Suman ya más de seis las ocasiones en las que Yuniel Madrigal Madrigal (Papo) remendó las suelas de su par de botas destrozadas por caminatas de 15 kilómetros diarios entre balastro, raíles y traviesas en su oficio de camina vías.

Tras una búsqueda desesperada de empleo, el joven de 33 años se incorporó, hace unos meses, a una de las Brigadas de Reparación de Vías y Puentes encargada de un distrito de la Línea central que atraviesa a Cuba.

Pero el drama de Papo trasciende la imposibilidad económica de sustituir el calzado, o las constantes peripecias para restañar los agujeros por donde se cuela la piedra filosa y caliente. Sus botas de siete suelas encarnan la multiplicidad de oficios que ha ejercido desde los 15 años cuando abandonó el sueño de convertirse en boxeador para mantener al hogar desamparado por su padre preso.

“Abandonar la secundaria no era un deseo sino una obligación, por eso pedí un traslado para la escuela de oficios y allí me formé como ayudante de panadero. En poco tiempo pude ayudar a mi mamá y a mi hermana hasta que me cogió el servicio militar.”

Ayudante de panadero, campesino, estibador y pintor de una empresa de muebles fueron los empleos en los que permaneció por más tiempo, aunque a intervalos hiciera otras labores para sobrevivir, las que integran una larga lista que Papo ya casi ni recuerda.

“En todos los casos mucho trabajo y poca paga, aun así me gustaba lo que hacía y se podía ´raspar algo por la izquierda´. Me hubiera quedado si no fuera por las incomprensiones y las injusticias” afirma el joven que ya carga sobre sus espaldas una familia nutrida por tres hijos.

Foto: Mavis Ibarra

“A la empresa de muebles entré como operario del taller macizo en el área de pintura. Estuve 3 años de ayudante dándole lijas a los muebles y otras terminaciones. Un día vieron que sabía pintar y me hicieron la evaluación, así fui subiendo hasta pintor A que es la máxima categoría. Pero tuve problemas, mi esposa estaba embarazada y quería terminar mi casita para independizarme. Le expliqué a mi jefe, que me hacían falta unos días, pero él no me entendió. Me tuve que ir.”

Otra decepción le sobrevino cuando sin más explicación le cerraron el contrato de estibador de los almacenes de comercio.

“Ya llevaba allí casi 4 años. Un mal día apareció el de Recursos Humanos y nos dijo que trabajáramos hasta que cerrara la quincena porque ya no hacíamos falta. Ese fue mi último día allí”.

¿Reclamar, para qué? Siempre es lo mismo, te dan tremenda vaselina y al final tienes que irte igual. Así llegué a este trabajo en la línea del ferrocarril.

Papo vive en uno de los tantos pueblos rurales de Cuba surcados por la línea central del ferrocarril donde la población es escasa. Sin embargo, el pequeño número de habitantes supera las fuentes de empleo disponibles y eso obliga a la mayoría a desplazarse kilómetros para poder trabajar.

“Caminador de vía no es el oficio que quisiera, creo que a nadie le gusta andar cogiendo sol, embarrado de grasa o haciendo más fuerza que un mulo, pero aquí uno no puede aspirar a algo mejor, al menos gano unos 700 pesos (28 cuc) y la empresa tiene el compromiso de darnos ropa y zapatos todos los años. Aunque los zapatos hace rato no los vemos”.

Foto: Mavis Ibarra