Grafitis en Cuba

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El arte no existe realmente, decía el profesor austríaco Ernest Gombrich. A su juicio solo hay artistas, quienes en tiempos remotos tomaban tierra coloreada para plasmar las formas de un bisonte en una cueva; y hoy compran sus colores y trazan carteles para las estaciones del metro.

Gombrich enfatizaba que no hay ningún mal en llamar arte a todas esas actividades, mientras tengamos en cuenta que tal palabra puede significar muchas cosas distintas. Yo que no soy especialista en estos temas, tomo prestadas las reflexiones del estudioso para abordar un asunto que, poco a poco, se ha ido acrecentando en el paisaje de la capital cubana: los grafitis.

Cuando camino por algunas calles de La Habana como Infanta, San Lázaro o Belascoaín, voy observando los trazos que cubren postes, muros y fachadas; me pregunto entonces si estoy frente a una auténtica expresión de arte o no. Y debo confesar que muchas veces la interrogante se lleva una respuesta afirmativa. Entonces coincido absolutamente con las tesis de Gombrich sobre lo variopintas que pueden resultar las producciones artísticas.

Veo los grafitis habaneros y no dejo de pensar en el encargo de este modo de expresión, ligado casi por antonomasia a un lenguaje a contracorriente y enigmático, que frecuentemente se ve limitado a la noción de lo callejero. Y es que no todos los grafitis son realizados por personas que, para matar el tedio, toman un pomo de spray y salen a pintoretear calles, movidos por el simple deseo de experimentar aquello que consideran como un estado de transgresión.

Para exteriorizar esa emoción de rebeldía urbana, bastaría lanzar un par de zapatos al tendido eléctrico, tendencia que se inició en Estados Unidos y que se ha extendido a disímiles países, pero el grafiti es otra cosa.

Muchos de estos dibujos son realizados por gente con gran talento y destreza en el campo de la plástica. En un ejercicio de alucinación muy individual, imagino a cualquiera de los jóvenes grafiteros, desconocidos para mí, como los autores de lienzos extraordinarios con un notable nivel de éxito. Quizás haya algunos que combinen ambas experiencias: la de crear en los soportes tradicionales y la de teñir una pared grisácea con líneas multicolores salidas del aerosol o de una lata de pintura.

En cualquier caso el artista es uno solo y no se divide entre el sujeto encumbrado de escuela, y el “underground” segregado. No obstante, debemos ser conscientes de un hecho real: no todo lo que se muestra en los espacios públicos resulta artístico, lleve implícita o no la esencia de lo urbano. Y cuando pienso en este segundo bando de grafitis mis reflejos se remiten, sobre todo, a los que ultrajan sitios de valor histórico y patrimonial.

Los letreros que ensombrecen un monumento como el erigido a José Miguel Gómez en la Avenida de los Presidentes del Vedado habanero, no forman parte de elucubraciones estéticas y sí de sucesos vandálicos.

Los garabatos fluorescentes yuxtapuestos a una de las esculturas del Parque Villalón, también en el corazón de la ciudad, no solo afean una imagen blanquecina, sino que alejan ese sentido placentero emanado del examen de una obra.

Una pareja que se ame, no tiene que acudir a las columnas de una joya arquitectónica para mostrar al mundo sus sentimientos, por muy avasalladores que ellos sean.

Tal vez esta manifestación no sea privativa de Cuba y se produzca en muchas partes del mundo. Pero es preocupante que en La Habana pulule con más fuerza en las zonas menos indicadas. Si bien algunos grafitis –especialmente los de corte político- son borrados con una brocha gorda que les pasa por encima, otros son completamente ignorados aún cuando menoscaban lugares de valor para la nación.

Yo apuesto porque nuestra Isla siga siendo un laboratorio de avanzada en la experimentación artística. En esa dirección entrarían con gran impulso los grafitis por todo lo que representan. Las manchas que deterioran, por supuesto, quedarían fuera.

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