Siempre nos han pedido la muerte. El discurso guerrerista de la Revolución

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Canel ha tuiteado sin descanso desde el 3 de enero de 2026. También lo ha hecho el resto de la cúpula ministerial, apresurada por perpetuar la vocación de sacrificio y el martirio que cubre la isla como un manto apesadumbrado. Muerte. «Hasta la última gota de sangre». «Hundirnos en el mar». Eso es lo que les piden a los cubanos que durmieron la noche anterior en pleno apagón. 

Tras la extracción de Nicolás Maduro y el deceso de 32 cubanos que nadie sabía —aunque imaginaba— que prestaban servicio militar en Venezuela, Canel ha vuelto a asegurar que los cubanos estamos dispuestos a extinguirnos para defender a su Gobierno. Aunque yo no sé a quién le consultó.

La petición de inmolarse por la «patria» les fue heredada y forma parte de un kit de herramientas con las que el Estado revolucionario ha dominado y sometido a sus ciudadanos. Se trata de una de las prácticas más socorridas para dictar modelos de actuación y que está estrechamente vinculada con la normativa emocional sobre la que se asienta la gobernabilidad del régimen de La Habana.

La narrativa guerrerista post 1959 —instaurada e instruida, en primer lugar, por Fidel Castro— permitió sembrar en las personas la idea de la guerra que está a punto de llegar; los obligó a mantenerse en estado perpetuo de alerta y angustia. Siempre a la espera del combate. Ello, a la vez, promovía que la población sintiera desprecio, aversión y odio por ese enemigo que los forzaba a vivir bajo amenaza. Otro aspecto fundamental radica en que se supeditó la esperanza de un futuro socialista mejor a la ocurrencia o no de la guerra.

La posibilidad real de un ataque estadounidense fue aprovechada para el beneficio de un nacionalismo y una cohesión ciudadana que nació torcida. Así aseguraba Fidel el 22 de diciembre de 1961: «sépase que nosotros comprendemos perfectamente bien que el imperialismo no nos ha perdonado la vida, que el imperialismo no nos ha perdonado la Revolución, que el imperialismo no cesa —ni cesará— en su empeño de destruir la Revolución». 

Fidel Castro puso la vida misma en la balanza política.

Estar preparado para «la guerra de todo el pueblo» y «saber tirar y tirar bien», por supuesto, se convirtieron en máximas morales de actuación. En casi todos sus discursos, Fidel regresaba sobre esa idea. Veamos otros ejemplos:

  • Primero de enero de 1959: «Y durante muchos años los vamos a tener ahí amenazando a nuestro pueblo, manteniéndolo en constante estado de alerta, porque van a pagar y a fraguar conspiraciones contra nosotros».
  • 26 de julio de 1961: «¡Ah!, y siempre presente la idea de que esa esperanza que tenemos delante, esa luz que ya se vislumbra, nos la quieren cortar, ese porvenir nos lo quieren destruir».
  • 26 de julio de 1965: «es nuestro deber estar cada vez más preparados frente a esos riesgos. A medida que el movimiento revolucionario se desarrolle en la América Latina, el odio de los imperialistas se acrecentará contra nosotros».
  • 2 de enero de 1966: «… que el entusiasmo de la obra revolucionaria, el entusiasmo creador del pueblo, no nos haga olvidar jamás esa necesidad, para estar preparados, para estar fuertes, para hacerle pagar al enemigo bien cara cualquier osadía, cualquier agresión criminal contra nuestro país».

A la par, el enaltecimiento del sacrificio fue presentado como una virtud que debían poseer los cubanos. Era una virtud, pero también era un deber «sagrado». Así dijo Fidel el 26 de julio de 1963: «¿No es lo justo que se establezca como un deber el defender la patria, no de unos cuantos, sino de todos?». Cinco años más tarde repetía: «nada tiene de extraordinario ni nada tiene de más honroso para este país que hijos de este país sepan caer combatiendo, derramando hasta la última gota de su sangre por la liberación de los pueblos».

El ciudadano no era sino un soldado, y así debía comportarse. La lucha constante se instauró como meta colectiva primordial y para lograrlo no solo serían necesarios sacrificios, sino privaciones («un pueblo que tiene el valor de cualquier sacrificio en el combate debe también tener el valor de cualquier privación», 05-03-1960). 

Raúl y la herencia de la muerte

En los discursos del menor de los Castro, también se podía oler la sangre reclamada. Que 50 años después Raúl aún estuviera pidiendo sacrificio a los cubanos es, cuando menos, sospechoso. Estas solicitudes de resistencia se realizaban siempre mezcladas con el deber ser revolucionario, lo que les imprimía cierta dosis de chantaje y obligación.

