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13/09/2017

Es el domingo 10 de septiembre, por la mañana. No hace 24 horas que el ciclón Irma arrasó La Panchita, una playa ubicada en el noroeste de Villa Clara. Todavía la zona es un completo desastre. Está prohibida la algarabía y la gente deambulando por las calles. De hecho, es difícil que te dejen pasar si no eres vecino de ahí o tienes una casa en la playa.

—Niña, guarda el celular, aquí no quiero fotos —grita un militar vestido de camuflaje a un par de chiquillas que andan, teléfono en mano, quizás llevándose un recuerdo o tomando imágenes para vanagloriarse ante sus amigos. 

—Oye, mi´hijita, que no se puede tirar fotos —se acalora el hombre al ver que las muchachas no le hacen caso.

Es un mulato que anda a caballo. En el costado derecho le cuelga una pistola y, en el izquierdo, la ya conocida porra de plástico. Lo acompaña un policía jovencito con un traje azul encendido.

—¿Ustedes no entienden? —recalca el mulato.

—Es que yo no me llamo “Niña” ni soy hija suya —le espeta una de las muchachas—. Además, ¿qué ley dice que aquí no se puede tirar fotos?

El mulato se queda sin palabras, pero el otro, el policía jovencito, dice:

—Bueno, si tú quieres seguir tirando fotos, ¿por qué no me las tiras a mí?

Nosotros observamos la escena sin chistar, porque ninguno quiere que le llamen la atención o lo boten de aquí. Así que nos quedamos sentados en la tierra fangosa, esperando las órdenes del dueño de la casa que hemos venido a reparar. Hay que trabajar rápido y en silencio, porque se espera que de un momento a otro llegue una comisión y si encuentra la casa en el piso, seguramente el hombre que nos trajo aquí perderá el terreno. En la brigada de carpinteros, albañiles, mecánicos y gente dispuesta a cualquier cosa, también estoy yo.

Se nos acerca un muchacho de unos quince años. Está descalzo y no lleva camisa. En la mano derecha trae una mocha nuevecita con el cabo de plástico negro.

—¿Puedo coger unos cocos? —pregunta.

La mata está acostada sobre el suelo y los cocos regados sobre el suelo fangoso. Miro al dueño de la casa y este asiente.

—Sí, claro —digo invitándolo a que se acerque.

El muchacho cruza la cerca de un salto.

—Esto se ve feo —afirma, mirando la casa que hemos venido a reparar.

Yo digo que sí con la cabeza. Mi apariencia, peludo y con barba crecida, es la de un hombre de pocas palabras. Así que debo mantener mi papel.

—La ventolera empezó como a las cuatro de la mañana de ayer. Las ramas y los pedazos de techo pasaban volando como flechas —recuerda el muchacho mientras corta un coco despaciosamente y se bebe el agua.

—¿No está salada? —le pregunto.

Dice que no con la cabeza y me tiende el machete:

—Pruebe uno para que vea.

—Yo no sé abrirlos —respondo—. Lo mío es recoger tablas, clavar puntillas.

El muchacho levanta los hombros en un gesto de asombro. Acto seguido toma un coco y le abre un agujero con tres golpes precisos.

—Aquí el mar llegó hasta el asilo de ancianos —dice y me alcanza la fruta.

Pruebo el agua, es dulce.

—¿A cuánto queda el asilo de aquí?

—Como a tres cuadras —afirma, señalando en esa dirección.

—Y a tu casa, ¿no le pasó nada?

—No, porque yo vivo en los edificios —dice—. Entró un poquito de agua, pero de lluvia.

—¿Hasta qué altura?

—Más o menos hasta el tobillo.

El muchacho vuelve a brincar la cerca. Al otro lado hay una casa hecha astillas.

—Ya esa no se levanta más —dice.

—¿Por qué no?

—Porque cuando es derrumbe total los dueños pierden el derecho a reconstruirla —me explica una mujer que anda entre las ruinas.

Hace un alto en su labor para mirarnos a mí y al muchacho.

—Esta era la casa de mi suegra —dice con un suspiro y repite— “Era”.

En Cuba es un lujo tener una casa en la playa. Hasta hace muy poco, incluso, era ilegal vender o comprar una vivienda, más tener dos. Precisamente dos es el máximo de inmuebles que puede poseer un ciudadano cubano hoy, con la condición de que uno de ellos se utilice como residencia de descanso.

