La noche de la inauguración del Festival de Cine en el Teatro Carlos Marx me puse una saya plateada y plizada larga hasta por debajo de las rodillas con un leotard negro transparente lleno de chispas también plateadas. La saya me la estaba estrenando para la ocasión. La había comprado en una tienda de Madrid a la que había ido a acompañar a Adria, otra de las amigas que se me fue, a comprarse algo bonito para un concierto al que iríamos esa noche. Mario, otro amigo, esposo de Adria, ese día también andaba de safari por las tiendas con nosotras pero su participación se limitó a matarnos las ilusiones. Una tras otra, a sangre fría. Yo no tenía pensado comprarme nada, andaba con dinero solo por si acaso, pero mirando por aquí y por allá, porque buscaba algo para Adria, me encontré con la saya y la escuché decirme: “tú y yo nos tenemos que ir juntas de aquí”. El leotard fue solo una consecuencia de la saya, porque con algo me la debía combinar, y luego Adria me sugirió unos aretes a los que en medio de mi entusiasmo no supe decirles que no. Cuando me probé las tres piezas y me miré al espejo yo me sentí un personaje de Blade Runner (1982) -de la película original, no de la que se produjo en 2017, que merece todo el olvido del mundo- y pensé que ese atuendo podía ser una bonita manera de celebrar que estábamos en 2019, como en Blade Runner, y que nuestro presente no era el futuro tenebroso proyectado por el cineasta Ridley Scott en 1982, o imaginado por el escritor Philip K. Dick, pues Blade Runner es una adaptación de su novela ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?, de 1968, la cual yo aún no he leído.

Años atrás yo no me hubiera atrevido a una saya semejante, pero después de los treinta he adquirido, o recuperado, cierta fascinación infantil por la purpurina, la lentejuela, lo colorido, lo incandescente. Yo me avizoro un futuro estético como el de la gran cabaretera Juana Bacallao, aunque con un ligero toque de Agnès Varda. Quizás lo que quiero es distraer la atención hacia lo que visto para que nadie repare en que envejezco. Años atrás tampoco me maquillaba, muy pocas veces me maquillaba, pero mi amiga Arianna se convirtió en una make-up artist y me introdujo en el maravilloso mundo de los iluminadores. No hay evento al que asista sin iluminarme los bordes exteriores de los ojos y los costados de la nariz. El efecto queda precioso luego en las fotos. Ya la base, el polvo, la sombra en los párpados, el rímel en las pestañas, el delineador, quedan para eventos muy excepcionales, de esos que una no cree que se repetirán en la vida, o para cuando ando un poco alicaída. Cada quien lidia con sus tristezas como puede, a mí maquillarme y hacerme cosas inusuales en el pelo me ayudan.

En el Carlos Marx nadie debió haberse dado cuenta de que intentaba ir vestida de androide, porque para ello hubiera necesitado una mejor producción, pero esa era un poco la idea. Incluso terminé en una publicación de la revista Garbos, que es como una versión cubana, muy cubana, de Vogue. Me incluyeron en un listado de “diez looks para un festival de cine”, algo que nos causó muchísima risa a mis amigas y a mí. No porque nos burlemos mis amigas y yo de ese tipo de periodismo, que tiene sus seguidores, yo de vez en cuando lo consumo, pero es muy cómico y tierno al mismo tiempo la búsqueda de glamour en el Festival de Cine de La Habana -en una ciudad que no deja de derrumbarse un solo día, en un país con tantas cosas torcidas- y los esfuerzos de su público, incluyéndome, por aportar ese glamour. Por brillar. Por no dejar que esa mezcla tan fea de escombros y mala política nos desanime. ¿Qué es lo que tenemos? ¿Un Festival de Cine? Pues a darlo todo. La Habana no puede ser menos que ninguna.

La película de la inauguración, una argentina dirigida por Sebastián Borensztein, en la que actúa Ricardo Darín, resultó un éxito: La odisea de los giles. La gente se involucró tanto con la historia que aplaudió eufóricamente en tres momentos distintos. Dura 117 minutos, pero al menos a mí no me dolieron. No me aburrió ni un solo minuto. Tiene suspenso, humor inteligente, contenido histórico, dinamita y hasta un villano. Los protagonistas son en su mayoría unos viejos adorables y locos. En resumen, la recomiendo. Hoy la ponen en la última tanda, a las 10:30pm, en el cine Charles Chaplin. No creo que provoque grandes discusiones filosóficas o cinematográficas, no creo que sea su intención tampoco, pero entretiene y emociona. Para desconectar de los dramas cotidianos funciona y es poco probable que alguien se vaya a dormir por la mitad. Por ahí siempre va a haber quien le encuentre sus defectos, pero no creo que alguien pueda negarle la virtud de hacer reír, y a mi entender, esa es una gran virtud. Algo que para como se imaginaba el 2019, en 1982, es bastante. Al menos no estamos soñando con ovejas eléctricas.

Mónica Baró retratada por la revista Garbos. Foto: revistagarbos en Instagram.

Mónica Baró retratada por la revista Garbos. Foto: revistagarbos en Instagram.

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