Así decía el 16 de abril de 2011: «El Gobierno norteamericano no ha cambiado su política tradicional dirigida a desacreditar y derrocar a la Revolución, por el contrario, ha continuado el financiamiento de proyectos para promover directamente la subversión, provocar la desestabilización e interferir en nuestros asuntos internos».

La concepción de plaza sitiada también fue utilizada por Raúl para reforzar la idea de la amenaza constante, del enemigo que siempre acecha y está a punto de destruir la nación cubana.

Veamos otros ejemplos:

  • 16 de abril de 2011 deja claro que «en el escenario actual y previsible, conserva total vigencia la concepción estratégica de la «Guerra de Todo el Pueblo», la cual se enriquece y perfecciona de modo constante».
  • 23 de julio de 2012: «Estados Unidos no cesa en el afán de formar su quinta-columna en suelo patrio y en el empleo de novedosas tecnologías con fines subversivos».
  • El primero de enero de 2014 señala que Cuba ha resistido —hasta ese momento— «55 años de incesante lucha frente a los designios de 11 administraciones norteamericanas que (…) no han cejado en el propósito de cambiar el régimen económico y social fruto de la Revolución, apagar su ejemplo y reinstaurar el dominio imperial». 
  • 4 de abril de 2010: «Los jóvenes revolucionarios cubanos comprenden perfectamente que para preservar la Revolución y el Socialismo y continuar siendo dignos y libres tienen por delante muchos años más de lucha y sacrificios».
  • 16 de abril de 2011: «Ha pasado medio siglo de privaciones y sufrimientos para nuestro pueblo, que ha sabido resistir y defender su Revolución».

De donde viene la continuidad de Díaz-Canel

Canel repitió, cual lector sin sobresaltos, el guion de sus predecesores. Reiterar de manera constante el peligro que está por llegar lograba, otra vez, potenciar la idea de cohesión social en torno al mal, en torno a la defensa. La amenaza de la lucha era también una amenaza a la felicidad del pueblo cubano.

Veamos algunos ejemplos de sus discursos:

  • 20 de octubre de 2021: «Contra un proyecto socialista como el nuestro no se descartan las acciones violentas o bélicas, la invasión, la ocupación». 
  • 21 de diciembre de 2019: «Ante las amenazas del enemigo, actuaremos como nos ha convocado Raúl: cada uno desde su barrio, desde su comunidad, debe estar listo para salir al combate».
  • 20 de abril de 2021: «Gracias por darnos la oportunidad de servir a esta dignísima causa por la cual estaremos siempre dispuestos a dar la vida (…) Más fácil nos será dejar de respirar que dejar de ser fiel a su confianza».
  • 19 de abril de 2023: «Los que aquí estamos resistiendo y construyendo contamos con esos cubanos que no se avergüenzan de sus orígenes para ayudar a sostener la nación».

Los reglamentos y la petición de la sangre

La herramienta de promover la conversación en torno a la guerra que está por llegar como mecanismo de alerta, desprecio al enemigo y cierta cohesión social alrededor de la idea de peligro también la podemos encontrar en los estatutos y reglamentos de organizaciones de masas. Esto permite demostrar la solidez en la estrategia normativa del régimen político cubano que bajó en línea recta desde Fidel Castro. Hay pocas fisuras. Cada pieza parece encajar perfectamente en el espacio que ha dejado la anterior. 

El Reglamento escolar, por ejemplo, especifica que los estudiantes deben «amar y estar dispuestos a defender la Patria Socialista y los principios de nuestra Revolución». La UJC insta en sus estatutos a que los jóvenes participen «en las tareas de la Defensa de la Patria». El PCC se extiende más en la narrativa guerrerista. Entre los deberes que tienen los militantes está: «defender a la Revolución en todos los terrenos, en cada momento y en cualquier circunstancia»; también, «enfrentar con decisión y valentía las situaciones y manifestaciones que en el orden de las ideas o en la práctica puedan». El documento regula, además, que deben «mantenerse atentos, sensibles y combativos ante las tergiversaciones y rumores infundados respecto a la política de la Revolución». 

La idea continúa repitiéndose en diferentes momentos de los estatutos, pero siempre ahonda sobre igual máxima: Cuba ha hecho una Revolución que es despreciada por los enemigos y, por tanto, hay que estar preparados, combativos y dispuestos para librar la guerra que se avecina. Así continúa sobre el tema los estatutos del PCC: «Mantener una actitud ejemplar ante la defensa, cumpliendo cabalmente las tareas de la preparación, la vigilancia revolucionaria; ser fiel a la concepción de que un comunista combate en defensa de los sagrados intereses de la patria bajo cualquier circunstancia hasta la victoria, teniendo como principio que la rendición es inaceptable para un revolucionario».

