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Construir la casa y aplazar la vida

Soñó una casa de paredes blancas. Luminosa de más por tantas ventanas, puestas para colar la brisa en veranos infernales. Grabó en su mente la imagen onírica de un hogar espacioso para tres personas y aguardó el momento ideal para materializar sus pensamientos, con la esperanza de que a veces los sueños se cumplen.

Construir o reparar una vivienda en Cuba es una prueba de resistencia al estrés mental y al desgaste físico, un camino que empieza pero no da señales de fin. Imara Fernández ha vivido en carne propia esta experiencia en una lucha por su espacio e independencia.

Sus fantasías encontraron cimiento en el reparto residencial Almendrares de La Habana. Con el espíritu impasible de los veinteañeros, la joven y su esposo Armando pusieron manos a la obra sin detenerse en sacrificios, ni reparar en contratiempos. 

“En 2012 comenzamos la construcción, mi abuela nos donó el patio lateral de su vivienda. Contratamos un arquitecto, que nos cobró ¡80 CUC! por diseñar los planos; primer requisito para obtener el permiso de fabricación”, cuenta Imara con el tono de quien narra la historia de nunca acabar.

Fue apenas comenzar a andar para descubrir los obstáculos que obligan a varias generaciones de una familia a convivir en un mismo inmueble y explican las carencias del fondo habitacional cubano.

Dispuesto a coexistir en armonía con padres, suegros y cuñados, el matrimonio con un hijo de 3 años, apostó por una edificación a la medida de sus gustos y posibilidades: “Por eso -explica Imara- no calculamos un presupuesto total, partimos con un crédito de 8 mil pesos en moneda nacional, y vamos por más de 32 600 pesos y todavía continúa inhabitable. Todo es caro, desde localizar los materiales hasta transportarlos. Avanzamos de a poco porque vivimos de dos salarios de profesionales más la ayuda de mis padres. Reunimos dinero para adelantar  lo que se pueda y paramos cuando se terminan los ahorros. A este ritmo llevamos cinco años.”

Quienes construyen o reparan una vivienda en Cuba por esfuerzo propio, pueden adquirir la materia prima y otros enseres en los puestos de venta del Estado, conocido como “Rastros”, y en las tiendas recaudadoras de divisas, donde un inodoro cuesta más de 60 CUC. Sin embargo, el espectro de posibilidades se abre a fuerza de contrabando y venta ilegal.

“Existe una situación real con el acaparamiento. Algunas cosas las consigues en los mercados estatales,  pero muchas veces tienes que morir con los particulares. Ellos cazan los surtidos, siempre los ves merodeando por la zona. Hay que hacer magia para comprar de primera mano, llamamos constantemente al rastro, dejamos propina para que nos avisen o nos aparecemos en el lugar a ver si la suerte nos acompaña.”

Los puestos de venta particulares poseen una oferta estable y diversa. Allí se encuentran los productos desaparecidos del mercado oficial: “Conozco sobre un rastro particular donde generalmente hay de todo a sobreprecio. Debes ir recomendado o acompañado por un albañil o alguien de su negocio. Son lugares para gente adinerada o apurada, nosotros vamos sin prisas porque la diferencia es notoria, por ejemplo, un metro de arena con el Estado cuesta 190 pesos y por fuera sale a 300. Un saco de cemento cola ha llegado a costar 18 CUC”

Además de que el precio de los materiales básicos resulta elevado respecto al salario promedio en Cuba, la mano de obra también encarece el proceso: “Un albañil puede cobrarte lo que entienda conveniente. Por lo general, resanar el metro cuadrado más el fino cuesta 4 CUC. Enchapar una cocina de azulejos ronda los 10 CUC el metro cuadrado. Además de lo que cobran tienes que brindarle almuerzo y merienda todos los días. Por suerte mi papá y mi esposo lo han hecho todo.”

La situación empeoró con el paso del Huracán Irma. Hoy, la red de comercio estatal prioriza a los damnificados y a los subsidiados. “Ahora sí estamos en quieto, los revendedores te esconden la bola por miedo a lo que les pueda pasar si los cogen. Lo que entra a los rastros ya tiene destino, y hay “leones” en cola para llevarse lo poco que venden liberado. Al final sigue el contrabando pero está difícil resolver. La parte buena es que hoy el revendedor, como compra menor cantidad de productos, te los vende con los papeles del rastro, eso sí logras dar con un afortunado con buen humor y quiera pasarte lo que necesitas.  Esperar y esperar, no hay opciones.”

La casa de Imara continúa atrapada en su mente;  pero ya tiene paredes, techo, puertas y ventanas: “A este paso le tocará a mi hijo Diego terminar lo que empezamos sus padres”, dice con la sonrisa desganada de quien pelea duro por un sueño, de esos que solo a veces se cumplen.

 

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Iris Celia MujicaIris Celia MujicaPerfil del autor

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