Nadie hubiera apostado demasiado por él cuando en el año 2010, con una montaña de hierros viejos —ruedas, angulares, poleas, trozos de zinc… y añejas herramientas de herrería y soldadura—, se propuso armar una trilladora de frijoles o «trompo», como también se le conoce en las provincias occidentales cubanas.

Pero Yoandy Corrales Fernández, joven pinareño que entonces tenía 25 años, había perdido en un accidente casi la totalidad de cuatro dedos de su mano izquierda y no solía hablar mucho, sino trabajar, no se desesperó en la enorme tarea. Con ayuda de la familia y de un vecino ducho en cuestiones de soldadura, dio mandarria, cincel y pulimento en su improvisado taller, hasta que la máquina estuvo lista.

Llevaba unos años trabajando con los suyos en el campo, pero lo más que habían alcanzado a tener en propiedad era un tractor para varias casas familiares y la posibilidad de alquilar una trilladora de arroz en tiempo de cosecha. Esto, no obstante ser ya bastante para las condiciones promedio de los campesinos en Cuba, aún no garantizaba un gran avance. Y Yoandy decidió enfrentar lo que podría compararse a un triple salto sin carrera de impulso.

“Hice muchas gestiones”, me cuenta. “Busqué gente que ya lo habían armado, copiando y readecuando artesanalmente modelos de máquinas parecidas, ya tú sabes, inventando. Contacté a una persona que podía construirme el trompo, pero solo de mano de obra me cobraba 20 mil pesos cubanos (unos 800 dólares). Y yo no podía pagar eso, sumado a otros 20 mil que me costaban las piezas. Y na’, pregunté y pregunté y fui haciendo y equivocándome hasta que salió el trompo”, relata con voz pausada y rotunda.

¿Qué fue lo más difícil?, inquiero. Y mi entrevistado suspira como diciéndome “todo”, pero prefiere ejemplificar: “Aquí es “dificisisilíisimo” cualquier gestión, conseguir una pieza, encontrar a precios accesibles los equipos y dispositivos para armar una maquinaria, aunque sea la más simple. Y esta no lo era. Imagínate que a veces para hallar un tornillo de una determinada medida o unas varillas de soldar, tenía que ir tres veces, a pie, a sitios distintos de venta, estatales y particulares, y dedicar jornadas completas a eso”.

Sin embargo, finalmente la máquina salió. Y salió bien. El primer año Yoandy se fue para Las Martinas, zona altamente frijolera en el municipio pinareño de Sandino, y con las ganancias de la trilla sacó toda la inversión de la trilladora. Con el dinero de la segunda zafra, al año siguiente, compró un tractor en mal estado. 12 meses después, logró arreglarlo, y ya en 2013 estaba armando otra trilladora para aumentar el negocio.

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—¿Cómo son esos 30 y tantos o cuarenta días de la trilladura?

—Una prueba durísima. Desde que amanece hasta que son las diez, las 11 o las 12 de la noche de cada día, sin parar. Encontrar el petróleo, que el Estado lo facilita, pero a veces no llega a tiempo; arrancar los dos equipos, atender todos los compromisos, de muchos campesinos esperando para trillar sus montones de vainas. Alimentar manualmente las dos máquinas y apilar cada saco limpio de frijoles cuando se llena… Y a eso, súmale, si hay alguna rotura, cosa bastante frecuente, inventar para que no se atrase el trabajo. Fíjate que en estos seis años, como la zafra fijolera siempre abarca enero y parte de febrero, no he podido estar en ninguno de los cumpleaños de mi hijo. Estando en una misma provincia no me puedo dar el lujo de perder ni un día”.

No obstante, el esfuerzo cree que ha valido la pena. Cada trilla diaria abarca entre 100 y 120 sacos, de los cuales el 7 por ciento es para el trillador y sus obreros. De ese mes o mes y medio que Yoandy se interna en la vorágine, salen las ganancias con las que come su familia el año entero y le queda dinero para ahorrar o invertir en nuevos proyectos. Cada trabajador que enrola en el tiempo de zafra gana como promedio 250 pesos diarios, un salario nada despreciable en los campos de la Isla.

“Gracias a las trilladoras pude comprar los materiales para empezar a construir mi casa de mampostería, porque cuando comencé vivía en un cuartico de madera que se mojaba”, evoca orgulloso. Y en la edificación de su hogar aplicó el mismo método autodidacta: preguntó, ensayó, aprendió, y no ha tenido más albañil que él mismo.

“Mi pasatiempo favorito es trabajar, hacer algo productivo”, confiesa. Y añade casi con seguridad de axioma: “Si con nada te conformas, nada eres. Si todos hiciéramos el tiempo útil seguro el país estaría mejor”. Para él, la lógica de la nación debe ser la misma que la de las familias del campo: “Un país pobre, tiene que batallar más que los ricos. Y eso siempre es esfuerzo y más esfuerzo”.

Casi después de media hora de charla le pregunto por cómo está llevando la paternidad entre tantos rigores. Se pasa la mano por la cabeza: “Es complejo ser padre cuando no tienes muchas de las cosas que necesita tu hijo. Pero si algo he aprendido es que el ejemplo enseña. Mi Jonattan tiene ahora 5 años y me está viendo luchar para que él tenga lo mejor. Espero que él llegue a sentir, en algún momento, esta misma energía que me hace levantarme todas las mañanas y arrancar pa’lante”.

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