La Panchita es un caso especial, pues desde hace un tiempo el gobierno se ha empeñado en eliminar de allí las casas cercanas a la playa, apoyándose en tres razones: el peligro que representa las penetraciones del mar, que no cumplen las regulaciones urbanísticas o que fueron construidas con materiales provenientes del mercado negro (unos raíles mohosos, por ejemplo, que fueron hurtados de los antiguos ferrocarriles azucareros).

Desde el hoy bien temprano, las autoridades del municipio han estado recorriendo la zona de forma amigable, conversando con los vecinos y haciendo un recuento de los daños, pero la tensión se huele en el ambiente. Poco a poco, en guaguas, camiones, autos y camionetas, están llegando equipos de trabajadores a reconstruir las viviendas antes de que sus dueños sean expropiados de los terrenos.

 —¡Arriba, arriba!, a recoger la madera y reparar los daños —grita a su brigada el propietario de la casa vecina.

En el ciclón perdió la nevera, un juego de sala, dos ventiladores, todos los útiles de cocina y, según las malas lenguas, hasta un aire acondicionado.

—¿Por qué no sacaste todo eso? —le pregunta alguien.

El hombre se rasca la cabeza.

—Porque estaba movilizado —dice—, y no pude zafarme.

Hace una pausa.

—Pero esto no es nada —agrega—. La semana que viene yo repongo todos los equipos. Lo que me hace falta es no perder la casa.

Ya mi brigada ha comenzado a trabajar. Me toca sacar los clavos de las tablas y abastecer de madera a los carpinteros. Este trabajo me deja tiempo para mirar el paisaje circundante y, como el muchacho se ha ido chapoteando en los charcos de agua salobre, me pongo a observar la señora que escudriña entre las ruinas.

—¿Busca algo en especial? —pregunto, intentando ayudarla en su bojeo incesante.

—Es que yo guardé mis platos en cubetas. En tres cubetas.

Se limpia la cara. Tiene unos cincuenta años, el cabello rojo y algunas arrugas en las comisuras de los ojos.

—Puse las cubetas en una cisterna, pero todo eso desapareció —continúa—. Estoy mirando a ver si cayeron por aquí.

—Pues yo sí lo salvé todo —el que habla es un hombre que lleva rato parado en la cerca, mirando, como yo, a la mujer del cabello rojo.

Explica que ayer por la mañana vino para la playa y, aunque no dejaban pasar a nadie, él esperó la oportunidad y se coló en su casita.

—Por poco me da un infarto cuando empezaron los vientos fuertes —sonríe—. Eso fue a las dos de la tarde.

Se señala el pecho.

—El agua me llegaba por aquí. Las olas tenían como siete metros.

Señala la casa hecha astillas.

—Las olas fueron las que acabaron con todo esto.

—No, con esto acabaron los que mandaron a quitar los raíles que aseguraban las casas —grita un tipo con botas de goma que iba pasando en ese momento con una mesa al hombro.

—¡Dale, que ya casi terminamos! —dice mi jefe dándome una palmada en el hombro.

Tengo los dedos hinchados por golpes y pinchazos, pues ya la luz va oscureciendo con los apuros de la tarde.

—Y a su casa, ¿le hizo mucho daño? —pregunta la señora al hombre que estaba parado en la cerca.

—No, no —responde este tamborileando sobre las púas del alambre—, solo se llevó dos tablas.

—Ah, qué bueno —suspira la mujer.

Los carpinteros están colocando los últimos clavos y tablas. Mi labor ha terminado, así que aprovecho para comer algo: trozos de queso y jamón que el jefe me brinda en una cazuela de plástico.

—Hemos hecho un buen trabajo —dice el jefe cuando ya ni siquiera puedo ver mis propias manos—. Gracias a todos.

Siguen llegando camiones, camionetas, y autos ligeros. Algunas brigadas prenden hogueras, o se afanan a la luz de linternas y lámparas de petróleo. En La Panchita los martillos estarán sonando por muchos días y noches.

 

Sobre el autor

Yandrey LayYandrey LayPerfil del autor

Comentarios

Chencho 1 semana 2 días

Mira tu, creo que este periodista es ubicuo, sale por cualquier parte con un periodismo que nada dice, y eso que lo llaman narrativo. Qué vergüenza.
Juanelo 1 semana 18 horas

Buenas imágenes aunque falta la del muchacho que busca cocos, parece que se acabó la carga de la batería de la cámara, y a los celulares, cómo dura el tiempo activo si por allí llevaban horas apagados, sin electricidad, hay historias que rayan en tonterías por ser fabulosas y transgreden con el dolor de las personas.