Picúa, piraña, tiburón, alimaña. Los sustantivos del régimen

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La anécdota ya es historia. Escuchar a Canel decir esta secuencia: «picúa, piraña, tiburón, alimaña» es, cuando menos, la prueba de que nuestros políticos sí que saben ofender, sí que se enfrentan de tú a tú en una batalla verbal abrumadoramente tonta, hasta para un niño de primaria.

La descalificación del contrario es parte del discurso político más pueril, pero también del más usado por nuestros aguerridos dirigentes. Fidel se cansó de llenarse la boca de gusanos y mosquitos y parásitos y larvas. Parecía que entre más asqueroso fuera el animal, más notoriedad ganaba la minimización del otro. 

Si Fidel me hubiese mirado a los ojos —y a mis compañeros de trabajo— no hubiese visto más que un ojo de gusano, un cuerpo de gusano; y hubiera creído que nos arrastrábamos sobre la putrefacción que, a veces, es la vida misma. 

El gusano, en particular, encarna en sí buena parte del asco que producen ciertos animales —se arrastra, es baboso, pequeño, vive y se alimenta de la carroña—; y hace posible la ilusión de que el «enemigo» es una cosilla de nada a la que se puede extinguir muy fácil, con un spray o un manotazo —diría Alpidio—. No es casual, entonces, la elección. 

Si algo tuvo claro la Revolución cubana desde el inicio fue que había que clasificar a los ciudadanos. En realidad, no nos engañemos, era para saber a quién vigilar y castigar —diría Focault— y a quién premiar. Instituyó, por tanto, dos tipos de figuras: las ideales y los contraideales. Estos últimos son los que encarnan lo peor de la especie humana y se han llevado por los siglos de los siglos los más feos insultos y adjetivos.

Centrémonos en las figuras contraideales. Hagamos un recorrido por algunos discursos públicos para comprobar y mostrar cómo la anécdota de la picúa... no es un caso aislado, sino parte de la normatividad político-emocional en la isla. 

Yo me leí 21 discursos de Fidel para hacer mi tesis de doctorado; una muestra, sí, no me pidan más. Fue bien perturbador leer todo aquello. Pero algunas ganancias saqué. Como esta: Castro instituyó, al menos, 18 contra ideales (que aparecieron 156 veces en esos 21 discursos); entre los que están, por supuesto, los socorridos gusanos y también: bombín, burgués, chivato, contrarrevolucionario, lacra, parásito, traidor, vendepatria...

Cada vez que Fidel mencionaba alguna de estas figuras, las caracterizaba, las definía, las adjetivaba y ejemplificaba con algún hecho o acción que hacían notar por qué eran figuras deplorables. Aprovechaba, además, para sugerir cómo debían ser tratados y cómo debía sentirse el pueblo con respecto a la presencia y el accionar de estas personas. 

Las figuras negativas fueron señaladas en el espacio público como culpables, fueron minimizadas, amenazadas. Se justificó la represión hacia ellas. Ser identificado como figura contraideal se convirtió, de antemano, en contranormativo. 

La narrativa de Castro identifica a estas figuras, además, como repugnantes, provoca dolor estar ante ellas. Las cosifica a través de animales que generan repulsión (un parásito, una larva, un gusano, un mosquito). Dice que engendran pesimismo, odio hacia los cubanos y que no están dispuestos a trabajar —son vagos— ni a defender la patria. Dice que le quieren quitar la felicidad a los cubanos. Permite que se les ataque, que se les califique de apátridas. 

Leamos tres ejemplos para no saturarnos. «Todos los parásitos se van huyendo de aquí, sí, este es un régimen asfixiante para los parásitos, y entonces los parásitos se van a vivir allí donde pueden respirar la atmósfera de los privilegios y el aire de la explotación». En ese discurso, va más allá con la exacerbación del término parásito e introduce otros sustantivos. «¿A dónde van los mosquitos? ¡Adonde hay pantano! ¿A dónde van las larvas y los gusanos? ¡Adonde hay pudrición!» (26 de julio de 1961). El lugar en el que hay pudrición es, por supuesto, Estados Unidos.

Al gusano, decía Fifo, «se conoce hasta por el tipo, el vestido, la cara que pone, los ojos que pone; el odio que destila» (26 de julio de 1962). Y ahí está una de las claves de esta contraposición de figuras: la permisibilidad y el mandato para odiar a quien te odia —y eso que ellos son los de amar el amor—, para reprenderlo, para aplastarlo, para reprimirlo.

Canel creció, como el resto de los cubanos, en este caldo de cultivo y penetró en él de una manera espantosamente fiel. No es la primera vez que utiliza estos términos despreciables para construir al enemigo como la encarnación del mal universal. Ya había llamado «perros» a los opositores. Somos malos por naturaleza, quienes nos oponemos, digo. Así decía el 29 de octubre de 2021: «la jauría anticubana, calculando próximo nuestro fin, se nos tiró al cuello con demandas de intervención humanitaria y hasta de invasión militar». 

***

El establecimiento de figuras contraideales ponderó en Cuba una polarización entre dos grupos que son antagónicos a los ojos del Gobierno y que pueden nombrarse de varias formas: fieles / infieles; revolucionarios / contrarrevolucionarios; buenos / malos; cubanos / no-cubanos; amigos / enemigos. Sin embargo, cada uno de ellos remite a la clásica oposición nosotros/ellos. 

En consecuencia, se reguló y se permitió una serie de emociones con un componente fuerte en el otro extremo de la bondad, el amor y la confianza en la Revolución: hacia la imposición y hacia el desprecio y el castigo. Esto les garantizaba ejercer su política coercitiva e inducir a la ciudadanía cubana a comportarse de determinada manera porque sentían de determinada forma.

El Estado compelió a los cubanos a sentir y comportarse con respecto a los «enemigos» del régimen dentro de un espectro emocional negativo que fomentó hacia esas personas el odio, el resentimiento, la ira, la venganza, el asco, la indignación. Unificar y movilizar la ira beneficia a cualquier régimen y a su estabilidad, mientras que una ira canalizada incorrectamente podría conducir a la hostilidad contra quienes detentan el poder. 

Estas normas no han estado exentas de violencia explícita. Crearon una imagen negativa para que a la ciudadanía le quedara claro que no podían emular a los contraideales; sino que —por el contrario— debían despreciarlas: eran personas a las cuales se podía ultrajar y castigar. 

El discurso estatal de odio e ira hacia el enemigo —externo e interno— no se quedó en la bravuconería ni en las palabras, sino que ha sido profundamente performativo. Ello ha hecho posible disímiles violaciones de derechos humanos en la isla. Alentados por esa permisibilidad para reprimir al contrario, se tiraron decenas de huevos en las fachadas de las casas de opositores y de personas que deseaban marcharse del país; se expulsaron a estudiantes de las universidades; turbas humanas empujaron y violentaron al periodista Reinaldo Escobar por la calle G, en La Habana; se ha encarcelado a periodistas, activistas y a disidentes a quienes han torturado física y psicológicamente; y se han perpetrado actos de repudio

Cuando Díaz-Canel se para en la Tribuna Antimperialista y le dice «alimaña» al «imperio», no lo hace solo para que crean que él es valiente o una especie de David frente a Goliat. Lo hace como parte de una estrategia longeva del régimen para minimizar y deshumanizar al contrario (y para alentar el odio y la reprimenda hacia este); lo cual, claramente, no tiene relación directa con la verdad. 

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