Manuel Marrero, primer ministro cubano, asegura que en la isla solo hay 883 000 personas en situación de mayor vulnerabilidad. El independiente Observatorio Cubano de Derechos Humanos, sin embargo, contabiliza que el 94 % de la población de la isla vive en extrema pobreza. Para las personas vulnerables, el Gobierno ofrecerá cinco libras de arroz, una de azúcar y una de granos extras cada mes hasta enero de 2027. Eso, claro está, no alcanza ni para empezar a cubrir la brecha alimentaria en la Cuba de hoy.
Desde la sociedad civil —que no es la responsable de ocupar el lugar del Estado y que también está inmersa en la escasez—, han surgido nuevas redes solidarias que intentan ayudar a solventar la crisis y la demanda de alimentación; las que ya existían han tenido que ampliar su labor.
El personal voluntario que conversó con elTOQUE describe cambios entre quienes solicitan apoyo: además de personas mayores que viven solas y personas sin hogar, recientemente acuden cubanas y cubanos cuyos ingresos laborales no alcanzan para cubrir necesidades básicas.
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Los registros del estatal Sistema de Atención a la Familia (SAF) muestran cambios importantes en la demanda de asistencia en los últimos años. En 2024, elTOQUE documentó que casi la mitad de las personas inscritas se había dado de baja desde el inicio de la Tarea Ordenamiento porque aumentó el precio de las comidas que dejaron de ser subsidiadas para la mayoría de los beneficiarios.
A mediados de 2025, Grettel Portales Pérez, directora general de Servicios del Ministerio del Comercio Interior, informó que el SAF atendía a 67 000 personas y que el número de beneficiarios había crecido un 8 % con respecto a 2024. Atribuyó ese incremento, entre otros factores, al envejecimiento de la población y a las limitaciones económicas y financieras. En junio de 2026, Cubadebate situó la cifra en más de 76 000 personas. Solo en La Habana, el sistema atendía entonces a 16 092 beneficiarios y mantenía una tendencia al alza.
En febrero de 2026, el Gobierno volvió a modificar las reglas del programa. Creó los Hogares de Alimentación Comunitaria como alternativa para zonas rurales, aisladas o con cobertura insuficiente del SAF, y en agosto autorizó que mipymes, trabajadores por cuenta propia e instituciones sin fines de lucro se incorporaran como prestadores del servicio.
El aumento de la atención a personas necesitadas también se observa fuera de la red estatal. En mayo de 2026, Enrique Alemán, presidente de la fundación religiosa Quisicuaba, dijo en una entrevista con EFE que entre 15 y 20 personas nuevas solicitaban cada día incorporarse al comedor social de Los Sitios, en Centro Habana. Según Alemán, el servicio atendía a 700 personas diarias en 2018 y 2019. En 2026, la cifra superaba las 12 500.
En otro comedor ubicado dentro de una iglesia franciscana de La Habana, Iván y Robertiko colaboran en la preparación y entrega de alimentos a personas en situación de vulnerabilidad. El servicio se ofrece tres veces por semana y depende del trabajo voluntario y de recursos gestionados fuera de la institución religiosa, que facilita el espacio y parte del personal. En septiembre de 2026, NBC News documentó el funcionamiento de la iniciativa y señaló que, para algunos de sus beneficiarios, esa podía ser la única comida del día.
Robertiko lleva más de una década vinculado al trabajo comunitario y asegura que recientemente ha visto cómo ha cambiado el perfil de quienes acuden en busca de ayuda. En un principio, el comedor estaba dirigido fundamentalmente a personas sin hogar y adultos mayores sin familiares que pudieran ayudarlos. Ahora, se acercan personas más jóvenes, algunas en edad laboral.
«El equipo suele calcular las compras y la elaboración para alrededor de 42 personas, con un margen que les permite llegar hasta unas 50 si aparecen otras que necesitan comer», dijo a elTOQUE. Ese margen, explica, tiene un límite. Si aumenta el número de comensales y la cantidad de alimentos se mantiene, las raciones se reducen. «Más personas están comiendo, pero comiendo menos», afirma.
