Jorge Fernández Era: otro ensayo sobre la risa de Sísifo

Jorge Fernández Era: otro ensayo sobre la risa de Sísifo

3 / agosto / 2023

El 26 de octubre de 1987 Jorge Fernández Era le insinúo a Fidel Castro que estaba loco. El Comandante en Jefe recién esculpía una de sus últimas «bromas» de la Cuba soviética: construir en La Habana 100 círculos infantiles en solo un mes. 

A nadie le dio risa la orden. En cambio, Jorge sacó una simple cuenta e intentó explicarla: «¿Cien círculos infantiles en el plazo de un mes, cuando en más de 30 años de Revolución no se hizo uno solo?». 

«Me fueron con todo por transitividad». Dice recostado a la puerta de su casa mientras enciende un cigarro. Detrás, La Habana, cercada por azoteas y derrumbes. «Si yo digo que la idea es una locura, y la idea es de Fidel Castro, entonces el Comité Central [del Partido Comunista de Cuba], que es donde se hizo aquella reunión de catorce horas, asume que dije que él estaba loco». 

De Mameyal a Fidel, de Santos Suárez a Jesucristo 

De dos hermanos, es el menor. En 1961 sus padres, maestros voluntarios, se fueron a dar clases a Mameyal, un pueblito en las lomas de Puriales del Caujerí, en San Antonio del Sur, Guantánamo, donde aún no hay electricidad.

Era recuerda el espíritu fuerte de sus padres, empecinados en educar en esa zona remota. 

«Los vecinos de Mameyal los ayudaron a construir una escuelita para dar clases y una pandilla que merodeaba la zona la quemó. En el incendio una niña de 16 años falleció para salvar a mi hermano, pero mis padres siguieron allí y la reconstruyeron. Incluso mamá, durante la Crisis de los Misiles y embarazada de mi hermano, hizo posta, fusil al hombro, frente a la Base Naval de Estados Unidos».

La familia luego regresó al barrio de Santos Suárez. Dentro de las paredes del pequeño y humilde apartamento, el totalitarismo caribeño era vitoreado. Sus padres, militantes del Partido, no se perdían los discursos de Fidel.

«Cumplían a rajatabla las órdenes de mando. Tanto fue así que, una vez, mi abuela tenía un cuadro de Jesús en la puerta del baño y llegó un instructor del Partido y lo vio. “En la casa de un revolucionario no puede haber este tipo de cosas”, le dijo a mis padres. Ellos cogieron miedo y le pidieron a la abuela que lo quitara. La respuesta de mamá cuando le pregunté por el cuadro la comprendí mucho después: “Tú no vas a entenderlo ahora”».

Hasta los 9 años fue un niño enfermizo, al que le encantaba mataperrear con otros en el solar de las Margaritas, donde nació Celia Cruz, unas cuadras más allá de su casa.

Los chamas de las Margaritas, ciudadela de las más calientes de Cuba, están presos, muertos, exiliados o los largaron de allí hace muchos años. Los compañeros de juego de unas cuadras más allá se parecían mucho al niño que fue Alejandro Gil, actual ministro de Economía. «Somos contemporáneos. Siempre fue malísimo en todos los juegos. Nos veía desde las gradas o lo pedían de último. Hicimos amistad. Me parece una buena persona a pesar de su trabajo».

Era quiso ser equilibrista de niño. Estaba fascinado por el circo y le hacía perretas al padre, siempre renuente. Todavía, a los 61 años, puede sostener sobre su nariz una escoba, en perfecto equilibrio. 

El expediente laboral del hombre nuevo

En Cuba, ser un intelectual fichado por la Seguridad del Estado dejó de ser algo casual hace décadas. Sin embargo, ser un intelectual connotado, «tipo Era», supone tener un prontuario laboral más afín a un hombre sincero y consecuente que al «novus homo» panfletario del Che Guevara. «En estos días tengo que ir al Centro Juan Marinello a recoger mi expediente laboral».

