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Si la gestión pública es la principal responsable de la crisis que genera la inflación que enfrenta el país, la solución ideal sería que desde la gestión pública se adoptaran medidas. Foto: Yandry Fernández.

Todos contra la inflación

14 / junio / 2022

La pérdida del poder adquisitivo de los ingresos de los ciudadanos, proceso al que llamamos inflación, es el síntoma más perceptible de la crisis que enfrenta la economía cubana. Por tanto, la inflación es una consecuencia de la crisis, ya sea coyuntural, estructural, sistémica o crónica.

La crisis económica de un país no tiene origen en la micropolítica que sigue, con sus escasos ingresos, una familia o la mitad de las familias de un país. Las crisis se generan por afectaciones a los ciclos económicos y las cadenas de producción, distribución, cambio, consumo que existen a lo interno de estos. Es decir, tienen más que ver con la relación entre los costos de producción e inversiones no recuperadas, y su impacto y relación con el consumo.

En el caso cubano no es diferente: estamos viviendo una crisis que se puede explicar en cierta medida por la deformación estructural de la economía, resultado de políticas públicas que no solo arrastran errores cometidos desde 1959, sino que ha agregado otros de impacto nada despreciables en los últimos 15 años. Luego, como el Gobierno —a nombre del Estado— ha sido el principal actor económico durante décadas, además del alto grado de centralización en la toma de decisiones económicas, el peso de la gestión pública es de mayor impacto que en cualquier otra nación.

Además, toda decisión económica tiene un costo. Así, por ejemplo, destinar sumas significativas a la construcción de hoteles, a la vez que limita las competencias de las empresas estatales, tiene un alto precio: dejar de invertir o de modernizar para hacer más productivo el trabajo de obtención de alimentos. Esto trae como resultado que el sector agropecuario cubano esté más o menos como se lo encontró el Che, necesitado de mecanización, más otra larga lista de problemas asociados.

Entonces, si la gestión pública es la principal responsable de la crisis que genera la inflación que enfrenta el país, la solución ideal sería que desde la gestión pública se adoptaran medidas. ¿Cuáles? Existe una gran lista de propuestas, que van desde las ofrecidas por economistas con décadas de experiencia, hasta las de este servidor. Hay propuestas de sobra. Todo queda en manos de la voluntad política.

Alternativas convencionales para enfrentar la inflación como ciudadano

Existe evidencia para suponer que el Gobierno va a continuar sin tomar o demorando las medidas propuestas por el gremio de economistas o la ciudadanía. Entre otras cosas, porque su gestión incluye hacer lo posible por no tomar dichas medidas, por retrasarlas, por no ceder poder. ¿Alguien piensa que el Gobierno se enteró de lo que era una pyme diez años después de aprobar su existencia bajo la figura del cuentapropista? No, simplemente esperó hasta el último momento. El momento oportuno para la ley de pymes era 2011. Diez años es mucho tiempo en política económica para aplicar una ley complementaria.

De hecho, en materia de concepción de política económica, el Gobierno no ha hecho casi nada que no se haya hecho antes en el mundo durante décadas (dígase la apertura a las pymes, repensar la inversión extranjera, una zona franca). Hay experiencias previas a las que solo se necesita la voluntad para acceder, así que tampoco habría que innovar tanto para darle salida a la crisis.

Por tanto, aunque el alto nivel de centralización condicione que la ciudadanía espere soluciones desde arriba, no debería ser así.

