La nueva embajada de Estados Unidos es también un logro del pueblo cubano y las fuerzas más progresistas en el país norteño. Entre ellos se encuentra el último embajador en La Habana, esta es su historia.

Por: Harold Cárdenas Lema (haroldcardenaslema@gmail.com)

Trabaja en la Oficina de Inteligencia de Estados Unidos. Le han asignado que analice la situación en Cuba y no sabe que eso lo cambiará todo, será la obra de su vida. Es 1958 y está convencido de dos cosas: primero que Fidel Castro derrocará a Fulgencio Batista y segundo que su gobierno será mucho mejor que el anterior. Al nacer le pusieron Wayne, nombre de vaquero republicano y anticomunista. El destino le depara un camino distinto, será el último embajador de su país en La Habana y defensor de una mejor relación con la isla comunista del Caribe.

Wayne Smith fue un marine que combatió en la guerra de Corea, nadie puede acusarlo de comunista o flojo.

Está acostumbrado a la acción pero desde el inicio de su carrera diplomática desaprueba el rumbo que toma la política de su país hacia Cuba. Está viendo cómo se acorrala a los cubanos paulatinamente desde enero de 1959 y la consecuencia directa de esta política agresiva es la alianza que estos hacen con la Unión Soviética. Estados Unidos se ha construido un enemigo nuevo en América Latina que en los dos primeros años trató de ser neutral en un mundo bipolar. Este error costará caro al pueblo cubano pero también a la política exterior estadounidense, que con el paso del tiempo se verá aislada en su disputa con Cuba.

Trabajando en la sección política, la embajada yanqui en La Habana se entera de la invasión a Bahía de Cochinos por las noticias. Siendo los más informados no habían sido consultados al respecto. Quizás a sabiendas de que los conocedores de la situación en Cuba se opondrían a una aventura que solo el entusiasmo militarista de algunos en el Pentágono y la CIA veían como factible. Cuando el embajador abandona la Isla en 1961, no sabe que estará 16 años fuera. Sería necesario esperar por un presidente que tuviera la voluntad de enfrentar el lobby que promueve la distancia entre naciones.

Justo después de su toma de posesión en 1977, Jimmy Carter comienza a hablar de establecer un diálogo con Cuba. Smith estaba trabajando en Argentina y recibe un cable que lo requiere con urgencia en Washington. Las conversaciones prosperan y de un modesto hotel pasan al lujoso Plaza, había optimismo dentro de las diferencias. Se establecen secciones de intereses en ambos países y en 1979 Carter le da rango de embajador en la Sección de Intereses. Tras delimitar fronteras marítimas y aliviar algunos de los mecanismos del bloqueo económico a Cuba pasa lo impredecible: el presidente pierde su reelección ante un actor republicano.

Desde el inicio del gobierno de Ronald Reagan se veía venir el derrumbe del puente que había construido Carter con la ayuda de Smith. Nombró de Secretario de Estado a Hall Haig, quien anunció despectivamente que haría de Cuba un “aparcamiento”. Haig, a pesar de sabotear las relaciones entre países y por tanto condicionar negativamente la vida de 11 millones de personas, es todavía un desconocido para el cubano promedio.

Cuando Hall y el vicepresidente cubano Carlos Rafael Rodríguez se vieron secretamente en México, el representante de la Isla propuso terminar el apoyo a las guerrillas en América Latina como gesto de buena voluntad para proseguir el diálogo. Haig rechazó la propuesta declarando que “Washington no estaba interesado en el diálogo sino en la acción”. No obstante, dos meses después el gobierno de La Habana informa a Smith que cesaba el suministro de armas para retomar el diálogo y éste lo informó en varios cables a Washington.

La respuesta debió esperar varios meses y no fue la prevista. En diplomacia existe una regla no escrita de no mentir jamás y si hay una información sensible, esquivarla u omitirla. El Departamento de Estado publicó una declaración acusando a Cuba de mantener el suministro de armas y que Castro había rechazado la negociación. Cuando el embajador Wayne Smith leyó el escrito, su respuesta fue inmediata: renunciar al cargo y terminar su carrera diplomática. El gobierno de Reagan no solo se oponía al diálogo sino que mentía para achacarle a Cuba la responsabilidad.

Smith juró entonces dedicarse a que ambos países tuvieran relaciones normales, tendría que esperar un cuarto de siglo hasta la siguiente oportunidad.

Desde entonces Wayne Smith denuncia que según, el discurso político estadounidense, no se tienen relaciones con Cuba por la situación de los derechos humanos pero en cambio hay comercio y relaciones con países como Arabia Saudita y China que presentan una situación mucho peor en ese sentido. Se reclama que la represión a la oposición es otro obstáculo pero las Damas de Blanco y Yoani Sánchez se pasean por las calles de La Habana, publicando declaraciones y viajando con frecuencia al extranjero. La libertad con que se comporta la disidencia en Cuba contrasta con numerosos países con los que Estados Unidos tiene relaciones.

El 17 de diciembre de 2014 el medio digital más importante de Cuba publica temprano en la mañana una entrevista a Smith, que se encuentra en la Isla y afirma que su país podría “dar pasos más firmes a favor de la normalización de las relaciones”. Sus palabras resultan proféticas y en cuestión de horas la política cambia mientras los presidentes de ambas naciones sorprenden al mundo simultáneamente.

Las conversaciones actuales deben provocarle un deja vu a Wayne Smith que fue protagonista del intento anterior en la época de Carter y ahora busca poner las relaciones en un punto de no retorno.

Smith lleva 25 años esperando este momento. Es el 2015 y el New York Times le pide una entrevista en video sobre la apertura de las nuevas embajadas. Al hablar sobre la bandera de su país ondeando nuevamente frente al malecón de La Habana, se sorprende llorando frente a las cámaras porque ha luchado mucho para eso. Son las lágrimas de Wayne Smith y las del último embajador en La Habana, por ahora.