Radio Progreso lo anuncia a manera de obituario: este primero de julio dejará de salir al aire Alegrías de sobremesa, uno de sus programas clásicos, su cabeza de lanza junto a Nocturno.

Crecí con el locutor Eduardo Rosillo diciendo “¡AQUÍ RADIO PROGRESO PRESENTANDOOOO…” como se crece creyendo que un grupo musical son sus cantantes, o una película sus actores… Con el tiempo supe que había una pieza mayor, de cuya presencia dependía casi todo lo que esperábamos del programa.

Alegrías… lo aguantó casi todo: la muerte o retiro de Rosillo, que pudo vivir eso de ser una leyenda en Cuba, Idalberto Delgado (Paco), de Marta Jiménez Oropeza (Rita), o del gran Antonio “Ñico” Hernández (Sarría). Lo soportó todo hasta que le faltó Luberta, sin su abrazo el oxígeno atmosférico los calcinó.

Hay obras cuyos autores disolvieron cualquier cisma. Tolstoi, Balzac o Chejov no son exactamente de Rusia o Francia; como mínimo parecen de una época que no concluye, habitan ese parnaso a prueba del tiempo, que traspasa la nacionalidad, las modas, y el espíritu de los tiempos.

En dirección contraria hay una intención que, digamos, parte en dos las épocas; se dice, por ejemplo, que a partir de 1959 Cuba se partió en dos. Hay mucha retórica facilista ahí. Los autores que aun leemos y estudiamos con fruición no se quedaron del lado anterior de la orilla, y fueron reabsorbidos por la supuesta novísima sociedad. Siempre existen ciertos cambios, pero algo en sordina pervive y pervivió fugándose como un cerdo encebado, contra cualquier agresión imperialista, atrincheramiento o ceguera colectiva.

En nuestro particular “reino de las musas”, por ejemplo, tendríamos a Alejo Carpentier, a Antonia Eiriz, a Lam, a Ponce de León, etcétera ¿Y en el humor? Veamos. Hay grandes humoristas, Chaflán, Álvarez Guedes, son los que recuerdo ahora que soportaron, quién sabe por qué, el paso del tiempo. Pero ¿alguno de esos humoristas tuvo la lenta energía de un Luberta escribiendo cada día durante más de 40 años con un nivel de calidad estable?

Alegrías…, por supuesto, no apareció hasta principio de los sesenta, pero justo por eso, por parecer de siempre, por padecer de cierto anacronismo, por asumir conflictos desmarcados y no intoxicados en lo esencial de sucesos actuales, es que resistió durante tanto tiempo el paso del tiempo.

¿Era esto precisamente enajenación, distancia respecto a los problemas sociales? Quizá sí, pero no es lo que yo salvaría de las llamas. Justo por no abrazar esas causas combustibles, que a veces  no son más que posturas estéticas oportunistas, Luberta demostraba su capacidad de fuego. Por encima de ello, era capaz de hacer reír.

Los detectives de la literatura cubana no meaban –como le señalaban a Leonardo Padura-, pero el pueblo reía, aun en 1994 reía exactamente como ríe ahora. Y no se reía precisamente de sus problemas, un lugar común que me parece absurdo y conformista, se reía de lo esencialmente cómico, que Luberta dominaba como pocos.

Mis padres envejecían, Cuba y su retórica envejecía, mis certezas (por suerte) envejecieron, todo se apergaminaba menos el humor de Luberta. Pocas veces se ve a un hombre con tal habilidad de sacarle dos o tres cuerpos a otros hombres. Lo sentí últimamente, cada mañana, y fue un milagro cada vez.

Se dice que se levantaba bien temprano y escribía dos guiones, uno para hoy y otro para después. Levantaba el teléfono, llamaba a la emisora y anunciaba entre risas de qué iba el próximo episodio. Hablaba solo, mientras escribía, imitando las voces de sus personajes. Cuando hace unos pocos años se retiró, colocaron a un sustituto y el resultado fue tan pobre, que Luberta regresó para asumir que la criatura era sí, y solo sí, suya.

Escribía en la hoja en blanco, por ejemplo, tres personajes, y ya esto constituía una idea. Los ponía a interactuar y al cabo de un par de horas, o menos, tenía algo con forma. Como James Joyce, si alguien cerca de él decía algo ingenioso o estimulante, sacaba una libretica y anotaba.

Así que cuando me sentaba todas las mañanas a escuchar sus ocurrencias no pensaba tanto en el humor, como en La Gracia. En cómo algunos tenían o no esa Gracia. Y cómo La Gracia era un tren que se alejaba, un tren al que no te podrías montar porque era para todos y para nadie. Porque, aunque creo en la voluntad, y en bailarme esa Gracia, solo unos pocos serán tocados, señalados a dedo por ella.

¿Cómo leer el fin de Alegrías… después del fin de Luberta? ¿Fue Luberta y Alegrías… un esquema de personalización, de simbiosis contraproducente, justo lo que no se debe hacer para garantizar la segura continuidad de un proyecto?

Existe la típica respuesta de que con Luberta muere poco a poco una época. Que el escritor fue parte acaso de esa última hornada bastante reducida de ciudadanos talentosos, lúcidos, que construyó la mejor parte de Cuba después del 59. Y que asumió sin asfixiarse este país con todo, con sus miserias, sus limitaciones, su subdesarrollo, sus burócratas, y a partir de ahí cooperó para que fuera un mejor lugar y corriera oxígeno en nuestra habitación cerrada. ¿Qué sucederá si vamos perdiendo, de forma natural, caballos de tiro como él?

Si la retórica de esta respuesta es la más común y nuestro panorama no cambia para bien, entonces ¿habrá que buscar otro tipo de respuesta? Supongamos que el futuro de Cuba depende de su propia retórica. De la retórica que sea capaz de construir. Según Max Weber, las sociedades se desarrollaron con más pujanza fueron aquellas de países de retórica protestante.

Cuba no es necesariamente el mejor lugar, pero es el lugar que tenemos. ¿Creyó Luberta que el futuro estaba en sus manos, o se lo tomó musical, sin patriotería, sin grandes dramas, poniendo una piedra sobre otra, usando su parca caja de herramientas?