En cambio, cada individuo tiene la opción de apostar por diferentes variantes. En otro texto, resumí las alternativas más comunes para la ciudadanía de un país de cara a la inflación:

  1. Dado que la economía cubana se caracteriza por escasez o desabastecimiento, es casi imposible, de manera general, que exista una sustitución a la mayoría de los bienes, como es el pan (escaso y caro) o el picadillo, el pollo, las viandas, los vegetales y demás alimentos.
  2. Los bajos ingresos por concepto de salario caracterizan la economía cubana (salario mínimo por debajo de las necesidades básicas). El consumo del cubano, con dieta alta en carbohidratos, no se caracteriza por ser la más saludable, e incluye escasos lujos o ninguno. Hay poco o nada que recortar.
  3. En los empleos estatales, ante la ausencia de sindicatos que representen a los trabajadores, el papel formal de los que existen (casi como un patronato), además del Partido Comunista y la Seguridad del Estado, sumado a las restricciones que tienen las propias empresas estatales, no hace posible una movilización obrera para exigir salarios mejores. En las empresas privadas, dada la alta competitividad y el hecho de que la mayoría no son de alta tecnología o valor agregado, muchos de los trabajadores son prescindibles. Tampoco allí reclamar es una opción viable.
  4. En un país tropical, con intenso calor y cuantiosos hogares en situación de hacinamiento, reducir el consumo de electricidad es un propósito alcanzable, pero representa muy poco ahorro. En cuanto al uso de Internet, este supone un gasto que muchos cubanos no realizan directamente, sino a través de recargas recibidas desde el exterior. Quienes costean su conexión a Internet lo hacen por la necesidad de trabajar o de distracción. El agua y el gas no representan consumos significativos. El gas no se emplea ni remotamente en las mismas cantidades que en países fríos, y no en todo el país hay instalados metrocontadores de consumo de agua.
  5. Los préstamos con intereses están fuera de la cultura económica cubana. Mecanismos comunes en el mundo como comprar bienes de consumo a plazos, que constituyen fuente clave del endeudamiento de los hogares por concepto de consumo y no de inversión, aún no están extendidos en Cuba. No hay deudas que reducir por intereses, porque no es una realidad de la isla.
  6. Es imposible, con el salario mínimo de 2 100 pesos cubanos, incluso el de 6 000, acumular bienes. Se trata de una opción no precisamente para los sectores de más bajos ingresos. De facto, la mayoría de los cubanos tiene bajos ingresos (teniendo en cuenta el costo de la vida y los salarios, y asumiendo la falta de información oficial asociada con la desigualdad salarial).
  7. Buscar fuentes alternativas de ingreso es casi una habilidad nacional. Luego de la caída del campo socialista, la mayoría de los salarios en Cuba, al menos en el sector estatal, han sido, en la práctica, estipendios. En no pocos casos los salarios ocupan lugares secundarios en la estructura de consumo, detrás de las remesas y del invento. Pero no hay más fuentes de ingresos para un ciudadano promedio. Se trata de una vía agotada.
  8. La escasez de viviendas en Cuba condiciona la convivencia de varias generaciones, incluso, de familias amplias, al crear una base para la combinación de ingresos de los miembros de la familia. La lógica que está detrás es que un miembro pague la renta, electricidad, etcétera, mientras el ingreso de otro se emplea en alimentos y demás servicios. En cambio, como la mayor parte de los ingresos personales en Cuba se destinan a alimentos, la combinación de ingresos no permite aliviar cargas (el gasto es proporcional a la cantidad de personas). Incluso, la variante termina por hacer que los ingresos de un miembro de la familia cubran los gastos de los demás.
  9. La mayor parte del fondo habitacional cubano, al menos el mejor valorado (y valorizable), fue construido antes de la década del sesenta. De ahí que exista, con el paso del tiempo y los altos costos de la vida, un mercado inmobiliario muy poco dinámico. En el caso del arte, puede ser un mercado atractivo. Sin embargo, se trata de una opción solo asequible para personas de ingresos altos.
  10. Siempre queda inventar, comprar para revender, la usura y otras formas deshonestas o que no generan valor social alguno.

