Mi padre, militante del Partido cubano, se marchó por última vez hacia Angola una mañana de 1989. Antes de salir le dijo a mi madre que si le ocurría algo, hiciera lo necesario “para que no le falte nada al niño”. Antes de irse lloró como nunca había hecho, como quien presiente que no regresará vivo. Se subió al avión y regresó en ataúd un año después. Ahí comienza esta historia, con una viuda y un niño de 3 años, ese niño soy yo.

Los mayores han olvidado las décadas pasadas, cosas que ocurrieron y ahora no se mencionan. Pareciera que prefieren no pensar en ello pero hubo un tiempo en que lo político se mezclaba demasiado con la vida personal. Ese tiempo en que recibías una llamada del Partido para decirte que tu esposa estaba siendo infiel y debías escoger entre terminar la relación o entregar el carnet. Muchos terminaron así su militancia, al menos donde vivíamos nosotros en el centro del país, las cosas eran así.

Según la lógica machista, los hombres podían ser infieles pero sus mujeres no, o el Partido intervenía.

Unos meses después de mi nueva condición de huérfano que no entendía en absoluto. Llegó a la casa de mis abuelos una nutrida comisión. Eran los inicios de 1990 y sin saber que estábamos en vísperas del Período Especial, vivíamos ocho personas bajo el mismo techo. La comitiva estaba compuesta por miembros del Partido, Atención a los Combatientes y el Poder Popular. Venían a ver cómo ayudarnos porque a una viuda de Angola no se le abandonaba a su suerte.

Preguntaron qué necesitábamos, ayuda para construir un segundo piso o un apartamento en otra parte. Mi madre pensando en iniciar una vida nueva conmigo, alejarse del pasado y recordando el consejo de su esposo, pidió el apartamento. Sin saberlo había cometido un error político ante los ojos de sectores puritanos que con el tiempo darían lecciones de oportunismo.

En la Cuba que conocí de niño, un militante del Partido tiene ciertos valores morales, sociales y políticos. Mi madre quería serlo también.

De alguna manera misteriosa que es común en mi país, la Secretaria del Partido en la empresa de mi madre, se enteró de la oferta. La Secretaria (llamémosla así) era una mujer madura que tenía toda su familia fuera del país por razones económicas y políticas. Mi madre tenía apenas 28 años y ya era viuda cuando ésta la llamó para decirle que le estaban haciendo el proceso mediante el cual un militante de la juventud en Cuba pasa a ingresar las filas del Partido. El “crecimiento”, como se le llama todavía.

Entonces la Secretaria le menciona que hay un detalle, un error, algo que no está bien y puede afectar su proceso de crecimiento. “Pediste una casa al Partido y debes decidir: la militancia o la casa”. Me hubiera gustado estar ahí cuando mi madre le contestó que si debía escoger “entre la casa donde criar a mi hijo y el proceso del Partido, no quiero el carnet”. Nunca le hicieron el proceso de crecimiento, fue el precio a pagar por aceptar la casa que el Estado brindaba a los familiares perjudicados por la campaña de Angola.

Tiempo después nos fuimos a vivir hacia un apartamento en los suburbios de la ciudad donde empezamos una vida nueva. Como en los 90 el Partido pedía que los crecimientos fueran de obreros y no especialistas universitarios, mi madre perdió su oportunidad de ingresar a la organización. Con el tiempo el dolor de ser marginada se convirtió en molestia y después de una década, cuando le preguntaron si quería, ya no tenía interés.

Por su parte, la Secretaria al retirarse comenzó a visitar a su familia en Estados Unidos y de su puritanismo político pasó a la crítica implacable. Mi madre debió escuchar cómo la persona que le negó la militancia por aceptar una vivienda, le decía ahora que Fidel Castro era el culpable de todo lo que ocurría en el país. No sabemos si permaneció en Cuba o se marchó con los suyos, si aún vive o no. Aun así, por una regla básica de empatía que ella ignoró en su momento, evitamos mencionar su nombre.

Hace 25 años que ocurrió esta historia. En un apartamento en las afueras de la ciudad hicimos nuestras vidas y sobrevivimos el Período Especial. Ahora que ha pasado todo ese tiempo ya podemos hablar sin mucho dolor de las pérdidas y los errores. Y si de algo estoy seguro es que mi madre no necesitaba un carnet político para ser valiosa, su militancia era yo.