El mercado, por su parte, no es un espacio físico concreto, sino el conjunto de opciones que la oferta pone al servicio de la demanda, o que la demanda es capaz de movilizar en la oferta, siempre mediados por las regulaciones que establece el Estado. Supongamos que esta persona decide acudir al mercado comenzando por una tienda física de la economía formal, donde habitualmente debería encontrar estos bienes.

Al llegar a la tienda enfrenta tres escenarios. El primero de ellos es que no encuentra lo que busca. Ante esto se puede frustrar, continuar la búsqueda, o intentar sustituir el producto por otro similar, que satisfaga mínimamente sus preferencias. La exigencia reiterada de sustituir le irá despojando de gustos personales y reducirá sus expectativas hasta conformarse con una respuesta elemental a su necesidad, probablemente de poca calidad. Este contexto va influyendo —aunque no es el único factor— en la configuración de su comportamiento individual hacia la sociedad, ya sea como productor, vendedor, administrador, servidor público, etc. Su desempeño entonces tiende a ser también de “baja calidad” y se enferma de falta de rigor, irresponsabilidad, facilismo, desidia…

Si no se conforma con un bien sustituto, la otra opción que tiene es concurrir al segmento ilegal de la segunda economía. Acudir de manera cotidiana a esta economía ilegal naturaliza un comportamiento quebrantador de leyes, que se convierte en el verdadero orden. Esta actitud, justificada moralmente como necesidad de supervivencia y legitimada por la sociedad, luego la traslada a otros ámbitos de su vida.

El segundo escenario ocurre cuando, a través de la clásica serendipia, va a la tienda y encuentra algo que no estaba buscando, pero que ha presentado situaciones de escasez en el pasado. Aunque no lo necesite, tal vez decida comprarlo con la mirada puesta en una posible necesidad futura.

En un tercer escenario el consumidor que asiste al mercado felizmente encuentra lo que necesita y realiza la compra. Pero probablemente lo haga en grandes cantidades, pues debe garantizar varios ciclos de reaprovisionamiento para reducir el riesgo de no encontrarlo en el futuro.

A la adquisición por un individuo de cantidades de un producto superiores a las “normales” solemos llamarle acusatoriamente “acaparar”. Sin embargo, este lógico modo de respuesta ante la naturaleza de los mercados debería identificarse mejor con el término “almacenar”.  Si el individuo es un emprendedor privado —legalmente reconocido— las obligaciones propias del negocio, combinado con la ausencia de otras opciones de abastecimiento, lo lanzan al mismo mercado de bienes que los consumidores comunes, aunque obviamente con necesidades de mayor magnitud.

Por otra parte, ciertos agentes identifican una oportunidad de negocio estable y se inventan la profesión de buscadores/acaparadores/revendedores. La posesión de información sobre la próxima venta de productos escasos se convierte en activo valioso, por lo que se estructuran redes ilegales y estables de comercialización que corrompen a los actores del sistema formal de tiendas y consolida la oferta en la segunda economía.

Ni manzanas, ni puré de tomate: sin moneda no hay solución

Hace aproximadamente un año fue conocida la denuncia a una tienda estatal por permitir la venta de 15 mil manzanas a un único cliente. Como resultado fueron sancionados en grados diversos los trabajadores que participaron de la venta. Recientemente se repite el hecho. El producto de turno es el puré de tomate. Nuevamente se aplican medidas severas a los dependientes.

Al margen de posibles contubernios reprochables, que un sujeto pretenda comprar en tienda cualquier cantidad de un producto, pagando el precio que el Estado ha establecido sin subsidio y más bien con un alto impuesto, no debería representar un problema. Algo está funcionando muy mal en el mecanismo económico cuando esto es considerado un hecho punible. El problema hay que solucionarlo en la conformación de la oferta.

Debería ser una excelente noticia para el establecimiento concretar una venta extraordinaria. Si, lógicamente, las existencias en tienda disminuyen, la reacción natural sería realizar un nuevo pedido a su proveedor, de manera que se restituyan los inventarios y se pueda iniciar un nuevo ciclo de venta, a la espera de poder conseguir otros muchos “golpes” similares que le mejoren sus indicadores de resultados.

Pero la tienda no puede solicitar más productos, porque la empresa no puede producir más, porque quien importa insumos no puede importar más, aunque las ventas estén rompiendo récords. Y esto ocurre porque el sistema tienda-productor-importador no puede cerrar automáticamente su ciclo. No tiene la autonomía para hacerlo, sobre todo, más allá de prácticas centralistas, porque no opera con una moneda que cumpla mínimamente sus funciones dinerarias. Sus ingresos en CUC, provenientes de las ventas en territorio nacional, no tienen el poder de comprar insumos importados, pues la empresa no los puede convertir directamente en divisas internacionales. Requiere de una mediación central que les impide reaccionar oportunamente a los cambios en la demanda, como añoramos que ocurra.

Conectar el sistema empresarial directamente con la economía internacional descentralizando los procesos de exportación e importación fue la clave de la estrategia de recuperación de los años más duros del período especial. Implementar alguna variante en las empresas estatales equivalente a la dolarización parcial y a los presupuestos de ingresos y gastos en divisas de los noventa constituye una necesidad para restablecer las dinámicas productivas que ayuden a vencer la mayoría de nuestros males económicos de corto y mediano plazos. Operar ya con una moneda que sirva como medio de pago y atesoramiento, cualquiera que esta sea, para que las empresas puedan funcionar resulta más apremiante que la reunificación monetaria misma.

Dadas las permanentes circunstancias de asedio externo que complejizan sobremanera el desempeño de la economía cubana, la incapacidad por el actual mecanismo de asignación centralizada de recursos de garantizar estabilidad en la oferta, ha engrosado una larga lista de bienes que han sufrido en alguna ocasión desaparición parcial o total. Los ejemplos son infinitos y reemergentes a lo largo de los años.

Una vez que un producto sufre un período de ausencia por primera vez, en lo adelante la segunda economía lo añade a su lista de favoritos. En cada nuevo bache de oferta el Estado se deja arrebatar productos que, aunque continúen siendo ofrecidos por el sistema de tiendas estatales, su distribución será controlada por la segunda economía, hasta tanto no se restablezca una oferta que abarrote el mercado de forma estable y destruya los espacios de arbitraje generados por la escasez previa.

Comprender la psicología básica del consumidor y cómo éste desarrolla y consolida comportamientos racionales en respuesta a las condiciones que cotidianamente enfrenta en los mercados, contribuiría a encontrar un modo científico —en lugar de martirizar al responsable de la venta— para corregir de forma permanente distorsiones como el acaparamiento. Desconocer las causas de estos fenómenos y pretender confrontarlos en la última milla constituye, además de un desatino cantado, un obstáculo más al desarrollo de las fuerzas productivas.

 

Este texto fue publicado originalmente en Progreso Semanal y su autor es Oscar Fernández Estrada. Se reproduce íntegramente en elToque con la intención de ofrecer contenidos e ideas variadas y desde diferentes perspectivas a nuestras audiencias. Lo que aquí se reproduce no es necesariamente la postura editorial de nuestro medio.