Dice haber olvidado algunos de los sitios en los que trabajó porque la lista es larga. «Fui profesor de matemática en el pre militar República de Panamá. Soy bueno con las matemáticas y ese año me lo contaron como Servicio Militar. Di clases a los soldados que regresaban de Angola y se acogían a la Orden 18 para los exámenes de ingreso a la universidad; muchos estaban traumados, venían locos de la guerra. Tuvimos que darles también atención psicológica. Pensé quedarme, pero me fui por líos burocráticos. Hasta militante de la UJC me hice en ese entonces. El carné me lo entregó Raúl Castro».

Antes de seguir, duda un instante y recuerda que, antes de ser maestro, trabajó dos días en una fundición: «Había unas condiciones infrahumanas, imagínate este calor multiplicado por cien. Aquello parecía el Medioevo».

En casi cuarenta años Jorge Fernández Era ha trabajado en disímiles lugares: Dirección Provincial de Cultura de La Habana; Centro de Información del Ministerio de Cultura; Fundación del Nuevo Cine Latinoamericano; Escuela Internacional de Cine y Televisión, en San Antonio de los Baños; oficinas de Política de Cuadros y Divulgación del Gobierno Provincial de la antigua Habana campo; Biblioteca Nacional; Fragua Martiana; Instituto Cubano de la Música; fue jefe de Recursos Laborales del municipio La Lisa, en La Habana; Centro Promotor del Humor; editor en las editoriales Boloña y José Martí; director del portal José Martí; y director en funciones del Centro de Estudios Martianos. 

De muchas de estas instituciones lo expulsaron o renunció. Dice que la causa es simple: jamás se dejó ningunear o manipular. Por eso perdió viajes al exterior, le hicieron un juicio público, lo acusaron de contrarrevolucionario. 

En la edición de sus libros se enfrentó a hombres de nomenclatura sacrosanta ( Armando Hart Dávalos y el venezolano Walter Martínez). La rúbrica de Era no podía estar en una publicación con errores históricos o de escritura. «Con Eusebio Leal hice lo mismo, pero su reacción fue muy distinta. Le expliqué un error matemático y me lo agradeció».

Las manos de Era están hechas para construir, así lo cuenta Laide, su pareja: «Lo mismo hace un librero, que diseña un logotipo, que pinta, que me arma un costurero». Sus manos le han dado cuanto ha conseguido en la vida.

Durante unos cinco años, entre 1993 y 1998, el editor, humorista, productor, profesor, periodista, actor e intelectual Jorge Fernández Era declaró su vida literaria en pausa y se dedicó a confeccionar sobres de carta, pegatinas y postales. Le fue tan bien que pronto la demanda superó la oferta. «Hubo semanas en que hice hasta veinte mil pesos, un alivio para mí y la familia. Posiblemente, hoy tuviera una mipyme de artesanía, pero regresé a escribir, lo que realmente me gustaba», dice.

Un barranco llamado prosperidad

El totalitarismo cubano puede pasarle la mano a una oveja descarriada. Incluso, obsequiarle regalías para que vuelva al rebaño y que si quiere despotrique con la boca cosida. Lo que no permitirá es que esa oveja le diga a las otras que a pocos metros de allí hay un barranco llamado «prosperidad».

Fernández Era es de los intelectuales que nunca ha subestimado el dolor de muelas cuando se ríe del «pienso, luego existo». Así lo hace sentado en su laptop y con sus libreticas en las que apunta todo tipo de cosas: ecuaciones, dibujos, fechas, paradojas, los oxímoron que luego cuelga en sus libros —ha publicado cuatro hasta la fecha— y en su muro de Facebook. Asimismo, lo hizo en su columna dominical de sátira política en la revista La Joven Cuba desde el 3 de febrero de 2021, espacio que terminó por disgustar a la dirección del medio por muy subida de tono, por no ajustarse a la línea editorial. 

«En los últimos dos meses me he desconectado de la prensa oficialista, de la televisión, porque mis últimos post de humor son de cosas pasadas. Después que me fui de La Joven Cuba me he dedicado a eso». Dice mientras entra en la cocina para buscar un buche de café frío.

Cuando escribía para la revista era obsesivo, no se perdía el noticiero. «Utilizaba un celular viejo, sujetado con un soguita, que solo sirve para grabar audio. Ponía el televisor y grababa los programas informativos».

