los empleados cubanos.

Durante los años que trabajé de guía, la situación no fue diferente. Las contradicciones se abrieron aún más delante mis ojos a medida que más conocía el país. Sin embargo, Gaviota pretendía que fuéramos muy cuidadosos al mostrar Cuba. Cada cierto tiempo, se hacían reuniones profilácticas para advertirnos cuáles eran las informaciones que debíamos transmitir a los visitantes. Un guion preescrito que, por supuesto, poco seguíamos. ¡Y cuidado con las bromas que pusieran en evidencia a «nuestro invencible sistema»!

Cayo Santa María / Foto: tomada de System Travel.

De hecho, podría citar varios ejemplos de castigos y expulsiones por no proceder de un modo políticamente correcto según dictaban las normas de Gaviota. Tal fue el caso de un colega y amigo que fue bochornosamente despedido por hacer bromas durante un transfer sobre los policías que cuidaban el peaje de entrada a los cayos y por no referirse de la «mejor manera al comandante Ernesto Guevara» mientras la hija del Che viajaba camuflada entre los turistas que venían a visitar los hoteles­. No hubo consulta ni análisis alguno, la decisión, como tantas otras, fue tomada de acuerdo con la «justicia» de Gaviota.

«No se olviden de que a pesar de no estar vestidos de uniforme militar, somos trabajadores civiles del ejército», fue una frase que se repitió incontables veces en mis años en el turismo dirigido por Gaesa. Las leyes dentro del sistema tomaban forma según el panorama político que se vivía en el país, aunque la esencia rígida no se perdió jamás. Hacia 2016, mi último año dentro del turismo en Cuba, muchas cosas habían cambiado en la isla; sin embargo, ciertas leyes seguían igual de estrictas dentro de Gaviota. Durante ese período, viví los años de la supuesta apertura económica gracias a las leyes aprobadas durante el mandato de Barack Obama; viví la apertura de miles de negocios por toda la isla, todos giraban en función del turismo y su explosión fue posible gracias a la entrada de millones de turistas norteamericanos. Para hacer la diferencia, durante ese tiempo, Gaviota nos pedía ser más cautelosos y mantenía reglas que nos distinguía entre muchas otras agencias turísticas que se abrían paso entre tanta locura.

Yo había conocido mientras trabajaba a mi esposa actual, extranjera, quien hacía de tourleader con una renombrada empresa de turismo polaca. Tuvimos que mantener en secreto durante varios meses nuestra relación; de haberse enterado mis superiores, me hubiesen separado automáticamente del sistema. En ese último año, alcancé a vivir uno de los sucesos más relevantes de la historia cubana en varias décadas: la muerte de Fidel Castro. El luto y la ley seca temporal, también abarcó al turismo por unos cuantos días.

Aún en 2020, varios años después de haber salido de Gaviota y del país, mi nombre sonaba en reuniones oficiales de los guías de Gaviota Tours Cayo Santa María. Supe por amigos que les advertían que no me siguieran en las redes sociales y mucho menos reaccionaran a mis publicaciones de Facebook tan solo por haber publicado un par de poemas críticos de la situación de Cuba. Por esa razón, se me acusaba de traición a los principios revolucionarios.  

Captura de pantalla / sitio oficial The One Gallery.

Después de la pandemia, la situación en la cayería norte —como en el resto del país— empeoró de manera considerable, pero la construcción de hoteles no se detuvo. En 2023, se promovió, como el último gran suceso, la apertura del The One Gallery: un hotel cinco estrellas lleno de obras de artes creadas por artistas contemporáneos de Cuba y otros países del caribe. Desde su inicio, el hotel estuvo muy vinculado al Santa María Music Fest, un proyecto cuya cabeza era Boris Arencibia, empresario y productor musical cubanoamericano relacionado con varios cantantes de reguetón de la isla y del Caribe. Al ser un proyecto proveniente de Estados Unidos, para desvincularse de su origen militar, Gaviota hizo uso de su habilidad camaleónica. Por un período de tiempo, borraron todo indicio gráfico que los relacionara con Gaesa: cambiaron los uniformes, las calcomanías de los autobuses y dejaron hasta de llamarse Gaviota ante los ojos de los visitantes. El show no duró mucho, pues el antes mencionado sujeto fue apresado por las autoridades norteamericanas acusado de varios cargos ligados al tráfico ilegal de medicamentos y lavado de dinero y el proyecto fracasó. Como en otras tantas ocasiones, no hubo la más mínima explicación al pueblo sobre lo ocurrido.

Hoy, The One Gallery, al igual que otros más de 20 hoteles en el polo turístico más importante del centro del país, permanece cerrado. Miles de millones de dólares en inversiones en total desuso, mientras el pueblo agoniza entre apagones y escasez de todo producto básico. Hoteles de lujo cerrados, mientras hospitales, escuelas y termoeléctricas se caen a pedazos, y la agricultura y los alimentos brillan por su ausencia. 

La última gran mención sobre los cayos de Villa Clara fue una noticia no menos sorprendente que vino de las palabras del viceministro de Relaciones Exteriores Carlos Fernández de Cossío: Cuba no desecha la idea del empresario emiratí Abdullah Bin Haidar de transformar el paraíso tropical que son los cayos en una Isla Trump. Para ello, no se negaría la posibilidad de inversión incluso de la familia del mandatario norteamericano. Para cualquiera, esa podría ser una noticia surrealista, pero no para los cubanos, adaptados a vivir por décadas en un constante y brutal surrealismo. Todo es posible para un Gobierno que se aferra con todo al poder y para una familia dispuesta a perpetuarse por los siglos de los siglos hasta las últimas consecuencias.


ELTOQUE ES UN ESPACIO DE CREACIÓN ABIERTO A DIFERENTES PUNTOS DE VISTA. ESTE MATERIAL RESPONDE A LA OPINIÓN DE SU AUTOR, LA CUAL NO NECESARIAMENTE REFLEJA LA POSTURA EDITORIAL DEL MEDIO.  
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