Para Robertiko, el objetivo es garantizar una comida suficiente los martes, miércoles y jueves a quienes dependen del proyecto. Cree que algunos beneficiarios quizá solo puedan alimentarse así durante esos tres días. Incorporar a más personas requiere, por tanto, contar con los recursos necesarios para sostener el servicio.
Iván se incorporó recientemente al mismo proyecto. Es médico y antes había apoyado otras iniciativas con ayuda económica, pero esta es la primera vez que colabora de manera activa. Desde su trabajo hospitalario también percibe un aumento de personas en situación de precariedad.
«En los hospitales siempre ha habido personas sin amparo filial, sin recursos o sin hogar», explica. Desde que se agravó la crisis migratoria, a principios de esta década, calcula que el número de personas sin hogar que pernoctan en los alrededores del centro donde trabaja «se ha duplicado o triplicado». Recuerda, en particular, haber visto a una madre acompañada de su hijo pequeño buscar comida en la basura. «Para mí, eso era impensable hace cinco años», asegura. Dice haber encontrado también a otras personas, incluidos niños, que dependen de lo que recuperan entre los desechos para alimentarse.
Según Iván, los colaboradores con más tiempo en el comedor cuentan que comenzaron a recibir a personas que poseen vivienda e, incluso, realizan algún trabajo, sobre todo informal, pero cuyos ingresos no les alcanzan para alimentarse de manera adecuada.
Para ambos colaboradores, la emigración ha sido otro de los factores que ha influido en la transformación de las redes que sostienen este tipo de ayuda. Robertiko recuerda proyectos comunitarios que desaparecieron y activistas que abandonaron el país, lo que obligó a reorganizar algunas iniciativas con personas que tenían menos experiencia.
Iván observa, a su vez, que cubanas y cubanos residentes en el exterior envían alimentos y productos de aseo para que sus contactos en la isla los distribuyan entre quienes los necesitan. «Quizá no sean proyectos con nombre o personalidad jurídica, sino grupos de personas que se juntaron para brindar ayuda ante la crisis a quien más la necesite», explica Iván.
Más personas ofrecen ayuda, pero no es suficiente
La Compañía de Jesús describió en mayo de 2026 una proliferación de comedores para personas mayores en iglesias cubanas. En varias parroquias vinculadas a la Red de Centros Loyola se ofrecen al menos dos desayunos semanales y, en algunas localidades, las donaciones y el trabajo de los feligreses han permitido añadir un almuerzo. La alimentación forma parte de un programa de acompañamiento que incluye actividades recreativas, atención sanitaria básica y espacios para conversar.
En febrero de 2026, jóvenes de la Iglesia Metodista San Juan en Santiago de Cuba distribuyeron alimentos a personas en situación de vulnerabilidad. Además, la congregación opera un comedor dominical que ofrece desayuno y almuerzo. Ese mes, miembros de la Iglesia Metodista de Felton, en Holguín, llevaron alimentos a un hogar de personas mayores.
El trabajo voluntario también sostiene el comedor ubicado en la antigua casa del padre José Luis, en Camagüey, cuyo funcionamiento Cáritas documentó en junio. Cada martes, un pequeño grupo de voluntarios cocina al carbón para 20 personas en situación de calle. Entre quienes colaboran está Juana, de casi 80 años. Uno de los beneficiarios explicó a la organización qué ocurre durante los días en los que no recibe esa ayuda: «Los domingos son los más difíciles, el día que más hambre paso».
Otras congregaciones llevan la ayuda fuera de sus templos. Voluntarios de una iglesia metodista de Trinidad, Sancti Spíritus, también salieron ese mes a repartir comida caliente a personas en situación de vulnerabilidad. La congregación divulgó fotografías de la jornada, realizada bajo la lluvia. La Iglesia Episcopal San Lucas, en Ciego de Ávila, también ha realizado varias entregas a lo largo del año. En abril, distribuyó 46 comidas en dos jornadas destinadas a personas mayores y otros vecinos que necesitaban apoyo. El 10 de junio llevó alimentos preparados a más de 40 personas en el asentamiento del antiguo Motel Las Cañas, entre ellas niños y niñas, adolescentes y embarazadas.