Asegura que leía la prensa oficial diariamente y de ahí nacían las ideas para sus columnas: «Gracias a eso sobrevivió la sección dos años. A eso, y a mi hermana Alina Bárbara, que estuvo casi un año insistiéndome para formar parte del equipo porque yo no era muy activo en las redes. No tenía disciplina para escribir con el rigor que llevó la columna». 

El plano secuencia del hombre nuevo

Era atravesó el Instituto Vocacional de Ciencias Exactas Vladímir Ilich Lenin y dos carreras universitarias —Explotación del Transporte Marítimo y Arquitectura— que terminó abandonando, para graduarse finalmente de Periodismo a finales de los ochenta.

«En la Lenin estuve de séptimo a doce grado. Había un ambiente muy bohemio. No pensaba ni escribir, me dio por la música. Rompí dos guitarras y un saxofón». Lo único que lamento de aquellos años son los actos de repudio espantosos y las golpizas en la escuela. Ahí participamos todos. El que me diga que no gritó ahí...». 

El espacio de la recreación en la Lenin se convirtió en plaza del escarnio público cuando el éxodo del Mariel. 

«¡La Unidad 1, acto de repudio! y pallá íbamos todos. Creíamos divertirnos gritándole a la gente, viendo cómo los profesores y ciertos personajillos le caían a trompones y patadas a padres y a alumnos».

Recuerda que no hubo piedad con una estudiante que fue la primera secretaria de la Unión de Jóvenes Comunistas en la escuela. 

La violencia de la escena Era la describe así: 

«Los padres de la estudiante llegaron a la escuela sobre las 11:00 p. m. Dejaron el auto en el parqueo, querían evitar todo tipo de situaciones que se habían dado. Entraron en la dirección y los profesores de guardia mandaron a dar la orden de combate en los albergues. Con una horda de muchachos a la expectativa del primer grito de reafirmación revolucionaria, un profesor le metió un pescozón al padre y ahí le fueron arriba los otros. Yo estaba muy cerca del padre, un tipo flaco, medio atlético, de espejuelos, como yo. Inmediatamente alguien logró desapartarlos y los padres salieron huyendo, sacaron el auto hacia la carretera y a los estudiantes les ordenaron salir y bloquearle la salida al automóvil. La hija tampoco se salvó. Estudiantes y profesores le estuvieron dando golpes hasta que llegó junto a sus padres. Le ripiaron el uniforme y con los mismos ripios se tapaba los senos». 

«El entonces secretario de la Federación de Estudiantes de la Enseñanza Media ( FEEM) se paró en una cerca y empezó a gritar que no podían permitir que la estudiante se fuera hasta que no confesara ser una contrarrevolucionaria, una gusana. Ella tuvo que pararse allí para que la viéramos con los trapos que le colgaban y decir, rajada en llanto, traumatizada que sí, que todo eso».

Un ensayo sobre la risa de Sísifo

Era continuó la escalada romántica de Sísifo. Cargaba en sus espaldas la última piedra para la construcción del socialismo. Cuando creyó llegar a la cima, la montaña se abrió bajo sus pies; intentó agarrar la roca, pero se la tumbaron y cayó. Aún sigue cayendo. 

En su etapa como universitario descubrió el gusto por la escritura: «Yo quería ser periodista, aunque en Arquitectura me iba requetebién y otra vez fui de cabeza contra el muro». 

«El ambiente por esos años en la facultad de 23 y G estaba revuelto. La perestroika y la glasnost nos reventaban la cabeza. Muchos estudiantes se sentían inconformes con lo que pasaba en Cuba. Eso se reflejó en la facultad y más allá». 

Héctor Zumbado fue uno de los mecenas literarios de Era. Por él conoció los textos de Vargas Llosa, Kundera y Umberto Eco. Esos textos fueron el disparo de arrancada para que con los años, y desde el humor, Jorge Fernández Era reconfigurara, desenterrara y aplazara la muerte cerebral de un país en el que una broma puede condenar la existencia de un hombre a la resignación, la cárcel o el exilio.