El ALCANCE DE LAS ALTERNATIVAS CONVENCIONALES E INDIVIDUALES

La imposibilidad para la mayoría de los cubanos de optar por las alternativas antes expuestas no invalida que lo hagan todos aquellos que puedan cambiar su dieta por sustitutos, recortar gastos sin grandes afectaciones, negociar un mejor sueldo, ajustar su consumo de electricidad u otros servicios, obtener préstamos que le permitan emprender exitosamente, acumular bienes, acceder a mejores fuentes de ingresos, combinar ingresos con personas de mejor poder adquisitivo, beneficiarse en el mercado inmobiliario. Es una oportunidad que no se puede dejar ir desde la individualidad.

Pero la realidad suele ser testaruda. Hoy, comerse un plato de comida criolla (congrí, un pedazo de lomo de cerdo, ensalada y alguna vianda frita) es un lujo para muchos cubanos. Los sustentos de familia lo saben. Lo es en un restaurante, donde no es nada nuevo que el precio de un plato como ese se acerque a los 1 000 pesos cubanos (e incluso lo supere) o cuando se compra para su elaboración en la casa y en familia. Es decir, tener ingresos suficientes para escapar, en alguna medida, de la inflación se parece cada vez más al consumo que debería ser normal para las personas. Transitamos hacia un país en el que el consumo normal es un lujo. 

Por tanto, en un contexto de escasez y consiguiente inflación, las alternativas individuales y asociadas a mejores ingresos personales, cuando se aplican con éxito, son, en alguna medida, una victoria pírrica (dejo fuera el goce perverso de saber que yo puedo pero otros, no).

ALTERNATIVAS INDIVIDUALES PARA TODOS

Imaginemos que una parte significativa de la ciudadanía pueda optar por alguna de las alternativas mencionadas. Como se puede notar, las opciones convencionales ante la inflación consisten todas en el aumento de los ingresos personales, ya sea de forma absoluta o relativa (reducción de altos gastos de consumo por ser innecesarios). Estamos, sin dudas, ante la práctica más cercana al sentido común, pero a la vez ante un error teórico, si de ciencia económica se trata.

La inflación es el crecimiento relativamente rápido del nivel de los precios en determinado período de tiempo. El nivel de los precios, a grandes rasgos, depende de la relación entre la cantidad de dinero destinado (o potencialmente destinado) para el consumo de bienes y servicios en una economía, y la cantidad de bienes y servicios disponibles en esta.

Actualmente en Cuba, muchos son los que buscan por alguna vía aumentar los ingresos personales, ya sea en los sectores privados o desde las empresas estatales, luchando la repartición de utilidades. Pero si una mayoría logra un aumento de sus ingresos destinados al consumo, el resultado será un aumento de dinero circulante. Por tanto, el paquete de alternativas, si se tiene en cuenta que desde ciertos enfoques la inflación es exceso de dinero circulante, solo potenciará la causa de la inflación. Asimismo, dichas alternativas solo son efectivas cuando las puede realizar un número no muy elevado de ciudadanos, por lo que su efectividad constituye un catalizador de la desigualdad.

Sin embargo, contra todo dogma, la naturaleza de la inflación suele tener un componente en la economía real, dígase en la relación de la producción y la capacidad de consumo. Ante un aumento general del nivel de ingresos y precios, lejos de aumentar el poder adquisitivo de las personas, se mantiene la misma estructura desigual de ingresos, en dependencia de las proporciones salariales previas.

Es decir, si Juan gana X veces más que Pedro, de ocurrir una subida general de precios e ingresos de N veces, Juan seguirá ganando X veces más. Si los que menos ganan aumentan sus ingresos en la medida en que los que más ganan y que los de ingresos medios, se mantiene la misma estructura desigual de apropiación de la riqueza. Incluso, pueden cambiarse quiénes serán los grupos específicos que ocupen la zona de altos, medios y bajos ingresos, que igualmente quedará una relación desigual, en la que unos ganarán más que otros. Y siempre, los de menos ingresos quedarán fuera del consumo, o en menor medida. En resumen, no importa cuánto dinero se inyecte a la circulación: si hay pocos bienes de consumo, una parte siempre se quedará sin consumir.

