Él se decidió por un estilo de moda. Su pelo oscuro daba la impresión de no ir bien peinado ni rapado. Por lo pronto le satisfacía rebajarse en capas hasta quedar bien rasurado en los lados. Sus manos tocaron una fina línea de barba que contorneaba su mandíbula y se ensanchaba ligeramente en la mejilla hasta unirse a un insipiente bigote. Gleisys comprendió la seña. No parecía un trabajo modesto como el precedente, pero al acabar le cambiaría la estética por completo.

Con la aprobación recibida giró el sillón ante el espejo. El cliente observó su imagen mientras un ventilador cercano hizo volar el cabello cortado. A contraluz se atajan los descuidos que de otra forma no se podrían encontrar. Gleisys Paz —Gley— se deja la vida en los detalles. Así de seria es su reputación. No puede ser menos para alguien que hace 19 años estampa su sello de autenticidad en el arte del pelado masculino del poblado villaclareño de Placetas.

De un tirón sacudió el paño de pelos. Recogió la escoba y barrió los cabellos del piso:

—¡Que pase el siguiente!

Pelado cubano

Gleisys Paz busca el mejor estilo para cada cliente. Foto: Iris C. Mujica

“Tuve días de hasta 25 turnos, pero decidí bajar la cantidad porque eran muchas horas de pie; mi columna y mi cervical sufrían bastante. Hoy, para evitar las colas y por cuestiones de espacio, el cliente me timbra primero al celular. Si le devuelvo la perdida puede venir, de lo contrario intuye que estoy ocupada con otro. Son códigos que aparecieron con el tiempo. Trato de no exigirme tanto, pero solo acabo realmente  cuando se va la última persona”.

“Ni barbera ni peluquera”, asegura la joven mientras mantiene un peinado con una sustancia fijadora. “Es difícil definirse en estos tiempos. La barbería ha evolucionado, no funciona como hace siglos o décadas atrás donde solo afeitabas, rapabas y cortabas el cabello. Las nuevas tendencias de metrosexualismo te llevan a otros horizontes. Mis clientes quieren que les lave la cabeza, les saque las cejas, les retoque la barba, los peine y le aplique fijador. Por eso no me considero ni peluquera ni barbera, al menos no de la forma tradicional. Tengo un estilo propio.”

Desde los 16 años Gley se dedica a resaltar solo la estética del sector varonil. Le resulta muy fácil trabajar con ellos, pues escuchan, valoran y aceptan con más humildad las sugerencias.

“Los hombres me entienden mejor. Se dejan guiar. Las mujeres son más conflictivas para orientarlas y llegan con ideas a veces erróneas. El hombre, si no sabe te permite decidir como especialista. Mi proceder es vanguardista. Tengo clientes probetas que se llevan por mi creatividad. Hay mucha confianza, en cambio les brindo todo el empeño,” afirma.

Peinado cubano

Gleysis prefiere trabajar con hombres porque se dejan guiar más fácilmente. Foto: Iris C. Mujica

Con los años Gley logró trascender el mero acto de pelar con máquinas eléctricas, navajas o tijeras. Su servicio incluye una asesoría de imagen personal, basándose en las tendencias del momento.

“Cuando un cliente aparece le observo el rostro, la nariz, las orejas para asesorarlo sobre el tipo de pelado que va con su cara, con su cuerpo, con la apariencia que desea proyectar. Trato de mostrárselo a través de fotos o aplicaciones que llevo en el celular, pero primero lo dejo hablar. La regla de oro para trabajar con la estética y por el embellecimiento de las personas es saber oír para después ayudar o persuadir. Es una buena estrategia que me abre muchas puertas.”

Con los años, la vox populi placeteña divulgó cómo Gleisys ayudaba a los jóvenes a moldearse una nueva identidad, masculina y moderna. La clientela creció con rapidez.

“Al principio fue un desafío porque a todos los hombres no les gusta pelarse con una mujer, ni que esta le indique un camino estético. Sí hay prejuicios, sobre todo cuando alguien te dice si sabré hacer determinado corte como tal barbero. Pero la competitividad me estimula. No me agrada ser subvalorada solo por ser mujer. En ese momento específico doy un poquito más para que juzguen el resultado final.”

El último cliente de Gley pidió un modelo clásico y poco provocativo. No era vistoso, más bien apropiado para toda ocasión y lugar. Apenas pidió solo unos cortes para resaltar los ojos. Al terminar, ella le roció un poco de perfume; no demasiado. Cepilló el cabello sobrante y presentó su labor. Él quedó complacido. Se levantó y caminó hacia la salida. Gley lo interceptó:

—¡Espera! —sacó su tijera y cercenó un pelo imperceptible —. Mejor así.