En otro momento del documento se explicita aún más —por si acaso no se había entendido— que, en caso de agresión, el PCC «asumirá su responsabilidad junto al pueblo en la primera trinchera de combate y entregará todas sus energías, su talento y voluntad a la defensa del país, de la Revolución y del socialismo». Agrega que ese papel debe tener como objetivo «imponer al enemigo la voluntad del pueblo, obligarlos a desistir de la pretensión de restablecer el capitalismo en Cuba y el yugo colonial, y luchará hasta derrotarlo y expulsarlo del suelo sagrado de la patria». 

Nótese la relación implícita que establece el poder entre combatir al enemigo para evitar que el pasado —oprobioso y negativo— regrese. No hay opción, sino la Revolución, aparentemente no existe tampoco ninguna posibilidad diferente para la nación cubana. Quien vaya en contra de la única vía posible, estará yendo contra las normas y, por ende, desajustándose y disintiendo de las emociones y el comportamiento esperado. Esa persona se convertiría, de facto, en un enemigo al que habría que odiar, despreciar y combatir. 

Los estatutos de los CDR, por su parte, también alimentan la narrativa de la guerra y de la disposición combativa. Los integrantes de esta organización están obligados a «defender activamente la obra de la Revolución» y a «defender consecuentemente la democracia y la legalidad socialista y combatir enérgicamente al enemigo en todas sus manifestaciones». El uso de adverbios de modo no es casual, sino que refuerza la profundidad emotiva y factual con la cual desea el poder que se cumplan estos deberes. Los cederistas también deben movilizarse «en defensa de la patria y la Revolución en el ámbito de la comunidad» y «organizar al pueblo en cada barrio para la defensa de la Revolución y preservar las conquistas del socialismo».

La exaltación del sacrificio también aparece en estos documentos, aunque con una presencia más baja que en los discursos presidenciales. Otra vez se muestra el sacrificio como una meta, una posibilidad siempre presente; y era de buen revolucionario saber sacrificarse, sacrificar todo de sí en pos de la colectividad y de un poder no democrático. 

Los estatutos del PCC arrojan precisiones con respecto a esta herramienta al establecer que los militantes del Partido deben actuar «con abnegación, sacrificio, ética, valentía política y dedicación a la causa revolucionaria». Hay todo un trabajo con la lengua que es importantísimo. No hay descuido en la intención de comunicar lo que se desea e, incluso, inventar; parecería que la isla es 1984 y que el Gobierno ha ideado esa «neolengua» necesaria para dominar el pensamiento. Hay conceptos y significados no deseados de las palabras que van dejando de existir (en las mentes de los hablantes) y otros que se crean, como «valentía política».

Más adelante, vuelve a especificar que el PCC establece la política para la defensa del país y «educa a los ciudadanos en la convicción de hacer los sacrificios que sean necesarios en aras de la defensa de la patria, la Revolución y el socialismo». Para más especificaciones y sin ocultar el alto grado de coacción, también afirma que el Partido «lucha, controla y exige porque se cumpla el precepto de la guerra de todo el pueblo»; agrega que los revolucionarios, los patriotas cubanos y todos los hombres y mujeres dignos deben conocer en tiempos de paz cuál es su lugar y tener «un medio y una forma de participar en el rechazo y aniquilamiento del enemigo». El principio es que realicen «una lucha combinada, prolongada y total hasta alcanzar la victoria».

Es obligación de los pioneros morir por la patria

La constante proclama para estar alerta por la guerra que llegará a Cuba en cualquier momento también es una constante en los libros de texto de primaria, a pesar de que se trataba de libros de enseñanza para niños pequeños. Tan es así que en A leer, primer grado, aparece esta afirmación: «Cada cubano es un soldado»; pero no es la única. Otras alusiones guerreristas están presentes en los textos con los cuales los niños cubanos tienen que aprender a leer. En ese mismo libro de primer grado aparece este poema: «El miliciano tiene un fusil. / Él ama la paz. / En manos buenas, / un fusil es bueno». 