ALTERNATIVAS DE TODOS PARA EL INDIVIDUO

En realidad, lo expuesto anteriormente no son alternativas. Una alternativa a algo implica crear (otras) dinámicas, al menos no subordinadas a aquello a lo que se intenta ser alternativo. Por lo que las opciones tradicionales, más que alternativas, solo reafirman la selva social. Una alternativa real es apostar por un movimiento económico que contrarreste el efecto de la escasez en la sociedad; en definitiva, es ese el principal motor de la inflación. La solución solo puede ser colectiva, comunitaria, social.

Por su parte, la sociedad civil tiene entre los fundamentos de su existencia el hacer. El no ser «dirigidos» ni «masas» ni «sociedad civil autorizada» implica la toma de soluciones. Así, cuando no se tiene para cambiar la raíz de un problema (las políticas públicas), lo que queda es generar alternativas.

Para ello, a pesar de todas las restricciones legales (actividades no permitidas, actividades económicas complementarias no permitidas, burocracia), presupuestarias, de insumos, de la política recaudacionista que caracteriza la gestión gubernamental, así como otros factores negativos; la aparición de la figura de las pymes, los proyectos de desarrollo local dejan una brecha para que la sociedad civil cree el tejido económico que contrarreste, de fondo, el efecto de la escasez y, por tanto, de la inflación o los altos precios.

Se trata de un proceso lento, por el que los países que tradicionalmente entendemos como desarrollados pasaron.

El naciente, atado, comprometido políticamente y deformado sector privado solo puede, de manera que sea en beneficio de todos, enfrentar la pérdida de poder adquisitivo del dinero si asume la colosal tarea de dinamizar la producción de alimentos, a la par de, en alguna medida, financiar una industria nacional y producción agropecuaria destrozadas, atrasadas y atrapadas.

En pocas palabras, se trata de que el sector privado dé pasos hacia una especie de «revolución industrial clásica tardía», precedida o acompañada por una revolución agrícola. Transformaciones que, históricamente, los pocos países que lo han logrado lo han hecho mediante una fuerte política estatal en acompañamiento. Aunque la sociedad civil no puede articularse para lograr esa magnitud, menos en el corto plazo, bien puede lograr experiencias de alcance local.

CONCLUSIONES

Desde el Gobierno se pueden tomar medidas para aumentar el poder adquisitivo del dinero, pero muchas de las políticas públicas están orientadas en otra dirección.

Existe un número de alternativas tradicionales para enfrentar la inflación, pero muy pocas se ajustan al escenario cubano. Aun así, siempre pueden ser útiles a un número determinado de personas.

Todas las alternativas individuales residen en el aumento de ingresos personales. Si todos aumentamos los ingresos personales, puede que unos salgan más beneficiados que otros, pero seguimos en el mismo lugar.

El problema de fondo es la escasez y la solución solo puede ser colectiva. Para ello, la sociedad civil puede, casi de manera espontánea, generar niveles de producción que empiecen por incidir en los alimentos.

Lo anterior no quiere decir que todos aquellos que conforman el sector privado tienen que asumir una responsabilidad que es del Gobierno. Más bien, bajo la actual dinámica, el sector privado es, quizá, la única opción que va quedando a la ciudadanía. 

Por otro lado, cargar eficientemente ese peso no depende de la labor de una pyme en particular, sino de una sinergia espontánea que logre propagarse. Tampoco implica el aumento de las horas laborales para lograr mayor producción, sino que puede estar asociado al crecimiento de negocios, la implementación de herramientas que aumenten la productividad (nuevas técnicas de administración, tecnologías más productivas, capacitación de la fuerza de trabajo, aumento de las inversiones). De ahí que ese desempeño en el que puede estar la esperanza de salvar a los ciudadanos de los altos precios pasa por el crecimiento del número de las personas vinculadas al sector privado.

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Miguel Alejandro Hayes Martínez
Aprediz de filósofo y economista político. Editor de La Trinchera y podcaster.
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