Linette Crespo todavía es muy joven, tiene tiempo para probar y fallar; pero no deja de preguntarse por qué tomó aquella decisión tan drástica.

“Me fui a vivir tres años a España por un contrato de trabajo. Mi familia ya estaba allá. Estudiaba tercer año de la licenciatura en Derecho cuando decidí irme. Podía haber concluido la carrera aquí y luego irme, pero nunca he medido consecuencias. ¡Por eso me pasa todo!”, exclama la joven que no quería revivir viejos recuerdos, pero que tras mucha insistencia, cedió.

“Ya comenzaba a levantar económicamente cuando decidí regresar. ¿Por qué? Porque mi antiguo novio, con quien pensaba durar toda la vida, nunca pudo reunirse conmigo. Abandoné todo allá: el trabajo, los objetivos familiares, todo, para volver con él. Tomé esa decisión porque mi relación era a distancia, llevaba tres años fuera, y de seguir así no iba a aguantar mucho más. Sin embargo, cuando regresé, no funcionó tampoco, nos separamos muy pronto. Ya no importa, he seguido adelante. Ya lo superé y trato de no desanimarme. Me quedo con la experiencia de haber vivido ‘el más allá’.”

Como sucede con miles de cubanos, Linette emigró a la Península Ibérica en busca de un puesto laboral que le permitiera percibir beneficios económicos superiores de los que pudiera alcanzar en Cuba.

La vida de un emigrante es sacrificada. Los dolores musculares más duros los pasé en España.

“Los cubanos se ven allá y sin conocerse, se caen a besos y abrazos. ¡Lo más grande! Pero los españoles tienen su forma. En todos los lugares hay buenas y malas personas, pero sentí discriminación por no ser de ahí. Ellos no se acuerdan que siglos atrás emigraron para acá cuando la cosa allá estaba mala. Un día me dijeron que yo no era cubana porque no era negra. Eso es racismo y lo viví”, confiesa Linette.

“Nuestra comunidad en España es grande. Muchos cubanos están ligados a los servicios y la hostelería. Precisamente, mi primer trabajo fue como camarera en un hotel enorme en Sanxenxo, Galicia. Luego me mudé a Tenerife. Allí ocupé una plaza en la tienda de la vieja más sinvergüenza que he visto en mi vida. Explotadora hasta la saciedad. Allí, para ella, hacía marketing, era cajera y cuidadora de productos al mismo tiempo.”

Esta joven aseguró la imposibilidad de estudiar y trabajar simultáneamente. En España el tiempo no le alcanzaba, eran muchas responsabilidades laborales y todo esfuerzo se resumía en guardar unos quilitos.

“Pensé que me iba a quedar con doce grado y no estaba conforme. Quería ser universitaria. Aspiraba ser más que una camarera. Fueron muchos años sin tocar un libro y la mente se me cerró. Ahora, en Cuba, busco una segunda oportunidad en los cursos para trabajadores de la Universidad Central Marta Abreu de las Villas”.

“Es difícil aprobar la prueba estatal porque mi trabajo en el Registro de la Propiedad no descansa y solo puedo estudiar los fines de semana. Es un sacrificio, pero al menos quiero hacer el intento. Me debo eso.”