El Ministerio Viento Recio, en Las Tunas, ha organizado desayunos y almuerzos dirigidos a personas en situación de vulnerabilidad. Su responsable, Mario Jorge «Mayim» Travieso, declaró en 2026 que preparaban alimentos para cientos de beneficiarios cada semana.
Estas iniciativas también enfrentan restricciones. La iglesia dirigida por el pastor Juan Carlos Dobal Rodríguez en Minas, Camagüey, mantiene «Un desayuno con Jesús», una iniciativa destinada a personas mayores, enfermos y otros vecinos que necesitan apoyo. En septiembre, las comidas continuaban ofreciéndose los martes en el templo. El proyecto había realizado entregas a domicilio, pero Dobal denunció que las autoridades le impidieron continuar con esa modalidad. A partir de entonces, las personas mayores y enfermas debían trasladarse a la iglesia para recibir alimentos. Los responsables de Viento Recio, en Las Tunas, también han denunciado restricciones para realizar entregas fuera de su templo.
La ayuda también proviene de iniciativas ciudadanas. A comienzos de febrero, Yamilka Lafita, conocida en redes sociales como Lara Crofs, y Daniela Peral prepararon en La Habana 35 comidas calientes para repartirlas entre personas en situación de vulnerabilidad. Lafita mostró en Facebook parte del proceso y las dificultades para cocinar durante una jornada en la que faltaron agua, gas y electricidad.
«Los almuerzos de Tito», en Matanzas, reúne aportes de artistas, emprendedores y otras personas solidarias para preparar comida destinada a personas en situación de vulnerabilidad, personas con discapacidad, pacientes hospitalizados y sus acompañantes. Sus organizadores aseguraron a elTOQUE que la dirección del Hospital Faustino Pérez les ha permitido realizar parte de esas entregas y destacaron la colaboración de la Casa de Abuelos de Matanzas.
Otras iniciativas operan sin comedor ni calendario fijo. Tocando Corazones, de Pinar del Río, por ejemplo, canaliza aportes privados a personas y familias con necesidades concretas. En una de sus publicaciones agradeció a la empresa LR General House Service LLC una donación que permitió entregar alimentos.
La necesidad de garantizar la alimentación suele ser el punto de partida, pero varias de estas redes terminan atendiendo otras carencias: productos de aseo, medicamentos, ropa, acompañamiento o ayuda para personas hospitalizadas. Esa ampliación muestra hasta qué punto la asistencia cotidiana descansa en iglesias, activistas, emigrados, pequeños negocios y grupos informales que reúnen recursos y los hacen llegar a quienes los necesitan. En Pinar del Río, Annie Mariem Romero, directora del Hospital Pediátrico Pepe Portilla, agradeció el 17 de junio de 2026 la visita de un grupo de donantes que prefirió mantenerse en el anonimato. La ayuda llegó al servicio de Oncohematología e incluyó alimentos, productos de aseo, crayolas y otros artículos para los niños ingresados. La publicación destacó el tiempo compartido con los pacientes durante la entrega.
Algunas iniciativas necesitan mostrar su trabajo para encontrar donantes y sostener las entregas. Otras se sostienen mediante redes personales y evitan la exposición pública, ya sea para preservar la privacidad de quienes reciben la ayuda o porque sus colaboradores prefieren no buscar reconocimiento por esa labor. Los casos documentados durante 2026, en medio de la crisis, muestran que esas situaciones de vulnerabilidad persisten. Comedores, iglesias y grupos ciudadanos continúan atendiendo a personas en situación de calle, adultos mayores, enfermos y familias que necesitan alimentos u otros productos esenciales. Esas iniciativas siguen expandiéndose para llenar los vacíos de la respuesta estatal.













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