No tengo un muro de Facebook, no pego etiquetas desde que coleccionaba calcomanías de los animales del Zoológico Nacional, no digo Me gusta en Internet ni Me disgusta en el gobierno provincial; estoy como el Bacán, no me puedo quejar. Pero me entero de lo que pasa en Facebook porque me cuentan, como cuando alguien me pone al día de lo que me he perdido de las novelas de televisión.

Vivir offline tiene su cosa, he ganado un tema de conversación. Ahora la gente me pide que esté en las redes sociales y yo no sé cómo decirles que ya estoy bastante enredado en la vida física como para enredarme en la virtual.

He escuchado que en las redes sociales se dan noticias, repetidas, de mujeres, jóvenes, maduras, niñas, que son abusadas, violadas, golpeadas, asesinadas, secuestradas, desaparecidas y, en Cuba, no en algún otro oscuro lugar del mundo. Siempre he sabido que esto sucede, pero el Internet permite enterarnos al momento y casi de cada caso ocurrido.

Mi preocupación es, sin embargo, sobre lo que hacemos en relación a este asunto. Ya tenemos campañas, marchas, videoclips, documentales, películas, spots televisivos, pero ahora la Constitución manda que se creen organismos para velar por los derechos de las mujeres a no ser violentadas.

El Estado puede demorarse, no sabemos cuánto tiempo pasará antes de tener una institución que se ocupe directamente de la protección de la mujer víctima de violencia de género, pero la sociedad civil no tiene por qué hacerlo. El Estado puede no contar directamente la cantidad de mujeres que mueren por ser mujeres, pero alguien tiene que contar. La estadística exacta que nos permita evaluar el estado de la violencia hacia las mujeres es un requisito de un estado de derecho, así como su publicidad y su divulgación.

El Estado cubano avanza hacia una cultura de la transparencia administrativa, esperemos que con esta se vaya el silencio de la administración ante peticiones del pueblo, así como el desprecio de los funcionarios por los dilemas diarios de nuestra vida.

La Constitución que entrará en vigor el 10 de abril, si es que ese día se publica en la Gaceta Oficial, nos permite un enfrentamiento lícito y legítimo contra la violencia de género. De este documento, considero que se trata del logro más revolucionario; sin embargo, la sociedad civil no debe esperar por el Estado para empezar a contar, en alta voz, las mujeres que mueren o son acosadas, vilipendiadas, acorraladas, discriminadas pero, sobre todo, las que mueren por ser mujeres.

Pronto tendremos una ley que regule la forma en que podemos acceder a los archivos donde se guardan los datos oficiales sobre cada uno de nosotros, ciudadanos de la República de Cuba. Es un paso temerario del Estado; hay que felicitar a los que lucharon por este derecho y a los que lucharán por esa ley, pero no podemos seguir presos de los tabúes antidemocráticos que nos tientan a ocultar lo feo de nuestra sociedad para hacer como si no existiera.

En Cuba hay feminicidios. Ya aceptamos que muchos cubanos morimos en accidentes de tránsito, nos costó mucho aceptarlo. Ahora hay que decir qué derechos violamos, cuán racistas somos, cuántas personas privadas de libertad viven en nuestras cárceles, cuántas personas analfabetas tenemos, cuántos pobres, cuántos desempleados y cuántas mujeres mueren a manos de sus esposos, jefes, vecinos, novios, amantes o de desconocidos, por el solo hecho de que ellas no pueden evitarlo.

Tal vez no sea tan fácil borrar de nuestra vida la violencia, esa que en otros países se ha hecho endémica, pero no podemos cometer el pecado del olvido ni del desinterés, porque los que mueren y sufren, sus familias y sus contemporáneos, también tienen derechos.

Las mujeres que mueren tienen derecho a ser contadas y defendidas, a ser representadas, y en el socialismo el silencio es más triste y decepcionante que en el resto del mundo, porque aquí nadie vale más que el otro, o eso es lo que suponemos y soñamos.

 

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