Era fue parte de la masa joven más crítica de los futuros periodistas cubanos. Su destino no fue como el de Randy Alonso, Froilán Arencibia, Rosa Miriam Elizalde o Alexis Triana, compañeros de carrera devenidos voceros del régimen que lo castiga con arrestos, una reclusión domiciliaria, una regulación migratoria y el acoso a su hijo, que está preso.

Eduardo se encuentra actualmente en un campamento para reclusos. «Él cometió un delito y como tal, cumplirá su sanción. Que nadie piense que lo voy a abandonar», comenta Era.

«Domina su oficio de barbero, es joven y está consciente de su responsabilidad. A mí no me han dicho por las claras que me vaya de Cuba, pero sí, seguro ellos lo tienen como una opción. De ejemplos vamos sobrados. He estado cinco veces fuera de Cuba, siempre en México, y si algún día tengo que irme por decisión propia o por la fuerza, no será sin mi hijo», asegura.

El «hombre nuevo» que pretendieron de Era también fue captado por el Partido Comunista de Cuba para engrosar las filas de un grupo que captaba estados de opinión popular: «Uno apuntaba los comentarios que escuchaba sobre la Revolución y sus dirigentes en el barrio, en la guagua, en el trabajo y lo entregaba a un superior. Me expulsaron del grupo porque se dieron cuenta de que todas las opiniones que les daba pertenecían a una sola persona: yo». 

Ni Juez ni Parte 

En aquellos años se siguió dando mucho palo. A Era, activo militante de la Juventud Comunista de Cuba, le pusieron un uniforme y lo hicieron miembro del Batallón UJC-Minint.

Con frecuencia le movilizaban para cuidar los recorridos de delegaciones extranjeras que llegaban a Cuba. En una de esas ocasiones estuvo 15 horas dentro de una alcantarilla en una calle por la que debía pasar Fidel. También vigiló la casa de un opositor, pero asegura que nunca se «prestó» para golpear a nadie.

Uno de sus momentos más duros en el Batallón involucró a Nos y Otros, grupo humorístico de carácter incendiario del que Era llegó a ser un integrante muy activo. 

«Al Batallón», más de 200 personas, «lo movilizaron para el estreno de Alicia en el pueblo Maravillas. Yo sabía dónde y cuándo serían las funciones. Hicieron una reunión para decirnos que se estrenaría una película contrarrevolucionaria en el cine. Me comenzó a palpitar rápido el corazón y pensé si sería y fue. El jefe se explayó con que Alicia... iba contra el socialismo y que la función de nosotros sería meternos en todas las tandas, en los asientos que nos pusieran y al que viéramos riéndose, palo con él, y al que viéramos aplaudiendo, palo o sacado para fuera».

Era levantó su mano y dijo: «No puedo ser juez y parte. Pertenezco al grupo Nos y Otros que hizo el guion de la película, además, actúo en ella y les digo más, vi la primera copia de la película y no me parece nada contrarrevolucionaria».

Su posición es peligrosa, le dijeron. Difícil, le dijeron, tan grave que tuvo que escribir una carta al ministro del Interior explicando su situación. «Eso fue lo último que hice en el Batallón y aún espero la respuesta de mi carta. El día del estreno fui al cine y vi a los muchachos del Batallón dando alguna que otra pasada de mano».

Hay que reír para ver

Jorge Fernández Era, reafirmado como hombre de izquierda, aún cree que el diálogo nacional es una vía correcta para que los cubanos comiencen a trabajar para tener, un día, un Estado de derecho. 

Por eso y por su apoyo incondicional a Alina Bárbara Hernández (otra intelectual cubana perseguida) salió a manifestarse pacíficamente el 18 de junio de 2023, con un papel en blanco adherido al pulóver. Ese día lo arrestaron y lo metieron en un calabozo en la unidad policial de Zulueta.

Era desafía al totalitarismo con juegos de palabras, metáforas heréticas y un perreo irónico, de barrio esculpido en sus mismos discursos y meteduras de patas constantes y sonantes. Continúa escribiendo humor desde su casa, en un portátil con más de veinte años en las teclas. 

No necesita una lluvia de ideas, en Cuba falta el agua y sobran las desgracias. Las que ha padecido y padece desde que prefirió no ser hipócrita. Su vida entera. Casi el mismo tiempo del poder cubano.

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