En El mundo en que vivimos, primer y segundo grado, la idea se repite: «Todos son nuestros compañeros y llevan las armas para proteger al pueblo y defenderlo de sus enemigos». En otro texto de segundo grado (Lectura) vuelven sobre la narrativa de la guerra, pero lo insertan en un cuento que por esa razón adquiere un matiz político elevado. Se trata de varios niños que juegan con unos soldaditos y de repente alguien se pregunta por qué llevan fusiles, a lo que le responden: «llevan armas para defender a su país» y finalmente el niño dice: «—¡Ah, igual que los soldados cubanos! ¡Están listos para defenderse de los enemigos!».

La narrativa va mutando no solo de libro en libro, sino también de géneros, en Lectura, tercer grado, aparece en forma de una carta que le envía Raúl Castro a una pionera. Y así comienza: «Con mucho placer recibí tu foto donde apareces vestida de miliciana»; luego termina: «la Revolución espera que te conviertas en eficiente trabajadora y aguerrida combatiente, para contribuir al desarrollo y a la defensa del país». El discurso, además, va acompañado de rituales colectivos y de actividades performativas de veneración a la Revolución, Fidel y sus líderes históricos. Esa bisagra (discurso-práctica) es la que posibilita e imprime eficiencia al control político, ideológico, comportamental, corporal y emocional. 

En Educación Cívica, quinto grado, cuando van a referirse a las características y actitudes que definen a una familia cubana destacada solo colocan estas —muy relacionadas todas con metas colectivas—: «dedicación al trabajo, a la defensa de la patria, a la educación de sus hijos y al cumplimiento de otras importantes tareas sociales». En el mismo libro, vuelven a citar unas palabras de Fidel Castro que regresan sobre la advertencia de la guerra: «Si nos viéramos en la necesidad de combatir de nuevo defendiendo la patria, si nos viéramos en la necesidad de usar otra vez las montañas y los bosques, entonces cuánto no valdrá haber aprendido primero a vivir en los bosques». 

En Educación Cívica, sexto grado, les dicen a los niños que: «[Cuba] enfrenta la amenaza de agresión armada y los desastres naturales, tecnológicos y sanitarios. Los cubanos estamos expuestos a diversos medios de agresión por la actuación de nuestros enemigos, por eso es necesario prepararnos bien para enfrentarlos y salir victoriosos».

El llamado a hacer sacrificios, incluido morir, también está focalizado en los libros de texto de la primera enseñanza. Perder la vida porque se es un buen revolucionario fue mostrado como digno y como una actitud a emular. En Lectura quinto grado, mientras cuentan sobre la Campaña de Alfabetización y los alfabetizadores que perdieron la vida dicen: «cayeron en el combate contra el analfabetismo y la incultura, cumpliendo con su deber revolucionario». Más adelante, en el mismo texto se especifica: «Cada compañero caído en la lucha frontal contra el enemigo en el cumplimiento del deber les ha hecho más revolucionarios». 

La idea de morir por amor a la Revolución —también presente en las alocuciones presidenciales y en las bases de organizaciones y reglamentos— se replica en variados libros. Así lo corrobora este fragmento de Educación Cívica, quinto grado, «Luis y Sergio se incorporaron desde muy jóvenes a la lucha revolucionaria, con tanto amor y dedicación que llegaron hasta ofrendar sus vidas». 

Unos versos de Lectura, cuarto grado, regresan sobre la idea y la dignifican: «Mas que todos aquí estén / unidos y en pie de guerra, / y por defender su tierra / la sangre y la vida den, / está bien». Se repite la narrativa en Lectura, quinto grado, también con un poema dedicado a la patria; así les indican a los pioneros: «(…) Siempre tu corazón palpite al verla, / y en su presencia tu valor despierte; / jura sin vacilar: “Venga la muerte / antes que sin honor pueda perderla”». En el libro de Historia, sexto grado, continúan indicándole a los pioneros el sentir y el camino que el Gobierno espera que ellos tomen: «si la alternativa fuera esa de volver a ser lo que ya fuimos, de dejar de ser lo que somos y queremos ser, los revolucionarios preferimos mil veces la muerte».

En Educación Cívica, quinto grado, regresan sobre la idea de las familias destacadas y esta vez recalcan que, además de la entrega a la lucha revolucionaria, esas familias sobresalieron porque para ellas «el primer deber fue siempre defender la patria y por lograrlo, ofrendaban hasta sus vidas». También aparece en los libros el pedido de sacrificio por un futuro próspero que siempre se alejaba; en Español, sexto grado, aprovechan una cita de Fidel Castro para validarlo: «Un hermoso porvenir los espera a todos; pero no hay porvenir justo y feliz para la humanidad sin lucha y sin sacrificio. Nuestra generación ha luchado y se ha sacrificado; también tendrá que hacer lo mismo la de ustedes que son nuestro relevo».

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