He vuelto a ver Parásito (2019), la película surcoreana de Bong Joon-Ho. La había visto un mes atrás en mi laptop. Mi amigo Carlos Melián, que no es el mismo Carlos de los argumentos poderosos sobre el arte contemporáneo, me la había copiado y me había ordenado que la mirara, sin embargo, he querido verla una vez más en un cine. A pantalla grande. Carlos Melián también me ordenó que la viera en un cine. “Va a ser otra cosa”, me dijo, y aunque él no me crea, yo suelo hacerle bastante caso a sus opiniones.

Carlos Melián es un maestro de la metáfora. (Lo digo a pesar de saber que usará esto en mi contra durante mucho tiempo.) Yo vivo muy pendiente de sus imágenes. Leo todo lo que publica y leo, casi a regañadientes, los guiones que quiere filmar. Carlos Melián es Carlos y es Melián. Carlos es periodista. Melián es cineasta. Pero Melián vive un poco recostado a Carlos.

En ninguna parte es fácil hacer cine, eso me dice, y Cuba, digo yo, es siempre menos que ninguna parte. Melián, como si no tuviera suficiente con ser cineasta en un país que siempre es menos que ninguna parte, vive en Santiago de Cuba y quiere que su cine ayude a poner a Santiago de Cuba en el mapa. En el mapa de las oportunidades. Quiere generar empleos, romper rutinas, demostrar que un santiaguero puede hacer cine, un cine universal, y traer desarrollo a su provincia. Quiere hacer, a menor escala, algo así como lo que hizo el cineasta neozelandés Peter Jackson con la trilogía cinematográfica El señor de los anillos: filmar en su natal Nueva Zelanda.

Mi amigo, a diferencia de Jackson, es muy probable que nunca cuente con un presupuesto de unos 280 millones de dólares para producir una película, pero no sabe o no quiere ajustar sus principios a sus presupuestos. Yo le digo que ya es bastante si logra filmar, que acomode sus principios en la obra, pero para Melián el cine no va solo de cine. A él le importa el proceso, le importa ser consecuente con su manera de ver la vida.

Entonces cuando Carlos Melián me dice que vea algo, yo lo veo. Recién me dijo que fuera a ver Las campañas de invierno, del cineasta cubano Rafael Ramírez, pero ya hoy no me da tiempo. También, la primera vez que vi Parásito me fascinaron demasiado los giros de la historia y no pude ver más allá de la fascinación. Y siempre quiero ver más allá de la fascinación.

En síntesis, Parásito cuenta la historia de una familia que intenta salir de la pobreza. El contexto es la Corea del Sur actual pero pudo haber sido cualquier otro país y cualquier otra época donde hubiera pobreza y una familia. Pudo ser Cuba. Yo le dije a Melián luego de verla que me gustaría que en Cuba imagináramos más ese tipo de historias. No solo en el cine.

La imaginación en Cuba está muy dañada por un sistema político represivo: la que no lo confronta, lo evade. Estás a favor o en contra, la abstención puede ser también otra forma de estar a favor o en contra. Todo es blanco o negro, bueno o malo. Enemigo o aliado. Traidor o leal. Cuesta encontrar historias que cambien ese epicentro. El sistema político necesita clasificarte en un extremo u otro y tú acabas ayudando a que te clasifique, con tal de que no te clasifique mal, y cuando ayudas a que te clasifique acabas cayendo en su trampa.

A mí Parásito me colocó frente a un límite de mi imaginación. Hubo un momento en la película, por el minuto 40, en que yo no pude predecir más lo que iba a pasar, y lo primero que pensé fue que debía seguir algo que combinara sexo, infidelidad y asesinato. En Cuba muchas historias de ficción posteriores a la crisis de los años noventa van de eso: singar, pegar tarros y, a veces, matar.

El sexo ha triunfado y sigue triunfando como la salida más común a la represión y la pobreza. El cuerpo intenta volverse el territorio libre que el país no es, o el medio para llegar a un país que pueda serlo, y busca en lo privado otras libertades que compensen las que son negadas en lo público. Es una evasión.

En Parásito, como a los 40 minutos, lo que ocurre es que la película deja de ser apenas la simpática historia de una familia y empieza a ser la triste historia de una clase social: la de la gente que huele mal y vive en semisótanos que se inundan con las lluvias. Los personajes se empiezan a percatar de que no se enfrentan solo a sus problemas sino a un sistema que es profundamente desigual.

La lluvia y el mal olor, o el olor de la pobreza, son dos de las metáforas más hermosas y mejor empleadas. El olor de la pobreza aparece solo en cinco escenas y funciona como el gatillo de un revólver que termina siendo disparado al final.

Pero más allá de la fascinación, en esta segunda experiencia, quedé un poco infeliz. Sentí que en la trama había un uso excesivo de la peripecia como recurso narrativo. Los personajes pasan de tener mucha buena suerte a tener mucha mala suerte. En varios momentos la historia avanza de manera muy arbitraria. Lo casual se torna recurrente y, por tanto, inverosímil. De pronto crees que hay una mano divina actuando a escondidas para conducir a los personajes a un destino trágico del que no tendrán manera de escapar. Verla por segunda vez fue como ver trucos donde antes vi magia.

La película surcoreana, no obstante, me sigue pareciendo una obra magistral. Sus trucos son excelentes trucos. En La Habana, a las diez de la mañana de ayer, logró llenar el cine Yara y mantener a los espectadores en las butacas durante más de dos horas. El Festival de cine es, antes que latinoamericano, de cine. No por gusto ha sido celebrada en medio mundo, aunque mi amigo me corregiría aquí para decir: “no por gusto te dije que la vieras y que volvieras a verla en el cine”. A ver ahora dónde encuentro Las campañas de invierno de Rafael Ramírez.